15 de septiembre de 2010

Dylan según Dylan

Robert Allen Zimmerman tiene tantas – o más – vidas como un gato. Aunque la sensación que provoca ver un felino irrumpiendo en la silenciosa soledad de la noche, deteniéndose para sacudirse varios siglos de encima, proviene de un mito; mientras que las varias existencias del cantante–poeta conocido como Bob Dylan son tan tangibles y reales de la misma forma que lo son las estiradas y peludas patas de una tarántula buscando un refugio para pasar el frío de la noche. E hipnotizantes, también, de la manera en que solo una imagen venerada, siniestra y que no muestra totalmente su rostro, puede hipnotizar. Más de uno ha intentado retratarlo.

Dylanianos queriendo llegar hasta el fondo del asunto, descubrir secretos, contar historias rebuscadas, separar la ficción de la realidad, narrar aspectos de sus vidas. Scorsesse con el documental No direction home, Todd Haynes y el biopic I’m not there, docenas de libros y la reciente idea de un comic ilustrando sus canciones más representativas agrandan el mito, brindan nuevas mentiras y verdades, presentan con ojos de hechizado - ante el resplandor de la figura que han estado persiguiendo - la visión que tienen del cantante-poeta, exponenciando a la décima potencia su imagen. Y quien ha escuchado todos los discos de Dylan, pero no piensa en él solo como un músico, debido a tantos rumores, frases y eventos no sabe hasta dónde creer. Se ha escrito y hablado tanto de Dylan que al final parece una invención nuestra, sólo que él se resiste a creerlo; y en el año 2004, como grano de arena para aumentar la literatura en torno a su nombre, publicó el primer volumen de su autobiografía.

Crónicas no es exactamente un gran poema, ni una telaraña de metáforas y frases del estilo “the sun is chicken”. Es una detallada descripción de un viaje por una larga carretera con altos, curvas peligrosas, rectas para hundir el acelerador, donde Bob Dylan va al volante. Vemos con sus ojos el camino y eso es lo que vale, no tanto los estilos y vocabulario; sin importar que antes David Foster Wallace nos hubiera advertido acerca de lo insípidas que puedan resultar las autobiografías - acà el autor a ratos da la sensaciòn de esconder varios cadàvares en su armario al obviar las drogas y presentar bizarros sucesos como si èl los hubiera planeado de antemano -. El libro se deja llevar, sin estar contado de forma lineal, concentrándose en tres de sus reencarnaciones: sus inicios en el Greenwich Village y huída de Minnesota; el alejamiento de los escenarios posterior a su accidente en moto, tratando de dedicarse solo a su familia y grabando New Morning; y sus tiempos en New Orleans produciendo Oh Mercy, y la fractura en su mano que no le permitió tocar la guitarra y lo llevó a pensar en retirarse.

El recorrido es una mezcla de anécdotas, reflexiones sobre el entorno, la belleza del invierno, alabanzas a sus influencias y contemporáneos – Dave van Ronk – que admiraba en ese entonces. Un instrumento que sirve a la vez como telescopio y microscopio. Se respiran las calles de una época apocalíptica donde la creatividad flotaba, se recuerda a Woody Guthrie, a amigos íntimos. Su vida (sus vidas) es (son) un repaso por la música del siglo XX, de autores literarios como Balzac y películas de Fellini. Al igual que los mafiosos manifiestan que debió correr mucha sangre para convertirse en los hombres que son, Dylan se alimenta de la esencia de las cosas que le parecen interesantes, para después apropiarse de ellas y mejorarlas.

Lo imagino escribiendo estas memorias en una cabaña en las riveras del bosque, apoyando su pluma sobre un escritorio del siglo XVIII, en completo silencio, colgando el teléfono por enésima vez ante las insistencias de que asista como invitado a American Idol, siendo visitado por el editor que le pide incluir capítulos acerca de los momentos en que se inspiró para escribir sus canciones más memorables o discos de la factura del Highway 61 revisited, mencionándole que eso es lo que la gente quiere leer – tal vez en las dos próximas entregas sin fecha aún de publicación –, y Dylan con un cigarro en la boca mandándolo al diablo frunciendo el ceño, diciéndole abruptamente «únicamente yo puedo contar mi historia».
No había venido en un tren de carga. Había atravesado el país desde el Medio Oeste en un sedán de cuatro puertas, un Impala del 57. Salí escopeteado de Chicago y atravesé con la directa puesta ciudades humeantes, carreteras sinuosas, prados cubiertos de nieve, hacia el este, cruzando los límites estatales… en un viaje de veinticuatro horas, sesteando durante la mayor parte del trayecto en el asiento de atrás, y charloteando el resto del tiempo. Con la mente perdida en intereses secretos..., hasta cruzar el puente George Washington.

Además, en el Folklore Center había muchos discos folk sólo para iniciados que yo deseaba escuchar. Partituras olvidadas de todo tipo -salomas de marineros, canciones de la guerra civil, de vaqueros, de misa, elegías, himnos integracionistas o sindicalistas-, libros antiguos de cuentos populares, publicaciones de organizaciones obreras…


Resulta gracioso tenerlo como compañía. Viste con una túnica de monje y bebe infinitas tazas de café. Duerme tanto que tiene la mente embotada. Cuando se le cae un diente, dice: «¿Qué significará esto?». Lo cuestiona todo. Al acercarse a una vela, su ropa empieza a arder. Él se pregunta si el fuego es buena señal. Balzac es hilarante.


Abundaba la clase de gente que salía de ningún lado y más tarde regresaba allí; un rabino con pistola, Una chica con dientes desiguales y un gran crucifijo entre los senos..., toda suerte de personajes en busca de un poco de calor humano. Me sentía como si los viera a todos sentados al borde del abismo.


Las canciones folk son evasivas, ya que tratan de la verdad de la vida, y la vida es más o menos mentira, pero así es como queremos que sea. De otro modo no nos sentiríamos cómodos con ella. Una canción folk tiene más de mil caras... Todo depende de quién toca y quién escucha.


Ray, que había nacido en Virginia, tenía antepasados que habían luchado en ambos bandos de la guerra de Secesión. Yo me apoyaba en la pared y cerraba los ojos. Sus voces llegaban hasta mis oídos como si procediesen de otro mundo. Hablaban de perros, de pesca, de incendios forestales, de amor y monarquías y de la guerra de Secesión... Sus palabras me parecieron misteriosas y desacertadas, pero si las dijo, las dijo y ya está.


Mi universo musical crecía día tras día, con el descubrimiento de discos de Dizzy Gillespie, Fats Navarro, Art Farmer y algunos asombrosos de Charlie Christian y Benny Goodman... Bot Bouse de Charlie Parker también era un buen disco para despertar. Sólo algunos afortunados vivos habían visto y escuchado a Charlie Parker, lo que por lo visto les había infundido una especie de esencia vital secreta. Ruby, My Dear, de Monk, era otra maravilla. Monk tocaba en el Blue Note, en la calle 3, junto a John Ore al bajo y el batería Frankie Dunlop.


En una de mis visitas, Woody me habló de unas cajas llenas de canciones y poemas inéditos escritos por él y para los que no se había compuesto melodía. Estaban guardadas en el sótano de su casa en Coney Island, y me dio permiso para ir a buscarlas. Me animó a ir a ver a Margie, su esposa, si estaba interesado, y a explicarle por qué estaba allí. Ella me abriría esas cajas.


Nueva York era una ciudad fría, contenida y misteriosa, la capital del mundo. En la Séptima Avenida pasé por delante del edificio donde Walt Whitman había vivido y trabajado. Me detuve por un segundo y lo imaginé escribiendo frenéticamente y entonando la verdadera canción de su alma.
También me había parado ante la casa de Poe en la calle Tres para hacer lo mismo: contemplar las ventanas con melancolía…

Por lo visto yo siempre iba en pos de algo, de cualquier cosa que se moviera -un coche, un pájaro, una hoja al viento-, que pudiera conducirme a algún otro sitio mejor iluminado, a alguna tierra ignota río abajo. No tenía la más remota idea del mundo desgarrado en el que vivía, de lo que la sociedad puede hacer a las personas.


Lo que había sido un plácido refugio dejó de serIo de pronto. Probablemente alguien puso a disposición de los drogatas y colgados de los cincuenta estados mapas para que pudieran llegar a nuestra granja. Hatajos de gorrones peregrinaban desde California. Tontos del culo irrumpían en casa a todas horas de la noche. Al principio, se trataba de nómadas sin techo que entraban ilegalmente. Se me antojaban más bien inofensivos, pero luego empezaron a llegar radicales sin escrúpulos en busca del Príncipe de la Protesta: personajes de aspecto sospechoso, tipas que semejaban gárgolas, espantajos y vagabundos con ganas de fiesta...


A veces acababa en una casa flotante, móvil, esperando oír una voz, arrastrándome afanosamente, o boca arriba, de noche, en una playa salvaje y protectora, rodeado de alces, osos, ciervos y el esquivo lobo gris que acechaba no muy lejos, o escuchando la llamada del somorgujo en un tranquilo atardecer estival.


Fuera, un pájaro carpintero martilleaba un tronco en la oscuridad. Mientras estuviera vivo debía mantenerme interesado en algo. Si mi mano no sanaba, ¿qué iba a hacer con el resto de mis días? Abandonar la industria de la música, por descontado. Alejarme de ella tanto como fuera posible. Fantaseé acerca del mundo de los negocios ¿Qué podía resultar más simple y elegante que aventurarse por allí?


Hay muchos sitios que me gustan, pero ninguno tanto como Nueva Orleans. A cada instante se presentan mil perspectivas distintas. En cualquier momento te puedes topar con un ritual celebrado en honor de una reina poco conocida; sangre azul, nobles cegados por la bebida que se reclinan desmadejadamente contra los muros y se arrastran por la alcantarilla. Hasta ellos hacen reflexiones que vale la pena escuchar. Nada parece inapropiado. La ciudad es un poemainfinito...


En cuanto a la reina, ésa era Joan Baez. Joan nació el mismo año que yo, y nuestros caminos acabarían cruzándose, pero habría sido ridículo pensar en ello por entonces... Yo no podía dejar de mirarla. Ni siquiera me atrevía a parpadear. Ella tenía un aspecto espectacular, con su lustrosa cabellera negra que caía hasta la curva de unas caderas estrechas, y sus pestañas lánguidas, ligeramente curvadas hacia arriba… Además, estaba su voz. Una voz que ahuyentaba los malos espíritus. Parecía de otro planeta.


La voz y la guitarra de Johnson resonaban en la sala, y yo me vi absorbido por ellas. Para mí era inconcebible que no produjera el mismo efecto en todo el
mundo. Sin embargo, Dave no opinaba lo mismo… Entiendo su punto de vista, pero yo pensaba lo contrario. A mi juicio, la originalidad de Johnson era absoluta, sus canciones no podían compararse con nada.

La escena de la música folk había sido como un paraíso que debía abandonar, del mismo modo que Adán abandonó su jardín. Era demasiado perfecto. En unos pocos años, se iba a desatar una tormenta de mierda. Las cosasempezarían a arder…


P.D. Las tres mejores canciones de Dylan.





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