8 de agosto de 2009

El pasado: una novela de Alan Pauls

Fito Páez canta: “el amor después del amor, tal vez, se parezca a este rayo de sol...” En EL PASADO, novela, premio Herralde 2003, escrita por Alan Pauls (elogiado por Roberto Bolaño y hermano de Gastón Pauls: Juan en la buenísima NUEVE REINAS) puede que eso sea una afirmación para Rímini pero no tanto para Sofía. La historia va más o menos así:

Rímini es traductor y Sofía psicoterapeuta o fisioterapeuta (eso no me queda claro todavía), y después de doce años de relación, desde el cuarto año de colegio, en la década de los setentas, deciden separarse de una manera pacífica, casi tomados de las manos, a diferencia de lo traumático que resulta para el resto de mortales. Por eso duraron tanto: se dedicaban a hacer lo totalmente opuesto que el resto de relaciones. Inclúyanse celos, desconfianzas, mentiras. El relato se concentra en su mayoría en la separación. Una historia de amor después del amor. Pero al rato del rompimiento, para Sofía, la vida sin Rímini no tiene ningún sentido. Por lo que continua persiguiéndolo, enviándole cartas (llenas de paréntesis las ellas, al igual que las mías, seguramente seríamos el uno para el otro), metiéndose en sus pensamientos, en sus temores, armando un club de mujeres desesperadas en búsqueda del amor imposible, queriendo que él vea unas fotos, el resumen de su vida juntos, los instantes más felices para que un mar de sentimentalismo lo desborde y vuelva a sus brazos y la armonía se restaure, o tal vez como un último recuerdo, para evitar el olvido; mientras que Rímini se siente liberado, vivo otra vez, dedicándose a olvidar. Y aunque en blogs que leí, para conocer las impresiones de otros sobre EL PASADO, la mayoría escribieron que Rímini también la pasó muy mal sin Sofía; sin embargo, a mi parecer, Riminí disfruta su vida sin Sofía, así esto signifique volverse cocainómano, masturbarse cuatro veces al día, traducir sin parar durante cuatro horas, en medio de inhalaciones de coca sobre el retrato de Sofía, conseguirse una novia diez años menor, después una colega y después una vieja pelucona, y diluirse en el masoquismo. Volviéndose un autómata como había sido su relación con Sofía.


Son más de quinientas páginas de difícil lectura que las asimilas según tu estado de ánimo. En las últimas tres semanas leí tres veces el libro y las tres veces lo disfruté, porque son de esas novelas, que como a un miope que nunca ha usado lentes, te dan una nueva y mejor visión de las cosas, y por eso lo repetí tanto, porque me gustó esa nueva concepción de la realidad. Aquí la historia, la trama, al estilo Rayuela de Julio Cortázar, no importa tanto (como sí en los libros de García Márquez, por ejemplo), sino los pensamientos de cada personaje (en este caso exclusivamente dos: él y ella) y como responden ante cada situación que viven en solitario y juntos: entre caminatas, comer helados, conversaciones en cafeterías, sexo con cincuentonas, viajes a Austria, remembranzas que se prolongan por varias páginas, analogías, pensamientos disparatados, irónicos, sarcásticos, y en medio la historia de Riltse, un pintor homosexual inventado por Alan Pauls que juega con el arte y con su cuerpo, tratando de fusionarlos, y que quizá para muchos nada tiene que ver con la historia, pero el capítulo dedicado a él, de más de cincuenta páginas, tiene su toque de genialidad. Letras, palabras, párrafos que permiten descubrir el amor de Pauls por las letras y su detallismo en describirnos al máximo un pensamiento o un suceso. Por eso sentí estupor al enterarme que existe una película sobre este libro. Sería imposible. Una voz en off que nunca se cansa debería describirnos todas las emociones que despierta cada situación; y los diálogos serían internos, casi no habría interacción entre los personajes. Hay que ser un genio y un loco para arriesgarse.

Veinte años después del inicio, ocho después de la separación, la relación no se ha terminado, sino que ha mutado en todas las formas posibles y para suerte de Sofía, la historia no se queda en las primeras estrofas de la canción de Fito, sino que continúa aunque sin tanto ritmo: “y ahora que busqué/ y ahora que encontré/ el perfume que lleva el dolor/ en la esencia de las almas/ en la ausencia del dolor/ ahora se que ya no/ puedo vivir sin tu amor”.



Creían en el modo en que se amaban, y esa creencia era más fuerte que cualquier naturaleza, que cualquier signo del mundo les dirigiera para desmentirlos o ridiculizarlos… Todos: los que cada primero de enero les auguraban el final en secreto, los que trataban desesperadamente de copiarlos, los equidistantes, que aprobaban el prodigio per cada tanto les exponían sus «reservas» - y también sus padres, sedientos de la claridad y la sabiduría que sus propios modos de amarse, al parecer, no estaban en condición de proporcionarles. Jamás juzgaban: escuchaban. Eran amplios, tolerantes, de una ecuanimidad intachable.

Lo habían hecho todo. Se habían desflorado y raptado de sus respectivas familias; habían vivido y viajado juntos; juntos habían sobrevivido a la adolescencia y luego a la juventud y asomado la cabeza a la vida adulta; juntos habían sido padres y llorado el muerto diminuto que nunca llegaron a ver; juntos habían conocido maestros, amigos, idiomas, trabajos, placeres, lugares de veraneo, decepciones, costumbres, platos raros, enfermedades – todas las atracciones que podía ofrecerles una versión prudente pero versátil de esa mezcla de sorpresa y fugacidad que normalmente se llama vida, y de cada una habían conservado algo, el rastro singular que les permitía recordarla y volver a ser por un momento los mismos que la habían experimentado. Y para que la colección estuviera completa, completamente definitiva, ellos mismos agregaron la pieza cumbres: la separación… La separación no era el más allá del amor: era su límite, su colmo, el borde intenso de su confín…

… No es de muerte natural como muere un amor genuino, sino bañado en sangre, bajo los golpes que le asesta otro, no necesariamente genuino – porque allí las leyes del amor, ciegas a los títulos de nobleza, no tienen ninguna misericordia – pero sí oportuno y, sobre todo, impulsado por esa crueldad entusiasta que anima a todas las emociones jóvenes.


PD: Juan Fernando Andrade describe sublimemente y dos veces el libro. Vale la pena leer ambos posts:

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