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9 de abril de 2012

Una de JJ

Es lo que pienso. Lástima que a ti te guste jugar a la ausente... (mal que ya sueno a Arjona)

27 de marzo de 2012

Publicado


De los últimos seis meses acá finalicé un proyecto con el BID y empecé otro con una ONG de Bélgica, leí a Tolstoi por recomendación y la trilogía de Stieg Larsson sólo por fe en David Fincher. Inicié hace ocho semanas La Broma infinita de Foster Wallace y pienso que abrí una caja de pandora. Salí con alguien y todo terminó. Conocí Caluma, Alausí, Echeandía, Muisne, Río Verde, y me tocó volver a un montón de textos desarrollo económico, desarrollo regional, desarrollo territorial y casi cualquier clase de desarrollo que existe. Yo colaboré con uno más para la pila académica con ese lenguaje técnico que tanto odiaba el mencionado Foster Wallace. Con la universidad y el RIMISP publicamos algo que no podría llamar un libro a pesar de su volumen… a falta de eso como le decimos nosotros (el equipo)… una investigación…

Más que los gráficos y las tasas obtenidas de base de datos lo que me queda de la elaboración son las fechas topes, sin ellas hoy estaríamos escribiendo perdidos en la inmensidad; las malas noches trabajando en grupo, revisando que cada dato esté bien calculado, que los resultados de diferentes indicadores no se contradigan entre sí; el caos que resulta que tres personas escriban en un mismo documento y que luego este tenga que ser editado; la falta de colaboración por parte de los Municipios y otras entidades públicas; la impotencia, rabia y desdén que provoca que los mismos Municipios no cuenten con información sobre las labores que realizan; la desorientación de cómo empezar; el escaso presupuesto que se dispone para llevar a cabo encuestas y perfiles; el querer escribirla como una crónica, una historia que condense toda una realidad, pero simplemente llenarme de números y tecnicismos.

También me quedan esos recorridos a tierras conocidas como Balzar, con profesores mencionando que sufren de gastritis por las ocho horas laborales seguidas que les han impuesto, los niños que deben salir tres horas antes para llegar a clases; en Santa Lucía con el Presidente del Centro Agrícola reuniéndonos frente a la Comisión de Tránsito y con un séquito de guardaespaldas creyéndonos sicarios por la voz colombiana de mi compañera; el haber conocido a Anita de la Parroquia Ayacucho en Santa Ana, Manabí y su constante emprendimiento con las mujeres; recorrer Junín y Calceta antes que se inunden; haber salido a comer con Juan Fernando Andrade en El Fruto Prohibido, Portoviejo y conversar de un libro sobre Quito que anda escribiendo; trabajar con dos personas que considero casi que Profesores X: Anastasio Gallego y Rafael Guerrero y haber compartido diferntes conferencias luego de la publicación. Ver tierras abandonas y tierras trabajadas, sacar las manos por las ventanas y mecerlas, haber escuchado centenares de voces…

En resumen en los cantones del norte del Guayas, Centro y Sur de Manabí, y la zona baja de Los Ríos se encuentra el mayor número de pobres en el país, y siendo una de las zonas más productivas. ¿Por qué y qué causa esto? Para eso visitar el link.

http://www.usm.edu.ec/pub_investigacion.php

Ese es nuestro objetivo: Propiciar el debate y la discusión sobre temas de importancia en una Región Litoral carente de espacios de diálogo y propuestas, donde se desconoce con cifras y resultados las condiciones en las que vive la mayoría de la población.

Se necesita mucho más que una publicación. Por algo hay que comenzar...

21 de julio de 2010

Teclear o la muerte...


¿Sonido favorito? Nada mejor que el golpeteo de los dedos al teclado de una computadora. Primero escribe y después piensa dice el pseudo-Salinger, Sean Connery, en Finding Forrester. Un sonido rítmico, constante, que va creciendo hasta confundirse con una estampida de animales salvajes; y sin embargo frente a la pantalla la mayor parte del tiempo nada escucho. Estoy a una vida de distancia de Warhol queriendo producir arte de la manera que funcionan las economías a escalas, de Dylan escribiendo en un día dos canciones que cualquier otro en tres décadas nunca podrá o Bukowski haciendo poemas de las moscas y la mierda. Salgo a buscarlas y las ideas no están regadas en la ciudad, ocultándose de sus cazadores. Tampoco en mi cabeza. Mientras tanto el silencio es la pestilencia que denuncia la presencia de un cadáver.

No conozco las reglas de la métrica como el hiper-realista Poeta Madero que las recitaba durante su largo viaje por el desierto de Sonora, ni soy un maestro en el uso del punto y coma. No tengo lo hipster de Hemingway, o la locura de Cortázar, la desesperación de Sabato, la sensibilidad de Foster Wallace, la demencia suicida de Hunter S. Thompson, la excentricidad de Salinger. No he presenciado la guerra en primera fila a lo Kapuscinski, ni me han querido fusilar a lo Dostoievski. Para saber lo que es crear algo todavía me falta leer a Borges, a Fitzgerald, el Ulysses de Joyce, la generación beat, empezar los filósofos griegos, terminar a Shakespeare y muchos de los clásicos como Kafka y Goethe son casi desconocidos para mí.


Apenas he escrito un puñado de cuentos, nada mío se ha publicado, estoy a largos años de empezar una novela, no pertenezco a ninguna escuela literaria o grupo de poetas (no sé si tengo un estilo), ni siquiera a un puto club de lectura y no sé por qué escribo esto. Tampoco tengo las intenciones de escribir la última gran obra latinoamericana. Lo que sé es que tengo tres historias para escribir girando en mi cabeza. Tengo a un fotógrafo en Jujuy, en la Ruta 40, conociendo a un hombre que quiere llegar hasta el final de la Patagonia para pegarse un tiro y de paso asustar a las aves con el desplome de su cuerpo en la nieve; también tengo resquebrajada la existencia de una mujer ante el comentario trivial de una desconocida, y retazos de la vida de la victimaria que come, caga y duerme sin saber cuánto ha afectado a otra persona; y tengo un cuento en primera persona de alguien en un mal día paseando por Guayaquil, con patos, la muchacha en la ventana de Dalí, la Metrovía, lluvia y otras cosas. Tengo esbozos.

Borrar y reescribir situaciones, pulir a los personajes, volverlos más creíbles con cuestiones sencillas: que se coman la médula de los huesos del pollo, que odien la sensación en sus pies cuando las medias se les empapan por la lluvia y deban seguir caminando, que les guste quemarse con cigarros en las manos a la hora de tener sexo, que un murciélago en la ventana les recuerde la felicidad de la niñez. Ideas y pensamientos que dan vueltas todos el día sin parar, y cuando creo haberle encontrado la vuelta (una puerta de entrada o al menos una ventana) y me siento frente al computador, todo se dispersa, pienso que no es el día indicado para empezar, las manos se tornan pesadas y lo único razonable es repetir que debería tener siempre servilletas y una pluma en el bolsillo para atrapar a esos demonios que se escabullen cuando se los necesita.


Prefiero una computadora a un cuaderno. La playa, un viaje lejos de casa, en un parque, con nadie a kilómetros a la redonda, al día siguiente de una borrachera y haber escuchado varias historias, después de hablar con un extraño o ver una película, con un vaso de vino o whiskey al lado, escuchando Mr. Tambourine una y otra vez, con un café, dos cafés, tres cafés. Todo eso he intentado y son meses en que ni una maldita frase decente aparece. No importa. Hay que pararse frente a ese teclado de la misma forma que el viejo Hank Chinaski y darle como si fuera una pelea de pesados; y la inspiración llegará sin importar que se trabaje en una mina de carbón dieciséis horas al diaria o se esté solo y sin preocupaciones. Escribir para uno mismo y no para el resto. No hay excusas.

25 de noviembre de 2009

Portafolio cordobéz

Córdoba tiene el encanto de un pequeño pueblo, de una estancia, de naturaleza, un mate, una hamaca y la brisa del viento; pero también hay caos, congestión, aceleración, bulla. Como un niño que a la fuerza tuvo que crecer. Sólo que dijo: Ok, ¿hay que crecer?, entonces a mi manera. Y esa dualidad también se refleja en que a la vez es una ciudad vieja mezclada con nueva. Tal vez se deba a que está en el centro de todo y por eso allá se dirigían los jesuitas en la colonia, los alemanes después de la Segunda Guerra Mundial, donde vivió el Che Guevara; y ahora los estudiantes de todas partes de Argentina, muchas mujeres (el superávit es de más de 80 mil féminas), los folcloristas y sus festivales, y todo aquel que pasa unos días en el país gaucho.

No es la ciudad más hermosa del mundo, lo que queda es la sensación de que vivir en Córdoba te debe dar una buena vida. Capital Cultural Iberoamericana hace un par de año, llena de peatonales, librerías, disquerías, cines, cafés, bares, músicos, escritores. No le huye a la historia (uno de los antiguos centros de tortura durante la dictadura es ahora un centro cultural) y se muestra tal como es. Como cuando te amarras con una pelada que no se maquilla y se ve tan hermosa en las mañanas con esa luz del día, y todo sus actos tiene un aroma a sinceridad.















* La última es La Poderosa.

10 de noviembre de 2009

Cuento: Poca sabiduria la de Santiago


Un sonido parecido a un jadeo, más acorde a un matadero de animales que a un cuarto de motel, fue el botón de eyección que sacó a Santiago del rincón donde se había refugiado después de un desesperado escape de la realidad. Cuando abrió sus ojos lo primero ante él fueron otros ojos, acuosos, al borde del llanto. Él no esperaba que esos ojos, no los de él, se desorbitaran o tuvieran actitud posesa, ni esperaba escuchar voces pidiendo por más de la boca ubicada debajo de aquellos ojos rojos, contenidos, a punto de explotar; pero nunca imaginó encontrar un rostro paralizado del susto, esperando el impacto del camión que inminentemente lo atropellará en la oscura carretera.

Frente a él no estaba la imagen repetida en las decenas de videos porno vistos en su computadora los últimos meses, durante varios momentos del día mientras se pajeaba sentado en la silla de imitación de cuero que hacía juego con el escritorio del estudio de su padre, donde dos personas (o a veces más) tiraban como si los Rolling Stones estuvieran tocando Paint in black en la playa de Río, dándole duro a la batería. Tampoco escuchaba los ruidos de placer, gritos de dolor y frases lascivas tan típicos del hardcore al que se había vuelto adicto. Aunque en el fondo, después de la sonrisa de la mujer con la boca llena de semen y antes de los créditos, Santiago sabía que aquellas imágenes deshidratantes y amnésicas para olvidar al menos quince minutos, no era lo que realmente quería. No quería correrse en la cara de una mujer y obligarla a tragarse su leche, ni agarrarla fuertemente del cabello en actitud dominante mientras la penetraba por la boca. Creía anhelarlo como parte de una venganza, de una reivindicación puesta en práctica en sitios sucios y oscuros, cuartos de moteles en las afueras de la ciudad. Una fachada para lo realmente soñado: estar con una mujer en la mayor intimidad posible, desnudos los dos en el comedor de un pequeño apartamento, ella sentada en sus piernas, acomodándole el cabello y riéndose; y después de copular y quitarse los fluidos, posar su cabeza allá abajo, en el segundo corazón femenino, ese sitio cálido donde Santiago sentía calma. Ninguna de las dos cosas pasó. Después de tantas sesiones diarias de manuela hasta la jaqueca, por lo exprimido que quedaba, con lo que se topó fue con un cordero a punto de ser degollado, emanando una combustible sensación de miseria.

***
No sabían nada el uno del otro y no importaba. Eso no era verdad pero estaba bastante cerca de serlo. Dos cosas eran lo que no volvía una entera verdad lo dicho. Primero ambos no se sentían alguien, eran un remedo de lo que habían sido, sin oportunidad a ser alguien nuevo; y segundo porque en el lugar donde se encontraron les habían pedido presentarse. Ya saben: lo clásico de los nombres, profesiones y, por ahí, algo más personal, útil para entablar una conversación y formar una amistad con fecha de expiración cuando ambos tomen otros rumbos, porque, aclarando el asunto, los dos se sentían de paso, impedidos de pasar el peaje. Habían olvidado la billetera, el pasaporte, y con eso: quiénes eran, sus pasados.

Santiago no prestó atención cuando ella se levantó de su silla y dio su nombre para todos, porque cuando hablaba, la persona que veía Santiago era un cromo repetido hasta el hartazgo. Mujeres fabricadas en serie. Usan denominaciones en los trabajos como “vecina” o “amiga” para referirse a sus compañeras, llaman a su novio “gordo”, conversan de maquillajes, se ríen por cualquier cosa, y seguramente en sus días libres van a Salinas y caminan por el malecón junto a la muchedumbre sin saber qué hacer, sólo siguiendo la larga cola de gente que tampoco sabe qué hacer y están ahí porque todo el mundo está ahí, enfundándose en ese disfraz trillado y falso pero cómodo, simplemente para caer bien, para hacer más llevable las ochos horas del día. Pero cuando mencionó que había sido Gerente de una empresa (pequeña, micro, minúscula empresa), con su aguda voz de marrana, lo único que él recordará, Santiago finalmente prestó atención a lo dicho por aquel ser, que por una especie de desprecio, metido en su ADN, le resultaba horrendo. Había sido Gerente y poseía un título en Administración. Tenía más de 40 años, se parecía a una profesora que tuvo alguna vez y que siempre olía a sopa, y su maquillaje era la obra de una prostituta en decadencia. Sin embargo lo interesante era lo de la Gerencia, porque a Santiago le dio la sensación que ella también tenía un prestigio de castillo de naipes al igual que él, desmoronado ante la primera brisa, condenado al fracaso sin importar los sacrificios.

***
Le dolían intensamente las encías el día en que se conocieron. Le picaban, le sangraban. Además sentía la vejiga siempre llena, ganas intensas de orinar todo el día, y la garganta seca, pero a diferencia de la persona a su lado, Marcos (metalero, ex – guardia de una empresa de seguridad, 30 años, mujer e hijo a cuestas y con ganas siempre de echarse algunas cervezas los viernes), Santiago no escupía en el piso a vista de todos en los recesos, cuando salía a fumar un cigarrillo después de haber estado encerrado un par de horas, junto a un grupo de personas encontrados por la necesidad, convertidos en una manada de dóciles animales, ni carraspeaba su garganta cortando el silencio del lugar.

«Es la habitación del tiempo», pensó. Tuvo la sensación de que el lugar era como aquella nave espacial de Odisea 2001, en la secuencia donde el astronauta, metido en un agujero negro, vive varias decenas de años en pocos minutos, hasta que finalmente se convierte otra vez en un hermoso y rosado feto; o como el Maelstrom del cuento de Poe, porque aquí, donde el aire acondicionado y las cómodas sillas son un placebo, a diferencia de afuera, el lugar donde el tiempo transcurre normalmente la mayoría de veces, a excepción de noviembre y diciembre, cuando el tiempo acelera, desesperado por terminar, cruzar la meta, marcar tarjeta ante el final del turno, cerrar el telón y que alguien lo releve, en la caja, Santiago sentía, lentamente pero sin ninguna pausa y sin posibilidades de un espectacular y planificado escape, sus nervios quebrarse, su piel agrietarse, sus huesos endurecerse y su miopía aumentar. Pensaba en las charlas de los doble-A y a diferencia de esta capacitación, previo a empezar un trabajo rutinario pero de alta importancia para alguien que sí gana millones de dólares, donde se encontraba, un lugar lleno de alcohólicos lucía entretenido, con testimonios interesantes de los miembros, estando cerca de personas que se habían atrevido a vivir aunque quedaron maltrechos en el intento. En la caja, como llamó a su lugar de trabajo, no se podía hablar, era necesario pedir permiso para ir al baño, te piden sentarte si te levantas. Era el lugar que tanto había odiado y no sabía qué-chucha-hacía-ahí además de hacer la tarea y vivir como lo demás, echando panza mientras esperaba la orden del día.

***
Al despertar gracias al chillido de miseria y acabar echando un prolongado y tardío chorro de esperma que parecía también llevarse parte de él, Santiago se dirigió al baño. Las luces no servían y algunos pelos que no eran los suyos ni de la mujer, mezcla de modelo Picasso-Botero, año 61, que todavía se encontraba acostada en la cama, los saludaban antes de perderse en el caño, por lo que descartó meterse al jacuzzi, a pesar que la idea de reportarse al siguiente día con un pie de atleta en todo el cuerpo y así tener una excusa para faltar no le pareció totalmente desquiciada. Ducharse fue otra idea descartada porque de repente le entró la paranoia de que podrían estarlo grabando en video, listo para ser vendido en internet por algún gordo español obsesionado con la princesa Leia, y muchos de esos freaks que usualmente corren a ver películas en su estreno para después despedazarlas, lo verían y comentarían con frases más grotescas que ver a alguien bañándose en un cuarto de motel.

La ida al baño fue otro intento de escape de la realidad, a la que volvió inconscientemente, yendo a la cama sin saber qué hacer, un puño venido de imprevisto. No sabía cómo escapar de aquel lugar, no sabía qué era lo siguiente después de haber visto a aquella persona al punto del quiebre total, poco antes de correrse dentro de ella, usando un condón con sabor a banano, los únicos disponibles en la recepción que también servía como tienda. «¿Qué tal el primer día?» preguntó. Ella movió la cabeza en señal de que no estuvo tan mal, tiritando aún el llanto contenido. «¿Crees que vas a regresar mañana?» dijo Santiago sin mirarla a los ojos. «Toca» fue la respuesta, mientras se levantaba en busca de su teléfono; y arqueadas venidas del fondo de sus intestinos, al ver por primera vez aquel cuerpo de pie y desnudo, le vinieron a esa cucaracha convertida en hombre, reverso de Gregorio Sansa, que estaba apoyado en la puerta del baño. Ella cerró la llamada, y como una niña desesperada empezó a recoger su ropa y vestirse. Santiago no dijo nada, no tanto por alivio sino por temor a que ella entre en un ataque de nervios, lo termine asesinando y aparezca en el diario EXTRA, al día siguiente, entre el resto de asesinatos ocurridos en el día, su cuerpo ya plomizo como una pieza de utilería en una clase de medicina, el titular: «Por no servir en la cama le metieron nueve puñaladas».

El polvo de Santiago, a la mañana siguiente, era más un sueño que un recuerdo, hasta que se metió al baño y vio los primeros signos del pie de atleta en su espalda. Se vistió e igual fue a la caja. Antes de entrar le pidió un cigarrillo a Marco y cuando ocultaba el encendedor entre sus manos, vio acercarse a otro compañero de trabajo, con quien nunca había conversado y no sabía su nombre, con una cara de estar comiendo mierda. Les contó, usando un tono de hacerse el bacán, el que no le tiene miedo a nada, que un chiclero le había dicho algo a su novia y quería pedirle prestado el tolete al guardia para entrarle a bastonazos al morboso vendedor. «Entren por favor» dijo una voz amable detrás de la puerta. «A echar panza» dijo el ofendido novio. Santiago se dio cuenta que ella no volvería. Ella se había atrevido a mandar a la mierda a la caja y buscar otra cosa. «La concha de su madre» pensó, al mismo tiempo que botaba el cigarrillo y se empezaba a arrepentir de la oportunidad que tuvo de haber aparecido en el diario EXTRA, descuartizado, flagelado, cercenado; pero sin panza, canas, ladillas y bigotes.

10 de septiembre de 2009

En pensiones (no fue exactamente a lo que se refería Bukowski)

El Claustro se encuentra en la Rábida, a cinco minutos en bus y quince en bicicleta de Palos de la Frontera (de donde partió Colón en sus carabelas). A veinte en auto de la ciudad de Huelva. A una hora de Sevilla. En La Rábida, además del claustro, hay un museo dedicado al descubrimiento de América, y la iglesia y el monasterio franciscano donde la expedición se hospedó antes de partir, supuestamente, a la India. Paremos de contar. El claustro es ahora una de las sedes de la Universidad de Andalucía. Donde viví dos meses. Otra dimensión.

Charles Bukowski decía que nadie vive de verdad si no ha vivido en una pensión. Y Carlos Fernández, al estilo gonzo, escribió una crónica para la revista Soho, viviendo en una residencia estudiantil durante un mes en Bogotá, para demostrar las sabías palabras: "Ahí estaba mi casera, mandándome al infierno, pidiéndome a gritos el alquiler, porque el mundo nos había fallado a los dos". Una estudiante de enfermería con tremendo culo, un cincuentón desempleado, un aspirante a actor que no pagaba su alquiler y una casera que era la reencarnación de la enfermera de “One flew over the cuckoo´s nest” (te ve como a una marioneta que ella puede mover a su antojo), eran los compañeros del nuevo hogar del cronista. Además las duchas de siete minutos con agua caliente, las reglas que entapizaban la pensión, la dieta a base de papas y arroz, y los ruidos que declaraban la inexistencia de la intimidad, hicieron que Fernández, al final de un mes ahí, pensara que eso no es vida. A diferencia de lo dicho por Charles Bukowski. O tal vez eso es lo que quería decirnos.

En La Rábida nos sentíamos algo atrapados en días de semana, por lo que los viernes, sábados y domingos escapábamos a cualquier punto de esa Europa que se nos presentaba ante nosotros y nos era tan desconocida en paisajes, comida y costumbres, porque de lunes hasta el viernes al mediodía, la vida era parecida a la de la Casa del Gran Hermano. Después de las ocho horas diarias de clases, la diversión consistía en jugar al truco, sentarnos a conversar siempre con las manos apretando un vaso de vino de botella barata que nunca faltaba, ver películas apachurrados en un sofá, hacer yoga y estirar con algo de ejercicio (la siesta española y el sedentarismo se pegan a uno como la porcina). La mayor parte de los estudiantes éramos latinoamericanos (con predominación de ecuatorianos, colombianos, guatemaltecos, argentinos y uruguayos), pero debíamos hablar en un español neutral, lejos de coloquialismos, para entendernos mejor. Cosa que nunca pasaba. Muchos dejaron sus relaciones, sentimentalismo e inhibiciones al otro lado del charco, pero la vida en el claustro nunca llegó al extremo de ser como la crónica de Claudia Aldana: Déjenme volver a Disney. Las edades fluctuaban desde los que tenían hijos pasados de los veinte años y ya pintaban canas, y los menores de treinta. Lo que volvía a veces difícil la convivencia. Sobre todo en las noches. Los noctámbulos (en su mayoría los más jóvenes) nos partíamos de la risa y hacíamos ruido para el disgusto de los mayores, los que ya tenían la recomendación de dormir ocho horas y en la más profunda tranquilidad. Para velar por esa paz, existía un trío de guardias (un par buen dato y el otro antipático) que su trabajo más que vigilar por la seguridad de los residentes era controlar su conducta. Por eso muchas de las guitarreadas que hacíamos, eran prácticamente en la zona de picnics, al aire libre, lejos del claustro, con un frío cortante de medianoche, con lo que el consumo de cigarrillos era uno tras otro y la máquina nos arrojaban empaques con marcas desconocidas. En muchas ocasiones la libertad era más una sensación que una realidad.
Las habitaciones siempre tenían las sábanas limpias, calefacción que nosotros mismos podíamos controlar, dos personas por cuarto, siempre con agua caliente el baño, internet ilimitado. Confort con reglas. No creo que a esto se refería Bukowski con haber realmente vivido. Lo que él recomienda tal vez me tocó en Barcelona, donde dormí en Las Ramblas en una noche de invierno, mientras racistas insultaban a prostitutas africanas, y en Madrid donde tuve que meterme a un bar porque no tenía para pagar el hostal, gastando mis últimos euros en una cerveza. Palpar por unos segundos la suciedad, revolcarse en la mierda y disfrutar de eso.


1 de septiembre de 2009

Que no los engañe el nombre

Quisiera preguntar y preguntarme si alguna vez – alguna – estaré en el derecho de convocar a los que quiero para celebrar, con una sonrisa que viene de la infancia, con un abrazo fresco como recién salido del cariño, mi despedida. Ofrezco que habrá música. Y ofrezco – sobre todo ofrezco – que habrá sombra… (Soy el que pude, Francisco Febres – Cordero).


Remy ha leído una cantidad increíble de libros y espera algún día escribir algo parecido a Archipiélago Gulag, mientras Sebastien se divierte en sus ratos libres con videojuegos. Remy tardó seis meses en engañar a su esposa y Sebastien tiene la novia perfecta (guapa, profesional, comprensiva) con la que espera casarse. Remy encanta a todas las personas que conoce con su facilidad de verbo y Sebastien compra a todo el mundo con dinero. Remy es un socialista voluptuoso y Sebastien un capitalista puritano. Remy es el padre y Sebastien el hijo. Remy tiene cáncer terminal y Sebastien lo verá morir.

La película es del año 2003 (ganó el Oscar al mejor film extranjero). Su historia no tiene nada de original pero es una de mis favoritas. Hace mucho que no la veía y revisando un anaquel la encontré llena de polvo. Grabada en formato vcd. Emitía a ratos graznidos de aves por lo rayado del disco y está hablada en español (con los infaltables: capullo, joder, menudo y otros). La historia va más o menos así: Remy y Sebastien nunca se han entendido y en algunas ocasiones se odian, pero después de olvidar las diferencias, Sebastien quiere que su padre tenga una muerte cómoda, por lo que además de sacarlo de las habitaciones del hospital llenas de personas y con los pasillos también llenos de enfermos (y cables, y construcciones a medias), lejos del idílico sistema de salud canadiense de Michael Moore en Sicko, utilizando lo que más le sobra: el dinero, también reúne a todos los amigos de Remy de juergas, viajes, conversaciones y aventuras, que es cuando viene lo realmente bueno: charlas de remembranzas, vinos, música, libros de un grupo de hedonistas que no han perdido el espíritu con el pasar de los años; a lo que se suman los diálogos de Remy con la hija de una de sus amantes (la guapa doctora de Jean Do en La escafandra y la mariposa). Ella es una adicta a la heroína que le provee de las dosis para que sienta menos dolor. Los dos juntos: los mejor de la película.

No sé que tienen algunas películas francesas (esta es canadiense pero podría entrar en la categoría) que hace que se sientan casi propias las historias que cuentan (o por lo menos de un pasado que nunca existió pero que se lo deseó). Ese no se que tal vez sea la manera en que filman los exteriores llenos de paisajes como una pintura de Monet; o como hacen parte de la vida a la muerte y la disfrutan, despidiéndose de los amigos; o el homenaje al cine, incluyendo escenas de películas más viejas dentro de la película; o como cuentan poéticamente con palabras e imágenes lo que pretenden contar (que no es como el resto del cine francés que de la realidad se quiere contar otra cosa, como un espejo que refleja a otro espejo que está reflejando otro espejo y así infinitamente sin que nadie se decida a lanzar una piedra). Parece una hermana mayor de La escafandra y la mariposa, menos refinada, menos estilizada, con más corazón que cabeza (de lo último nada le falta por el excelente guión con frases que te quedan tatuadas en la cabeza) y con algunos personajes (además de la doctora) que se repiten y que también vemos en Munich de Spielberg.


El fin de semana estuve en la casa de una amiga que no le veía desde épocas de colegio (ocho años). Recuerdo que en el barrio donde vivía el parque era un lugar ideal para los romances y para caminar. Ahora que regreso veo los árboles sin hojas, los adoquines del piso levantados, las paredes manchadas de humedad. Sentí esa decadencia en la que vivimos. Con la película es lo mismo. La muerte de Remy es la muerte de esas cosas que hacen a la vida llevadera. El presente a veces erosiona al pasado y a veces no.

P.D. El nombre de la película es “Las invasiones bárbaras” y nada tiene que ver con la trama.




21 de agosto de 2009

Breves encuentros con la porcina

Transcurría el mes de abril y en Cuenca, en un mediodía nublado y frío, que estaba más para dormir que para trabajar, algo había cambiado en el ambiente. Desconfianzas en la mirada. Psicosis colectiva ante las noticias que se transmitían en los televisores. Una inusitada cantidad de muertes en México por una enfermedad con nombre común y apellido de cerdo. Con mi hermano y con una amiga sospechábamos de que no se veía ningún cadáver en la televisión, ni imágenes apocalípticas de cuarentenas y personas vestidas con trajes herméticos, nosotros tan acostumbrados a las películas del tipo 28 days later o cualquiera en la que una plaga amenace a la humanidad. Lanzábamos al aire ideas, como si fueran afirmaciones, de que seguramente todo era un fraude para elevar las ventas de las farmacéuticas; y desconfiábamos de que Obama, casualmente, días antes del inicio de la pandemia, haya estado reunido en México con su homólogo Calderón. Sospechábamos también que muy pronto muchos se reportarían enfermos para no acudir a sus trabajos. Como en México se cerrarían escuelas y la misa se daría por radio, mientras escuchábamos y leíamos las recomendaciones de no saludarse con besos y que en las ciudades calurosas el riesgo es menor. Suerte que en menos de un mes volvería a Guayaquil. Sin embargo ya era parte de los murmuros en una ciudad asustada ante la ineptitud de las explicaciones de los médicos.


Días antes de viajar en avión un temor me invadía. No era por el contagio sino por la posibilidad de que se suspendan los vuelos. Suerte que la peste usaba sombrero de charro, y en los aeropuertos los empleados sólo discriminaban los pasaportes mexicanos. En la espera en el Yei Yei Olmedo, pude ver la nueva apariencia de las bellas vendedoras convertidas en enfermeras con sus guantes y barbijos, además de responder a nuevas interrogantes, aparte de los formularios de siempre, sobre dolores de ojos, malestares del cuerpo y solicitudes de números de teléfono y hoteles. Una foto, para reconocerme por las calles, en caso de ser un ignorante portador de la peste, fue como me recibieron en Ezeiza. A los dos días de haber llegado ya se detectaba el primer caso de influenza en Buenos Aires. En cada traslado de ciudad en ciudad, los desconocidos que acababa de conocer me preguntaban de donde era y si había pasado por territorio azteca. Después de responderles que todavía no había llegado la porcina al Ecuador y que México está a miles de kilómetros, ya compartíamos el mate, cigarrillos y nos dábamos besos de despedida. Regreso cuarenta días después a Buenos Aires y con un invierno ya instalado, en la casa donde me quedaba, un adolescente, al igual que la mayoría de los infectados, sentía tiritar su cuerpo y la fiebre lo envolvía. Suerte que no había estado días antes cuando llegó gente del Ministerio de Salud para añadirlo a las estadísticas. En esos días había pescado un catarro y seguro me hubieran puesto en cuarentena.

Antes de regresar a Ecuador, en los estrechos pasillos y salas del aeropuerto de Ezeiza, los barbijos y el gel para lavarse las manos se vendían frenéticamente, sin importar que tuvieran precios de aeropuerto. Por eso el avión parecía una luminosa sala de operaciones y el vino derramado en la blanca tela, ante las peripecias de los viajeros para comer y beber sin quitárselos, pintaba de realidad al asunto. A la llegada a suelo ecuatoriano, una cámara infrarroja te recorría de pies a cabeza y determinaba si eras un infectado más. En Guayaquil, el calor me hizo sentir a salvo hasta hace dos viernes, cuando después de un concierto me encontré con el Ministro Ricardo Patiño y hablé un par de palabras con él sobre unos proyectos (a veces te toca bailar con el diablo). El mismo día mi hermana llegó con los ojos reventados, la garganta inflamada y con malestar de cuerpo. Dos días después me enteré que Patiño era portador de la gripe AH1N1 al igual que el presidente de Costa Rica. La cagada, esta gripe no tiene preferencias, me dije enseguida… Ya han pasado quince días desde el último encuentro con la plaga y no hay síntomas. Si esta es una pandemia al estilo I am legend, donde perecerá una parte importante de la raza humana, después de algunos roces con la enfermedad, creo estar entre los elegidos para salvarse. Eso pienso mientras un moco se me sale de la nariz.

P.D. Los links son excelentes crónicas porcinas. Recomiendo principalmente la de la revista mexicana LETRAS LIBRES.

31 de julio de 2009

Cuento: View-master de una vida con la redonda


En una final de fútbol, la efervescencia emocional que causa el partido tiene un efecto físico en que los cuerpos se tensan, se estiran al máximo y eso que les da una dureza increíble, también los vuelve más frágiles a violentos golpes. Una patada, un codazo, un cabezazo de una final es peor que ser noqueado por un púgil experto. Porque acá uno no está listo para recibirlos. Y en mi caso como arquero, el único objetivo es atrapar el balón protegiéndome de la maraña de brazos, piernas y escupitajos, todos dirigidos hacia donde también voy yo, y que la mayoría de veces alcanzo primero. Esta vez no fue la excepción sólo que en el mismo instante sentí unos botines impactar mi cabeza.

Sé que estoy en una final, sé que de mi depende mantener este uno a cero que logramos con un favor del árbitro (pitó un penal que yo desde el otro extremo claramente pude ver que no fue así). Pero las honestidades a la mierda, lo que importa es ganar; porque no gano sólo por gloria propia sino también porque quiero ver feliz a ese grupo de histéricos fanáticos que darían la vida por este equipo que estoy defendiendo. Ahí me siento como un Niño Jesús que da el mejor regalo que a cualquier hombre se le puede dar. Porque el ser campeón los disfrutas por todo un año y el resto de personas que no comparten tu emoción respiran envidia cada vez que te ven. Así recuerdo la primera vez que me hice hincha de aquel equipo, que después de estar perdiendo dos a cero, pudieron remontar el marcador en quince minutos, y terminar cuatro a dos. Con una fantástica actuación del número diez que además de hacer un gol de tiro libre, iniciando la remontada, después dio un pase en callejón para que el delantero, aquel negro que se lo veía aún más oscuro con esa camiseta amarilla, con una fuerza que pudo verse en sus ojos, casi desorbitados, le rompió las manos al pobre arquero que empezaba a ver que lo peor aún no había venido. La cosa se definió en los cuatro últimos minutos. Primero gracias a la confusión impuesta por la avalancha amarilla que con una fuerza impetuosa avanzaba hacia el área de los asustados rivales, en una serie de tiros que pegaban en los inoportunos defensas, pero para nuestra suerte, un remate golpeó en el muslo de uno de los delanteros que habían bajado a ayudar a su zaga y descolocó totalmente al arquero (mientras él se dirigía a la izquierda donde al principio parecía el destino de la bola, luego esta fue a la derecha y se depositó mansamente en la mallas con un toque de comicidad). Y el cuarto gol fue casi lo mismo, todos los hinchas empujamos aquella bola, porque se suponía era un centro pero agarró un chanfle, como si tuviera voluntad y quisiera que nos postremos a sus pies, que descolocó al arquero y pegó en el palo, la bola rebotó saliendo de las 18 yardas y apareció el lateral izquierdo, que no había hecho un gol en toda la temporada, nueve meses de esterilidad, y le pegó un balazo imposible de ver sin la ayuda de la cámara lenta (esa que al fútbol lo hace ver como ballet), casi doscientos kilómetros por hora.

Pero: ¿Por qué recuerdo estas cosas si estoy en una final y estoy a un paso de lograr algo que pocos han podido hacer? Recuerdo el golpe y me doy cuenta de que no tengo control de mi cuerpo. Quiero levantar las manos y no puedo, tampoco puedo abrir los ojos. Acá me siento tan bien porque seguramente afuera me costará respirar. Todo me cuesta afuera a excepción de tapar disparos. Aquella masa que es mi cuerpo debe haber colapsado por minutos. Pero mi espíritu sigue intacto, mantiene esos inmensos deseos de ganar. Esos deseos de ganar y jugar fútbol que tengo desde que convencí a mi abuela para que me haga amigo de los vecinos. A los ocho años, en la escuela podíamos jugar, pero teníamos una profesora que odiaba que lleguemos sudados, con aroma a victoria y derrota, del recreo y por lo tanto jugábamos a escondidas, con pelotas hechas de montones de hojas arrancadas de cuadernos. Ahí se iban como en un barco de papel, a merced de un lago con un inclemente remolino en la mitad, nuestros deberes, lo que habíamos hecho durante la noche, porque el fútbol era más importante que unas operaciones matemáticas y el concepto de sujeto y predicado.

Ellos, los vecinos, hicieron la cosa más por quedar bien con mi abuela y con sus madres que por integrarme, porque seguramente en mí no vieron nada interesante así como yo no veía nada interesante en ellos. Todos eran mayores y se notaba en sus físicos. Yo era un alfeñique, alguien para aplastar, un nuevo muñeco de plastilina con quien jugar hasta que se parta. Me mandaron al arco, la posición que el resto de jugadores odiaban. Nadie quiere ir allá a aguantar pelotazos. Nadie se toma la molestia de vestirse, pedirle a su vieja que le compre zapatos, tan sólo para ir y quedarse quieto hasta que el equipo contrario avance y haya algo de acción, de revolcones. Y a nadie le gusta ser culpable, que el resto se le cargue y lo insulten. Ser arquero es lo más parecido a los dementes que quieren ser árbitros. Ser arquero es un buen placebo para un suicida, un kamikaze, alguien con complejo de mártir. Pero al final me acomodé en el arco, porque era una soledad que me gustaba. En los ratos que los contrarios no atacaban trataba de dejar mi preocupación a un lado y ahí entendía las cosas que realmente eran importantes (si es que existía algo importante a los ochos años). Era un momento crucial, lleno de presiones ante la necesidad de ser preciso, pero donde mi mente se despejaba, me sentía en paz. Era tan linda la perspectiva desde ahí, como la cima de un monte sagrado que su vista te llena de sabiduría. Y en los momentos de ataque, cuando yo era el único autorizado para ordenar, putear y sacudir con mis palabras a los defensas y a cualquier solidario que bajaba hasta allá, también sentía que formaba parte de algo, que todos trabajábamos en conjunto por la victoria. Así era el arco una especie de lugar de disfrute que descubrí, además me sentía único, pues puede que otros lo crean como el lugar para los rechazados dentro del campo de juego, pero ahí yo sabía que era el único que tenía las agallas para estar en ese puesto. Y resulté bueno, porque no tapaba en esos arcos hechos de piedra donde sólo puedes marcar goles a ras de piso, acá utilizábamos la pared del vecino que la veía tan alta en ese entonces que mi mayor preocupación eran aquellos tiros desde fuera del área y la humillación (con las posteriores risas en todos los decibeles) de los sombreritos. En esa blanca pared llena de lunares de tierra con forma de balones (Mikasa, Nike, Penalty y otros que eran los constantes regalos de navidad que nos daban), aprendí a lanzarme lo más posible, aprendí a que las manos no me dolieran aunque fueran tiros realizados por personas que ya habían empezado a descubrir la pornografía y detenían el juego callejero cada vez que una mujer en diminutas ropas, a causa del calor vespertino, pasaba por el lugar. Sabía que sus disparos eran cada vez más fuertes por impotencia, porque los delanteros o cualquiera que subiera debían hacer un esfuerzo mayor para vulnerarme, y cuando llegaban hasta la puerta del área muchas veces su mayor deseo no era marcar el gol, sino derribarme y si era posible quebrarme ante la insolencia de mi parte. Lo hacían por angustia, por rabia por no poder concretar las cosas. Así llegué a ser cotizado por los equipos. A veces era el primero en ser elegido, porque era el único arquero seguro del sector, y el resto no se ubicaban en la cancha, solo querían hacer goles, ser los ídolos del barrio, que su leyenda se mantenga en los alrededores de ese parqueadero que utilizábamos como cancha.

2.

En la escuela el fútbol era otra cosa, porque nuestras profesoras pitaban los partidos, se inventaban reglas estúpidas que no nos dejaban jugar como lo visto en los estadios, como los que queríamos ser. Por eso para el colegio pedí que me cambien. Y así pasó. En el nuevo colegio éramos novatos, las mujeres eran más altas que nosotros y a la mayoría de los que conocí ahí fue en la cancha de fútbol, el lugar más rápido para hacer nuevos amigos. Primero las ganas de jugar y después el cómo te llamas. Inmediatamente me hice del arco. Lo más probable es que nadie más lo querría, pero previniendo ya había llevado unos guantes para asegurarme del puesto. Enseguida surgió rivalidad con el otro paralelo. Rivalidad obviamente creada por los partidos de fútbol. Ambos cursos esperamos las olimpiadas. Nosotros nos habíamos preparados en todos los frentes, la alineación ya estaba hechas desde meses atrás y en cada clase de educación física jorobábamos al profesor para que nos permita jugar. Igual a la hora de salida, cuando tocaba aquel timbre nos dirigíamos a la canchita de tierra, con el uniforme de diario y la mochila para sentir vida un rato más antes de volver a casa. En las olimpiadas les metimos tres a cero. Qué equipazo que teníamos. El capitán Córdoba y el número ocho de apellido Díaz eran las estrellas. El uno armador y el otro el puntero. El resto se completaba con Vasconcellos, Guzmán y Da Silva en la defensa; los dos últimos los más altos de la clase y Vasconcellos le daba una buena comba a los tiros libres (con sus pies pequeños, el mismo don en el fútbol, tal vez no en la cama, que confesó Chilavert) así que lo pusimos ahí. El trabajo sucio estaba a cargo de Erazo, un tanquecito que en estos días es un adulto con aspecto de manatí que eructa todo el día un aroma a cerveza y a cigarrillo (que ha vuelto su voz semejante a la de un viejo con cáncer de garganta); por la izquierda iba Moreira, quien llego un día al colegio a medio año y al siguiente ya no apareció más, y Córdoba completaba el mediocampo (era el guapo en el trato al balón, a veces ni se despeinaba, como un James Bond que se mantenía pulcro ante las amenazas de los rivales). Arriba iba solo Díaz, bajito y escurridizo (sabíamos que nunca iba a hacer un gol de cabeza pero a los doce años nadie hace un gol de cabeza). Todos nos llamábamos según el apellido, nunca supe el porqué y ahora eso me parece una reverenda idiotez porque al final éramos amigos y no se trataba de un batallón militar. Y con la victoria contra el otro curso creíamos que ya habíamos cumplido nuestra parte: demostrar cual de los dos era el mejor, porque sabíamos que difícilmente podíamos optar por el campeonato. Esa creencia se vio una semana después cuando perdimos cinco a cero contra tercer curso. No era la primera vez que me habían metido cinco goles en un partido pero la rabia, la humillación, las ganas de que todo se repitiera o de que todo se borrara fue un monstruoso acompañante durante la estancia en el colegio hasta el siguiente año. Cada vez que veía a uno de los autores de los goles que me metieron sentía vergüenza, quería meterme en otro lugar, quería cambiarme de colegio; por lo que, entre todos, juramos no cambiarnos de colegio para el próximo año ser campeones. A esa final del año siguiente llegamos con las justas, porque no éramos la máquina invencible que creímos ser. Díaz se había ido, Vasconcellos también y no llegó nadie a reemplazarlos. Cuatro victorias, dos empates y una derrota. Por gol diferencia jugamos contra el paralelo B que el año pasado le habíamos ganado cómodamente. Ahora ellos estaban muy favorecidos con la llegada de un nuevo alumno de apellido Salame. Era muy rápido y no tenía miedo de pegarle desde donde fuera. Por esas razones se había convertido en el goleador del torneo. Ahora los del B eran los vistosos en el juego, mientras que nosotros habíamos agarrado algo de maña, mística, todo sea para ganarle a los cursos superiores. En aquella final estaba muy nervioso, nunca me había sentido así. Sentía una presión muy intensa como si no tuviera más oportunidades.

Así que ahí estábamos con nuestros uniformes de la selección de Inglaterra y ellos con el del Peñarol de Uruguay. Desde el inicio del partido fui un espectador más de un cotejo que se jugaba veinte minutos en cada tiempo. Espectador porque no tuve mayor actividades que recoger pelotazos que se iban fuera de la cancha y yo los sacaba desde el arco, así hasta el minuto doce, más o menos, donde el jugador número diez del otro paralelo esquivo a Da Silva y sacó un disparo fuerte que pegó un pique en el piso de tierra y una piedra lo descolocó, exigiéndome utilizar la mano que en un principio no había estirado. Aquel partido fue como jugar en el desierto, un calor insoportable, con un sol totalmente celeste sin ninguna nube que asome, en una cancha de tierra (terreno baldío) con matitas de pasto que crecían irregularmente, con postes de caña guadua que ante cualquier remate potente en el horizontal se desbarataba. Diecisiete minutos y ese potente tiro sucedió en la final. Córdova pateó y la pelota se estrelló en el palo, este se cayó (literalmente) y finalmente la bola entró sin que se pueda ver enseguida debido a la polvareda armada como en una película del viejo oeste con blancos e indios en plena persecución. Queríamos que el partido se acabara ya y esas ansías nos perjudicaron porque retrocedíamos la bola, dábamos un sinnúmero repetitivo de toques que se habían vuelto monótonos y fáciles de adivinar. Por suerte los otros estaban aún temerosos, no se habían podido sincronizar y a más de uno le faltaba sed de gloria. Lastimosamente un contraataque que armamos, dejando a un defensa solo abajo, no terminó en gol y el arquero pudo agarrarla con las manos, sacar fuerte un balón al centro que debía ser interceptado por Da Silva que quedó como libero pero la bola le rebotó y no alcanzó a cabecear y otra vez el número diez contrario tuvo el balón, y ante mi salida dio un pase al número ocho que lo había acompañado y definió con el arco vacio. En ese instante ambos equipos nos dedicamos a cuidar el resultado. Entraron defensas por delanteros que no querían salir y mantuvimos a Guzmán, que había empezado a vomitar disimuladamente por la zona del córner, sólo para que patee un penal.

El primero lo pateó Córdoba, y Guerra, su arquero, se lanzó bastante bien para interceptarlo pero por suerte el tiro fue bastante esquinado y después de pegar en el palo izquierdo se metió en el arco. El capitán del otro paralelo fue a patear el primer penal de su equipo. Yo me había colocado bajo el horizontal y sentí que el sol me pegaba en la frente, se metía en mis ojos y vaciaba todos mis pensamientos como me pasaba cada vez que frente a mis ojos la maestra colocaba un examen en mi pupitre. El buzo también me daba un calor insoportable y sentía que en aquel minuto disminuí de peso con cada palpitación del corazón. Cuando vi que colocó la bola y se dirigió a patear, intuí que la iba a lanzar al lado derecho, para cruzármela, y así fue, por lo que me salí de la raya, corriendo como un héroe suicida que se lanza al ver una granada que pone en riesgo la vida del resto del pelotón, pero eso no importó, porque la violencia del tiro dobló mi mano haciendo inútil el esfuerzo, que visto desde afuera el histrionismo de la escena pudo haber provocado en más de un casual espectador una vergüenza ajena que les recordó sacrificios hechos años atrás pero que ahora tal vez no valen la pena, por bloquear aquel esférico que finalmente fue a parar a la calle por la falta de redes. Los segundos y terceros penales, para cada equipo, fueron anotados, hasta que en el cuarto penal, viendo la forma en que se colocó el pateador, pude taparlo quedándome quieto, porque sabía que iba a ir así, fuerte y al medio. Lo manoteé pero cuando tuvimos la oportunidad de definir el partido sin darle vueltas al asunto, en el instante que se presenta la primera oportunidad y que como un eclipse, que a esa edad uno cree que solo una vez podrá pasar un evento así, Erazo sintió toda la presión en sus piernas y por tratar de asegurarla fuerte y a una esquina, la botó hacia los espesos matorrales, cerca de donde habíamos detectado un fuerte hedor que finalmente resultó en el cadáver descompuesto de un perro color negro con manchas amarillas en la cara y gusanos blanquinosos que desesperadamente se movían dentro y fuera del estómago perforado del animal, como señal de una histeria ante semejante banquete, lo que provocó un lapsus de demora hasta que la bola sea encontrada que apareció blanca como una perla, brillante por los rayos de sol y con la marca ya desgastada por la tinta de tanto maltrato que se le dio. Ahora toda la presión estaba sobre mis hombros y el dirigente de mi equipo, aquel tipejo que nunca nos hizo entrenar, que odiaba el deporte, pero ahora se sentía parte del triunfo, un papa pitufo: trató de darme palabras de aliento que no escuché, mis oídos eran una radio que no recibía aquel tipo de hipócrita recepción. No recuerdo quién pateó el penal, sólo recuerdo que estaba más nervioso que yo y lo lanzó abajo a la derecha, a la esquina donde se me hace más cómodo lanzarme y alcancé a tocar el esférico, como un meteorito que es desviado a centímetros de la tierra en el último minuto, y ese pequeño roce fue suficiente y ahora éramos campeones. Lo gritamos, lo saboreamos, no paramos de cantar todo el día y a la mañana siguiente fuimos con aquella camiseta de la que no nos queríamos separar, sin importar que no nos dejaran entrar en la puerta del colegio. La alegría era así y la disfrutamos por todo el año. Un presagio de que el siguiente no sería igual.

3.

Varios se habían ido y varios habían llegado. Todo el trabajo anterior ahora no servía, había que comenzar de nuevo y empezar a practicar. Pero las mujeres habían pasado a ser una prioridad más que el fútbol. Ahora además de la gloria queríamos impresionarlas y por eso queríamos llegar a la final, pero confiando en nuestras habilidades individuales sin pensar en equipo. No entrenamos, pero llegamos a la final que perdimos uno a cero. Un gol de sombrerito donde tuve mucho de responsabilidad. En el barrio había dejado de jugar también y mis reflejos ya no eran los mismos. Lo lamentamos pero no hubo muchos sufrimientos ni sollozos y la cosa pasó tranquila. En navidad no pedíamos más balones, sino discos de música, ropa, juegos de video. La despedida del fútbol fue como una muerte ya anunciada a la que le habían borrado todas las perturbaciones anexas al duelo de rigor. La separación no tuvo traumas. El deseo de ganar ya no estaba anclado en nosotros. Hice mi último intento, el mismo año, metiéndome a la selección de fútbol del colegio pero fue una gran decepción porque aquel entrenador tenía sus favoritos y había armado una mafia donde además de sus titulares, el resto que entrenábamos ahí servía como prueba de lujo. Los muchachos que no tenían nada que hacer en casa, y jugaban y sudaban un rato, los que tenían números del 12 al 25, porque los favoritos uno los reconocía por el número que usaban en la espalda. Debo reconocer que algunos tenían mucha habilidad y técnica, pero muchos tampoco iban a entrenar e igual jugaban de titulares. Así con ese solapamiento, con esas desventajas naturales que había recibido y que ningún esfuerzo o disciplina cambiarían, empecé a alejarme del deporte. El resto de las olimpiadas anuales estaban sólo para pasar el rato y para salir de aquella dieta de fútbol que me había impuesto involuntariamente. No era gula porque lo disfrutaba mucho pero el romance ya se había ido. Vagamente recuerdo una semifinal en el quinto curso, un año antes de graduarnos que pudo resultar épica porque estando dos a cero abajo empatamos al curso favorito, pero al final un gol de último minuto nos impidió el pase a la final. Así era mi relación ahora con la razón de mi felicidad en años atrás, como si una grieta de abismo infinito sin eco nos hubiera separado y cada uno haya seguido el camino opuesto para no vernos más, con el fútbol hasta que un día, en un viaje familiar visitamos la ciudad de Rosario en Argentina. Yo me había separado de mi familia que fue a visitar el monumento a la Bandera con su perfección de concreto, su solemnidad patriotera, su alta columna, el Paraná que atrás se lo puede ver celestialmente limpio y sus islas como impresionistas óleos verdes. Yo fui al Gigante de Arroyito y después de caminar las ramblas, viendo como chicos en sus bicicletas de panadero, en pandilla les robaban los bolsos a mujeres que caminaban descuidadas por las abandonadas vías del tren que ahora están debajo de casas, de canchas y matorrales sin dueños ni visitas. Y al llegar ahí al estadio, además de ver el gran edificio pintado de amarillo y azul, me llamó la atención un chico de mi edad, que caminaba por el estadio junto a un amigo. Cantaba muchas canciones a favor de Rosario Central; hurgaba por las rejillas que permitían ver la cancha; se saludaba con los vecinos que vivían en las casas pintadas, del color del equipo de sus amores, cercanas al estadio; hablaba un rato, preguntando por famosos y desconocidos que por igual pertenecen al club del Arroyito, con las pintores que se encontraban refaccionando un letrero de una caricatura inspirada en un boceto del Negro Fontanarrosa; en la esquina Olmedo se persignó y en el Arroyito comenzó a corear alineaciones, a cambiarlas rápidamente en su mente como una partida de ajedrez, como un accionista o un vendedor de bolsa de valores que histéricamente realiza su trabajo en voz alta; y al ver una camioneta pintada con el amarillo y azul, y una bandera que soberanamente flameaba, comenzó a cantar: “Yo no abandono por que no soy del laguito/, yo soy guerrero y del barrio de Arroyito!/ no caben dudas que Rosario es de Central/ vení al gigante te lo vamo a demostrar...

Lo que vi aquel día fue la demostración más grande de amor que había presenciado, porque seguramente ese chico se probó en el equipo, fue rechazado, pero sigue siendo hincha de él, sin esperar nada a cambio por muchos días del año, únicamente la esperanza que uno de esos días le dé una de esas grandes alegrías que sirven como faros para iluminar el camino dentro de un túnel que puede demorar años en llegar hasta el otro extremo. Por ese evento volví al fútbol, por ver como los ojos le brillaban al sólo pasar, sentir que formaba parte de algo, que el club era más que una familia, era la razón de existir, antes de graduarme me fui a probar al equipo de mis amores, y después de siete meses, después de ser rechazado tres veces, pude entrar con las completas. Mi sueldo fue bajo y varias veces tuve que hacer sacrificios para ser el mejor. Pero ese recuerdo me lleva ahora aquí, hasta final, la antesala de la gloria, pero de la cual estoy en buena medida ausente, y de la que daría cualquier cosa por no salir de ella, porque estoy dispuesto a morir aquí. Si yo hiciera la película de mi vida, en el epílogo, en un atardecer como este, ante la banda sonora que son los cánticos de la hinchada, podría mi cuerpo dejar de existir sabiendo que he sido parte de la gloria que estamos a punto de conseguir. Por eso cuando escucho en los altavoces el cambio y los sollozos de varios de mis compañeros y los murmullos consternados de los médicos, alcanzó a levantar los ojos y al ver al joven arquero que está entrando mientras yo salgo, sólo puedo decirle que no la arruine y que disfrute de este título y de mi puesto, porque yo ya lo he dejado todo acá y de ahora en adelante nada tendrá más sentido que esto. Mejor me dejo llevar por aquella paz que me llama mientras en los últimos segundos de mi vida me imagino como será la celebración del campeonato y me siento en primera fila ante los recuerdos que como una película al revés se van presentando sin sonido alguno, y que tienen como un único denominador común un balón.

5 de junio de 2009

El norte es cool. Ruta 40. Y 25 en Jujuy

Marta me llamó a las seis hora española/. Sólo para hablar, sólo se sentía sola/. Porque sebas se marchó/. De nuevo a buenos aires/. El dinero se acabó/. Ya no hay sitio para nadie/. Dónde empieza y dónde acabará/. El destino que nos une/. Y que nos separará/. Yo estoy sola en el hotel/. Estoy viendo amanecer/. Santiago de Chile/. Se despierta ante montañas/. Aguirre toca la guitarra en la 304/. Un gato rebelde/. Que anda medio enamorao/. De la señorita rock'n'roll/. Aunque no lo ha confesado/. Eso lo sé yo/. Son mis amigos/. En la calle pasábamos las horas/. Son mis amigos/. Por encima de todas las cosas. (Martha, Sebas, Guille y todos los demás; Amaral)

Las canciones de la española Amaral no son de mi gusto. Su voz tampoco. Pero la letra de la arriba escrita la tomamos como un himno un grupo de amigos mientras nos conocíamos y la pasábamos bien en España, para cada vez que nos reencontráramos en algún sitio del mundo. Y entre el 21 y el 25 del mayo que ya se fue, tuve otra vez la chance de corearla. Todo por visitar a una amiga en Jujuy. Recorriendo más de mil kilómetros desde Rosario, equivalentes a 19 horas de viaje (demasiadas para un ecuatoriano). No sabía que esperar. Repito que solo fui a visitar a una amiga. Pero la sorpresa fue grata. La mejor.

De la película “No country for old men” siempre me encantó la no existencia de una banda sonora durante toda la proyección. Me gustó pero no lograba entenderlo del todo. Pero en el momento en que me encontré en la Puna, a cuatro mil metros de altura, pude comprender que el mejor acompañante ante tal hostilidad, ante tal imponencia es el silencio.

La estadía en la capital San Salvador no duró ni un día. Lo interesante estaba fuera de la ciudad. Así que en la mañana de un viernes partimos rumbo a Pumamarca. En el trayecto el paisaje era verde con la Shunga saludándonos, apenas mostrándonos su perfil. También nos acompañaban algunos ríos secos, minas, hasta que al llegar al pueblo todo se vuelve color. Pumamarca es bastante singular. Poblado por coyas (los primeros indígenas que veo en Argentina, aunque S.S. de Jujuy es un poco como estar en Bolivia), con sus casas totalmente construidas de adobe y el camino de los colorados, donde uno piensa que el creador de aquel lugar(acomódese el creador a Dios, Pacha Mamma o a la religión que uno profese), en ese instante se volvió totalmente loco, como una especie de Van Gogh o Monet que quizo regar, con su pincel, de color el lugar. Con cerros de 7 colores, montañas teñidas de verde, rojo, gris, lila y otras tonalidades que a uno lo ponen a pensar que hay cosas que no son casualidad. Y al final eso es lo mejor de Jujuy (además de las personas que conocí ahí), lo que más uno disfruta. Esa infinidad de paisajes para apreciar. Porque ahí, en esa tierra, el entorno cambia cada pocos kilómetros. Uno cuenta hasta 100 y la tierra de ser totalmente arcillosa o árida, pasa a tener vegetación que torna verde todo los visto. Así hasta que uno llega a las “Salinas grandes”, tras un sinuoso carretero. En la blancura de las salinas el sol choca venciendo las retinas y ver el suelo no te ayuda. Llegar y permanecer ahí tal vez sea los más parecido a estar en la Antártica que visitaré. Y no lo digo por la semejanza de la sal con la nieve, sino por su esterilidad, esa falta de vida que vuelve hermoso al paisaje.

Las salinas te llevan hacia Chile, pero allá no nos dirigíamos. Cerca de ellas se encuentra la ruta 40. De la ruta 40 el periodista y viajero Federico Kirbus decía que: “En el siglo XXI, esa tortura convertida en ruta, mezcla de grava, polvaredas, vientos cortantes y asesina de cubiertas, demoledora de radiadores y trituradora de metales, está a punto de convertirse en uno de los pasaportes de la Argentina turística hacia el mundo”. De esta ruta que atraviesa todo el país, pude disfrutar más de 100 kilómetros de ella. Durante el viaje conocí a varias personas que la recorrieron completa desde la Patagonia hasta Jujuy en bicicleta. Lo que hicimos junto a mis amigos fue más al estilo rally. Viendo lagunas, saltando charcos y pasando caminos de tierra, con coyas y llamas que eran los únicos habitantes de distantes pueblos donde pasa un bus por semana, y el desértico paisaje hace caer en cuenta de que esto, después de haber visitado solo ciudades, tiene más pinta de “diarios de motocicleta”. En la ruta chocamos con el poblado de Abra Pampa, y en su Huancár cercano hicimos algo de sanboarding, comimos empanadas y pasamos la noche bajo los cero grados de temperatura.

Un huancár es algo parecido a un cúmulo de fina arena, de playa o desierto, en medio de una montaña. Es algo impresionante. Como si una parte del Sahara fuera trasladado a la Puna, y al subirlo con el poco oxígeno y la sangre faltante, producto a los cuatro mil metros de altura, el paseo resulta una agradable odisea. Con una vista impresionante, además del sublime reflejo del sol en la blanca arena. Y siguiendo la ruta 40 te encuentras con la “laguna de los pozuelos”, alejada de la civilización. Inmaculada, con un silencio que tranquiliza, únicamente poblada por aves. Es ahí donde abandonamos el aventurero carretero y tomar rumbo hacia la quebrada Umahuaca, que por varios kilómetros y según la ubicación del sol, te brinda una cantidad de tonos de colores que la retina no logra abarcar. Cerros que parecen de oro, otros de sangre derramada, dan idea de porqué los incas llegaron hasta acá y quisieron instalarse en poblados como Umahuaca o Tilcara. Y a la noche la vista de las estrellas da la misma idea del porqué la visita de los incas.

Al regreso a la ciudad un asado al mediodía del domingo y conocer a excelentes personas que me trataron como a uno más de la familia. La mejor forma de cumplir 25 años.

P.S. Queda pendiente colgar algunas fotos de las maravillas vistas/. Me disculpo por errores de semántica o sintáxis pero estos posts son escritos muchas veces en autobuses o bajo la influencia del sueño.


13 de mayo de 2009

Escala en Santiago

Siempre he pensado que un avión se asemeja a una bala disparada. En el aeroplano se viaja a mil kilómetros por hora, por alturas que sobrepasan las nubes y en inhumanas condiciones climáticas como aquellos vientos huracanados que no sentimos. Así la diferencia no parece mucha con una bala de cualquier calibre disparada al azar. Ahí, dentro del avión, los pasajeros en una cabina herméticamente sellada, a prueba de contactos con el mundo exterior que intenta crear calma entre los intrépidos, ilusos y algo suicidas pasajeros.




Escribo esto mientras me encuentro en el aeropuerto Merino en Santiago de Chile. La verdad no me siento en Chile porque el estar en una terminal, no significa enteramente haber llegado a un país, sino más bien estar en el limbo (pregúntenselo a Tom Hanks en la Terminal). Todos son iguales con sus paseos de shopping, su blancura de hospital y su olor a bosque artificial. En un ambiente donde uno se siente estar en ningún lugar. Es la madre hermética, a prueba de contactos con el mundo exterior de un avión.

Pero en esta espera de dos horas, hasta que parta el vuelo que me lleve a Ezeiza, por lo menos puedo escribir. Con un cansancio que viene y va, producto, seguramente, de solo haber dormido un par de horas. Porque no quise dormir, porque por ahora la realidad se ve demasiado buena y no quería arruinarla con ninguna fantasía. Recuerdo haber partido viendo un Guayaquil en la noche, desde las nubes, donde por fin uno puede descubrir el orden en medio del caos; también descubrir incómodos asientos y sentir mi cuerpo como un guiñapo maniatado por el calor y el frío, lo que me hizo leer un par de revistas SOHO y agradecer que David Sosa ahora escribe en ellas (hace un par de meses leí un cuento de él en diario EL TELÉGRAFO que me dejó como loco). Pero mientras hago escala en Santiago, y ya, ahora, frente a una computadora corrijo letras y frases escritas durante una soñolienta mañana, donde aún así uno debe tener los sentidos alertas para no olvidar pasaportes y registrarse para el vuelo en la hora y puerta indicada, pienso que al menos puedo escribir.

23 de marzo de 2009

Sabor a media


Una nueva cafetera destruye el patético y descolorido equilibrio del ambiente de oficina que ronda por estos lares desde hace más de nueve meses. La chica que trabaja a mi lado se ofrece a prepararme una taza de café “pasado”. Acepto con gusto la propuesta. Después de rutinarias y conocidas tareas el café aparece en el escritorio pero no servido en una taza sino en un jarrón. Lo pruebo y su extraño sabor, tal vez debido al agua utilizada o a la mala preparación, me transporta en el tiempo. En ese recuerdo imprevisto me encuentro en España, cuatro días atrás había arribado a Madrid en pleno desconocido invierno y apenas hace dos días me había instalado en una residencia universitaria, en Puerto-Palos, esperando permanecer allí los próximos tres meses. La soledad de vivir en aquel claustro apartado del bullicio de la ciudad y la intimidad de ser todos desconocidos permitió que a los dos días un grupo de extraños ya estemos tratando de hacer café “pasado” utilizando una media nylon como colador. Ese deja vu de sabores gracias al recuerdo, que luego se transformaron en olores y en sensaciones como estar tomando mate días después gracias a un uruguayo, como es debido en el frío mediterráneo y no con los treinta y cinco grados de Guayaquil como fue la primera vez que lo probé; y el estar sentado en un ferry con el sol golpeando el lado izquierdo de mi rostro camino a Marruecos son las primeras percepciones de esa cascada de olores y sensaciones que lentamente se convierten en nostalgia.


Volviendo a la realidad y al extraño sabor del café que no se despega del paladar, aquella nostalgia produce estragos en lo hondo de mis entrañas que terminan produciendo grietas en los huesos; y la ansiedad de tener un pasaje para el seis de mayo con destino a Buenos Aires y un caótico cronograma de dos meses de recorrido desde Jujuy hasta Chubut provoca una ansiedad que no deja pensar en el trabajo, no deja leer el periódico ni pensar en el diario quehacer, solo sentir la impotencia que es tratar que pase el tiempo volando, que alguien se robe el mes de abril para ya estar ahí y cumplir y disfrutar para lo que trabajo, que no es comprar un auto, o una casa, o un microondas, o pastillas para no soñar. Sino simplemente conocer, tal vez explorar y recordar algo de la nostalgia que al igual que el café con sabor a media no se despega del paladar. Y no es una nostalgia por volver a repetir momentos sino por volver a sentir ese aire que todo lo cambia, porque después de Buenos Aires lo más seguro es que le diga adiós a lo común, adiós a Cuenca y adiós trabajo porque se acabó el contrato, en una época donde lo desconocido, lo que a uno lo pone nervioso viene de afuera y no de uno mismo. En el cine día atrás vi un anuncio que decía “Revolutionary road” con la misma pareja de la cursi “Titanic”: Di Caprio y la mejor actriz de esta generación junto a Cate Blanchett, Kate Winslet. La pareja es lo de menos, lo atractivo de comprar el boleto es ir a ver en la pantalla cómo alguien siente lo mismo que uno. Sentir que te obliguen con una fuerza más grande que la gravedad a pensar en decirle adiós a los planes y adiós a los anhelos, todo por trabajar como una puta, solo por el dinero para comprar autos, microondas, refrigeradores, el éxito de tener posesiones y por ese confort que sirve de placebo para borrar la nostalgia, esa nostalgia con sabor a media de la que no me quiero despegar y por la que trabajo muchas veces como aquellas putas que solo lo hacen por el dinero. Una nostalgia que viene en empaque de café con sabor a media que cada vez que aparece es un designio de destrucción del patético y descolorido equilibrio que quiere apoderarse de los nostálgicos. Por eso una vez que llegue a casa brindaré en soledad con otro café.


24 de noviembre de 2008

Recorrido ni tan a lo hondo del Azuay

Día sábado, en un memorando todos convocados a reunión extraordinaria de trabajo. Maldición, el viaje a Guayaquil o Quito, según las circunstancias, quedó en la nada. El motivo de la reunión lo conocemos los invitados pero el sitio de su celebración no. SE DEBERÁ ASISTIR A LAS 8 Y MEDIA DE LA MAÑANA A CHAULLABAMBA PARA LUEGO IR UNA HACIENDA DONDE SE LLEVARA A CABO EL COMITÉ, era más o menos el mensaje que contenía el itinerario. Así que en una mañana brumosa y con lluvia copiosa, digna de cuento de Allan Poe, y con aires de responsabilidad laboral, digno de libro de Donald Trump, me dirigí al encuentro pactado.

Durante los trayectos de ida y vuelta a Cuenca los vehículos nunca tocaron asfalto, todo el camino fue a través del barro. El barro era de todos los colores y densidades, se tenía del arcilloso de pigmentación rojiza, el gris y espeso que nos hizo patinar algunas ocasiones, y seguramente uno que otro mezclado con deyecciones de vacas, cerdos o cualquier otro animal de granja. Con una temperatura menor a diez grados y la lluvia cayendo en el piso, sintiendo filtrarse en la calcetas para llegar a los pies, el orinar al aire libre era una experiencia provocadora de sentimientos de semidiós atrapado en la nada, en la nada porque se veían personas cada tantos kilómetros, personas que te veían como a un alienígena dentro de un platillo que va de visita al lugar cada 100 años, pero la vegetación era abundante; no solo pastizales para ganado o llanuras como las del Cajas, sino se podían ver frutales y árboles variados que junto a varias cascadas, el cruce de puentes de madera en medio de tranquilos y cristalinos ríos, minas en una remota localidad de casas cariadas y a medio pintar llamada Chucharqui (de lo que conozco de Azuay lo sumo a lista donde también está: Cuenca, Sigsig, Camilo Ponce, Paute, Gualaceo, Certag, Jadán y otras más), escuchando gaitas colombianas promocionadas por el chofer proveniente de San Bartolo con anécdotas de carnavales y guarapos en pueblos remotos, completaban un paisaje de un lugar y personas que estás totalmente seguro que no volverás a ver, razón para detenerse y contemplar un segundo, recordando la revolución de la cotidianidad que promulga Juanele.

Este recorrido de rally amateur, con caminos que uno piensa de un Ecuador 50 años atrás y escenarios dignos para una película que recree la Batalla de Pichincha o para Pasado y Confeso, era el que se debía recorrer hace una década cuando la Josefina se desbordo en Paute abnegando una parte del país. La distancia que nos separaba de la carretera nunca pasó de los 10 kilómetros, pero esos diez kilómetros fue para creerse estar en lo hondo, en la esencia de algún lugar, un viaje en el tiempo, un regreso a Cumandá.

De regreso a Cuenca: parrillada uruguaya, partidos de fútbol, el resto de la reunión y todo lo demás que ya es otra cosa...

20 de noviembre de 2008

Este maldito país

Mi primera opción de día miércoles en el FICC era Tony Manero, una película ambientada en la década de los 70´s, en plena época de Saturday night fever. Un joven chileno, imitador de los pasos de baile de John Travolta, lidera un grupo de bailarines que se inscribe en un concurso de talentos donde esperan demostrar todas sus habilidades. Desde esta perspectiva cómica, el director Pablo Larraín, pretende insertarnos en el ambiente de terror que se vivía en Chile durante la dictadura de Pinochet.

El resto del menú consistía en: El infiernillo (ecuatoriana), Ángeles negros (chilena), Carmen la que contaba 16 años (venezolana), Unas fotos en la ciudad de Silvia (española), La quema de Judas (venezolana), La orilla que se abisma (argentina) e Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (mexicana).

Para mi maldita suerte, la película no salió de aduana, es decir que reposaba en el manso Guayas, así que los organizadores del festival decidieron proyectar: Este maldito país del director Jorge Martín Cueva.

Este maldito país lleva por nombre un verso de un poema del notable escritor ambateño Jorgenrique Adoum y el documental trata de descubrir la verdadera identidad de los ecuatorianos y nos pregunta: ¿Qué realmente somos los ecuatorianos?


Jorgenrique Adoum no lo sabe al ser hijo de libanes y madre ecuatoriana; Lourdes Tiban tampoco, al revelarse como una mestiza, porque su abuela había tenido un romance con un terrateniente, romance del cual salió su madre; “Papá roncón”, algo así como un Mozart de la marimba, nos cuenta que aprendió a interpretar esas melodías de indígenas esmeraldeños y no de afros; Jaime Guevara cantando en Quito por los hermanos Restrepo, y así, otros personajes desconocidos: Gays, inmigrantes japoneses y el resto de esos ecuatorianos comunes, que son extranjeros para el resto, nos cuentan cada uno su historia y lo que para ellos significa el Ecuador.

Cueva, con su obra y gracias a su jato original de sociólogo, trata de realizar algo más didáctico que estético, mostrando como en un territorio tan pequeño podemos ser tan diversos: Una persona no dice soy un cuerpo, sino tengo un cuerpo y un ecuatoriano no dice soy un país, sino tengo un país, relata la voz en off.

Y con todos estos testimonios, la mente comienza a preguntarse: ¿Quién definió lo que es ser un ecuatoriano?, ¿Quién es más ecuatoriano: Aquella qué está cargando tomates en el mercado o el guardia que lo mira con sospecha?, ¿Qué tanto conozco el Ecuador y qué tanto me identifico con un negro esmeraldeño, con indígena de Cocha, o con alguien que decidió inmigrar a Galápagos?




Delirium tremens después de esa última pregunta llegan recuerdos de infancia viajando en tren a Huigra entre gallinas, cerdos y personas; escenas con amigos comiendo en un pueblo llamado Barcelona, escala de un viaje hacia Esmeraldas; comiendo chochos en Otavalo; caminando entre heladerías y heladerías en el Chota, porque ahí la distancia no se miden en kilómetros sino entre heladerías. La tía de Guerrón, ese tieso marcador izquierdo de la selección ecuatoriana de fútbol me decía: Usted pasa dos tiendas de hela´o y antes de ver el puente llega al Juncal; recogiendo habas a caballo en Cajas – Imbabura, entre antiguas vías de ferrocarril; aprendiendo Huorani en Tabacundo; y en un bus preguntándole a un viejo: ¿Cuánto falta para llegar al lago San Pablo? Y él respondiéndome: Poco... ¿Usted es turista?, ¿de qué parte del extranjero viene? E inmediatamente de mis entrañas sale: Yo soy ecuatoriano, tan ecuatoriano como el encebollado y la fritada.

Dan ganas de agarrar una mochila, lo poco que tienes en la cuenta de ahorros y perderse en lo hondo del Ecuador.

7 de noviembre de 2008

El Kevin Carter que algunos llevamos por dentro

Existen fotografías que dan la vuelta al planeta por su crudeza y atrocidad. Su fama proviene del despertar que provoca en el resto de la humanidad, de que existe una realidad a varios miles de kilómetros de distancia.

Imágenes de la masacre de My Lai en Vietnam despertaron al mundo de lo que realmente sucedía en esa guerra, de igual forma; y para los almanaques de nuestra memoria tenemos escenas de los campos de concentración nazis en la Segunda Guerra Mundial. Solo para nombrar unos pocos ejemplos de los horrores, retratados, que han sido autores y víctimas los seres humanos.


Pero, ¿quiénes son los personajes que inmortalizan estos momentos? No aliento a que los veamos cómo héroes, sino simplemente como testigos presentes, en vivo y en directo, de momentos cruciales que quedarán grabados en la historia y preguntarnos: ¿Cómo afectaron estos hechos en sus vidas?



Kevin Carter nació en Sudáfrica en 1960, en plena época de apartheid. Cuando cumplió los 24 años y a sabiendas de los enormes privilegios que tenía por haber nacido blanco y de las enormes injusticias que esta diferenciación conllevaba, empuñó su cámara fotográfica como arma para luchar contra el racismo de aquel entonces.

Con la liberación de Mandela en 1990 y durante los 4 años siguientes, tiempo en el cuál se iniciaron los procesos de paz que llevarían hacia la democracia sudafricana, a causa de los opositores de este proyecto, se vivió el período más violento en este país. En las periferias de Johannesburgo diariamente se produjeron masacres en las que murieron cerca de 12,000 personas. Ahí, copiando las palabras del fantástico John Carlin (periodista el cual sería mi referente si me dedicara a esa profesión), Carter se presentaba, todos los días por las mañanas, a esos campos de la muerte, como se presentan los oficinistas a su trabajo.

John Carlin estuvo también presente en estos sitios como corresponsal de guerra (razón por la qué tomo de su historia los principales hechos para este post) y vio como el fotógrafo sudafricano, por realizar su trabajo, se exponía a los mayores peligros con tal de obtener una imagen. Kevin trabajaba junto a tres compañeros más, a los cuáles denominaban “el Bang Bang Club”. Dormían poco y consumían drogas de todo tipo para adaptarse de la mejor manera, en ese mundo frenético al que debían asistir durante el tiempo que duró el conflicto.


En marzo de 1993, Carter viaja de vacaciones a Sudán y apenas llega al lugar, ve la escena de una niña, que si no supiéramos que se trata de un ser con alma, podríamos decir que era un famélico saco de carne buscando como sobrevivir, acechada por un buitre. Carter tomó varias fotografías durante veinte minutos esperando que el ave carroñera extienda sus alas para darle más dramatismo a la foto. Que el animal extienda sus alas no fue necesario, porque la imagen dio la vuelta al orbe y le sirvió a Carter para ganar el Pullitzer en 1994.

Para él, el compromiso profesional era realizar la mejor foto posible, porque con esto despertaría la sensibilidad de los que la vieran, pero Carter fue comparado con el buitre por su egoísmo de no haber corrido a auxiliar a la niña, además de la constante pregunta que le realizaban sus conocidos: ¿Ayudaste a la niña?

Esta constante y agobiante persecución, sumada al asesinato de uno de sus compañeros del “Bang Bang club” y al cese de la guerra en Sudáfrica, que lo puso a Carter en una situación de trabajo estable, provocó que el 27 de julio de 1994, en el sitio donde pasó los mejores momentos de su niñez, el fotógrafo sudafricano se quitara la vida.



Esta historia me recuerda a una conversación que tuve a principios de año, con una persona que trabajó en la organización “Médicos sin fronteras”, durante la guerra civil en Angola. Me contó las barbaries que presenció en ese lapso, y como al final se sintió en un estado donde trataba a sus pacientes como objetos a los que no debería prestársele mayor interés, porque no sabía si seguirían vivos el día de mañana, y si embargo, cuando quiso regresar a su hogar junto a su familia, vio que su vida no era la misma y a los dos meses compró un ticket de avión, solo de ida, con destino a África.

No sé si esté dispuesto o mi carácter sea el suficiente para trabajar dentro de una zona de conflicto donde el único aire que se respire es el de la muerte, pero el ejemplo de Kevin Carter, a pesar de todos sus errores como ser humano, me recuerda como algunas personas estamos dispuestas a ir a lugares lejos de nuestro hogar y en situaciones adversas, por cumplir una labor que realmente apasione, y cuando nos preguntan el por qué lo hacemos, no sabemos que responder, solo sentimos que es algo innato.

Fuentes:
La fotografía de la pesadilla, por John Carlin.
http://www.elpais.com/articulo/paginas/fotografia/pesadilla/elppor/20070318elpepspag_10/Tes

Kevin Carter, por Rubén Pinella.
http://elsenialador.blogspot.com/2006/04/kevin-carter.html

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