15 de septiembre de 2010

Dylan según Dylan

Robert Allen Zimmerman tiene tantas – o más – vidas como un gato. Aunque la sensación que provoca ver un felino irrumpiendo en la silenciosa soledad de la noche, deteniéndose para sacudirse varios siglos de encima, proviene de un mito; mientras que las varias existencias del cantante–poeta conocido como Bob Dylan son tan tangibles y reales de la misma forma que lo son las estiradas y peludas patas de una tarántula buscando un refugio para pasar el frío de la noche. E hipnotizantes, también, de la manera en que solo una imagen venerada, siniestra y que no muestra totalmente su rostro, puede hipnotizar. Más de uno ha intentado retratarlo.

Dylanianos queriendo llegar hasta el fondo del asunto, descubrir secretos, contar historias rebuscadas, separar la ficción de la realidad, narrar aspectos de sus vidas. Scorsesse con el documental No direction home, Todd Haynes y el biopic I’m not there, docenas de libros y la reciente idea de un comic ilustrando sus canciones más representativas agrandan el mito, brindan nuevas mentiras y verdades, presentan con ojos de hechizado - ante el resplandor de la figura que han estado persiguiendo - la visión que tienen del cantante-poeta, exponenciando a la décima potencia su imagen. Y quien ha escuchado todos los discos de Dylan, pero no piensa en él solo como un músico, debido a tantos rumores, frases y eventos no sabe hasta dónde creer. Se ha escrito y hablado tanto de Dylan que al final parece una invención nuestra, sólo que él se resiste a creerlo; y en el año 2004, como grano de arena para aumentar la literatura en torno a su nombre, publicó el primer volumen de su autobiografía.

Crónicas no es exactamente un gran poema, ni una telaraña de metáforas y frases del estilo “the sun is chicken”. Es una detallada descripción de un viaje por una larga carretera con altos, curvas peligrosas, rectas para hundir el acelerador, donde Bob Dylan va al volante. Vemos con sus ojos el camino y eso es lo que vale, no tanto los estilos y vocabulario; sin importar que antes David Foster Wallace nos hubiera advertido acerca de lo insípidas que puedan resultar las autobiografías - acà el autor a ratos da la sensaciòn de esconder varios cadàvares en su armario al obviar las drogas y presentar bizarros sucesos como si èl los hubiera planeado de antemano -. El libro se deja llevar, sin estar contado de forma lineal, concentrándose en tres de sus reencarnaciones: sus inicios en el Greenwich Village y huída de Minnesota; el alejamiento de los escenarios posterior a su accidente en moto, tratando de dedicarse solo a su familia y grabando New Morning; y sus tiempos en New Orleans produciendo Oh Mercy, y la fractura en su mano que no le permitió tocar la guitarra y lo llevó a pensar en retirarse.

El recorrido es una mezcla de anécdotas, reflexiones sobre el entorno, la belleza del invierno, alabanzas a sus influencias y contemporáneos – Dave van Ronk – que admiraba en ese entonces. Un instrumento que sirve a la vez como telescopio y microscopio. Se respiran las calles de una época apocalíptica donde la creatividad flotaba, se recuerda a Woody Guthrie, a amigos íntimos. Su vida (sus vidas) es (son) un repaso por la música del siglo XX, de autores literarios como Balzac y películas de Fellini. Al igual que los mafiosos manifiestan que debió correr mucha sangre para convertirse en los hombres que son, Dylan se alimenta de la esencia de las cosas que le parecen interesantes, para después apropiarse de ellas y mejorarlas.

Lo imagino escribiendo estas memorias en una cabaña en las riveras del bosque, apoyando su pluma sobre un escritorio del siglo XVIII, en completo silencio, colgando el teléfono por enésima vez ante las insistencias de que asista como invitado a American Idol, siendo visitado por el editor que le pide incluir capítulos acerca de los momentos en que se inspiró para escribir sus canciones más memorables o discos de la factura del Highway 61 revisited, mencionándole que eso es lo que la gente quiere leer – tal vez en las dos próximas entregas sin fecha aún de publicación –, y Dylan con un cigarro en la boca mandándolo al diablo frunciendo el ceño, diciéndole abruptamente «únicamente yo puedo contar mi historia».
No había venido en un tren de carga. Había atravesado el país desde el Medio Oeste en un sedán de cuatro puertas, un Impala del 57. Salí escopeteado de Chicago y atravesé con la directa puesta ciudades humeantes, carreteras sinuosas, prados cubiertos de nieve, hacia el este, cruzando los límites estatales… en un viaje de veinticuatro horas, sesteando durante la mayor parte del trayecto en el asiento de atrás, y charloteando el resto del tiempo. Con la mente perdida en intereses secretos..., hasta cruzar el puente George Washington.

Además, en el Folklore Center había muchos discos folk sólo para iniciados que yo deseaba escuchar. Partituras olvidadas de todo tipo -salomas de marineros, canciones de la guerra civil, de vaqueros, de misa, elegías, himnos integracionistas o sindicalistas-, libros antiguos de cuentos populares, publicaciones de organizaciones obreras…


Resulta gracioso tenerlo como compañía. Viste con una túnica de monje y bebe infinitas tazas de café. Duerme tanto que tiene la mente embotada. Cuando se le cae un diente, dice: «¿Qué significará esto?». Lo cuestiona todo. Al acercarse a una vela, su ropa empieza a arder. Él se pregunta si el fuego es buena señal. Balzac es hilarante.


Abundaba la clase de gente que salía de ningún lado y más tarde regresaba allí; un rabino con pistola, Una chica con dientes desiguales y un gran crucifijo entre los senos..., toda suerte de personajes en busca de un poco de calor humano. Me sentía como si los viera a todos sentados al borde del abismo.


Las canciones folk son evasivas, ya que tratan de la verdad de la vida, y la vida es más o menos mentira, pero así es como queremos que sea. De otro modo no nos sentiríamos cómodos con ella. Una canción folk tiene más de mil caras... Todo depende de quién toca y quién escucha.


Ray, que había nacido en Virginia, tenía antepasados que habían luchado en ambos bandos de la guerra de Secesión. Yo me apoyaba en la pared y cerraba los ojos. Sus voces llegaban hasta mis oídos como si procediesen de otro mundo. Hablaban de perros, de pesca, de incendios forestales, de amor y monarquías y de la guerra de Secesión... Sus palabras me parecieron misteriosas y desacertadas, pero si las dijo, las dijo y ya está.


Mi universo musical crecía día tras día, con el descubrimiento de discos de Dizzy Gillespie, Fats Navarro, Art Farmer y algunos asombrosos de Charlie Christian y Benny Goodman... Bot Bouse de Charlie Parker también era un buen disco para despertar. Sólo algunos afortunados vivos habían visto y escuchado a Charlie Parker, lo que por lo visto les había infundido una especie de esencia vital secreta. Ruby, My Dear, de Monk, era otra maravilla. Monk tocaba en el Blue Note, en la calle 3, junto a John Ore al bajo y el batería Frankie Dunlop.


En una de mis visitas, Woody me habló de unas cajas llenas de canciones y poemas inéditos escritos por él y para los que no se había compuesto melodía. Estaban guardadas en el sótano de su casa en Coney Island, y me dio permiso para ir a buscarlas. Me animó a ir a ver a Margie, su esposa, si estaba interesado, y a explicarle por qué estaba allí. Ella me abriría esas cajas.


Nueva York era una ciudad fría, contenida y misteriosa, la capital del mundo. En la Séptima Avenida pasé por delante del edificio donde Walt Whitman había vivido y trabajado. Me detuve por un segundo y lo imaginé escribiendo frenéticamente y entonando la verdadera canción de su alma.
También me había parado ante la casa de Poe en la calle Tres para hacer lo mismo: contemplar las ventanas con melancolía…

Por lo visto yo siempre iba en pos de algo, de cualquier cosa que se moviera -un coche, un pájaro, una hoja al viento-, que pudiera conducirme a algún otro sitio mejor iluminado, a alguna tierra ignota río abajo. No tenía la más remota idea del mundo desgarrado en el que vivía, de lo que la sociedad puede hacer a las personas.


Lo que había sido un plácido refugio dejó de serIo de pronto. Probablemente alguien puso a disposición de los drogatas y colgados de los cincuenta estados mapas para que pudieran llegar a nuestra granja. Hatajos de gorrones peregrinaban desde California. Tontos del culo irrumpían en casa a todas horas de la noche. Al principio, se trataba de nómadas sin techo que entraban ilegalmente. Se me antojaban más bien inofensivos, pero luego empezaron a llegar radicales sin escrúpulos en busca del Príncipe de la Protesta: personajes de aspecto sospechoso, tipas que semejaban gárgolas, espantajos y vagabundos con ganas de fiesta...


A veces acababa en una casa flotante, móvil, esperando oír una voz, arrastrándome afanosamente, o boca arriba, de noche, en una playa salvaje y protectora, rodeado de alces, osos, ciervos y el esquivo lobo gris que acechaba no muy lejos, o escuchando la llamada del somorgujo en un tranquilo atardecer estival.


Fuera, un pájaro carpintero martilleaba un tronco en la oscuridad. Mientras estuviera vivo debía mantenerme interesado en algo. Si mi mano no sanaba, ¿qué iba a hacer con el resto de mis días? Abandonar la industria de la música, por descontado. Alejarme de ella tanto como fuera posible. Fantaseé acerca del mundo de los negocios ¿Qué podía resultar más simple y elegante que aventurarse por allí?


Hay muchos sitios que me gustan, pero ninguno tanto como Nueva Orleans. A cada instante se presentan mil perspectivas distintas. En cualquier momento te puedes topar con un ritual celebrado en honor de una reina poco conocida; sangre azul, nobles cegados por la bebida que se reclinan desmadejadamente contra los muros y se arrastran por la alcantarilla. Hasta ellos hacen reflexiones que vale la pena escuchar. Nada parece inapropiado. La ciudad es un poemainfinito...


En cuanto a la reina, ésa era Joan Baez. Joan nació el mismo año que yo, y nuestros caminos acabarían cruzándose, pero habría sido ridículo pensar en ello por entonces... Yo no podía dejar de mirarla. Ni siquiera me atrevía a parpadear. Ella tenía un aspecto espectacular, con su lustrosa cabellera negra que caía hasta la curva de unas caderas estrechas, y sus pestañas lánguidas, ligeramente curvadas hacia arriba… Además, estaba su voz. Una voz que ahuyentaba los malos espíritus. Parecía de otro planeta.


La voz y la guitarra de Johnson resonaban en la sala, y yo me vi absorbido por ellas. Para mí era inconcebible que no produjera el mismo efecto en todo el
mundo. Sin embargo, Dave no opinaba lo mismo… Entiendo su punto de vista, pero yo pensaba lo contrario. A mi juicio, la originalidad de Johnson era absoluta, sus canciones no podían compararse con nada.

La escena de la música folk había sido como un paraíso que debía abandonar, del mismo modo que Adán abandonó su jardín. Era demasiado perfecto. En unos pocos años, se iba a desatar una tormenta de mierda. Las cosasempezarían a arder…


P.D. Las tres mejores canciones de Dylan.





10 de septiembre de 2010

Generación X


Inconformistas de tiempo completo. Apáticos con el mundo exterior. Poco convincentes de mantener los valores tradicionales. No importaba tener las mayores comodidades gracias a los beneficios de los padres yuppies. Todo estaba perdido. Un hueco en la capa de ozono, cada vez más grande, amenazaba con carbonizar el planeta. El SIDA estaba en el colegio, en las fiestas, en las salidas con amigos, en todas partes. Y los temores de no ir al baño en el cine porque habían viejos morbosos esperando aprovechar cualquier situación, o que a las salidas de clases habían hombres que vendían drogas a los niños eran algo común. El ambiente era como si una larga lluvia ácida hubiera cubierto la ciudad. Bueno… al menos para algunos…

“Con los pies en el aire y la cabeza en el piso, intenta este truco y tu cabeza colapsará” de los Pixies era una canción que oía sin cesar. La letra es casi un eterno sentimiento. En el documental acerca de las siete eras del rock, en la parte dedicada al grunge, se habla de que Nirvana después de escuchar Where is my mind? supo lo que debía hacer con la música. El capítulo más nostálgico, el más cercano. Mickey Rourke, que nos enseñó lo daniño que puede ser abandonar a una hija en “The Wrestler”, estaba equivocado cuando dijo que Cobain lo jodió todo.
No recuerdo a Reagan con su hipócrita sonrisa promoviendo el estilo de vida de los suburbios. Tampoco llegué a vestir camisas de franelas ni llevé el cabello hasta la nuca. El mundo que se me presentaba no era exactamente la sombría postal importada años atrás desde lugares como Washington y Oregon, donde seguía pegando Pearl Jam con Even Flow, Jeremy y Alive. Sólo que escuchaba Smell like teen spirit, Lithium, Aneurysm y Come as you are con la aguja del volumen en MAX una y otra vez. Los de Nirvana sabían de lo que hablaban a diferencia de Limp Bizkit, Linkin´Park y otros que eran la moda. Kurt me recordaba a Jesucristo que también se había cansado del planeta y de ser un humano. Antes de irse los Pixies le enseñaron el camino.



Y Chuck Palahniuk es un sobreviviente de aquella decadente y cada vez más lejana era. Prozac, técnicas prolongas de masturbación, enfermedades mentales, vagabundos están en su obra literaria. Una gran alcantarilla. Después de todo uno de los más famosos personajes de sus libros dice que debemos contemplar la posibilidad de que Dios nos odie; no es lo peor que podría pasar. El autor mantiene el espíritu de la Generación X, y ya que estaba leyendo su libro de cuentos “Error humano” hago copy-paste de uno de sus relatos – por cuestiones de espacio y pereza el más corto -, digno del realismo sucio; y acá haciendo click está una historia de adolescentes bastante visceral y angustiada. Los elementos necesarios…


ACOMPAÑANTE

En mi primer día como acompañante, a mi primera cita le falta una pierna. El tipo fue a una casa de baños gay, para quitarse el frío, me dijo. Tal vez en busca de sexo. Y se quedó dormido en el baño turco, demasiado cerca de la fuente de calor. Se pasó horas inconsciente hasta que alguien lo encontró. Para entonces la carne de su muslo izquierdo ya estaba completamente cocida.

No podía caminar, pero su madre vino de Wisconsin para verlo y el hospital para enfermos desahuciados necesitaba alguien que los llevara a los dos a visitar los sitios locales de interés turístico. Que los llevara de compras por el centro. A ver la playa. Multnomah Falls. Era lo único que podía hacer uno como voluntario a menos que fuera enfermero, cocinero o medico.

En ese caso se hacia uno acompañante, y el hospital del que hablo era un sitio al que iban a morir jóvenes sin seguro medico. Ni siquiera me acuerdo del nombre. No lo ponía en ningún letrero, y te pedían que fueras discreto en tus idas y venidas porque los vecinos no tenían ni idea de lo que pasaba en aquella casa enorme y antigua de su calle, una calle a la que no le faltaban fumaderos de crack y tiroteos desde los coches, a pesar de lo cual nadie quería vivir al lado de aquello: cuatro personas muriéndose en la sala de estar y dos en el comedor. Por lo menos dos personas en cama agonizando en cada dormitorio del piso de arriba, y la verdad es que no faltaban dormitorios. Como mínimo la mitad de aquella gente tenía sida, pero la casa no discriminaba a nadie. Uno podía ir allí y ver morir de lo que fuera.


Mi razón para estar allí era mi trabajo. Consistía en tumbarme de espaldas en una camilla con la línea motriz de un camión diesel clase ocho de cien kilos apoyada en el pecho, que me pasaba por entre las piernas hasta los pies. Mi trabajo consistía en meterme rodando bajo los camiones a medida que estos avanzaban en la línea de montaje e instalar aquellas líneas motrices. Veintiséis líneas cada ocho horas. Trabajando deprisa mientras los camiones avanzaban y me empujaban en dirección a los enormes hornos de pintura incandescente que había a escasos metros de mí en la línea de montaje.


Mi licenciatura en periodismo no podía darme más de cinco dólares la hora. Otros tipos del taller tenían en mismo título y entre nosotros bromeábamos diciendo que las licenciaturas en humanidades deberían incluir cursillos de soldador para poder sacarse por lo menos los dos pavos extra que nuestro taller pagaba a los cachacas que supieran soldar. Alguien me invitó a su iglesia y yo estuve lo bastante desesperado como para ir, en la iglesia tenían un ficus en una maceta que se llamaba el "Árbol de la generosidad " y que estaba decorado con adornos de papel, en cada uno de los cuales había impresa una buena obra que uno podía elegir.

Mi adorno decía "saca a pasear a un enfermo desahuciado". Esa era la expresión exacta: "saca". Y había un número de teléfono. Lleve al hombre con una sola pierna, y luego a él y a su madre, por toda la zona, a sitios con vistas y a museos, con su silla de ruedas plegada en el maletero de mi Mercury Bobcat de hacía quince años. Su madre fumaba en silencio. Su hijo tenía treinta años y ella tenía dos semanas de vacaciones. Por las noches yo la llevaba de vuelta a su TravelLodge situado junto a la autopista, luego se sentaba a fumar en la capota de mi coche y se ponía a hablar de su hijo ya en pasado. Su hijo tocaba el piano, me dijo. Se había sacado el titulo de música pero había terminado haciendo demostraciones de órganos eléctricos en tiendas de centros comerciales. Eran conversaciones que nacían cuando ya no nos quedaban emociones.

Yo tenía veinticinco años, y al día siguiente volví a meterme bajo los camiones después de haber dormido tal vez tres o cuatro horas. Con la diferencia de que ahora mis problemas ya no me parecían tan graves. Solamente tenía que mirarme las manos y los pies, maravillarme del peso que era capaz de levantar y de la forma en que podía gritar por encima del rugido neumático del taller, y mi vida ya no me parecía un error sino un milagro.


Al cabo de dos semanas la madre se volvió a su casa. Al cabo de tres meses su hijo estaba muerto. Muerto, desaparecido. Yo me dedicaba a llevar a gente con cáncer a ver el océano por última vez. Llevaba a gente con sida a la cima del monte Hood para que pudieran ver el mundo entero mientras todavía podían.


Me sentaba junto a las camas mientras la enfermera me explicaba que señales buscar en el momento de la muerte, el tragar saliva y la lucha inconsciente de alguien ahogándose dormido mientras el fallo renal les llenaba de agua los pulmones. El monitor pitaba cuando la maquina inyectaba morfina al paciente, cada cinco o diez segundos. El paciente tenía los ojos hinchados y completamente en blanco. Tu le cogías la mano fría durante horas hasta que otro acompañante llegaba al rescate o hasta que ya no importaba.

La madre de Wisconsin me envió una manta bordada que había tejido a ganchillo ella misma, purpura y roja. Otra madre o abuela para la que había hecho de acompañante me envió una manta bordada azul, verde y blanca. Luego me llego otra roja, blanca y negra. Mantas a cuadros u mantas con dibujos en forma de zigzag. Se fueron amontonando a un lado del sofá hasta que mis compañeros de casa me preguntaron si podíamos guardarlas en el desván.

Justo antes de morir, el hijo de aquella mujer, el hombre con una sola pierna, justo antes de perder el conocimiento, me suplico que fuera a su antiguo apartamento. Había un armario lleno de juguetes sexuales. Revistas. Consoladores. Ropa de cuero. El no quería que su madre encontrara nada de aquello y me hizo prometerle que lo tiraría todo.

Así que fui allí, a su pequeño estudio, cerrado a cal y canto y mal ventilado después de estar meses deshabitado. Como una cripta, diría yo, pero no es la palabra más adecuada. Suena demasiado dramática. Como música de órgano cutre, pero, de hecho, no es más que una palabra triste. Los juguetes sexuales y cacharros anales eran todavía más tristes. Huérfanos. Tampoco es la palabra adecuada, pero es la primera que me viene a la cabeza.

Las mantas bordadas siguen en una caja en mi desván. Todos los años por Navidad alguno de mis compañeros de casa sube a buscar adornos y se encuentra las mantas, rojas y negras, purpuras y verdes, cada una correspondiente a una persona muerta. Y quien las encuentra me pregunta si podemos usarlas en nuestras camas o darlas a Goodwill.

Y todas las navidades digo que no. No estoy seguro de qué me da más miedo, tirar a todos esos hijos muertos o bien dormir con ellos.
No me preguntéis por qué, les digo. No quiero oír hablar del tema. Todo aquello paso hace diez años. Vendí el Bobcat en 1989. Y dejé de hacer de acompañante.

Tal vez porque después del hombre con una sola pierna, después de que muriera y después de que todos sus juguetes sexuales acabaran en bolsas de basura, después de enterrarlos en el vertedero, después de abrir las ventanas del apartamento y de que desapareciera el olor a cuero, a látex y a mierda, el apartamento resultó ser un lugar bonito. El sofá cama era de un elegante color malva. Las paredes y la alfombra de color crema. La pequeña cocina tenía encimera de madera para cortar la carne. El baño era todo blanco y estaba impecable.

Me quedé allí sentado guardando un elegante silencio. Podría haber vivido allí. Cualquiera podría haber vivido allí.

6 de septiembre de 2010

Mamá soy demente


La escena del célebre asesinato en la ducha. Sangre rodando para perderse en las tuberías. Una banda sonora que corta la atmósfera como un estilete oxidado, desgarrando y dejando marca. El hijo disfrazado de la madre siendo atrapado. Conocidos fragmentos que había visto por separado. Nunca como un todo. El viernes, en el canal de televisión TCM, al fin vi completamente Psycho y comprobé que Alfred Hitchcock fue un genio.

Un provocador también, que mostró por primera vez un inodoro en funcionamiento y que como nadie asesinó a la publicitada protagonista antes de la primera media hora, y los cuarenta mil dólares, proveedores de tanta angustia, se perdieron en lo más hondo de un pantano. Otros directores lo han intentado pero al final se arrepienten. El héroe sufre un disparo y para su suerte llevaba chaleco antibalas, o pende de un hilo salvándose en el último instante. Un susto momentáneo en el espectador es lo máximo que pueden lograr ante su falta de agallas. Únicamente Hitckcock sabría como continuar una historia al parecer finalizada.

Además algo de lascivo en su interior tenía el inglés – y de cruel –, como un morboso borracho que quiere impregnar de su apestoso aliento a una fina mujer vestida con un abrigo de piel. Le gustaba mostrar los lados de las personas que nadie había visto, como si su objetivo fuera matar cualquier esperanza que se tenga en la raza humana. La pobre Marion escuchando voces, casi paranoica mientras manejaba, mintiéndole a todas las personas que conocía; el coqueteo verbal y casi pornográfico que le hace el magnate dueño del dinero que roba al principio de la película; y la conversación que tuvo con el joven Norman, con un decorado lleno de cuervos, que muestran que algo está mal, en la que él le comenta que de vez en cuando todos nos volvemos locos, junto a las famosas escenas completan un guión que se asemeja a un tren a toda marcha que triturará todo lo que se le interponga.

Disfrutamos caminar por la cuerda floja y subirnos a una montaña rusa, siempre y cuando él nos lleve de la mano. Dice Carlos Gamerro que como Poe pensaba el cuento, Hitchcock veía su película: desde las emociones del espectador.


31 de agosto de 2010

Thoreau is the man...

¿Todos necesitamos un Paulo Coelho? ¿Un gurú en el que se confíe porque ya ha transitado el camino? Puede que sí… Cada uno, aunque sea inconscientemente, lo tiene. Una inspiración, alguien que sirve de luz para alumbrar el oscuro túnel. No necesariamente es un brasileño de pluma fácil e historias cursis, el Arjona de la literatura, experto en crear best – sellers y al parecer lleno de sabios y prácticos consejos, maestro de la superación personal; o algún Gerente de Multinacional con respuestas sacadas de “La culpa es de la vaca” para describir su éxito. Un Dalai Lama en versión pop o underground, o la tradicional religión.


Tolstoi y Christopher McCandless tuvieron a ese Personal Jesus en Henry David Thoreau. Martin Lurther King y Gandhi se inspiraron en sus textos acerca de la desobediencia civil durante sus respectivas luchas – y antes de caer los dos asesinados – por los derechos del hombre. Y hace un par de años, en tiempos en que yo pensaba más en irme de un lugar que llegar al mismo, con la mochila holgada y lista para el próximo destino, sin residencia fija, esperando al final del trayecto convertirme en un ermitaño habitando una casa de madera cercana a un río o al mar, pescando, cultivando papas o tomates y con pocos vecinos, si hubiera caído en mis manos “Walden, la vida entre los árboles”, el libro que escribió HDT después de haber vivido por más de dos años solo en los bosques, en una casa construida con sus manos, lo habría aceptado como una biblia. Una nueva y rústica fe.

Sin embargo ahora, en lo que podría considerar una época yuppie, queriendo sentar cabeza en un trabajo y mantenerme en el mismo al menos cinco años, tiempos menos zen, en los que no me parecen completos idiotas todas las personas que se matan trabajando para al final del día comprarse un aire acondicionado, al leer Walden… capto esa curiosidad que debería mantenerse virgen en los hombres, la esencia de estar pendiente siempre de descubrir algo en cualquier lugar, de vivir varias vidas, de conocerse a uno mismo, de no conformarse y someterse a la forma en que el mundo se mueve. Thoreau aplica el trascendentalismo del que era creyente; el saber que todo un mundo reside incluso en el más pequeño de los organismos.



Dejar de comer pan, beber agua de lluvia, construir una cabaña propia, dedicar tiempo al ocio y deshacerse de todo bien material fueron sus recetas para llegar a esa dicha que entre poemas y refranes salta a la vista – mucho más sanas que las sugeridas por Tylor Duden, el protagonista de The Fight Club, que buscaba lo mismo –; y leerlas puede resultar chocante para quienes están acostumbrados al cemento y césped de las calles, a los que exclamaciones épicas acerca de la lucha entre dos ejércitos de hormigas pueden resultarles graciosas, o quienes encuentran como aburridas investigaciones sobre de la cantidad de oxigeno que guarda el hielo de una laguna – temas que a ratos vuelven pesado al libro –. ADVERTENCIA: Sus páginas no son recomendables para personas que no aceptan consejos y detestan que les digan que hacer.

No es una cuestión de querer ser Jack Nicholson o Keith Richards, ni de regalar toda la ropa. Lo que se debe recordar es que Thoreau, además de ser un filósofo, escritor, padre de los movimientos ecológicos y del pacifismo anarquista es recordado como uno de los mayores héroes norteamericanon – tiene su efigie dentro del Panteón en la Universidad de New York – porque durante su vida buscó la libertad e hizo lo quiso, vivió en lugar de exitistir. Un manual de vida no para copiarlo sino para inspirarse. El verdadero sueño americano.

“Hoy me levanté un poco Thoreau” es una frase que debería existir… Just gimme some truth...

¡Cuántos días de otoño y de invierno he pasado en las afueras delpueblo tratando de recoger el mensaje del viento para transmitirlo sin dilación! Casi hundí en ello todo mi capital y de milagro no perdí la respiración en la empresa corriendo hacia él.
La vida que los hombres elogian y consideran lograda no es sino una delas posibles. ¿Por qué exagerar su importancia en detrimento de otras?

Yo tenía tres pedazos de piedra caliza sobre el escritorio y con gusto me libré de ellos al ver, espantado, que era necesario quitarles el polvo cada mañana, cuando el mobiliario de mi mente no se había desprovisto aún del suyo.

¡Para mi asombro, al dejar el college me enteré de que había estudiado navegación! ¿No habría sabido más si me hubieran dado tan sólo una vuelta por el puerto?

Tenemos prisa en construir un telégrafo magnético entre Maine y Texas; pero puede que Maine y Texas no tengan nada importante que comunicarse…

Durante más de cinco años, me mantuve, pues, con sólo el trabajo; y descubrí que podía atender a todos los gastos de mi subsistencia trabajando unas seis semanas al año. Todo el invierno y la mayor parte del verano me quedaban libres y desocupados para dedicarlos a mis estudios.

Fui a los bosques porque quería vivir con un propósito; para hacer frente sólo a los hechos esenciales de la vida, por ver si era capaz de aprender lo que aquélla tuviera por enseñar, y por no descubrir, cuan- do llegare mi hora, que no había siquiera vivido.

El aire está lleno de centellas invisibles. Todas las sendas, salvo la vuestra, son fatales, seguid pues, la propia.

Jamás tuve perro, gato, vaca, cerdo ni gallinas, de manera que se podría decir que sufría un verdadero déficit de sonidos domésticos; ni la mantequera, ni la rueca, ni el canto de la marmita ni el silbido del puchero, ni el alboroto de niños para consolarle a uno.

La compañía, aun la mejor, cansa y relaja pronto. Me encanta estar solo. Jamás di con compañía más acompañadora que la soledad.

El vagabundo fatigado podía reposar y calentarse junto a mi hogar; el hombre de letras, distraerse con los libros que se hallaban a su alcance encima de mi mesa; y el curioso, en abriendo la puerta de mi alacena, ver que había sobrado de mi almuerzo y con qué contaba para la cena.

Me encantó saber de aquella vieja canoa de troncos que sin duda había ocupado el lugar de otra, de origen india y más vieja, pero de construcción más graciosa y que acaso hubiera sido antes un árbol de aquella misma ribera…

Como de ganarme el sustento y todavía no he comido, he pensado en irme de pesca. He ahí la ocupación más adecuada para un poeta, y la única que he aprendido. ¡Vamos, allá!

Todos contemplamos nuestra pila de leña con cierto cariño. A mí me gustaba que la mía se alzara delante de mi ventana, y cuánto más numerosas las astillas tanto más grato el recuerdo de mi trabajo para reunirías.

Rara vez tenía visitantes en esta época del año. Cuando la nieve era espesa, bien podía pasarme una semana, quizá dos, sin ver un alma; pero ahí seguía yo, tan recogido y cómodo como una chinche de campo o como el ganado y la volatería que se dice han sobrevivido, hasta sin alimentos y aun sepultados durante largo tiempo por un alud.

La tierra no es sólo un simple fragmento de historia muerta, estrato sobre estrato, como páginas de un libro hecho para que geólogos y anticuarios las estudien, sino que es poesía viva, al igual que las hojas de un árbol que preceden a las flores y frutos; no es tierra fósil, sino tierra viva, de tal modo, que la vida animal y vegetal simplemente parasitaria si la comparamos con su intensa vida interior.

Si uno quisiera aprender todas las lenguas y adaptarse a las costumbres de todas las naciones, si uno quisiera llegar a lugares no visitados aún por viajeros previos y aclimatarse por doquier u obligar a la Esfinge a abrirse la cabeza contra una piedra, hay que seguir el precepto del filósofo antiguo: ¡Conócete a ti mismo!

Dejé los bosques por una razón tan buena como la que me llevó. Quizá porque me parecía que tenía varias vidas más que vivir y que no podía seguir prodigando mi tiempo en aquella.

Mi experiencia me enseñó,por lo menos, que si uno avanza confiado en la elección de sus sueños y se esfuerza por vivir la vida que ha imaginado, tropezará con el éxito menos esperado en su vida corriente.

Comoquiera que no había hecho acuerdo alguno con el tiempo, este se apartó de su camino, limitándose a suspirar a lo lejos por no poder vencerle.

Dadme la verdad antes que el amor, el dinero y la fama...

27 de agosto de 2010

¿Parricidio o no parricidio?

Quemar, desterrar, abolir y otras son las consignas para no llegar a transitar los mismos caminos andados por los padres o aquellos que empiezan a presentar calvicie y canas. Construir algo nuevo y hermoso. Quitarse los grilletes que atan al pasado. Por algo Bob Dylan decía en una de sus canciones – escuchen “My back pages” – que ahora es más joven de lo que antes lo era. Sentir esa libertad de decidir.

“Los años pasan y nos vamos poniendo viejos” cantaba la Negra Sosa. Pero no tanto como para que el cuerpo se empiece arrugar, los órganos a fallar y apreciar cada nuevo amanecer con cierta nostalgia; sino esa edad pasada los veinte, más cercana a los treinta, en que se pierde toda inocencia y se cae en cuenta de cómo uno pudo ser tan crédulo para guardar como tesoro ciertas historias – censuradas para los niños – que los mayores utilizaban para moldearnos de acuerdo a lo que ellos pensaban correcto. Época para cuestionar, para golpearse con el concreto de la realidad.

No estoy de acuerdo con el parricidio de todo legado dejado que varios escritores, cineastas, políticos y personas comunes propugnan, sin embargo destruiría de mis recuerdos eso de no hablar en la mesa, no meterse a la piscina después de haber comido, o que tengamos cuidado a la salida de la escuela porque existen hombres que venden stickers con drogas a los niños - no es que no crea en la maldad de la gente, pero resulta difícil imaginar una industria y redes de distribución de cocaína para el mercado infantil –. Cuestiones que parecen insignificantes pero son ideas teledirigidas a lo más profundo del subconsciente que marcan de por vida, y en nada se parecen a un útil consejo de un anciano sentado en la banca de un parque.

Y en caso de que se vuelva realidad toda aniquilación de nuestros antepasados, una vez confirmado el primer hecho violento después de que alguien se cansó de escuchar la misma cantaleta de que las cosas no son como antes, - tal vez fueron mejores, solo que por esa razón todo lo que viene no va a ser una repitición de lo escrito - en una hermética cápsula guardaría las películas de Godard, Psycho y otras. Al menos eso lo hizo el diario Página 12 en su suplemento RADAR rememorando, con sendos artículos a cargo de Rodrigo Fresán, Alan Pauls y otros escritores, las películas de los 60 que sentaron base para lo que conocemos como cine el día de hoy.

Porque en algunas cosas las décadas pasadas la cagaron para con nosotros, El perdón es gracias a aquella mujer de pelo corto gritando “New York Herald Tribune”. Godard nos mostró que sí tenían sentimientos y ellos, los antes rebeldes y ahora ancianos cobrando su jubilación, también trataban de crear.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-6405-2010-08-27.html



La mejor escena jamás filmada. Bertolucci también lo sabe.

11 de agosto de 2010

Adiós al tic-tac tic-tac de Jack Bauer

No hubo final espectacular, pero como todo lo que vale la pena debió terminar, y lo hizo con mucha dignidad y además agallas. En una revista Newsweek, dos años atrás, leí un artículo lleno de escepticismo por la séptima temporada de 24 que terminaba preguntando si no era hora de matar a su personaje principal. El autor no pudo estar más equivocado. El séptimo día, junto al cuarto, fue el más detallado, impresionante, impredecible; y el que incentivó a un octavo para resolver asuntos pendientes, el último de una de las mejores series de la televisión, solo que lo transmitido una semana atrás - otra vez equivocándose el tipo de Newsweek – fueron tres puntos suspensivos en lugar de un punto final.


O tal vez la sorpresa estuvo en que Jack Bauer sobreviviera cuando nadie lo esperaba, quedando en pie junto a pocos, entre ellos su entrañable amiga y ángel guardián Chloe, luego que la mayoría de personajes secundarios a lo largo de ocho temporadas perdieran la vida, lo que hacía inminente el final al menos de la serie. Un final sin funeral que también resultó adecuado para recordarnos la moraleja del programa: Jack Bauer con todos sus aciertos, excesos y errores representa a los Estados Unidos, y por eso no puede morir; además que después de la jubilación de seres inmortales capaces de enfrentarse solos contra todo un batallón, y que entrando a portales de internet se encuentran frases antes utilizadas para Chuck Norris, ahora revividas para el protagonista interpretado por Kiefer Sutherland como esa de “Jack Bauer una vez ordenó una Big Mac en Burger King y se la dieron”, recuerdan que el cazador de terroristas es una suerte de último héroe en acción para la pantalla.

Pero no es nostalgia ni heroísmo lo que volvieron a 24 imperdible y adictiva. Aparte del impresionante, para televisión, despliegue de recursos utilizando, por ejemplo, verdaderos aviones de combate para filmar escenas de acción; la aparición de actores de la talla de Dennis Hopper, John Voight y el Reservoir dog Michael Madsen; la sensación de premura que genera el formato del programa; y las similitudes con verdaderos hechos políticos como una invasión orquestada por conspiradores norteamericanos a un país del Medio Oriente para apoderarse de sus recursos energéticos, o que coincidente con la posesión de Obama – la serie presentó al primer presidente afroamericano ficticio o real ocho años antes – Bauer sea condenado por casos de tortura; 24 fue el único show de televisión capaz de mostrar cómo al final de la primera temporada, aunque detuvo la amenaza, asesinan a la esposa de Jack; o un ataque contra el avión presidencial; o la detonación de una bomba nuclear en plena zona residencial de Los Angeles, para nombrar solo algunos eventos impredecibles que se regaron en grandes dosis durante los episodios, y por los que los guionistas grababan diferentes tomas sin mencionar cuáles se proyectarían. Casi un Secreto de Estado.



Fue la serie donde todo podía suceder, sus creadores nunca tuvieron miedo de llevarla a los extremos más oscuros; y que la última temporada, luego de unas doce primeras horas de las más pobres hasta que llegó Charles Logan – el mejor villano de 24 y que a leguas de distancia recuerda a Richard Nixon –, gire en torno a la venganza, que Jack Bauer, el último patriota, el hombre calificado para hacer el trabajo que otros no quieren, termine como un fugitivo, luego de asesinar uno a uno a los responsables de la muerte de su compañera Renee, es algo para lo que hay que tener muchas agallas. Tantas como Bauer, que finalmente cruzó esa línea entre estar dispuesto a dar su vida en más de una ocasión y al mismo tiempo torturar a sospechosos de terrorismo o ejecutar a sangre fría a Nina Myers, la responsable de la muerte de su esposa. Lo que resultó satisfactorio ver en televisión, sobre todo saber que hay gente detrás de cámaras con producciones y guiones arriesgándose a cruzar los límites.

Se habla de una película o de la continuación de la serie con otro protagonista – como lo que hicieron con Tony Almeida en la penúltima temporada –. Lo único cierto es que Jack Bauer aún no se ha jubilado y que 24 fue una pionera y el último bastión para los seguidores de tramas llenas de acción. El reloj contó en forma regresiva y finalmente llegó a cero.





1 de agosto de 2010

(Mientras espero): JUSTO ANTES DE LA GUERRA CON LOS ESQUIMALES

Se dañó el DVD. No es el apocalipsis, pero es una cagada bastante grande. Me había hecho de dos películas indies que quería comentar porque creo valían la pena (al menos para pasar el rato). Sólo las vi una vez, la de del disfrute. Faltó la de los detalles.

Sacando el usual maquillaje de la realidad, que esta parezca un sueño, siempre en días de primavera, con primeros planos del sol y los árboles, sin olvidar los tiempos, a Salinger lo considero el rey de indie. No por lo que hizo con Holden Caulfield en The Catcher in the rye, sino más bien por sus cuentos. Por mostrar personajes complejos, familias disfuncionales, situaciones que se pueden salir de control, a través de historias sencillas, conversaciones entre extraños, amigos que no se veían hace años o llamadas por teléfonos, en medio de una sombría realidad que era los años posteriores a la guerra. La realidad dura y cruda como jamás nadie la ha podido describir.

Por eso mientras hago una colecta y compro un nuevo DVD, llamo al técnico o no sé que, para ver otra vez esas películas, en las que en una actúa el galán de las amantes de los nerds llamado Michael Cera, en su conocido papel de adolescente sensible, virgen, algo perdedor, buscando el amor de su vida, y en la otra aparece la rompecorazones de Zooey Deschanel conociendo a un vendedor de camas que desea adoptar un bebé chino, vuelvo a leer uno de los mejores cuentos que existen, de un libro que tiene otras obras de genio fuera de su época, a lo Van Gogh, como Un día perfecto para el pez plátano y Para Esmé con amor y sordidez.

La mejor parte…

-Acabo de cortarme este asqueroso dedo-dijo con cierta ansiedad. Miró a Ginnie como si fuera natural que la joven estuviera sentada allí-. ¿Alguna vez te has cortado un dedo? ¿Hasta el hueso?-preguntó. Su voz chillona contenía un verdadero ruego, como si Ginnie, con su respuesta, pudiera evitarle la desagradable tarea de romper el hielo.

Ginnie lo contempló extrañada.
-Bueno, no precisamente hasta el hueso-dijo-. Pero me he cortado.
Era el muchacho, o el hombre-le era difícil determinarlo-, más cómico que había visto jamás.

Tenía el pelo revuelto como si acabara de levantarse, y una barba rala y rubia, como de dos días o más. Su aspecto era... bueno, parecía un tonto.
-¿Cómo te has cortado?-preguntó Ginnie
Con la boca floja y entreabierta, tenía la vista fija en el dedo lastimado.
-¿Qué?-dijo él.
-¿Cómo te has cortado?
-¿Cómo diablos puedo saberlo?-dijo, dando a entender con su entonación que la respuesta a esa pregunta era irremisiblemente oscura-. Buscaba algo en la asquerosa papelera, y estaba llena de hojas de afeitar.
-¿Eres hermano de Selena?-preguntó Ginnie.
-Sí, diablos, me estoy desangrando. No te vayas. Tal vez necesite una de esas inmundas transfusiones.
-¿Te has puesto algo?

El hermano de Selena apartó un poco la mano herida del pecho y se quitó la venda para que Ginnie disfrutara de su aspecto.
-Sólo papel higiénico-dijo-. Para la sangre. Como cuando uno se corta al afeitarse -de nuevo miró a Ginnie-. ¿Quién eres?-preguntó-, ¿amiga de esa estúpida?
-Vamos a la misma clase.
-¿Sí? ¿Cómo te llamas?
-Virginia Maddox.
-¿Eres Ginnie?-dijo, observándola con los ojos entrecerrados tras las gafas-. ¿Eres Ginnie Maddox?
-Sí-dijo Ginnie, descruzando las piernas.
El hermano de Selena volvió a fijarse en el dedo, evidentemente su verdadero y único centro de atención.
-Conozco a tu hermana-le dijo con tono de indiferencia-. Es una asquerosa esnob.
Ginnie se enderezó.
-¿Quién?
-Ya me has oído.
-Mi hermana no es una esnob.
-Vaya si lo es-dijo el hermano de Selena.
-No lo es.
-¡Ya lo creo! Es la reina. La reina de todas las esnobs.
Ginnie observaba cómo levantaba los gruesos pliegues de papel higiénico y miraba por debajo.
-¡Ni siquiera conoces a mi hermana!
-¿Que no la conozco?
-¿Cómo se llama?... ¿Cuál es su nombre de pila? -preguntó Ginnie enfáticamente:
-Joan... Joan, la esnob.
Ginnie se calló.
-¿Cómo es?-preguntó de pronto.
No hubo respuesta.
-¿Cómo es?-insistió Ginnie.
-Si fuera la mitad de bonita de lo que cree ser, tendría una suerte endiablada-dijo el hermano de Selena.

Esta respuesta alcanzaba el nivel de interesante, según la opinión secreta de Ginnie.
-Nunca la oí hablar de ti-dijo.
-¡No me digas! Se me parte el corazón.
-De todos modos, está comprometida-dijo Ginnie, observándolo-. Se casa el mes que viene.
-¿Con quién?-preguntó él, levantando los ojos.
Ginnie aprovechó la ocasión:
-Con nadie a quien tú conozcas.
De nuevo empezó él a escarbar su obra de primeros auxilios:
-Lo compadezco-dijo.
Ginnie resopló.
-Sigue sangrando como un loco. ¿Crees que tendría que ponerle algo? ¿Qué será bueno? ¿Crees que la mercromina servirá de algo?
-El yodo es mejor-dijo Ginnie. Luego, pensando que su respuesta era demasiado cortés dadas las circunstancias, añadió:-Para eso la mercromina no sirve de nada.
-¿Por qué no? ¿Qué tiene?
-Simplemente, que para eso no sirve, nada más. Ahí hay que poner yodo.
-Pero escuece muchísimo, ¿no?-preguntó, mirando a Ginnie-. ¿No quema como el demonio?
-Si -dijo Ginnie-, pero no te vas a morir por eso.
Sin ofenderse, al parecer, por el tono de voz de Ginnie, el hermano de Selena dedicó otra vez su atención al dedo lastimado.
-Si quema, no me gusta-dijo.
-A nadie le gusta.
-Así es-dijo, asintiendo con la cabeza.
Ginnie lo observó por un instante.
-Deja de tocarte-exclamó repentinamente.

El hermano de Selena apartó la mano sana como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se irguió un poco o mejor dicho, se repantigó un poco menos. Fijó la vista en algún objeto situado en el otro lado de la habitación. Una expresión casi soñadora inundó sus facciones irregulares. Metió la uña del dedo índice de la mano sana en el intersticio entre los incisivos, sacó una partícula de comida y se volvió hacia Ginnie.
-¿Ya has comido?-preguntó.
-¿Como?
-Que si ya has comido..
Ginnie negó con la cabeza.
-Comeré cuando llegue a casa-dijo-. Mi madre siempre me tiene la comida lista cuando llego.
-Tengo medio bocadillo de pollo en mi cuarto. ¿No lo quieres? Ni lo he tocado.
-No, gracias. De verdad.
-Vamos, acabas de jugar al tenis. ¿No tienes hambre?
-No es eso-dijo Ginnie, cruzando las piernas-. Es que mi madre me tiene la comida lista cuando llego a casa. Quiero decir que, si no tengo hambre cuando llego, se pone mala.
Al parecer, el hermano de Selena aceptó esa explicación. Por lo menos, asintió con la cabeza y miró hacia otro lado. Pero de pronto se volvió:
-¿Y un vaso de leche?-dijo.
-No, gracias... pero te lo agradezco.
Luego, distraídamente, él se inclinó y se rascó el tobillo desnudo.

-¿Cómo se llama ese tipo con el que se va a casar? -preguntó.
-¿Quién...? ¿Joan?-dijo Ginnie-. Dick Heffner.
El hermano de Selena continuó rascándose el tobillo.
-Es un capitán de fragata-dijo Ginnie.
-¡Qué bárbaro!
Ginnie lanzó una risita. Lo miró rascarse el tobillo hasta que se le puso rojo. Cuando empezó a arrancarse con una uña una costrita que tenía en la piel, dejó de mirarlo.
-¿De qué conoces a Joan?-preguntó-. Nunca te vi en casa ni en ningún otro sitio.
-Nunca estuve en tu asquerosa casa.
Ginnie esperó, pero no hubo nada después de esta.
-¿Dónde la conociste, entonces?-preguntó.
-En una fiesta.
-¿En una fiesta? ¿Cuándo?
-No sé. En la Navidad del 42.
Con dos dedos sacó del bolsillo superior del pijama un cigarrillo que parecía haber pasado allí toda la noche.

-¿Me tiras esos fósforos?-dijo.
Ginnie le pasó una cajita de fósforos que estaba sobre la mesa junto a ella. Encendió el arrugado cigarrillo y guardó el fósforo quemado en la cajita. Inclinando la cabe za hacia atrás, exhaló lentamente una enorme cantidad de humo por la boca y lo inhaló por la nariz. Siguió fumando en este estilo «a la francesa». Muy probablemente no era una escena de vodevil en un sofá, sino más bien la exhibición privada de un joven que, en un momento u otro, podía haber intentado afeitarse con la mano izquierda.
-¿Por qué dices que Joan es esnob?-preguntó Ginnie.
-¿Por qué? Porque lo es. ¿Cómo diablos voy a saber por qué?
-Sí, pero ¿por qué dices que lo es?
Volvió con cansancio la cabeza hacia ella.
-Escucha. Le escribí ocho malditas cartas. Ocho. No me contestó ni una.
Ginnie vaciló.
-Bueno, a lo mejor tenía mucho que hacer.
-Claro, estaría ocupada como una laboriosa abejita de mierda.
-¿Tienes necesidad de hablar de esa manera?-preguntó Ginnie.
-¡Mierda, es verdad que hablo mal!
Ginnie se echó a reír.

-De todas maneras, ¿cuánto tiempo hace que la conoces?
-Bastante tiempo.
-Quiero decir, ¿la has llamado por teléfono o algo por el estilo?
-No.
-Bueno, si nunca la llamaste ni nada...
-¡No podía hacerlo, diablos!
-¿Por qué no?
-¡Porque ni siquiera estaba en Nueva York!
-Ah... ¿Y dónde estabas?
-¿Yo? En Ohio.
-¿En la universidad?
-No. Lo dejé.
-¿En el ejército?
-No-con la mano que sostenía el cigarrillo, el hermano de Selena se dio un golpecito en el costado izquierdo del pecho-. La maquinita-dijo
-¿El corazón?-preguntó Ginnie-. ¿Qué le pasa?
-No sé qué diablos le pasa. Tuve fiebre reumática cuando era pequeño. Un dolor infernal en...
-Bueno, pero ¿no tienes que dejar de fumar? ¿No te dijeron que no debes fumar más y todo eso? El médico le dijo a mi...
-Oh, te dicen un montón de chorradas-dijo él.
Ginnie dejó de ametrallarlo durante un breve momento. Muy breve.
-Y, en Ohio, ¿qué hacías?-preguntó.
-¿Yo? Trabajaba en una asquerosa fábrica de aviones.
-¿En serio?-dijo Ginnie-. ¿Te gustaba?
-«¿Te gustaba?»-remedó él-. Me encantaba. Adoro los aviones. Son tan «ricos»...
Ginnie estaba demasiado interesada ahora como para sentirse ofendida.

-¿Cuánto tiempo trabajaste? En la fábrica de aviones, quiero decir.
-Diablos, no sé. Treinta y siete meses-se puso de pie y se acercó a la ventana. Miró hacia la calle mientras se rascaba la columna vertebral con el pulgar-. Míralos -dijo-. Imbéciles de mierda.
-¿Quiénes?-dijo Ginnie.
-Yo qué sé. Cualquiera.
-Si pones el dedo hacia abajo va a sangrarte de nuevo -dijo Ginnie.
La escuchó. Apoyó el pie izquierdo en el reborde de la ventana y descansó su mano herida sobre el muslo en posición horizontal. Seguía mirando hacia la calle.
-Todos van a esa inmunda oficina de reclutamiento -dijo-. En la próxima pelearemos con los esquimales. ¿No lo sabías?
-¿Con quiénes?-dijo Ginnie.
-Con los esquimales... presta atención, ¡demonios!
-¿Por qué con los esquimales?

-Yo que sé. ¿Cómo diablos voy a saberlo? Esta vez van a ir todos los viejos. Los tipos de sesenta años. No podrá ir nadie si no anda por los sesenta-dijo-. Les darán menos horas de trabajo, nada más... Es fenomenal.
-Tú no irías de todos modos -replicó Ginnie, quien no quería decir más que la verdad, aunque sabía, aun antes de terminar la frase, que había dicho lo que no debía.
-Ya lo sé-dijo rápidamente, y bajó el pie. Subió un poco la ventana y arrojó el cigarrillo a la calle. Después se volvió-: Oye. Hazme un favor. Cuando venga ese tipo, dile que estaré listo en dos segundos, ¿quieres? Sólo tengo que afeitarme, nada más. ¿De
acuerdo?
Ginnie asintió.
-¿Quieres que le diga a Selena que se dé prisa o algo? ¿Sabe que estás aquí?
-Sí, ya lo sabe-dijo Ginnie-. Y no tengo prisa. Gracias.
El hermano de Selena asintió. Acto seguido echó una última y larga mirada a su dedo herido, como para comprobar que estaba en condiciones de efectuar el viaje de vuelta a su habitación.

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