18 de agosto de 2009

Buenos Aires, cuando lejos me vi

Oír un tango es dejarnos ir en el pasado. (Francisco Febres - Cordero, Soy el que pude).
Desde que llegué he pensado en regresar constantemente. Anualmente. Tengo familia y amigos. Una excusa más. Lo más probable es que vaya en vacaciones o por alguna beca. Sin embargo espero en algún rato ahorrar suficiente dinero para quedarme al menos tres meses. Alquilar algo junto a las Barrancas de Belgrano, en los antiguos arrabales, cerca de las vías del tren para nunca dormir, y en los días caminar por el barrio chino, hablar con los paseadores de perros, avanzar por la calle Virrey Vertiz y seguir por los bosques de Palermo cuando se convierte en Avenida del Libertador hasta cansarme, me imagino, cuando llegue a Santa Fe, después de haberme sentado y fumado varios cigarrillos en el Parque Las Heras; y en la Plaza Italia tomar el metro que me lleve al centro, para entre sus millares de cafés, escribir historias que hablen del carácter ambiguo de sus mujeres, el porqué de tantos psicoanalistas, las leyendas de sus barrios, que describan su arquitectura y utilizar palabras típicas de sus grandes novelistas: zaguán, balaustrada: “Sus ojos color celeste desaparecieron mientras cerraba la puerta cancel” es algo que quisiera escribir. Y en las noches o fines de semana, cuando pueda ver a mis amigos, antes o después de un mate, un asado, copas de vinos, volver a sus museos y sus plazas, y visitar aquellos lugares que me faltaron: Chacaritas, Villa Almagro, Boedo, y el resto de mini – ciudades que conforman Buenos Aires.
“Salvo Jena Franco y Richard Foley, todos los personajes de esta novela son imaginarios, aun aquellos que parecen reales” son las palabras de advertencia en la última página del libro “El cantor de tango” de Tomás Eloy Martínez. De advertencia porque quizá, después de leer la novela, muchos turistas de todas partes, y ante los casos de promociones de tours para japoneses con la rutas de Amelie por París o del par de amigos de Sideways por los viñedos de California, quisieran recorrer Buenos Aires según el mapa que detalla las palabras de El cantor… Aunque siempre existe una excusa para ir y para volver a Buenos Aires. Como lo es la búsqueda de un mítico cantor de tango, incluso mejor que Gardel para algunos, llamado Julio Martel, para que Tomás Eloy Martínez, un escritor adicto a la realidad, autor de célebres obras como “La novela de Perón” y “Santa Evita”, nos dé un paseo por la ciudad - laberinto, enredándonos en el presente y pasado, como diapositivas superpuestas, de lo que sucedió en sus calles: palacios y bellísimos edificios llenos de detalles, que en realidad eran la fachada de empresas potabilizadoras de agua, sociedades helénicas o taquillas para la venta de lotería; extraños personajes como bibliotecarios que se encierran veinte años, sin que nadie sepa de que medios viven, dedicados a escribir la obra de sus vidas; historias de tangueros anónimos y mujeres que se enamoran de ellos; secuestros a dictadores, torturas en clubes atléticos y crímenes con cadáveres encontrados en riachuelos; y parques circulares donde es casi imposible salir sin que haya obrado el azar. Ahí, Bruno Cadogan (apellido que mutará varias veces) llega un día de septiembre del 2001 buscando un cantor que entona aquellos tangos de mediados de siglo XIX. De esos que entre sus estrofas tienen frases inentendibles como: En cuanto te zampo el zumbo/ se me alondra un leporino… Un cantor cuya voz sin la necesidad de las letras despierta sentimientos. Una voz que parece un aleph de Borges (que se encuentra en el sótano de una casa de la calle Garay, debajo del escalón diecinueve y para verlo hay que colocarse en posición decúbito dorsal) que contiene la historia y el futuro, todos los momentos de una ciudad en un solo segundo. Una ciudad a punto de quebrarse.

El libro está escrito sin prosa rimbombante, a manera de diario, y se podría hacer una bellísima película con él (a diferencia de “El Pasado”). Y aunque no soy un amante del tango y no se me piante un lagrimón después de leerlo (para mi Argentina es más Fito Páez, Charly García, Soda Stereo), tal vez sea la guía (siempre he odiado las guías de viajes) que necesito para volver a recorrer la ciudad.

P.D. A Trolio y su bandoneón se los puede encontrar en el paseo de la Avenida de Mayo, después de cruzar la avenida 9 de julio.








Apenas alzaba la vista, descubría palacios barrocos y cúpulas en forma de paraguas o melones, con miradores inútiles que servían de ornamento. Me sorprendió que Buenos Aires fuera tan majestuosa a partir de las segundas y terceras plantas, y tan ruinosa a la altura del suelo, como si el esplendor del pasado hubiera quedado suspendido en lo alto y se negara a bajar o a desaparecer. Cuando más avanzaba la noche, más se poblaban los cafés. Nunca vi tantos en una ciudad, ni tan hospitalarios. La mayoría de los clientes leía ante una taza vacía durante largo tiempo – pasamos más de una vez por los mismos lugares –, sin que los obligaran a pagar la cuenta y retirarse, como sucede en Nueva York y París. Pensé que esos cafés eran perfectos para escribir novelas. Allí la realidad no sabía que hacer y andaba suelta, a la casa de autores que se atrevieran a contarla.

Con el paso de los días, fui aprendiendo que Buenos Aires, diseñada por sus dos fundadores sucesivos como un damero perfecto, se había convertido en un laberinto que sucedía no sólo en el espacio, como todos, sino también en el tiempo. Con frecuencia trataba de ir a un lugar y no podía llegar, porque lo impedían cientos de personas que agitaban carteles en los que protestaban por la falta de trabajo y el recorte de los salarios… Lo que sucede con las personas sucede también con los lugares: mudan a cada momento de humor, de gravedad, de lenguaje. Una de las expresiones comunes del habitante de Buenos Aires es “Acá no me hallo”, que equivale a decir “Acá yo no soy yo”. A los pocos días de llegar visité la casa situada en la calle Maipú 994, donde Borges había vivido más de cuarenta años, y tuve la sensación de que la había visto en otra parte o, lo que era peor, que se trataba de una escenografía condenada a desaparecer apenas me diera vuelta. Tomé algunas fotos y, al regresar del revelado rápido, adevertí que el zaguán se había transformado de manera sutil y las baldosas del piso estaban dispuestas de otra manera.

Ya todos saben lo que sucedió durante los días que siguieron, porque los periódicos no hablaron de otra cosa: de las víctimas de una policía feroz, que dejó más de treinta muertos y de las cacerolas que tremolaban sin cesar. Yo no dormí ni volví al hotel. Vi al presidente fugarse en un helicóptero que se alzó sobre una muchedumbre que le mostraba los puños, y esa misma noche vi a un hombre desangrarse en las escalinatas del congreso mientras apartaba con sus brazos la desgracia que se le venía encima, revisándose los bolsillos y los recuerdos para saber si todo estaba en orden, la identidad y los pasados de su vida en orden. No nos dejés, le grité, aguantá y no nos dejés, pero yo sabía que no era él a quien se lo decía. Se lo decía al Tucumano, a Buenos Aires, y también me lo decía a mí mismo, una vez más.

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