15 de noviembre de 2009

Agarre un ticket (o haga cola), espere su turno y no se moleste porque podemos meterlo preso

«Siempre se fuma demasiado cuando se tiene que esperar» decía el muchacho. «La vida es una sala de espera» fueron las palabras del señor calvo mientras pisaba su cigarrillo. «Estos lugares deprimen» mencionaba María Elena que era la última en llegar.



Las frases son de los personajes del cuento Segunda vez, que describen el ambiente que generan esos sitios ajenos al paso del tiempo, reticentes al progreso, llamados oficinas burocráticas y que continua Julio Cortázar describiéndolos de «un silencio que por momentos parecía demasiado, como si las calles y la gente hubieran quedado muy lejos», y donde «todo el mundo tenía un aire más joven y más ágil al salir, como un peso que les hubieran quitado de encima, el trámite acabado, una diligencia menos y afuera la calle… realmente al otro lado de la sala de espera y los formularios.»

Sin hacer un barroco inventario, las peores oficinas donde he estado son una Subsecretaría de Trabajo cerca del malecón, con un grupo de huelguistas con sus delgados colchones y sus protestas escritas con marcador desgastado, ubicados en la entrada, y adentro, después de subir las escaleras con tenues luces y paredes marchitas, una empleada del lugar te gritaba «¿y usted qué me cree?, ¿portera?.. Vaya busque por allá», cuando le preguntabas por algún abogado que firme un acta de finiquito; y en el Consulado español esperando mi visa de estudios, después de haber viajado toda la noche hacia Quito y desde las 9 AM hacer la kilométrica cola, cuando finalmente llegué a la ventanilla, la persona del otro lado del vidrio me decía con sorna que «su visa no está, vuelva la próxima semana». Sin olvidar el antiguo Registro Civil con sus pasillos olor a orina y tramitadores a la entrada, o ahora las largas esperas en el Banco Guayaquil, cuando el ticket señala 60 números después del que aparece en el marcador y la señora a tu lado te mira y sin necesidad de palabras te pregunta «¿es en serio esto?»

Ambiente lúgubre, que siempre muestra la cara más fea de una ciudad, como en Sevilla, entre la Giralda y el Alcázar, está una oficina de migración oscura, con pocas personas atendiendo, y una larga fila que parecía una horizontal Torre de Babel; y en Buenos Aires, en las estaciones de policía, detrás de Congreso, en los despachos se pueden ver gatos dormir sobre los escritorios. Por algo Sabina canta en Y sin embargo, que una casa sin ella es una oficina.

En Perú, en el primer Gobierno de Alan García, hacer cola era un sinónimo de protesta, de solidaridad ante la escasez de todo. En Ecuador es la venganza del destino por no pagar impuestos y no exigir mejores servicios. Y algo bueno del actual gobierno era que para realizar estos trámites, las oficinas se habían mejorado (modernos edificios y personal más capacitado), todo sea para mantener la imagen que pretende dar. Lástima que todo eso se vaya al traste cuando uno va al IECE a pagar su crédito, y en ventanilla uno encuentra pegado el artículo 132 del Código Penal que dice que el que insultase a algún burócrata puede pasar entre 3 y 30 días en prisión. Mejor servicios, pero este tipo de leyes, al igual que las de separatismo y las que permiten enjuiciar a editorialistas, persisten desde la época de dictadura y varias se aplican.




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