20 de julio de 2009

Cuento: Gemelas

Durante las últimas semanas he contado con demasiado tiempo libre. He leído como un maniaco mientras envió carpetas en busca de empleos. Y de tanto leer me han dado ganas de contar algo, de mezclar ficción con realidad. Puede que esto sea muy largo para un post, pero ahí me atrevo a publicarlo, por mi cuenta, para que este sea el motivo inicial de escribir historias y sacarme cosas de la cabeza.




Gemelas:

Ir al psiquiatra básicamente consiste en contar algo. Los locos o aspirantes a locos son a los que mas les gusta contar cosas. Todo es diferente después de haber contado algo. La libertad ahora está concentrada en la lengua y de ahora en adelante siempre existirá una necesidad, una ansiedad, de hablar de cosas que probablemente a muchos no les interesen y de estar dispuesto a entrar en el perímetro de otras personas, de otros nebulosos caos. Eso, en estos tiempos donde olvidar es tan común, donde la memoria está devaluada, donde el estar ocupado es símbolo de éxito, es un claro sinónimo de estar loco. Y loco me quedé en la ciudad argentina de Córdoba, donde existe una extravagante (bellísima también) iglesia, llena de colores vivos, predominando el lila, por fuera, y pálidos por dentro, donde la luz es escasa y debe traspasar vitrales que proyectan figuras angelicales, que junto a sus deprimentes estatuas pertenecen a la orden de los Capuchinos, de la que nunca había escuchado. La verdad es que la religión nunca me ha interesado, mis ojos brillan ante cosas más sencillas, las que no tienen que ver con el poder, con conspiraciones, con codicia o con redención para el resto de los pobres inferiores mortales ignorantes como yo. Pero lo que importa es que dentro de aquella iglesia, existe una de esas historias singulares, que uno difícilmente puede descubrir, en una ciudad que es temida en mayor medida por sus propios habitantes, si uno se muestra indiferente ante supuestas banalidades. En aquel lugar laboran dos mujeres bastante parecidas, se creería que son hermanas. Yo no lo pienso argumentando que nadie se dedica a trabajar en lo mismo que su hermano. Necesitamos esa independencia e individualidad. A ambas les caen sobre los hombros varios años de vida encima, están empezando el ocaso de su existencia. Todas las mañanas y tardes cada una ocupa una de las puertas de entrada y salida del gótico edificio para vender estampillas de los santos favoritos de la localidad a los fieles feligreses y a los turistas infieles.

A primera vista la escena no dista de muchas otras, porque las iglesias son las oficinas de muchos mendigos y comerciantes de la religión. Pero si uno se detiene un poco más de lo que dura tomar una foto, podrá ver lo curioso que resulta que ninguna de las dos se peleen por acaparar a los visitantes que entran y salen. Y no parece ser por algún pacto de no molestar las posibles ventas con discusiones o por cuestiones de respeto a la casa de Dios, porque hay algo más en la situación, o mejor dicho hay falta de algo: no se ve tensión, ni envidias, ni rencores. Es más, en el ambiente ronda un soplo de camaradería, de afecto, de empatía. Se cuentan chistes, comparten la comida ante el hambre, el abrigo ante el frío, además de que ambas salen a la misma hora de su lugar de trabajo conversando y escuchando, sobre todo escuchando lo que la otra dice.

Al día siguiente, ante una curiosidad que me hincó toda la noche y no me dejó dormir, suspendí la travesía que tenía planeada por todo el día en Villa Carlos Paz y las Sierras de la provincia. Me dirigí temprano al mismo lugar, pero cuando llegué únicamente vi a una de las dos vendedoras de estampitas. Pasaron gélidas horas, las calles se llenaron y se vaciaron de personas, los niños, unos alegres y otros soñolientos, se dirigían a aprender, a estar con sus amigos, los jóvenes con sus uniformes prendían a escondidas cigarrillos mientras reían y se golpeaban amistosamente como un gesto de confianza, y el sol también resplandecía haciéndose presente, con una fuerza que no alcanzaba para tapar aquel invierno que ya se comenzaba a vivir. Después de que mi mente, ante la expectativa de ver a los señoras juntas (como una misteriosa secta con un desconocido vínculo para el resto), haya divagado, mi corazón se haya enamorado y bailado con unas cuantas desconocidas y mis ojos hubieran visto que las cosas flotaban en el ambiente, me acerqué a aquella solitaria mujer que estaba sentada, y que ahora sin la otra se veía tan minúscula, toqué su hombro cubierto de incontables capas de abrigos, de todos los colores, de muchos años, con manchas que parecían feos trofeos del pasado, ella me vio y yo también pude hacerlo a través de sus gruesos lentes, sus pequeños ojos cubiertos por infinitas arrugas me sonreían, y con la aprobación retratada en su cálida mirada pude preguntarle donde estaba su compañera. Pensé que no me escuchó y que alegremente me iba a ofrecer alguna figurita de alguien que no conozco pero en el cual debería tener fe. Situación que me hubiera hecho sentir un miserable por rechazarla; pero se tomó su nariz, después con la misma mano tomó sus anteojos por los extremos y los llevó hacia adelante, después los colocó en el mismo lugar, las patas friccionaron con la rugosa piel hundida detrás de sus orejas. Esto lo hacía como seña característica de estar concentrándose, y prosiguió a entregarme un sobre que tenía como destinatario la primera persona que preguntara por la otra.

Para algún extraño:

Empiezo pidiéndole perdón si existen errores de escritura en esta carta, y perdone también si la historia no la siente completa. La verdad es que mi intención no es molestarlo con cosas de viejas que dan vueltas y vueltas en el mismo círculo, sólo lo utilizo a usted como una excusa para escribir, mi último acto individual, porque desde hace algún tiempo pienso que ya no pertenezco solamente a mi misma sino a otros. No digo esto como un acto de sacrificio por el cariño que le tengo a mi familia, como una señal que lo daría todo por ellos o a personas que conozco desde hace mucho tiempo. No me queda familia alguna para que usted piense eso. No tengo esposo, ni hijos, mis padres murieron años atrás y de mis hermanos no sé nada desde la fecha en que salí de mi cálido pueblo que lo extraño cada vez que estoy triste. Quienes únicamente me han acompañado en esta vida son estos libros que los leo una y otra vez, esperando algún rato poder sentir lo mismo que sus personajes, que algo de la imaginación de sus autores se pegue en mi solitaria realidad. Los escritores no son magos que pueden cambiar su presente pero ahora yo me atrevo a escribir esperando cambiar la mía. Así que seguiré con lo que quería contando desde el principio, esperando que usted siga leyendo.

Mi nombre no es importante, tampoco que sepa como conocí a Carmen. Carmen es la que usted está viendo ahora. Sólo le puedo decir que en principio no nos llevábamos mal pero eso no significaba que nos lleváramos bien, ahora que recuerdo casi no hablábamos. Era una riña silenciosa, donde pretendía no equivocarme con ruidos y todo el día deseaba que ella se cansara de aquel silencio y no volviera más. Pero después pasó lo que tuvo que pasar y ella me ayudó. Eso que pasó tampoco es importante. Al día siguiente yo se lo agradecí llevando un pedazo de pan y un termo con mate para conversar. Recuerdo que ese día casi nos olvidamos de vender, por suerte era lunes y los lunes para los religiosos y para los turistas no existen. Así pasaron varios días que no los conté, conversando de nimiedades o del pasado. Rememorando las cosas sencillas y lo que ya no teníamos. Todo eso era lo normal, eran cosas de viejas, hasta cada vez que una de las dos tenía algún problema. La siguiente vez fue una enfermedad. Y nuestra amistad era así. Todo dependía de que alguna tenga un problema para que esta creciera. Por eso a muchas personas como nosotras les gusta estar enfermas o tener algún problema. Porque es nuestra única forma de que la gente nos tome en cuenta. Que alguien se fije en mí, que vea que debajo de estos pliegos de trapos de invierno hay carne y hueso que late y llora.

Así por problemas de salud terminamos viviendo juntas. En un cuartito que apenas tenía un foco, una cocineta donde calentábamos mate en la noche, una vieja radio donde escuchábamos a Julio Sosa y nos imaginábamos bailando con él vestidas de gala, en un lugar seco y brillante no como aquí que todo es pálido y húmedo, también había en la habitación una cama de niños con forma de cohete espacial donde sentíamos la dureza de las tablas por lo flaco que era el colchón, pero lo compartíamos, y era donde dormíamos y soñábamos aquellos sueños de chiquilina o teníamos pesadillas en las que no estábamos juntas, y el lugar se completaba con un pequeño retrete que encima tenía un mohoso espejo y una ducha que nos daba un hilo de agua con el cual refrescarnos en los días de calor. No miento en decir que en ese lugar y junto a ella pase los mejores tiempos de mi vida. Pero también sufrí mucho, sufrí horrores porque me percaté que estaba cambiando y no sabía en qué. A mí que nunca me han gustado las sorpresas y a los cambios inesperados los he evitado desde mi infancia. Siempre traté de ser la misma, tal como mi madre me crió. Me enseñó un horario, y en ese tiempo los instantes que tenía para cocinar, para tejer, para bañarme. También la forma en que una señorita toma un vaso, el nunca pedir vino porque eso no bebían las personas como mi madre, el no gastar dinero en tonterías de las que después me arrepentiría, el ver como se visten las personas y que tan raídas y desteñidas están sus ropas, para saber si podían ser nuestros amigos o no. Todo eso lo aprendí y aunque el día en que murió en casa decidí irme de ahí, de sus enseñanzas no había podido escapar hasta ahora. Así que ante ese miedo a lo desconocido opté por ser como ella. Si como ella a la que usted está viendo ahí. A Carmen la espiaba en el espejo que era este hogar, veía la forma como tomaba el dentífrico y lo colocaba en el cepillo de dientes, todas esas pequeñas cosas además de cómo se vestía, lo que comía, la forma en que caminaba, la expresión en su sonrisa.

Vivir juntas hizo algunas cosas fáciles. Los grandes gestos eran cuestión de práctica. Pero la forma como veía a un gato cada vez que pasaba por el techo, sus muecas de fastidio cuando veía o escuchaba a los políticos, cualquiera que sea, la manera de persignarse, el como se acomoda los lentes cuando no sabía que responder, como se rascaba los codos ante los nervios, incluso a la hora de dormir trataba de estar demasiado cansada para al escuchar el primer ronquido automáticamente yo durmiera, como un despertador al revés, todo esas fueran tareas titánicas. Yo a veces sospechaba que ella sabía que la trataba de copiar, imitándola a la perfección. Lo que me confunde es que nunca me preguntó el por qué. Eso cuando empecé a vestirme igual, usar los mismos aretes, los mismos collares, la mismas marcas de maquillaje. Siempre me cambiaba de ropa después de ella y gasté mis últimos ahorros imitando su placar. Su perfil era exactamente el mismo al que se reflejaba en el espejo cuando yo estaba frente a él. Incluso trataba de pensar igual que ella, aprendiendo que le molestaba y que le gustaba, que le fascinaba, que le obsesionaba. Así cuando pensaba que ella tenía esas sospechas pero sentía que yo ya había aprendido finalmente la lección, ella cambiaba completamente su comportamiento, y esos eran mis peores días porque ya no recordaba quien era yo y al no ser ella me sentía en el limbo, me atacaban pensamientos horribles. Mis sueños no me ayudaban. En ellos me veía junto a un inmenso espejo que se agrandaba cada vez más pero ese espejo no reflejaba nada y a nadie más. Ahí estaba yo sola en aquel lugar y ni mi propia imagen me quedaba. Y no quería mi imagen, y si la tuviera lo probable es que no supiera que aquella era mía, que me pertenecía desde siempre, porque la única imagen que quería era la suya. Varias veces estuve a punto de rendirme dejándome llevar por ideas donde finalmente ambas ya no teníamos ningún espacio, la duplicidad había ocupado todo el cuarto y yo como un mártir dormía para siempre, y servía de alimento para el hambre de Carmen. Yo era el mejor asado que alguna vez ella había probado. Mi carne era tan tierna porque su piel era tan tierna, y cada vez que ella comía uno de mis muslos una lágrima se le salía y cuando probaba mi corazón, el suyo dejaba de latir. Así aquel acto caníbal consistía en una fusión, una fusión que anhelaba más que cualquier cosa. Pero después pensaba que Carmen era muy resistente y seguramente ella lo hubiera seguido intentando. No presumo pero creo que si se rompiera el espejo de la casa ella no lo necesitaría, a diferencia de lo mucho que yo la necesito a ella.

Así siguieron mis pesares, tratando de ser alguien que cada día conocía un poco más, hasta que la vi un día hablando con alguien que seguramente conocía de tiempo atrás y todas aquellas facciones y comportamientos fueron totalmente diferentes, la ropa, el maquillaje e incluso el parecido en el peso que había logrado debido a una masoquista dieta y el peinado que estaba luciendo, no servían de nada. Aquellos rostros me resultaban inverosímiles y ni una férrea disciplina, ni cualquier testarudez haría que pudiera copiar aquellos gestos. Era otra persona. El molde que había seguido se transfiguró totalmente. Me repugnaba, no la reconocía. Quedé devastada, y no pude más que salir corriendo de la iglesia y ahora escribir estas letras que usted está leyendo y que le ruego nunca se las muestre a Carmen porque creo que mi pesadilla me ha dominado y ante la única salida que veo no sé que va a pasar.

Atentamente,

Carmen.


En ese momento ante la mirada expectante de Carmen para que le cuente lo que había podido leer yo, comenzó a agarrarse del cuello, su rostro tomó la horrible expresión de un ahogado: los ojos empezaron a agrandarse, sus venas y arterias estaban a punto de estallar, la nariz palpitaba acompasadamente con la contracción de sus labios, minutos pasaron mientras trataba de ayudarla, hasta que su piel se tornó azul, los dedos de sus manos se arrugaron aún más de lo que estaban, de todos los agujeros de su cara empezó a brotar agua, y de sus ojos desapareció todo rastro de que alguna vez hubo vida en aquel cuerpo. Minutos después los paramédicos revisaban aquel cascarón vacío encontrando algas en su garganta. Las mismas algas que coincidentemente se hallaron en una mujer mayor que se había lanzado al río minutos atrás.

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