21 de septiembre de 2010

Un eterno verano


De chilena, la mete en el ángulo como la peor clase de crítica – o reseña – acerca de una novela, libro de cuentos o película, aquella que reduce la obra a cierta clase de hermético e insípido ensayo sociológico sobre las luchas de clases, la pérdida de valores y costumbres, o, peor aún, limitándose a comparar los eventos narrados con actuales sucesos políticos. Tolerable podría considerarse utilizar de ejemplo a, digamos, Requiem for a dream de Darren Aranofsky en una columna de opinión para señalar el camino a la autodestrucción que representan las adicciones y lo vulnerables que se encuentran las personas a las mismas en una sociedad consumista; pero de eso a convertir Ensayo sobre la ceguera de Saramago en un panfletario discurso en contra del capitalismo hay un largo, e insultante, trecho.

Está escrito con sangre que además de mostrar su visión de la realidad, un hecho particular o una época pasada – resulta absurdo negarlo –, el autor monta escenarios, les da colores y aromas a las plazas, le imprime ritmo y personalidad al relato, crea personajes, los cuida, los pule, los pone ante situaciones, los hace tomar decisiones, y los carga de emociones que generan empatía y un nexo con el lector y/o espectador. Esa individualidad en la narración es la causante de querer seguir una historia, de que le vaya bien o mal a ese alguien – y no el hecho de recordar –. Cosa que no pasa en El Gran Gatsby, la novela cumbre de F. Scott Fitzgerald. Una brillante fotografía de una época de la que el escritor es su artífice: la generación del jazz.

En El GG la historia parece no importar. Cualquiera pudo ser la trama, la cuestión era dar un paseo lleno de luces por el glamour de años de esplendor, donde cada persona deseaba ser una celebridad y llenarse de riquezas; con la moraleja, al final, de lo vacío que están los seres humanos cegados por el materialismo y de lo hipócrita que puede volverse una sociedad a la que solo le importan las apariencias. En el GG los protagonistas pueden ser los vecinos con los que no se habla mucho - ultraestereotipados - y los acontecimientos que les suceden el lector los ha escuchado más de una vez como historias verdaderas. Al fondo un melodrama de amor imposible entre amantes de distintas posiciones socioeconómicas, separados por una guerra que me recuerdan a esas películas del estilo de The notebook que los hombres debemos soportar para tener alguna posibilidad con la femina deseada; y al ver el tráiler de la adaptación al cine de la novela, cuando la voz en off señala que esta es la historia de amor más grande de todos los tiempos no podía dejar de pensar en Tomás y Teresa de La insoportable levedad del ser, o en Rímini y Sofía de El Pasado. El deseo de volver atrás en el tiempo, a épocas mejores para el romance que trata de transmitir el texto, volvió inalcanzable, irreal, gigantesca y grotesca a la historia por querer presentarla para todos los gustos.

El Gran Gatsby no es exactamente mi clase de libro: La crítica que se le puede hacer es algo explicado en macro ante esa falta de intimidad que muestra a los personajes como sombras – de Gatsby se sabe poco, el misterio es su atractivo –. Sin embargo a partir del capítulo VII la novela toma un ritmo nostálgico, que hace flotar al lector, le trae una avalancha de recuerdos, con una narración que está editada de la misma forma que esas películas de los años sesentas, como la Dr. Strangelove de Kubrick, donde el director sabe qué imágenes colocar. A partir de ahí el escritor se da cuenta que menos es más, las joyas y objetos le dan paso al sentimiento – además de las excelentes descripciones de NY a lo largo del texto –, dejando que cada uno sueñe lo que siempre quiso vivir, o recuerde lo que vivió solo que en otro escenario. Uno más brillante.

Fitzgerald siempre supo lo que la gente deseaba leer. Gracias a eso pudo vivir de forma acaudalada, comprando licor, yendo a fiestas y viajando en autos lujosos. Tratando de ser otro al igual que supersonaje principal, y mostrando al mundo tal como es.

“Cuando sientas deseos de criticar a alguien” -fueron sus palabras- “recuerda que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú tuviste.”

Algo en sus pausados movimientos y en la posición segura de sus pies sobre el césped me indicó que era Gatsby en persona, que había salido para decidir cuál parte de nuestro firmamento local le pertenecía.

Es un valle de cenizas, una granja fantástica donde las cenizas crecen, como el trigo, en cerros, colina,, y grotescos jardines: un valle donde las cenizas toman la forma de casas, chimeneas y humo en ascenso, e incluso, con un esfuerzo trascendente, la de hombres grises que se mueven envueltos en la niebla, a punto de desplomarse y a través de la polvorienta atmósfera. De vez en cuando una hilera de autos grises pasa reptando a largo de un sendero invisible, emite un traqueteo fantasmagórico y se detiene, acto seguido unos hombres grises como la ceniza se trepan con palas plomizas y agitan una nube impenetrable que tapa su oscura operación a la vista.


Esbozó una sonrisa comprensiva; mucho más que sólo comprensiva. Era una de aquellas sonrisas excepcionales, que tenía la cualidad de dejarte tranquilo. Sonrisas como esa se las topa uno sólo cuatro ó cinco veces en toda la vida, y comprenden, o parecen hacerlo, todo el mundo exterior en un instante, para después concentrarse en ti, con un prejuicio irresistible a tu favor. Te mostraba que te entendía hasta el punto en que quedas ser comprendido, creía en ti como a ti te gustaría creer en ti mismo y te aseguraba que se llevaba de ti la impresión precisa que tú, en tu mejor momento, querrías comunicar.

Me empezó a gustar Nueva York, la sensación chispeante de animación nocturna y la satisfacción que el constante revoloteo de hombres, mujeres y máquinas le dan al ojo inquieto. Me gustaba caminar por la Quinta Avenida, elegir entre la muchedumbre románticas mujeres e imaginar que en un momento yo entrarla en sus vidas y que nadie lo sabría o podría reprochármelo. Algunas veces, en mi mente, las seguía hasta sus apartamentos en las esquinas de calles recónditas, y ellas se volteaban y me devolvían una sonrisa antes de desvanecerse por entre una puerta en la cálida oscuridad.

Era un tiro al azar, y sin embargo, el instinto del reportero iba por buena ruta.
La fama de Gatsby, difundida por los miles de personas que habían aceptado su hospitalidad convirtiéndose en autoridad sobre su pasado, había crecido todo el verano, hasta que lo único que le faltaba era volverse noticia de los periódicos. Le achacaron leyendas contemporáneas tales como “la tubería subterránea hasta el Canadá”, y se difundió la historia recurrente de que no vivía en ninguna casa sino en un bote que parecía una casa y que se movía en secreto, de un lado a otro, por las playas de Long Island. Por qué podían ser estos inventos fuente de satisfacción para James Gatz, natural de Dakota del Norte, no es fácil saberlo.

Tengo la idea de que Gatsby mismo no creía que recibirla ninguno, y quizás ni siquiera le importaba ya. Si esto era cierto, debió haber sentido que había perdido su viejo y cálido mundo, que había pagado un precio demasiado alto por vivir con un solo sueño. Debió haber mirado hacia el cielo desconocido a través de las hojas atemorizadas y debió haber temblado al encontrar cuán grotesca es un rosa y cuán cruda la luz del sol que caía sobre la hierba escasamente creada. Un nuevo mundo, material más no real, donde unos pobres fantasmas, respirando sueños en vez de aire, vagaban fortuitamente por todos lados... como la figura cenicienta y fantástica que se deslizaba hacia él por entre los amorfos árboles.

West Egg, en especial, aún aparece en mis sueños más fantásticos. Lo veo como una escena nocturna de El Greco: un centenar de casas, a mismo tiempo convencionales y grotescas, agazapadas bajo un cielo opresivo y lúgubre, y una luna si lustre. En un primer plano, cuatro hombres solemnes, bien vestidos, caminan por los andenes con una camilla en la que yace una mujer borracha en un vestido de noche blanco. Su mano fría, que cuelga a su lado, resplandece con las joyas. Con gran solemnidad los hombres se dan la vuelta en una casa, la casa equivocada. Pero nadie conoce el nombre de la mujer, y a nadie le importa. Después de la muerte deGatsby, el Este estaba embrujado para mí en ese sentido, distorsionado más allá del poder de corrección de mis ojos. Así que cuando el humo azul de las hojas quebradizas subió en el aire y el viento sopló y la ropa recién lavada se puso rígida en los alambres, decidí regresar a casa.

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