31 de diciembre de 2009

Portafolio literato para fin de año

Es el primer diciembre que paso en Gkill desde hace un par de años. En el 2007 estuve, trabajando y obteniendo una visa, entre Quito y Otavalo, y el año pasado en Cuenca también camellando. Había olvidado el apuro de los peatones, las colas de tráfico, la irritabilidad de las personas, el San Marino convertido en un infierno, las compras compulsivas, las excesivas luces en los centros comerciales (con apagones y todo), los taxistas cobrando más caro, las fiestas de fin de año de los trabajos, de los compañeros de la universidad, del colegio, los reventones en la casa del vecino porque algún familiar que vive en España o EUA llegó, cargado de regalos, a pasar las fiestas y hay que botar la casa por la ventana (es decir contratar al DJ que pone reggetón hasta las 12, salsa hasta las 2 y después Julio o un José - José para que los asistentes acaben las últimas gotas de whisky), los años viejos a lo largo de las calles, los tipos que aparentemente venden inciensos pero que en corto te dicen: «tengo camaretas, tumbacasas» y otros explosivos que la ciudad ha tomado como fuegos artificiales, la humedad que empieza a aparecer, el sol asesino que despierta y ese olor a lluvia que llama a los grillos y los mosquitos.

La ciudad es una locura y algunos de los que estamos acostumbrados a pasar puertas adentro, leyendo, escuchando música, viendo alguna película, lo más lejos posible del frenetismo, sin ver como Guayaquil afuera está casi en llamas, no podemos escapar de ese Maelstrom que se lleva todo a su paso: vienen familiares de otras ciudades y debes acompañarlos a algún mall, a comer, o de paso a la bahía para que compren bueno–bonito–barato; toca también hacer las filas en los bancos o esperar 40 puestos para cobrar cheques y estar ahí parado, fumando, esperando que avance la cola o toque el turno de pararse frente a la ventanilla y tener el alivio de estar pronto a salir (por suerte no tengo auto que matricular y no tengo que estar desde las madrugadas haciendo la eterna fila anual). Me siento como otra persona en estas fechas, leyendo menos, yendo menos al dealer de confianza y casi no posteando, ni escribiendo. Lo que me recuerda un portafolio del fotógrafo (uno de los mejores empleos del mundo, o al menos uno de los que más te dan), Vasco Szinetar, publicado en la revista Etiqueta Negra, quien siempre aparece en sus retratos, junto a algún escritor (él siembre detrás), frente a un espejo en hoteles, salas de convenciones o ferias del libro. Una doble vida, como este traje que sólo volveré a utilizar en este mes de diciembre, que parece no acabar, del año que viene.

Lo dejo para despedir el año y agradecer a toda persona que pasó por aquí, por casualidad, interés, curiosidad o como quieran llamarlo. Dejando un año agridulce, con contratos que se acabaron, infructuosa búsqueda de empleo, andar peloteado por varios meses; pero también con viajes a Argentina, Bolivia y Uruguay, concierto de Charly García y verlo a centímetros de distancia, de Silvio Rodríguez, y escribiendo y leyendo más de lo que pensé. Esperando que en el próximo año pueda leer más blogs, comentarlos y seguirlos. Por ahora se viene el invierno y algo de playa, aunque el 1/01/10 toque trabajar hasta la noche, deseando ver una ciudad ruidosa y a punto de colapsar.
De la serie El escritor, el fotógrafo y el espejo:


Esta foto de Vasco Sznietar es un éxito porque revela tres fracasos. No me gusta que nadie esté a mis espaldas. Mucho menos un hombre, mucho menos en el baño de mi habitación de un hotel de Cartagena de Indias. Pero mi vanidad me venció: a cambio del retrato de un fotógrafo famoso, aparezco en un baño con un hombre a mis espaldas. ése es el primer fracaso que esta foto revela. Para seguir, uno de mis oficios es el de humorista en prosa. En la foto, mientras yo sonrío, el fotógrafo ?a quien he visto reír o hacer muecas en otros retratos? permanece serio. Tengo la certeza de que estoy haciendo algún chiste en esa escena, con el cepillo de dientes en la mano; pero mi interlocutor permanece impávido. ése es el segundo fracaso. Para terminar, mis ojos apuntan hacia arriba, hacia una suerte de luz que el espectador puede adivinar pero no ver. Seguramente, como siempre, estoy buscando a Dios: ése es mi tercer fracaso en esta foto. (Marcelo Birmajer)



Es extraordinario cuán feliz soy cuando estoy en el Caribe. Aun después de todos estos años, aquél es el único lugar donde me siento normal, en todo el sentido loco del término. Me tomaron esta foto en Cartagena, Colombia, y fue una experiencia rara. Pero ahora que veo todas las fotos de Szinetar juntas, su poder es innegable. ¡Vamos, Szinetar! En la foto estoy muy flaco, tan físicamente en forma, que casi no puedo soportar verme ahora. Otra razón por la que, imagino, estuve tan feliz fue que había terminado mi novela de una maldita vez y eso me quitó un gran peso de encima. Créanme. (Junot Díaz)



Era 2006, era un hotel y era Caracas. Hacía calor, pero él usaba una camisa de franela gruesa, zapatones. Tenía una simpatía de pocas palabras, una forma de estar como si no estuviera. No recuerdo el tono de su voz, y es raro: yo recuerdo cosas como ésa. Enseguida entramos al baño. Entornó la puerta, se puso a mi lado y me pidió que no mirara: que no lo mirara. Entendí esto: entendí que para mirar estaba él. Después, me hizo algunas tomas en el cuarto: en un sillón, en el borde de la cama. Me hablaba, pero no puedo recordar qué me decía. Cuando se iba le pregunté ?al que había fotografiado a Allen Ginsberg, Bryce Echenique, Arthur Miller, Roa Bastos? por qué quería fotos mías. Fue amable: quiero decir que me mintió. Me dijo: ?Tengo que pensar en mi futuro?. Yo le dije (o pensé): Ya no se consiguen elogios como esos. Le escribí meses más tarde. Como debe ser, no me contestó. (Leila Guerriero)




En la repisa de mi biblioteca donde atesoro los libros de Borges, tengo una postal de 1982 donde el maestro sonríe divertido delante del espejo, mientras un pelucón Vasco Szinetar es incapaz de reprimir una descacharrante expresión de felicidad. Muchos años más tarde, en la Feria del Libro de Guadalajara dedicada a Andalucía (2006), Vasco Szinetar me ha regalado una foto como la de Borges y por eso la expresión de felicidad es mía (y el pelo largo también), mientras Vasco sonríe divertido. No he seguido los consejos de mi madre, pero ha merecido la pena: a veces sí hay que entrar al baño con extraños. (Fernando Iwasaki Cauti)



Yo estaba en el hotel en Cartagena, era parte del jurado del Premio Garcia Marquez y en diez minutos saldriamos a deliberar. Antes de saltar a la calle pense: debo ir al baño a retocarme y tambien a hacer pipi, como te enseñan en Cuba desde pequeña. Cuando me retocaba entro Szinetar y me propuso un trato a cambio de nada. (Wendy Guerra.)


Este retrato es como ningun otro retrato mio. Me obliga a mirarme a la propia cara reflejada, y lo que veo ahora no esperaba verlo, porque luzco inusualmente triste. (Jon Lee Anderson.)



Como tantas de sus fotografias, esta de Vasco Szinetar muestra un rostro, un espejo, un acontecimiento cualquiera. El rostro lo pongo yo (joven todavia en el 2001), el espejo es de un hotel de Caracas y Paula de Parma esta en la habitacion de al lado, el acontecimiento esta en ese lavabo pero tambien esta por venir: por la tarde me otorgan el Romulo Gallegos. (Enrique Vila-Matas.)

Bonus track:

Fernando Savater.



Umberto Eco.



Marcel Marceau.



Arthur Miller.




Gabriel García Márquez.




Roberto Bolaño.





Jorge Luis Borges.



Emil Cioran.



Vasco, gracias por las fotos.
El diablo se reconoce en la locura
triunfal de vuestros ojos, mientras
que en los mios,
apagados y petrificados,
vuelve a hallar el
hocico de un asesino cansado detodo,
incluso del Mal.
¡Abajo el espejo!
Al no tener fondo
ni limites,
éste nos revela lo que demás íntimo y lejano hay en
nosotros:nuestros temibles secretos,
nuestras ocultas demencias.
CioranParis,5 de Octubre de 1983

25 de diciembre de 2009

Quince cuentos de Caicedo

Los cuentos inéditos de Andrés Caicedo, que se presentan en el libro Calicalabozo, no son la típica historia del baúl, cofre, cajón, oportunamente encontrado por alguna segunda esposa, hija o amante de un escritor consagrado. Tan de moda ahora como la colección que está pronta a publicarse de los escritos encontrados en la villa que tenía Hemingway en Finca Vigía, Cuba; o los Papeles inesperados de Julio Cortázar (El Cronopio no ha muerto) que ahora son un best-seller publicados por Alfaguara.



Porque gran parte de lo que escribió Andrés Caicedo vio la luz después de su muerte (a los 25 años). Claro que sin mencionar sus artículos de cine, guiones, piezas teatrales, su excelente novela ¡Que viva la música! (la sigo escribiendo en cursivas porque así se la debe escribir) y varios cuentos, su obra permanecía en obesos folios, que no reventaban por las cintas elásticas, anónima, hasta que Sandro Romero Rey y Luis Ospina empezaron a desenterrarla, como una necesidad generacional (él que supo descifrar tan pronto a su generación), en sus propias palabras (aunque Caicedo es un autor que los jóvenes no lo leen en clases de literatura o los padres lo obsequian como regalo de navidad o cumpleaños, sino que sus palabras, sus líneas son devoradas en los ratos de oscuridad, de soledad).

Y al final el escritor caleño es un escritor juvenil, alguien que siempre se resistió a crecer, que desde los 14 años empezó a escribir como desquiciado, sin freno hasta que su cabeza reventó. Poniendo en medio siempre a Cali, con sus calles, su gente, su clima tropical, su pasado, su presente, su futuro, sus jóvenes; y volviendo a los mismo temas, sus tormentos, sus obsesiones (que terminan en personajes convertidos en caníbales, mujeres devoradoras de hombres, vampiros y otros seres que no habitan a la luz del día con el resto de gente común), el rock, Los Rolling Stones, la salsa, Ray Barreto, la literatura no convencional (lejos de García Márquez, quien se dice que los asesinó porque él, Andrés, no se sentía dentro de los convencionalismos), Edgar Allan Poe, el cine y el mundo underground, completando no un sinnúmero de obras, sino una sola, fraccionada, redactada en diferentes momentos, pero que en el fondo transmiten el mismo feeling, el mismo delirio y después la calma o al menos el final apocalíptico (que es The end, my friends), donde las luces se apagan y los créditos no corren porque la sala empieza a incendiarse.

Hacer una lista de mis favoritos de los quince cuentos, que contiene la obra de Calicalabozo, resulta algo innecesario, son diferentes mundos donde habitan los mismos personajes; sin embargo no puedo sacarme de la cabeza a Lalita Das Ríos que sigue esperando que Cali otra vez se convierta en la meca del cine y los grandes estudios vuelvan a filmar allá; ni a la asesina de Graciela, enamorada del italiano. Personajes, así como muchos dicen que María del Carmen Huerta, Miguel y Angelita deambulan por las calles, que están vivos. Al menos en mi mente, mientras estoy solo, escuchando a los Stones y con algún vaso lleno de whisky y dos dados de hielo. ¡Hay fuego en el 23!

Del cuento Infección:

Cali a estas horas es una ciudad extraña. Por eso es que digo esto. Por ser Cali y por ser extraña, y por ser a pesar de todo una ciudad ramera.

No sé, pero para mí lo peor de este mundo es el sentimiento de impotencia. Darse cuenta uno que todo lo que hace no sirve para nada. Estar uno convencido de que hace algo importante, mientras hay cosas más importantes por hacer, para darse cuenta que se sigue en el mismo estado, que no se gana nada, que no se avanza terreno, que estanca, que se patina. Rrrrrr… No poder uno multiplicar talentos, estar uno convencido de que está en este mundo haciendo un papel de estúpido, para mirar a Dios todos los días sin hacerle caso.
Del cuento Vacío:
Me hubiera gustado treparme al techo, caminar hasta su cuarto y despertarla de un beso en la mejilla, juntarle mi cara, respirarle en las orejas, preguntarle por mí, que si me había pensado mucho. Me hubiera gustado eso.
Del cuento Besacalles:

Pero yo no quise pensar en nada, pues todo iba muy bien y muy rico hasta que él metió la mano debajo de mi falda sin que yo pudiera evitarlo. Entonces quedó paralizado. Pero antes de que yo reaccionara me levantó agarrándome de los hombres y me arrancó la blusa y sacó los papeles y los algodones gritando que su vida era la vida más puta de todas las vidas, y dándome patadas en los testículos y en la cabeza hasta que se cansó. Cuando se fue, no sé si estaba llorando o se estaba riendo a carcajadas.
Del cuento El espectador:

Es triste estar sentado sin nadie alrededor, pero si no voy a cine ¿qué otra cosa me pongo a hacer, después de todo? Muchas veces, un lunes, he pensado en salirme del teatro, cuando junto a mí no hay sino dos o tres personas de mirada amarga. Pero un día de estos voy a salir a la ciudad a buscar a la gente que yo sé le gusta el cine…
Del cuento Felices amistades:
Para mí era un perfecto y divertidísimo cínico, pero si ella fue la que lo mató debe tener razón en cuanto a que era tímido ¿no?

…Y me apreté la mano y me repita una vez más que tuvo que matar a Angelita porque ya se estaba metiendo demasiado conmigo, y yo le digo que no me tiene por qué pedir disculpas, que la vida es así y que si ella lo hizo pues está bien hecho.
Del cuento ¿Lulita que no quiere abrir la puerta?:
En lo primero que pienso es en Lulita. Porque nunca sueño con ella. Al principio me extrañaba, pero qué. Quién va a soñar con ella sino corta flores con Anjanette Comer, viaja en el mismo asiento de la máquina del tiempo con Tuesday Weld, cae, cae en un pozo sin fondo cogido de la mano de Lee Remick. Que tal la onda. Lulita existe de día. Yo existo de noche y de día.
Del cuento Patricialinda:
Pobre Gutiérrez. Pobre papá Patricio que lo cogieron los liberales en un día de sol y después de hacerlo camina dos días enteros por lomas y montañas lo volvieron mierda: lo metieron en un costal con un gallo y un perro, y lo tiraron al río Cauca.

Del cuento Calibanismo:
…cómo hubiera escrito Poe si hubiera conocido el cine, eso es lo que me pregunto yo, qué cosas hubiera escrito, digo, después de que ha entrado a una sala a la que después de una señal se le apagan las luces y entonces uno entra en ese sueño, en ese viaje colectivo de búsqueda de recuerdos que es el cine.
Del cuento Los dientes de caperucita:
…y sin vacilar le lambe el sexo entonces es cuando él los siente entonces fue cuando sentí aquel ronquido que no sé de qué parte del cuerpo le salí un ronquido cómo de perra como de hiena te digo y aquel brillo en los ojos y el mordisco el mordisco y Eduardo que es consciente de la magnitud de su berrido tuvo que oírme el mayordomo y de sus patadas ella tiene ahora un pedazo de carne en la boca Eduardo la ve mascar y relamerse y de pronto una sonrisa carne y sangre y pelos pidiendo más comida Eduardo se lleva las manos al sexo y se pone a llorar diciendo mamá.

Del cuento Los mensajeros:
…les digo que aquí donde yo estoy acostada mirando al cielo se alzaba hermosa y radiante, un día, la Fuente de los Bomberos, donde Caroly O´Connor se bañó desnuda un 27 de julio a las doce de la mañana y de allí en adelante todas las mujeres de Cali siguieron haciendo lo mismo…

Porque en Cali todo el mundo está dispuesto nada más a que lo amen, eso lo sabe todo el mundo…

16 de diciembre de 2009

Acerca de la redistribución

Veinte años atrás el Muro de Berlín cayó y muy bien por eso. Salud por eso y abajo el socialismo totalitario; pero es iluso pensar que es el fin de los tiempos, que ya todo está hecho y que en el mundo se acabaron los males. Que un capitalismo hipócrita es preferible a un régimen socialista autoritario porque no existen más soluciones.


Sin embargo, y sin querer ponerme muy socialista, a diferencia de Luis de Sebastián, de quien rescato varias de las ideas publicadas en este artículo, originalmente pensadas por el autor español en su libro UN MUNDO POR HACER, al menos uno de los elementos del socialismo podría incorporarse eficientemente y eficazmente al capitalismo, en este caso la muy mal vista, para algunos, redistribución (para algunos economistas cualquier intervención es una tiranía).

Podría empezar los puntos a favor señalando que para una globalización más incluyente, una mejor distribución de los recursos y las ganancias sostenidas podrían disminuir los niveles de inequidad (no olvidemos que Latinoamérica es la zona con mayor desigualdad en el planeta) y mejorar los niveles de vida de las personas; en lo económico una mejor redistribución serviría para que los que iniciaron privilegiadamente los procesos no aumenten su ventaja inicial y terminen conformando monopolios de poder ($ 1,000.00 en una persona de escasos recursos generan mayor utilidad que en un multimillonario); redistribución como una compensación de los daños que pudo haber generado en algunos individuos el libre mercado (que generó bienestar a otro grupo de personas); pero sobre todo como una forma de mantener la democracia en los países.

Respecto al último punto, Luis de Sebastián menciona que en una sociedad con grandes niveles de inequidad, la democracia acabará siendo una estructura de poder vacía, sin alma y desde luego sin apoyo popular (caso exagerado el de Rusia, por ejemplo, donde unos pocos se enriquecían con los rescates financieros mientras una mayoría pagaba la deuda). Y una sociedad totalmente dependiente a una economía de mercado puede ser generadora de grandes desigualdades, especialmente en momentos de crisis, donde las inversiones y el dinero caliente se van; y la inestabilidad de la producción, el desempleo y las rentas aumentan, generando después en violentas protestas, delincuencia y caos (caso argentino con el corralito o ecuatoriano con el feriado bancario).


No se puede dejar a un lado al comercio y al crecimiento económico en la construcción de una sociedad con mayores niveles de desarrollo y calidad de vida, pero vale la pena recordar que no es la única pata en la que sostiene dicho desarrollo.

En Perú, Alan García con un eficiente manejo económico tiene una popularidad del 29%, mientras que en Chile, uno de los países con mayores índices de protestas, con políticas que reducen la inequidad entre personas jóvenes de diferentes estratos socioeconómicos, existen mayores niveles de estabilidad. La teoría de la copa de champagne – trickled down en inglés – que señala que un gran crecimiento económico terminará beneficiando a todos (a unos más y a otros menos) no es suficiente en estados como el ecuatoriano donde las revueltas están en la esquina y la institucionalidad es nula. Aspectos importantes para la democracia.

9 de diciembre de 2009

Enrúmbate y luego derrúmbate

Andrés Caicedo el 4 de marzo de 1977 recibió la primera copia impresa de su novela ¡Que viva la música! (a la que hay que escribir con cursivas, porque refleja su espíritu: parece que el viento la mueve, se deja llevar). El mismo día, a sus 25 años, se suicidó tomando un cóctel de pastillas. En ¡Que viva… Caicedo había sentenciado que vivir más allá de los veinticinco era una vergüenza. El escritor caleño ya lo tenía todo planeado. Vivir poco pero al límite. Hacer todo lo que es posible antes de empezar a engordar, antes de que empiece a caerse el cabello y antes de llegar cansado todos los días, a casa, a pesar de estar acostumbrado a hacer lo mismo. Escribió cuentos, cartas, guiones de cine sin parar, fundó grupos de teatro y revistas, apoyó iniciativas que fomenten cualquiera de las bellísimas actividades que permiten salir de la realidad (cine, literatura, música, teatro).



Como Caicedo, el personaje de su novela, ¡Que viva la música!, María del Carmen Huerta, también tenía algo de hipster. Anárquica, amable y tan educada que resulta decadente. Siempre diez pasos más adelante que el resto porque sabía de qué iba la cosa. Alguien que amaba tanto a la vida que se la bebía y gozaba. Hijos de Charlie Parker y Van Gogh, amantes del parricidio. Recuerdan la leyenda de Bird y tratan de seguir sus pasos.

Y de eso va la novela: de una chica bien, aplicadísima y con un futuro, que no sabía nada de música, seducida por la noche, decidiendo vivir para ella. Ella, María del Carmen, decide que día nacer y lo demuestra haciendo todo lo que quiere, convirtiéndose el libro en una historia de iniciación, de primeras veces por la salsa, por la rumba, luego por el rock, los Rolling Stones, los ácidos, la marihuana, la cocaína, las orquestas cubanas, los viajes, el sexo. Todo contando con estilo, frenéticamente, de una manera urbana. Páginas en que casi se puede sentir la suciedad de las calles, los sonidos que salen de todas partes. Como Ciudad de Dios, donde uno no disfruta el drama social y la manera en que se cuentan las vidas de las periferias, sintiéndose afortunado de no vivir ahí o de tener una conciencia social por estar viendo esa películas mientras en la sala de al lado se escuchan las canciones de Hannah Montana, sino como entre todo eso (embarrado en mierda) alguien puede encontrar la felicidad y pasarlo bien (no por algo Alberto Fuguet señala a Caicedo como el primer parricida del realismo mágico, al hacer a un lado los cuentos de abuelo y empezar a escribir sobre la realidad).

Ayer estuve viendo Adventureland (película ochentera, filmada con estilo cinematográfico de este siglo – con planos parecidos a los de Lost in translation o Eternal sunshine of the spotless mind –), con ese cortante y excelente final; y mientras veía como retrataban ese instante, a todos nos ha pasado, que consiste en estar trabajando o dedicándole todo nuestro tiempo a una actividad que en realidad no nos importa, u odiamos, pero en medio de eso encontramos algo que vale la pena y vuelve vivible ese rato, en ¡Que viva la música!, su protagonista se quita todo consuelo de encima, y desciende hasta el sótano pero con dignidad, haciendo lo que quiere. En una Kali retratada en los setentas que comienza con el norte, el cielo, las montañas y la gente bien, y continúa en los infiernos del sur y su violencia, donde ella, María del Carmen, es la única que se mantiene en pie, apoyada y elevada por la música, mientras el resto de su generación se sumerge en la depresión, se vuelven locos o se matan como un escape para no seguir creciendo.


Entonces sacó su agenda, de su agenda el sobrecito blanco, de mi mesita de noche un libro: Los de abajo, y encima desparramó el polvito y se puso a observarlo, olvidándome. Cocaína era la cosa que traía. Me estremecí, como maluca y con ansía, pero “No – pensé -, es la excitación que trae todo cambio”. Yo había soñado con ella, con un polvito blanco (erótico, aunque referidas a una raquítica acción de fuerza, me sonaban estas palabras) en un fondo azul, y luego con el Polo Sur, y por allí navegando una barca de muertos. Luego vendría a saber que soñaba era una carátula de un disco de John Lennon, con un polvo de verdad en el extremo inferior izquierdo…

Menos mal, había atrapado una buena canción: “Vanidad, por tu culpa he perdido…”, que me gustaba desde hacía dos noches, y que cuando la oigo ahora me sume en una cosa rica e inútil como toda tristeza, y si quiero no salgo, y si salgo hundo la cabeza y no miro a nadie hasta que el viento de esta ciudad me despierta de mi propósito de no importarme nada, de siempre vivir sola, y levanto la cabeza y helos ante mí los jóvenes con las bicicletas entre las piernas, y a esa hora (las 6) se me antojan tan femeninas, tan hermanas las montañas, y obedeciendo a la emoción puro le respondo su llamado a la noche, que no me traga, me sacude nada más, y me acuesto con el cuerpo lleno de morados. Y ya lo dije: los buenos propósitos vienen es al otro día. No he cumplido ninguno. Soy una fanática de la noche. Soy una nochera. No está en mí.
Fue allí cuando los columnistas más respetables empezaron a diagnosticar un malestar en nuestra generación, la que empezó con el cuarto Long Play de los Beatles, no la de los nadaístas, ni la de los muchachos burgueses atrofiados en el ripio del nadaísmo.

Porque Jagger había perdido confianza en su genio. Y él, sabiéndolo, fue incapaz de plantear otra relación que la súplica y la humillación. Eso era que llegaba a los ensayos, caminaba hasta donde Jagger y sin mirarlo a la cara, todo tembloroso, le preguntaba: “¿Qué debo tocar Mick?” y el otro: “Eres un miembro de esta banda, Brian, toca lo que te dé la gana”. Entonces Brian tocaba algo en su guitarra y Jagger lo interrumpía: “No Brian, eso no está bien”. “Entonces, ¿Qué debo tocar Mick?” “Lo que se te dé la gana”. El Brian intentaba de nuevo, pero volvían y lo paraban: “No, eso tampoco está bueno, Brian”. Así que el pobre terminaba era todo borracho en un rincón, golpeando el suelo fuera de ritmo y ensangrentándose la lengua sobre una armónica, de la imposibilidad de cambiar la situación…

Por una botella de brandy he dado la vida, imagínese usted al privilegiado que la reciba…

Miraba yo las ruinas de esa casa y me imaginaba allí, con la mayor libertad, familia de dementes, un jovencito de 12 años perdiendo la razón en el empeño de probar la verdad de base de los escritos lovecraftianos; incesto; madre posesiva resistiendo de forma más bien pasmosa el embate de los años; posible brujería, habitaciones clausuradas, pasos en la noche, mugir de un ser encerrado, mugir de reconvenciones; pero oh, nunca mis fantasías se vieron peor justificadas: habitaba la casa una simple familia Capurro, cuyos hijos no confesaban otro interés que uno, muy genuino por la mecánica.

Además, cada vez más me producía mayor depresión la salida del cine al sol, tener que maldecir con los ojos cerrados por el fin de la película. No, me gustan las cosas que me atan con grilletes a esta dura realidad, no las que me saquen de aquí para meterme a otro hueco.

Si dejas obra, muere tranquilo, confiando en unos pocos buenos amigos. Nunca permitas que te vuelvan persona mayor, hombre respetable. Nunca dejes de ser niño, aunque tengas los ojos en la nuca y se te empiecen a caer los dientes.

6 de diciembre de 2009

Hay excusas pero al final no lo comparto

«Yo no pienso en la muerte ni digo que me juego la vida. El toro es vida, es mi luz, mi motivo. Salgo al ruedo copado de júbilo… No se puede olvidar a la muerte. Pero más nos vale aprender a llevar el tema» es uno de los testimonios de la crónica, Balada para un novillero, publicada un año atrás por Esteban Michelena en la revista SoHo. Al igual que el cuento La capital del mundo de Ernest Hemingway, donde dos camareros simulan un ruedo taurino dentro de una cocina, utilizando cuchillos afilados en lugar de los cuernos del toro, con muerte incluida, el toreo puede ser materia prima para buena literatura, pero es algo que no comparto.

Personajes que respeto, admiro y de los que desearía que algo de sus cualidades se me pegaran, como Ernest Hemingway (y su audacia) y Joaquín Sabina (y su poética) tuvieron y tienen, respectivamente, pasión por los toros. Pero igual es algo que no comparto.

Renee Kantor en la crónica, Los niños toreros de Francia sólo piensan en matar, publicada en la Revista Etiqueta Negra, escribía que si no fuera por las ferias taurinas, el toro de lidia se extinguiría porque no tendría razón para existir; y mencionaba también que la muerte del toro se dignifica en la Plaza, en el acto de lucha entre el hombre y el animal, a diferencia de la vergonzosa muerte que sufre en los mataderos (peor aún a principios del siglo XX cuando en los camales, donde se empezaron a silbar los primeros tangos, sólo trabajaban malevos y otras clases de tipos duros por la brutalidad del acto, como detallaba minuciosamente Tomás Eloy Martínez en su novela El cantor de tango). Pero continúa siendo algo que no comparto.

Dos años atrás viví por algunos meses en Quito, emplazado, con departamento y salida a trabajar todos los días en Ecovía. Estuve en las fiestas de Quito. Me invitaron a la Feria y por una cuestión más de curiosidad que por expectativa, accedí a ir. Pese a las excusas arriba escritas, en la taquilla no pude comprar los boletos. Esto no es para mí me dije. Cada loco con su tema. Lástima que tengan que pagar los toros por esto (no entiendo tampoco como Alfonso Reece puede comparar este acto, de muerte, con la salsa y señalarlo de cultura).

Por suerte las fiestas de Quito fueron mucho más que eso. También fue escuchar buen rock, ir semanas antes a un concierto de Sabina y de Serrat, dejar esas cuatro calles principales, y por una semana, caminar sin rumbo por vías menos transitadas junto a la muchedumbre, usando de hogar temporal las plazas y parques, envueltos en una espesura de celebración acentuada por el alcohol, cantando y la guaragua y la guaragua, y haciendo cosas de igual sin sentido, y con cierto toque surrealista, que no se parecen a arrancar orejas y utilizar rabos como trofeos.

P.D. El día viernes renació El Flaco Spinetta. Volvió a los escenarios alguien del que quisiera tener un poco de esa capacidad de mezclar ritmos, estilos, palabras y darle forma y volverlas bellísimas (como esa canción que tiene ritmos de samba, de rock y está inspirada en las cartas de Van Gogh). Salud por el Flaco y por Quito.


2 de diciembre de 2009

El día de hoy (en los noventa)/ y lo que sabe el Sr. Coppola



Podría decirse que pertenezco a esa generación noventera que no escuchaba discos, sino canciones. Individualidad al máximo. Los únicos cd´s que recuerdo en mi cuarto son el Nevermind y el In bloom de Nirvana; el de Pearl Jam en el que vienen Even Flow, Jeremy y Alive; y el And Justice for all de Metallica. El resto era puro MTV. Cuando valía la pena y uno pasaba como drogadicto inyectándose por varias horas altas dosis de música. The Smashing Pumpkins pertenecían a esa época.

A Billy Corgan muchos lo tildaban del último genio musical a finales del siglo XX. Puede ser. Para mí es el tipo que siempre tuvo los huevos de tener en su banda a una bajista mujer y eso es bastante. También es el tipo que escribió una de las mejores canciones que escuché en épocas de colegio y con un video bastante tostado. El tema al que me refiero no es la clásica Tonight que parodia El Viaje a luna de George Melies, donde Billy aparecía con su peinado (falta de) a los Lex Luthor; ni la increíble 1979 en la que todos quisimos ser esos niños que jugaban en ruedas por los parques en los días y en las noches deliraban por el Absynthe, lleno en sus vasos blancos, a lo Edgar Allan Poe.

Mi canción favorita de The Smashing Pumpkins es Today, viene en su segundo álbum: Siamese Dream (con la foto de dos niños en la portada aún no miembros de la Generación X). La voz de Corgan en un principio es bastante suave, melodiosa, luego la distorsión de la guitarra, una batería que decapita hasta la última parte cuando ya escuchamos al vocalista llenándose de oscuridad, de rabia. Con esa línea en el coro que gritaba I´ll burn my eyes/ before I get out… y yo no podía creer como a alguien se le había podido ocurrir eso. La santísima verdad

El video también es un clásico, en el que Corgan, todavía con cabello y apariencia púber, hace de heladero en un pueblito que parece el de Sofia Coppola en Suicide Virgins y ve a varias parejas a punto de copular en las calles y mientras vaga en el desierto, hasta por fin encontrar la suya, grunge pero con vestido veraniego, y los dos haciendo lo que les da la gana se seducen, llegan a una especie de fiesta donde todo es libertad (no tanto al estilo Woodstock sino más noventera). También encontré otro video en youtube. Excelente. Utilizando esos planos sobre objetos nimios, con aire de documental pero en HD, como pies, árboles, la cara del protagonista durante su minuto de felicidad y luego la cámara acelerando mostrando en segundos todo el proceso del amanecer hasta el ocaso. Buena técnica noventera, lástima que muy prostituida.

Hace mucho que no escuchaba esta canción. Días atrás, debutando en ese vicio donde las horas se pasan volando llamado Guitar Hero, nada me salía… Ni a una canción le atinaba, hasta que encontré Today y todo fue perfecto. Como no haber olvidado a andar en bicicleta.







Y leyendo hace una semana el diario Página 12, me encuentro con esta joya escrita por Francis Ford Coppola (El Padrino, Apocalypsis now, Drácula), originalmente publicada en la revista norteamericana Esquire en la sección “Lo que sé”. La publico entera porque los diarios del país jamás publicarían algo así. Por suerte tenemos la página web del Página 12. Que ellos no saben tanto como Coppola pero saben y tienen en Radar el mejor segmento cultural que he leído.
Lo que sé, por Francis Ford Coppola.
Cuando tenía dieciséis o diecisiete años quería ser escritor. Quería ser dramaturgo. Pero todo lo que escribía, me parecía, era flojo. Y recuerdo irme a dormir llorando porque no tenía el talento que ansiaba.

¿Alguna vez vieron la película Rushmore? Yo era exactamente como ese chico.
Tuve vino en la mesa toda mi vida. Incluso los chicos teníamos permitido tomarlo. Solíamos agregarle ginger ale, limón o soda.

Le hice algo terrible a mi padre. Cuando tenía 12 o 13, tuve un trabajo en Western Union. Y cuando llegaba un telegrama en una tira larga, lo cortábamos y lo pegábamos en un papel y lo entregábamos en bicicleta. Y yo sabía el nombre del director del departamento de música de Paramount Pictures, Louis Lipstone. Así que le escribí: “Estimado Sr. Coppola: Lo hemos elegido para que componga una banda sonora. Por favor regrese a Los Angeles inmediatamente para empezar con su encargo. Cordiales saludos, Louis Lipstone.” Y lo pegué y lo entregué. Y mi padre estaba tan contento. Y entonces tuve que decirle que era falso. Estaba totalmente furioso. Por aquellos días, a los chicos se les pegaba. Con el cinturón. Yo sabía por qué lo hice: quería que él recibiera ese telegrama. A veces hacemos cosas malas por buenas razones.

La gente siente que la peor película que hice fue Jack. Pero al día de hoy, cuando recibo cheques por viejas películas que he hecho, los de Jack son los más jugosos. Nadie lo sabe. Si la gente la odia, la odia. Pero yo simplemente quería trabajar con Robin Williams.
Nunca fui descuidado con el dinero de otro. Sólo con el mío. Porque me pareció que, bueno, se puede serlo.

Diez o quince años después de Apocalypse Now! estaba en un hotel en Inglaterra y agarré el principio de la película. Terminé viéndola completa. Y no era tan rara como pensaba. Había, en cierto modo, expandido lo que la gente estaba dispuesta a tolerar en una película.

Vi este cesto lleno de desechos de película. Habíamos rodado con cinco cámaras cuando llegaron los jets y arrojaron el napalm. Había que filmarlos todos al mismo tiempo, así que había mucho metraje. Levanté algo de este barril y lo puse en la moviola y era muy abstracto, y una vez cada tanto se podía ver este helicóptero. Luego, en la edición de sonido estaba toda esta música de los Doors, y en ella se escuchaba algo llamado “The End”. Entonces dije: “Ey, ¿no sería gracioso si empezáramos la película con ‘The End’?”.

Tengo mucha más imaginación que talento. Cocino ideas. Es tan sólo una característica. Admiro a personas como Woody Allen, que cada año escribe un guión original. Es sorprendente. Siempre deseé poder hacer eso.

Para hacer las cosas bien hay que ser abundante –ésa es mi tendencia–. Si preparo una comida, cocino demasiado y tengo demasiadas cosas. Anoche estaba viendo una película de Cecil B. DeMille basada en Cleopatra, y me di cuenta de cuántas partes de la historia real había dejado afuera. Buena parte del arte del cine es hacer menos. Aspirar a hacer menos.
Una vez, mientras esperaba, conseguí un trabajo: escribir un guión para Bill Cosby. El solía encargar el mejor vino para sus amigos. El no bebía, pero tenía este vino llamado Romanée-Conti que está considerado uno de los mejores del mundo. Yo no sabía que el vino pudiera tener tan buen sabor. También me enseñó a jugar baccarat. Y una noche empecé con 400 dólares y gané 30 mil. Así que compré 30 mil dólares en vinos Romanée.

Hay que mirar las cosas en el contexto de tu expectativa de vida.
El final era claro y Michael se había corrompido: ya había terminado todo. Así que no entendía por qué querían hacer otra El Padrino.

Les dije: “Lo que voy a hacer es ayudarlos a desarrollar una historia. Y encontraré a un director y la produciré”. Ellos me dijeron: “Bueno, ¿quién es el director?”. Yo les dije: “Un tipo joven, Martin Scorsese”. Me dijeron: “¡De ninguna manera!”. El recién empezaba.

Lo único que les cuestioné fue que la titularan El Padrino Parte II. Siempre era El hijo del Hombre Lobo o El Hombre Lobo regresa o algo así. Pero creían que sería confuso para el público. Es irónico, porque eso fue lo que comenzó todo el asunto de ponerles números a las secuelas. La verdad es que comencé un montón de cosas.

Estaba en mi trailer trabajando en El Padrino II o III en Nueva York, cuando golpearon a mi puerta. El tipo que estaba trabajando conmigo me dijo que John Gotti quería conocer al señor Coppola. Yo le dije: “No es posible, estoy muy ocupado”. Es como el viejo mito de los vampiros, según el cual tenés que invitarlos pero una vez que cruzan el umbral de la puerta, ya están adentro. Pero si les decís que no los querés conocer, no pueden pasar. No pueden conocerte.
Nunca vi Los Soprano. No estoy interesado en la mafia.

¿Qué mayor desaire te puede tocar que el que absolutamente nadie haya ido a ver Juventud sin juventud? Cualquier cosa mejor que eso es un éxito.

A algunos espectadores les encanta quedarse en sus butacas a leer todos los nombres de los créditos. ¿Estarán buscando a un pariente?

¿Qué debería hacer ahora? Podría hacer algo un poquito más ambicioso. O menos. Mejor menos. Para mí, menos ambicioso es más ambicioso.

29 de noviembre de 2009

El 26 fue un día de música (Charly en Guayaquil)

El jueves pasado fue un excelente día. Día de música que comenzó metiéndome en las primeras páginas de ¡Que viva la música! de Andrés Caicedo. Día de música que continúo viendo por 18ava vez el documental de Martin Scorsesse, No Direction Home, acerca de la vida de ese músico–poeta llamado Bob Dylan. Día de música que con semejantes previas no podía terminar mejor que con un concierto de Charly García. Que puede contarse desde el final o desde el comienzo de esa noche. Noche que terminó con Charly, de espaldas y sentado frente a su piano, cantando en Diva Nicotina Confesiones de invierno para 150 personas, estando yo presente, de pura suerte; o desde el comienzo comprando entradas de cancha y terminando en Golden, después de que casi me arrancaran el brazo ante la avalancha que quería estar más cerca del John Lennon del subdesarrollo.



Antes de las 20 corrían los rumores de que no se presentaría. Pero le tenía fe. Esperaba ansiosamente un espectáculo que nunca había presenciado, que lo tenía en mi lista de las 10 cosas de hacer antes de morir. Porque así como Ray Loriga escribía en su libro Días aún más extraños, que la respuesta existencial para darle a su hijo ante la mortal pregunta de ¿por qué venimos al mundo? sería sin duda que para escuchar las canciones de Bob Dylan, haré lo mismo con los míos y para justificar parte de mi existencia, sólo que a Dylan le sumaría otros cantantes entre los que incluiría a Charly en el Top. No defraudó. No importó que fuéramos pocos, que sólo 2500 personas hayan asistido, que a ratos el público tan sólo tarareaba las canciones, que en Guayaquil, tal vez, los empresarios no vuelvan a invertir en traer buen rock. Empezó con veinte minutos de atraso. Y sé que no tiene la misma voz ni el mismo histrionismo de años atrás, pero no le pude pedir más: El amor espera dio luz verde al concierto y el vertiginoso ascenso (cuando el mundo tira para abajo/ es mejor no estar atado a nada) a varias de las canciones que aprendí desde tiempos en los que también me enseñaban las tablas de multiplicar.

Dos horas entre Demoliendo hoteles, Promesas sobre el bidet, Pasajera en trance, Cerca de la Revolución, Nos siguen pegando abajo; todas con un excelente sonido que no te reventaba en los oídos sino que se te metía en los tímpanos como misil teledirigido para después hacer implosión. Después La Marce, Andrés, y este blogger con hambre y pensando en un after concert fuimos a Diva Nicotina a ver que pasaba. Dudé. Pero escuchando a Dylan: Don´t think twice it´s alright me subí al taxi que iba a Las Peñas. No podía ser de otra. Esa noche era parte del aguante, de un grupo del que no quiero salir. A los veinte minutos, mientras bebía mi cerveza, cerraron todas las puertas del bar y entró Charly. Estaban Los Niñosaurios, el vocalista de Los Pescados (Juan Fernando Andrade falto ahí), el blogger de Xavier Flores, este blogger y sus amigos, y el resto de tipos con verdadera suerte, haciéndole el cordón de honor a Charly, gritándole genio, ídolo, escuchando a su banda tocar Seminare, buen blues y harto Rolling Stones, que con la sencillez del caso agarraron los instrumentos y tocaron para los panas; y al final, cuando Charly cantó y nos pidió perdón por estar de espaldas, y ya sabíamos todos que se iba, no quedó más que gritarle GRACIAS. GRACIAS POR TODO. Say no more.


Tómalo con calma/ la cosa es así… Aún no puedo.


25 de noviembre de 2009

Portafolio cordobéz

Córdoba tiene el encanto de un pequeño pueblo, de una estancia, de naturaleza, un mate, una hamaca y la brisa del viento; pero también hay caos, congestión, aceleración, bulla. Como un niño que a la fuerza tuvo que crecer. Sólo que dijo: Ok, ¿hay que crecer?, entonces a mi manera. Y esa dualidad también se refleja en que a la vez es una ciudad vieja mezclada con nueva. Tal vez se deba a que está en el centro de todo y por eso allá se dirigían los jesuitas en la colonia, los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial, donde vivió el Che Guevara; y ahora los estudiantes de todas partes de Argentina, muchas mujeres (el superávit es de más de 80 mil féminas), los folcloristas y sus festivales, y todo aquel que pasa unos días en el país gaucho.

No es la ciudad más hermosa del mundo, lo que queda es la sensación de que vivir en Córdoba te debe dar una buena vida. Capital Cultural Iberoamericana hace un par de año, llena de peatonales, librerías, disquerías, cines, cafés, bares, músicos, escritores. No le huye a la historia (uno de los antiguos centros de tortura durante la dictadura es ahora un centro cultural) y se muestra tal como es. Como cuando te amarras con una pelada que no se maquilla y se ve tan hermosa en las mañanas con esa luz del día, y todo sus actos tiene un aroma a sinceridad.















* La última es La Poderosa.

22 de noviembre de 2009

Peces pequeños

«Jefe, si lo que nunca falta es camello. Yo por ejemplo vendía caramelos en los buses y me metía 300 latas, más de lo que ganaba aquí, sólo que usted sabe que aquí es seguro», me decía hace dos años uno de los obreros de planta del lugar que trabajaba en ese entonces, mientras hacía una encuesta de clima laboral para uno de los tantos y típicos proyectos de investigación que se debe presentar en cada materia de la universidad.

No era uno de esos “carameleros” que se trepan en grupos de cuatro en los buses de Guayaquil, y te avisan que recién salieron de la Penitenciaría y piden que los ayudes con un dólar a cambio de 3 frutellas. Eran otros tiempos. Dos años atrás los obreros del lugar donde trabajaba estaban tercerizados, el sueldo que recibían llegaba a $ 170.00 mensuales y no habían tantos comerciantes trabajando en el transporte público. La brecha entre asalariados e informales era más estrecha y en varios casos las oportunidades de ingresos de los últimos superaban a las de los primeros. Pero la tercerización se abolió, los salarios mínimos aumentaron y como todos sabemos, en Guayaquil cuando uno tiene una idea rentable, esta se propaga y a los pocos días podrá ver como una gran cantidad de personas se dedican a la misma actividad, saturando el mercado, imposibilitando cualquier oportunidad de ganancias, y la competencia en un principio beneficiosa se vuelve un virus que no deja de expandirse acabando con todos los recursos. Si esto pasa a nivel formal, en una ciudad donde todas las personas quieren ser empresarios, lo que no significa dedicarse a una actividad industrial sino ponerse un pequeño negocio (conozco tanta gente que tiene negocios de comida, tantas galerías comerciales que venden los mismos productos – seguramente el proveedor es uno solo –, tantas personas que alquilan sus autos como taxi y tantas casas en calle principal, igual a la del vecino, con un local a la entrada para alquilar), imaginen lo que sucede en el mercado informal, donde se necesita una pequeña inversión y es el refugio de más de la mitad de la población (por este sector el desempleo no es mayor al 10%).

Sin embargo en la revista Soho del mes pasado, edición dedicada al dinero, leyendo dos perfiles realizados a personas discapacitadas dedicadas a pedir caridad en importantes calles de la ciudad, que señalan que en promedio ganan entre 15 y 20 dólares diarios, muestran que el negocio es aun es rentable (aunque esto puede ser únicamente para el caso de las personas que se dedican a pedir ayuda – sin olvidar el mayor costo de vida que tienen que asumir los discapacitados - y no en los comerciantes, en una Guayaquil donde no nos gusta pagar impuestos, a todo le pedimos una rebaja pero nos encanta tener fundaciones – debe ser como lo que decía Sabato, que ayudar a un mendigo no es un acto para favorecer al otro sino para limpiar la conciencia propia -).
Esto a colación por el desinterés del Municipio en las protestas (algunas con violencia) realizadas por los informales para exigir sus derechos a un trabajo libre, y el interés político del Gobierno en apoyar esta medida, no por defender las libertades de este colectivo, sino para ganar adeptos.

18 de noviembre de 2009

La obra de Diablo

Lo mejor de Jennifer´s body, además de la Megan Fox, es la frase inicial: “Hell is a teenage girl” (me recuerda la increíble Suicide Virgins de Sofía Coppola, cuando la primera de las hermanas suicidas le responde al doctor, que le pregunta el porqué de quitarse la vida, que él nunca había sido una adolescente de 14 años). Lo dice la otra chica, la que no aparece en los afiches pero comparte protagonismo. Y no es que la película esté mal, sino que había escuchado tantas cosas buenas de su guionista, Diablo Cody, que después de verla era normal sentirse un poco desilusionado.



Megan Fox está bien en su papel de come-adolescentes en un pueblo desconocido de algún estado como Minnesota o Dakota del Norte. No va a ganar críticas favorables en altos círculos ni va a ser candidata al Oscar, aunque es bastante probable que gane el premio MTV dedicado a los filmes. Pero siento que al terminar de ver la película, a esta le faltó algo, se quedó a media maratón. Porque las pretensiones son grandes: emolar, a lo Tarantino, el cine de clase B, sólo que este es el de pueblitos desconocidos y sus asesinos en serie; volver a ese cine ochentero de adolescentes que atrapa (sin embargo en Karate Kid o Dirty dancing, por ejemplo, el mundo de los protagonistas gira alrededor de las artes marciales y el baile respectivamente, y todo los nerds, niños de mamá y los rufianes se dedican a lo mismo y representan su papel en dicha actividad); regresar a lo de la heroína no tan agraciada físicamente pero que al final es la única sobreviviente; tratar de mostrar el ambiente de las preparatorias después de haber sufrido alguna tragedia (que sí suceden en la vida real como la muerte de un grupo de amigos después de que algún loco empiece a dispararles en el aula); y enseñar a todas las mujeres que lo único que quieren los adolescentes (deportistas, góticos, nerds) es sexo, y están dispuestos a hacer cualquier cosa por conseguirlo. Todo esto trayéndolo a nuestra era para crear un video musical de una hora y media de estilo KORN, Linkin´Park y el resto de creadores de ese abominable ser que es el rock de hoy.

Jennifer´s body fue la primera película que vi de Diablo Cody. Pensé que podría ser el inicio de un sinnúmero de colaboraciones entre Megan Fox y la guionista ganadora del Oscar. Lo dudo. Por suerte me motivó a comprar en la esquina pirata de confianza, Juno, la historia de una peladita que se cree mejor al resto (y sólo por tratarlo en algo tiene razón) y queda embarazada de su mejor amigo. No puedo dejar de pensar en ella. Creada con una armonía de locos. Algo que sentí únicamente después de ver Eternal sunshine of a spottles mind. Que uno sabe que no trascenderá en la historia del cine pero pegó tan en lo personal que no quieres separarte de ella. Le agarraste cariño a la historia que empieza durante el invierno y termina en el otoño, a los amigos que rodean a Juno (más los padres, el novio y la pareja que adoptará a su hijo), la música que encaja perfectamente (Superstar de Sonic Youth), el inicio animado, y a Juno, el personaje, con una personalidad que podría servir de inspiración, al igual que Michelle, Lucy, Penny Lane y Eleanor Righby, para una canción de los Beatles que en algo te recuerda que eso que ves en la pantalla lo has vivido. Y sigues vivo para bien o para mal, esperando ese final que no es de musical pero lleva música y a todo el mundo le gustaría tener antes de que empiecen los créditos.

Diablo Cody, la guionista, trabajó de stripper en Minnesota, sin saber porqué, sólo sabía que odiaba su trabajo en la publicidad, después escribió un libro y debutó en el cine ganando un Oscar con Juno. Charlie Kauffman y Robert Price ya tienen una compañera en esa tarea de la que nadie se ocupa que es escribir buenos guiones originales.


15 de noviembre de 2009

Agarre un ticket (o haga cola), espere su turno y no se moleste porque podemos meterlo preso

«Siempre se fuma demasiado cuando se tiene que esperar» decía el muchacho. «La vida es una sala de espera» fueron las palabras del señor calvo mientras pisaba su cigarrillo. «Estos lugares deprimen» mencionaba María Elena que era la última en llegar.



Las frases son de los personajes del cuento Segunda vez, que describen el ambiente que generan esos sitios ajenos al paso del tiempo, reticentes al progreso, llamados oficinas burocráticas y que continua Julio Cortázar describiéndolos de «un silencio que por momentos parecía demasiado, como si las calles y la gente hubieran quedado muy lejos», y donde «todo el mundo tenía un aire más joven y más ágil al salir, como un peso que les hubieran quitado de encima, el trámite acabado, una diligencia menos y afuera la calle… realmente al otro lado de la sala de espera y los formularios.»

Sin hacer un barroco inventario, las peores oficinas donde he estado son una Subsecretaría de Trabajo cerca del malecón, con un grupo de huelguistas con sus delgados colchones y sus protestas escritas con marcador desgastado, ubicados en la entrada, y adentro, después de subir las escaleras con tenues luces y paredes marchitas, una empleada del lugar te gritaba «¿y usted qué me cree?, ¿portera?.. Vaya busque por allá», cuando le preguntabas por algún abogado que firme un acta de finiquito; y en el Consulado español esperando mi visa de estudios, después de haber viajado toda la noche hacia Quito y desde las 9 AM hacer la kilométrica cola, cuando finalmente llegué a la ventanilla, la persona del otro lado del vidrio me decía con sorna que «su visa no está, vuelva la próxima semana». Sin olvidar el antiguo Registro Civil con sus pasillos olor a orina y tramitadores a la entrada, o ahora las largas esperas en el Banco Guayaquil, cuando el ticket señala 60 números después del que aparece en el marcador y la señora a tu lado te mira y sin necesidad de palabras te pregunta «¿es en serio esto?»

Ambiente lúgubre, que siempre muestra la cara más fea de una ciudad, como en Sevilla, entre la Giralda y el Alcázar, está una oficina de migración oscura, con pocas personas atendiendo, y una larga fila que parecía una horizontal Torre de Babel; y en Buenos Aires, en las estaciones de policía, detrás de Congreso, en los despachos se pueden ver gatos dormir sobre los escritorios. Por algo Sabina canta en Y sin embargo, que una casa sin ella es una oficina.

En Perú, en el primer Gobierno de Alan García, hacer cola era un sinónimo de protesta, de solidaridad ante la escasez de todo. En Ecuador es la venganza del destino por no pagar impuestos y no exigir mejores servicios. Y algo bueno del actual gobierno era que para realizar estos trámites, las oficinas se habían mejorado (modernos edificios y personal más capacitado), todo sea para mantener la imagen que pretende dar. Lástima que todo eso se vaya al traste cuando uno va al IECE a pagar su crédito, y en ventanilla uno encuentra pegado el artículo 132 del Código Penal que dice que el que insultase a algún burócrata puede pasar entre 3 y 30 días en prisión. Mejor servicios, pero este tipo de leyes, al igual que las de separatismo y las que permiten enjuiciar a editorialistas, persisten desde la época de dictadura y varias se aplican.




10 de noviembre de 2009

Cuento: Poca sabiduria la de Santiago


Un sonido parecido a un jadeo, más acorde a un matadero de animales que a un cuarto de motel, fue el botón de eyección que sacó a Santiago del rincón donde se había refugiado después de un desesperado escape de la realidad. Cuando abrió sus ojos lo primero ante él fueron otros ojos, acuosos, al borde del llanto. Él no esperaba que esos ojos, no los de él, se desorbitaran o tuvieran actitud posesa, ni esperaba escuchar voces pidiendo por más de la boca ubicada debajo de aquellos ojos rojos, contenidos, a punto de explotar; pero nunca imaginó encontrar un rostro paralizado del susto, esperando el impacto del camión que inminentemente lo atropellará en la oscura carretera.

Frente a él no estaba la imagen repetida en las decenas de videos porno vistos en su computadora los últimos meses, durante varios momentos del día mientras se pajeaba sentado en la silla de imitación de cuero que hacía juego con el escritorio del estudio de su padre, donde dos personas (o a veces más) tiraban como si los Rolling Stones estuvieran tocando Paint in black en la playa de Río, dándole duro a la batería. Tampoco escuchaba los ruidos de placer, gritos de dolor y frases lascivas tan típicos del hardcore al que se había vuelto adicto. Aunque en el fondo, después de la sonrisa de la mujer con la boca llena de semen y antes de los créditos, Santiago sabía que aquellas imágenes deshidratantes y amnésicas para olvidar al menos quince minutos, no era lo que realmente quería. No quería correrse en la cara de una mujer y obligarla a tragarse su leche, ni agarrarla fuertemente del cabello en actitud dominante mientras la penetraba por la boca. Creía anhelarlo como parte de una venganza, de una reivindicación puesta en práctica en sitios sucios y oscuros, cuartos de moteles en las afueras de la ciudad. Una fachada para lo realmente soñado: estar con una mujer en la mayor intimidad posible, desnudos los dos en el comedor de un pequeño apartamento, ella sentada en sus piernas, acomodándole el cabello y riéndose; y después de copular y quitarse los fluidos, posar su cabeza allá abajo, en el segundo corazón femenino, ese sitio cálido donde Santiago sentía calma. Ninguna de las dos cosas pasó. Después de tantas sesiones diarias de manuela hasta la jaqueca, por lo exprimido que quedaba, con lo que se topó fue con un cordero a punto de ser degollado, emanando una combustible sensación de miseria.

***
No sabían nada el uno del otro y no importaba. Eso no era verdad pero estaba bastante cerca de serlo. Dos cosas eran lo que no volvía una entera verdad lo dicho. Primero ambos no se sentían alguien, eran un remedo de lo que habían sido, sin oportunidad a ser alguien nuevo; y segundo porque en el lugar donde se encontraron les habían pedido presentarse. Ya saben: lo clásico de los nombres, profesiones y, por ahí, algo más personal, útil para entablar una conversación y formar una amistad con fecha de expiración cuando ambos tomen otros rumbos, porque, aclarando el asunto, los dos se sentían de paso, impedidos de pasar el peaje. Habían olvidado la billetera, el pasaporte, y con eso: quiénes eran, sus pasados.

Santiago no prestó atención cuando ella se levantó de su silla y dio su nombre para todos, porque cuando hablaba, la persona que veía Santiago era un cromo repetido hasta el hartazgo. Mujeres fabricadas en serie. Usan denominaciones en los trabajos como “vecina” o “amiga” para referirse a sus compañeras, llaman a su novio “gordo”, conversan de maquillajes, se ríen por cualquier cosa, y seguramente en sus días libres van a Salinas y caminan por el malecón junto a la muchedumbre sin saber qué hacer, sólo siguiendo la larga cola de gente que tampoco sabe qué hacer y están ahí porque todo el mundo está ahí, enfundándose en ese disfraz trillado y falso pero cómodo, simplemente para caer bien, para hacer más llevable las ochos horas del día. Pero cuando mencionó que había sido Gerente de una empresa (pequeña, micro, minúscula empresa), con su aguda voz de marrana, lo único que él recordará, Santiago finalmente prestó atención a lo dicho por aquel ser, que por una especie de desprecio, metido en su ADN, le resultaba horrendo. Había sido Gerente y poseía un título en Administración. Tenía más de 40 años, se parecía a una profesora que tuvo alguna vez y que siempre olía a sopa, y su maquillaje era la obra de una prostituta en decadencia. Sin embargo lo interesante era lo de la Gerencia, porque a Santiago le dio la sensación que ella también tenía un prestigio de castillo de naipes al igual que él, desmoronado ante la primera brisa, condenado al fracaso sin importar los sacrificios.

***
Le dolían intensamente las encías el día en que se conocieron. Le picaban, le sangraban. Además sentía la vejiga siempre llena, ganas intensas de orinar todo el día, y la garganta seca, pero a diferencia de la persona a su lado, Marcos (metalero, ex – guardia de una empresa de seguridad, 30 años, mujer e hijo a cuestas y con ganas siempre de echarse algunas cervezas los viernes), Santiago no escupía en el piso a vista de todos en los recesos, cuando salía a fumar un cigarrillo después de haber estado encerrado un par de horas, junto a un grupo de personas encontrados por la necesidad, convertidos en una manada de dóciles animales, ni carraspeaba su garganta cortando el silencio del lugar.

«Es la habitación del tiempo», pensó. Tuvo la sensación de que el lugar era como aquella nave espacial de Odisea 2001, en la secuencia donde el astronauta, metido en un agujero negro, vive varias decenas de años en pocos minutos, hasta que finalmente se convierte otra vez en un hermoso y rosado feto; o como el Maelstrom del cuento de Poe, porque aquí, donde el aire acondicionado y las cómodas sillas son un placebo, a diferencia de afuera, el lugar donde el tiempo transcurre normalmente la mayoría de veces, a excepción de noviembre y diciembre, cuando el tiempo acelera, desesperado por terminar, cruzar la meta, marcar tarjeta ante el final del turno, cerrar el telón y que alguien lo releve, en la caja, Santiago sentía, lentamente pero sin ninguna pausa y sin posibilidades de un espectacular y planificado escape, sus nervios quebrarse, su piel agrietarse, sus huesos endurecerse y su miopía aumentar. Pensaba en las charlas de los doble-A y a diferencia de esta capacitación, previo a empezar un trabajo rutinario pero de alta importancia para alguien que sí gana millones de dólares, donde se encontraba, un lugar lleno de alcohólicos lucía entretenido, con testimonios interesantes de los miembros, estando cerca de personas que se habían atrevido a vivir aunque quedaron maltrechos en el intento. En la caja, como llamó a su lugar de trabajo, no se podía hablar, era necesario pedir permiso para ir al baño, te piden sentarte si te levantas. Era el lugar que tanto había odiado y no sabía qué-chucha-hacía-ahí además de hacer la tarea y vivir como lo demás, echando panza mientras esperaba la orden del día.

***
Al despertar gracias al chillido de miseria y acabar echando un prolongado y tardío chorro de esperma que parecía también llevarse parte de él, Santiago se dirigió al baño. Las luces no servían y algunos pelos que no eran los suyos ni de la mujer, mezcla de modelo Picasso-Botero, año 61, que todavía se encontraba acostada en la cama, los saludaban antes de perderse en el caño, por lo que descartó meterse al jacuzzi, a pesar que la idea de reportarse al siguiente día con un pie de atleta en todo el cuerpo y así tener una excusa para faltar no le pareció totalmente desquiciada. Ducharse fue otra idea descartada porque de repente le entró la paranoia de que podrían estarlo grabando en video, listo para ser vendido en internet por algún gordo español obsesionado con la princesa Leia, y muchos de esos freaks que usualmente corren a ver películas en su estreno para después despedazarlas, lo verían y comentarían con frases más grotescas que ver a alguien bañándose en un cuarto de motel.

La ida al baño fue otro intento de escape de la realidad, a la que volvió inconscientemente, yendo a la cama sin saber qué hacer, un puño venido de imprevisto. No sabía cómo escapar de aquel lugar, no sabía qué era lo siguiente después de haber visto a aquella persona al punto del quiebre total, poco antes de correrse dentro de ella, usando un condón con sabor a banano, los únicos disponibles en la recepción que también servía como tienda. «¿Qué tal el primer día?» preguntó. Ella movió la cabeza en señal de que no estuvo tan mal, tiritando aún el llanto contenido. «¿Crees que vas a regresar mañana?» dijo Santiago sin mirarla a los ojos. «Toca» fue la respuesta, mientras se levantaba en busca de su teléfono; y arqueadas venidas del fondo de sus intestinos, al ver por primera vez aquel cuerpo de pie y desnudo, le vinieron a esa cucaracha convertida en hombre, reverso de Gregorio Sansa, que estaba apoyado en la puerta del baño. Ella cerró la llamada, y como una niña desesperada empezó a recoger su ropa y vestirse. Santiago no dijo nada, no tanto por alivio sino por temor a que ella entre en un ataque de nervios, lo termine asesinando y aparezca en el diario EXTRA, al día siguiente, entre el resto de asesinatos ocurridos en el día, su cuerpo ya plomizo como una pieza de utilería en una clase de medicina, el titular: «Por no servir en la cama le metieron nueve puñaladas».

El polvo de Santiago, a la mañana siguiente, era más un sueño que un recuerdo, hasta que se metió al baño y vio los primeros signos del pie de atleta en su espalda. Se vistió e igual fue a la caja. Antes de entrar le pidió un cigarrillo a Marco y cuando ocultaba el encendedor entre sus manos, vio acercarse a otro compañero de trabajo, con quien nunca había conversado y no sabía su nombre, con una cara de estar comiendo mierda. Les contó, usando un tono de hacerse el bacán, el que no le tiene miedo a nada, que un chiclero le había dicho algo a su novia y quería pedirle prestado el tolete al guardia para entrarle a bastonazos al morboso vendedor. «Entren por favor» dijo una voz amable detrás de la puerta. «A echar panza» dijo el ofendido novio. Santiago se dio cuenta que ella no volvería. Ella se había atrevido a mandar a la mierda a la caja y buscar otra cosa. «La concha de su madre» pensó, al mismo tiempo que botaba el cigarrillo y se empezaba a arrepentir de la oportunidad que tuvo de haber aparecido en el diario EXTRA, descuartizado, flagelado, cercenado; pero sin panza, canas, ladillas y bigotes.

8 de noviembre de 2009

Pastillas para no soñar*

Días atrás, dentro del XIII Congreso Forestal Mundial celebrado en Buenos Aires, como parte de las conclusiones a las que se llegaron, se estimó que la especie humana consume recursos como si tuviera tres planetas disponibles. Lo que vuelve una necesidad el uso más eficiente de recursos naturales, evitar la depredación consumista, reutilizar nuestros desperdicios y sancionar el uso de productos que tardan decenas de años en degradarse; pero lo expresado por el presidente Hugo Chávez, cuando le pide a la población venezolana que se duchen por tres minutos, y culpa de la escasez de agua y electricidad al alto consumo de las personas con piscina en sus casas o que lavan sus vehículos los domingos, debido a los próximos recortes en ambos servicios básicos, no tiene que ver con una cuestión ecológica, sino de irresponsabilidad, de ineptitud en no prever estos problemas durante una época de bonanza (más irónico aún en América Latina donde existe la mayor reserva hídrica del mundo).
El fotógrafo Marcos López, en el diario Página 12, escribía que se sentía identificado al ver a los cubanos en el malecón de La Habana apreciando el horizonte, como esperando algo con una cierta melancolía. Y en el NY Times, un periodista económico, el año pasado (en la peor época de la actual crisis financiera), lo corroboraba al escribir que entre tanto estrés capitalista, disfrutaba de esa desconexión del resto del mundo, por la falta de noticias y publicidad, que sólo en La Habana se puede dar. Ahora que en el Ecuador estoy saboreando un poco de aquello glorificado por los que tan sólo van al paso, la imagen no resulta bella sino terrorífica.

No vivimos aún en Cuba y Venezuela (aunque muchos columnistas por su desprecio personal al presidente digan lo contrario), pero con la encarcelación (ahora libres) de los miembros de la Junta Cívica por pegar unas pancartas y con los cortes eléctricos que desde el día jueves, por más de seis horas, se extienden por el país (Rafael Correa siempre señala que nosotros no debemos porque financiar a los países ricos con las reservas internacionales sino que este dinero se puede aprovechar en proyectos rentables como hidroeléctricas), mientras el ventilador lentamente se apaga, en medio del sopor provocado por el calor y la humedad guayaca (sin olvidar, además del cambio en la rutina, las pérdidas en la producción y los comercios), una brisa de cómo es el día a día en estos infierno-paraísos caribeños nos ha llegado.

Por suerte en Ecuador se está aprobando una ley que abarataría los medicamentos, y remitiéndome a la crónica de Lygia Navarro, publicada en Etiqueta Negra, llamada: Bienvenidos a Cuba, la isla mas triste del mundo, esperamos que ante los problemas arriba señalados y la escalada del desempleo, generadora de pobreza, preocupación y depresión, sin necesidad de un mercado negro, podamos acceder al meprobamato (abuela del Valium y Prozac), para levantarnos revitalizados al día siguiente, con la convicción de que aquí las mujeres embarazas no pierden peso, ni que en lugar de papel higiénico se utilizan los libros de la editorial Huracán porque tienen el papel más barato y suave. Ojalá tengamos esas pastillas para no soñar.
* El título lo pone Sabina.



4 de noviembre de 2009

Violetas como una justificación

Un mes atrás Mercedes Sosa, La Negra, se fue. Se fue en el sentido de que su corazón dejó de latir y sus pulmones de inhalar aire, porque su voz se la sigue escuchando, difícilmente se apagará; y a diferencia de la canción que cantó varias veces junto a Fito Páez y Víctor Heredia, yo vengo a ofrecer mi corazón: y me iré tranquila, me iré despacio..., ahora más que nunca se siente que ella no se va.


Traté de escribir algo la fecha que murió, pero como siempre las palabras no me alcanzaron. Varios homenajes se le hicieron. Recuerdo dos. El primero que le hizo el diario Página 12 con el título Parte del aire, que a diferencia de muchos de los especiales que hace el diario fundado originalmente por Jorge Lanatta, pero ahora devenido a diario oficialista como te lo dicen muchos de los quiosqueros que abundan en las calles de Buenos Aires, aunque siguen escribiendo en el mismo personajes como Rodrigo Fresán y su sección Radar en serio que vale la pena leer, este especial de La Negra Sosa pienso que no estuvo acorde con ella.

La Negra más que partituras musicales y registros sonoros era puro sentimiento. No cabía el análisis musical como lo hizo Página 12, si no tal vez repasar la historia de alguien que siempre apoyó la música, que fue la madrina del rock argentino (cantando Inconsciente Colectivo con Charly García en Córdoba) cuando lo más probable era que muchos cantantes de folclore estén refunfuñando en un parque, plaza o en alguna cantina con luces pálidas que la música ya no es lo que era antes, y que hasta el último estuvo junto a artistas de la actual generación, como las versiones de sus canciones que tiene con Ceratti, Calle 13 o Shakira. Era lo más parecido a la Pacha Mamma, alguien que estaba en contacto con su tierra y que le gustaba contar historias sencillas, de labores que se repiten todos los días y que ella mostraba su escondido encanto.

Recuerdo en el funeral de Mario Benedetti, el mismo día que dejé Montevideo estuve presente ahí en el Edificio de Congreso (era un lunes lluvioso de mayo), mientras veía por primera y última vez al autor de Los Montevideanos y de Gracias por el Fuego, un ramo de flores con la firma de Joaquín Sabina presente en el auditorio. A La Negra, Sabina le dedicó unas violetas que es el mejor homenaje que he leído y que lo publico aquí como justificación a mi falta de palabras.





Violeta para Mercedes.
Por Joaquín Sabina.

Se nos murió la gran dama,
Negra Sosa, pacha mama
de Corrientes,
que bordó puntos y comas
en las prisas del idioma
de la gente.

Martina Fierro de ley
que sin dios, patria ni rey
tiró p’alante,
antes de decir adiós
me propuso un blues a dos
voces distantes,
distintas, y, sin embargo,
cerquita del ron amargo
que consuela,
que abruma,
que mortifica,
que suma, que santifica,
que desvela.

Cuando rompió la baraja,
hizo del bombo su caja
de Pandora,
entre el mestizo y el yan
quise quedaba con Yupanqui
hasta la aurora.

Todos menos uno, dijo,
provocando el acertijo
de Cosquín,
militante del futuro,
no pudo con ella el muro
de Berlín.

Canto ancestral de Argentina,
la más frutal de las minas,
todo es nada,
no sabe cómo la lloro,
desafinando en el coro
de las hadas.

Madrina de los roqueros
más intrusos, más villeros,
menos brutos;
en calle melancolía
mi letra y su melodía
visten de luto.

Más de una vez la besé
pero nunca olvidaré
la noche aquella:
aquel piano y su voz
y mi sonanta y la coz
de las estrellas.

Me aterran las despedidas
pero gracias a la vida de Violeta,
Mercedes inventó el son
que duerme en el corazón
de los poetas.