12 de agosto de 2011

De la vieja escuela

Vía intravenosa tengo metida la música de la segunda temporada de Treme. La escucho por todas partes. Baila, da giros en mi cabeza. Malabarismo. La busco. Olvido los nombres pero no los ritmos. ¿Cómo se llama esa de Louis Armstrong que empieza con un lamento y el bueno de Batiste le enseña a sus alumnos como máximo acto de creación? Algo con la palabra blues (que termina siendo West end blues, solo que no llega en el momento). Y la que toca el hijo del jefe indio Lambreux en NY. Ésa es más vieja. Por ahora recuerdo al holandés sin talento en las calles entonando Bassin street blues. Down the Mississippi... La busco en Youtube esperando encontrar algo de la vieja escuela. Cincuenta años atrás. Sorpresa a medias. Suena a clásico, pero quien canta y hace vibrar el saxofón es una niña de catorce años, contemporánea. ¿Quién diablos es Andrea Motis? Seguramente una reencarnación del espíritu de NOLA. Lleva el jazz en las venas. Ternura y sabiduría. De un rato acá me doy cuenta que empiezo a descargar todo lo relacionado con sus actuaciones. Piel de gallina, sensación de emoción en la nuca. Siempre es bueno llevarse sorpresas. Toca compartirlas. Altas probabilidades de maldición al no esparcir lo que vale la pena de este mundo...



Con seguridad volveré a este tema...

3 de agosto de 2011

Como la vida misma

Allá en la gélida Islandia, un lugar del que casi nunca nos enteramos lo que pasa por su alto estatus de vida – entre paréntesis aburrido –, un año atrás luego del fuerte azote financiero y el plan de ajuste por la recesión mundial algo curioso, aunque sabio, ocurrió: no fue el hecho de que un comediante haya la ganado la alcaldía de la capital Reikiavik prometiendo lo incumplible, sino una consecuencia: para pactar con la oposición el major sólo pedía una cosa: que sus compinches políticos se hayan visto todos los episodios The Wire. Esa novelita rusa que transcurrió y transcurre en Baltimore, Maryland (la tierra donde Edgar Allan Poe acabó con sus días en medio del delirio). Nada raro, excéntrico o descabellado (al igual que ver a Michael Williams – Omar Little – dando conferencias en la universidad de Harvard) para aquellos que hemos presenciado ese estudio de nuestra sociedad, y tal vez la gran obra de este siglo. Una serie que no es realista sino real mencionaba Rodrigo Fresán. La verdad tan dura como puños.

Cable a tierra. Cabeza fría una semana después, sin toda esa emoción que hace que uno escriba como desenfrenado, un ser irracional que habla con la emoción, recuerdo haberme sentado y preparado para ver el último episodio de The Wire, sabiendo que después de sesenta horas (de la forma recomendada: de un solo tirón porque es imposible aguantar una semana) nada iba a ser igual que antes. Un vaso de vino, un cigarro y mucha nostalgia. Tom Waits cantando Down in the hole. El final fue un disparo al pie, el dolor de haber perdido un dedo. Los personajes mejor diseñados en la historia de la televisión diciendo adiós. La maestría en el guión de Burns, Simons, Price y otros. Capítulos llenos de historias al parecer insignificantes, pero a la larga todo se conectaba. Caras que se volvían familiares y conocidas. Casi todas con un trágico destino. Y en verdad dolía cuando algo pasaba: Omar con sus aires de gitano, ese silbar y su viril homosexualidad muriendo en las manos de un niño y el espectador esperando que todo sea un juego. Bodie acribillado injustamente en una de las tantas equinas anónimas. Frank Sobotka caminando hacia el puente sin conocer su fatal destino. Cine negro con algo de western la ocasión que Omar se encuentra con Brother Muzzone. La escena de los diez mil fucks para burlarse de CSI. Los niños de la cuarta temporada sin salvación alguna. Snoop aterrorizando a Stephen King. El intento de suicidio del bueno de Bubbles - mi personaje favorito -. It´s all in the game.