17 de julio de 2009

(Des)memoriados

En la edición No. 73 de la revista peruana Etiqueta Negra (la mejor revista de crónicas de América según Martín Caparrós), el periodista chino Ma Jian escribe una crónica sobre sus experiencias con los hechos sucedidos en la plaza de Tiananmen, ese fatídico 4 de junio (él estuvo días antes), en vista de que este año se cumple el veinteavo aniversario de la marcha pacífica más grande de toda la historia en contra de un gobierno. Esa manifestación de 1989 que buscaba conversar con los líderes comunistas y encontrar una vía hacia la paz y la democracia, pero que finalmente se convirtió en una inmensa masacre donde el ejército disparó y aplastó con tanques a miles de ciudadanos que salieron a las calles a protestar, y que ahora “parece un instante atrapado en el siglo XX, olvidado o ignorado, mientras que China sigue en su ciega y vertiginosa carrera hacia el futuro”. Ma Jian cada vez que regresa a su país visita la plaza y cuando habla con los jóvenes que no vivieron estos hechos, muchos de ellos creen que no sucedieron o que la historia se exagera, y sus amigos que si estuvieron presentes, por miedo no hablan del tema. Por eso, en sus visitas, tan solo le queda contemplar el lugar ante la amnesia impuesta por los gobernantes a estos hechos, porque “cuando la palabra hablada y escrita se censura, el paisaje urbano se vuelve la única conexión que tiene la nación con su pasado”.


Otra crónica, de la revista colombiana Soho (ed. No. 102), escrita por Pablo Constaín, relata su visita a Corea del Norte, donde los visitantes no pueden tomar fotos, deben estar siempre acompañados por guías, deben hacer una reverencia obligatoria al gran líder Kim Il Sung, deben llevar todo el dinero (euros o yuanes) que van a gastar porque no hay cajeros automáticos en las ciudades, no pueden portar libros y revistas que muestren como es el mundo fuera de Corea del Norte (menos portar un celular), y deben estar bien de salud porque en caso de enfermedad resultará difícil que los atiendan. La crónica del periodista colombiano es más del estilo turístico (con su correspondiente sarcasmo), pero aparte de ver el paisaje de gris de Pyongyang, sus edificios únicamente adornados por la figura de Kim Il Sung, donde las calles son limpias y tranquilas por la falta de vehículos, la comida es monótona, y la carne de pollo y de res es escasa (debido a las restricciones en las importaciones), el retrato que logra captar Constaín es el de una nación donde sus habitantes no tienen opción a pensar otra cosa. Únicamente lo que su Gobierno les enseña, que por supuesto no incluye algunos de los resultados del Kimilsungismo (soberanía militar, política y económica) como genocidios, familias separadas y otros hechos que la historia impuesta por los gobernantes no han registrado.

Ambas crónicas se suman a la obra de Juan Pablo Toral, presentada en el 2005, llamada Hecatombe para recordarme que en el Ecuador, aunque es un país muy difícil de gobernar, los dictadores u otros políticos menos autoritarios (pero igual de corruptos) no tendrían que hacer grandes esfuerzos como los realizados en China y Corea del norte, donde el Estado es el encargado de borrar la memoria colectiva, para que la gente olvide sus atroces actos. En la obra se pueden ver un conjunto de vacas en filas y columnas, que lo único que las diferencia es un arete, que a manera de sellos muestran distintas fechas que para muchos pasan desapercibidas, pero que en realidad representan actos funestos para la historia del país. Ahí está la fecha del feriado bancario, la fecha del inicio de protestas de los jubilados en contra de Lucio Gutiérrez, varios crímenes de Estado, entre otros igual de recientes o que se remotan a un pasado más distante acosado por el olvido general.

Jorgenrique Adoum en Ecuador: Señas particulares, menciona que no fueron causas de reproches, por quienes tenían voz en el país, los actos realizados contra los indígenas que se retratan en la novela Huasipungo, sino el hecho de que Jorge Ycaza la haya publicado. Con nuestros funestos hechos del pasado también pareciera peor recordarlos que utilizarlos como memoria colectiva para que nunca más vuelvan a ocurrir.

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