16 de junio de 2010

El mojo de Leave of grass

Habría que empezar diciendo que esto no se trata del poema de Walt Whitman con el mismo título que tiene versos como este: Quien camina una milla sin amor, se dirige a su propio funeral/ envuelto en su propia mortaja; / Y yo y tú, sin tener un centavo, / podemos comprar lo más precioso de la tierra… Bueno, aunque al final aparece el libro en una mesa de jardín. Tampoco va de la forma descrita en la sinopsis (parafraseando): La historia de dos hermanos gemelos que idean un plan para engañar a un traficante de drogas. Ok, la marihuana está siempre presente, es casi un actor de reparto; pero no, esto no es de junkies y dealers. Es difícil decirlo. La película a primera vista parece simplona, sin saber para donde llevarnos y a ratos resulta forzada, sin embargo la he visto tres veces porque esconde algo más profundo de lo que parece mostrar en su primera capa de piel, a diferencia de, digamos, la tan promocionada, predecible, aburrida, insipida The Bounty Hunter de Jennifer Aniston y el tipo de 300.


En pocas palabras podría tratar acerca de, sin ser una historia a lo Salinger, una familia disfuncional del excéntrico estado de Oklahoma que se ha separado por varios años: Está el padre asesinado décadas atrás por mafiosos, al involucrarse en negocios ilícitos y tomar decisiones estúpidas, a pesar de tener el IQ de un genio; la madre drogadicta y ex - hippie que le toleró todo a sus hijos y ahora vive en una cárcel porque no quiere ver en lo que se han convertido estos; el hermano gemelo número uno que desde pequeño leyó a Shakespeare, siempre se comporta racionalmente, ha tratado de borrar todo su pasado (incluido el acento) e imparte exitosamente clases de filosofía en una de las universidades Ivy League de la Costa Este; y el hermano gemelo número dos que se dedica a producir y comercializar marihuana con un nuevo sistema de cultivo, inventado por él mismo, que al parecer la vuelve mucho más potente y orgánica. O la otra opción para saber lo que tiene Leave of grass podría estar en la doble actuación camelónica de Edward Norton, alguien que no ha tenido la suerte de Val Kilmer (ha interpretado a Batman, a Jim Morrison y al Elvis Presley del porno, John Holmes), pero que sabe elegir sus personajes, sino recordemos al neurótico narcotraficante en su última día de libertad en The 25th hour, el racista de American History X o al narcoléptico trabajador de una aseguradora en el día y anarquista radical en la noche en The fight club; y que acá, a lo Nicolas Cage en Adaptation, es el hermano uno y el hermano dos que se encontrarán en una peculiar situación. Una actuación que no es la mejor de su carrera, pero que al representar personajes tan diferentes, tiene la oportunidad de hacer lo que quiera: Excéntrico, sarcástico, ignorante, demasiado culto, asustadizo, provocador, racional, inconsciente. Razones válidas, sumadas a que LOG me gustó porque aparece la guapísima y perdida Keri Russell o por la casi perfecta y sencilla banda sonora llena de música del Sur de pocos acordes, con canciones como la de Steve Earle, Lonely are the free.


El director y actor Tim Blake Nelson nació en Oklahoma. Es lo que, además de lo mencionado en el párrafo anterior, define el mojo de la película: Una historia casi personal contada con mucho humor negro (por algo la serie Weeds es una comedia con toques delirantes al punto de parecer una alucinación, al igual que un viaje de hierba), con personajes, costumbres y estereotipos que conoció y con los que vivió durante gran parte de su vida. Sin elegancia, con mucho empuje y corazón (y con razones para sentirse orgulloso por el trabajo realizado) nos recuerda que del pasado no se puede escapar, hay que lidiar con él, agarrar lo bueno y seguir en paz, sabiendo que en casa siempre nos esperan. Como cantaban los extintos Cruks: uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve a su interior/ uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve al lugar en que nació...




12 de junio de 2010

Lo que pasa cada cuatro años

Varios años atrás el periodista John Carlin escribió acerca de la Ruanda post-genocidio, que para mantener la paz, recibir el perdón y reunir a las tribus tutsis y hutus (víctimas y victimarios, respectivamente), después de que los prisioneros realizaran trabajos en las aldeas a cambio de amnistía, se organizaban partidos de fútbol entre ambos bandos con las gradas llenas de aficionados de los dos grupos. El fútbol como un instrumento para la reconciliación, y una Copa Mundial en Sudáfrica como motivo de alegría y orgullo para todo un continente azotado que muchas veces ha utilizado a este deporte de opio, como símbolo de esperanza ante toda la corrupción y horrores vividos; un deporte que además es la vuelta a la niñez para cualquier persona y la llave a la felicidad para todos los atentos y despistados, de la forma en que el Negro Fontanarrosa nos decía que a su tía le gustaba ver a la selección gaucha jugar porque en una de esas, de imprevisto, su esposo la abrazaba.



El día de ayer empezó un nuevo Mundial de fútbol. Un mes entero que se espera por cuatro cansinos y monótonos años. Este es el quinto que disfrutaré plenamente. Clavado frente a la televisión lo mejor que he visto sucedió en el certamen anterior cuando Zidane, casi solo, le dio un baile a Brasil en cuartos de final, el equipo que jugaba al 4-2-4 porque no sabía dónde meter tantas figuras de ataque; el favorito fue eliminado por un hombre. Y aunque muchos veteranos podrán decir que no se compara con Platiní, Zico, Pelé, Maradona y compañía, a mi favor está recordarle que somos la generación que no se asusta con la escena de la ducha en Psicosis. Son muchos recuerdos que empezaron con el torneo celebrado en Estados Unidos, el mismo donde Salenko metió cinco goles en un partido, Romario hizo de las suyas con la defensa, Rumania me parecía el mejor equipo y la final la vi una tarde de julio con el brazo enyesado porque el día anterior me lo habían quebrado jugando fútbol; y sintiéndome parte del momento en Corea-Japón, llegando tarde a clases de la universidad porque los partidos terminaban a las ocho de la mañana, cuando por fin Ecuador logró la clasificación; momento que se repitió en Alemania, cuando incluso el jefe de tan buen humor te dejaba salir temprano o llegar temprano para que además de ver los juegos de la selección puedas salir a celebrar.

Madrugamos por ver a los equipos jugar y no por la cantidad de comodidades en un hotel, los accesos en infraestructura, el nivel desarrollo en varios barrios, los lujos que se dan algunos en este mes futbolero, las celebridades asistentes, o por la puta Copa de la vida de Ricky Martin o el Waka-waka de Shakira, actores de reparto (importantes pero no los principales) que varios periodistas, más sociólogos o antropólogos en sus comentarios que analistas de fútbol, utilizan para desestimar la primera Copa del mundo celebrada en África. Son esos juegos los que nos hacen parte de la historia, un momento colectivo que llega cada cuatro años (cambiamos de presidente en menos tiempo), instantes donde se concentran varios momentos de la vida, y entre la graduación de la universidad, un diplomado, una pelea con la novia está el gol del Tin a México, el remate mal pateado, en octavos de final, de Carlos Tenorio con el arco frente a él, la falta inexistente que luego sería gol de Beckham y la amargura de no haber estado entre los ocho mejores.



8 de junio de 2010

Una chica Almodóvar (mas guapa que cualquiera)

En una isla paradisíaca, dentro de un hotel lujoso de egipcias sábanas blancas, la femme fatale ve a su amante paralizado, en un gesto petrificado de lucha por su vida, producto del exceso de pasión (seis polvos seguidos en alguien con más de sesenta años puede causar la mejor forma de morir existente), mientras ella sale del baño. No intenta revivirlo ni llama a urgencias esperando salvarle la vida. No hay signos de angustia, desesperación en su rostro. Se sienta tranquilamente junto al reciente cadáver, enciende un cigarrillo y al mismo tiempo que sus mejillas se iluminan, arquea su ceja en señal de «¡que se le va a hacer!». El hombre que está a su lado no está muerto, pero todos los que vemos la escena en el cine sentimos que el corazón se nos detiene. Así es: Penélope Cruz nos puede matar en cualquier instante con solo una mirada.

Cada vez que Pedro Almodóvar se encuentra filmando una película no me mata el saber que lo está haciendo, ni la trama; pero al final de cuentas la termino viendo. Cuando era pequeño lo recuerdo como el tipo que vistió de mujer a Miguel Bosé en Tacones lejanos, y con varios amigos a veces nos topamos discutiendo cuál es la mejor entre toda su filmografía. Algunos dicen Todo sobre mi madre, otros Mujeres al borde de un ataque de nervios. Yo me quedo con Hable con ella por lo surrealista del guión (PC no actúa). Lo que no se puede discutir es que cada vez sus películas son más detalladas, con esa estética pop art tan calibrada que parece que sus personajes viven en una realidad de ensueño. Y al igual que en Los abrazos rotos, donde cada plano es casi perfecto (sin por esto olvidar que es su trabajo más light), el director español ha sabido pulir a su musa al máximo, creándole un personaje casi irresistible.

Aunque en una frase de su película, al describirla, se menciona que es demasiado guapa para ser graciosa, personalmente, no me parece tan guapa como Eva Green o Scarlett Johansson; y en las primeras actuaciones de renombre que tuvo, como Vanilla sky o Pretty horses, con su pésimo inglés, casi daba lástima. Sin embargo, los últimos años, cada vez que Almodóvar la usa es un regalo poder verla. En Los abrazos rotos, tan acostumbrada a realizar papeles marginales, la película más cinéfila del director, hace de la chica humilde metida en problemas (un clásico del cine) queriendo ser actriz. Y ahí la podemos ver en la película que está dentro de la película vestida a lo Audrey Hepburn, con peluca rubia lacia y platino con rizos a lo Marylin Monroe. Cada una es una fotografía para enmarcar, y sus gestos pareciera que ocurrieran en cámara lenta, robándose toda la atención, resplandeciendo sobre el resto en una historia donde los chicos Almodóvar, en esta ocasión, son más importantes que las féminas.


Cantaba Sabina, Calamaro y Fito que aunque no era la más guapa del mundo/ juro que era más guapa que cualquiera. Habría que dedicarle esa canción a Penélope, que parece una actriz de cine clásico. Alguien a la que no tiraríamos por las escaleras, a diferencia de su inescrupuloso amante en esa bendita escena, que ya es un patrimonio audiovisual por las tantas cosas que han pasado en los peldaños, y que es el momento cumbre de la otra Chica Almodóvar que es su película.

6 de junio de 2010

Born to be wild


«Sentirte como Jim Morrison no te convierte en Jim Morrison, pero no sentirte como Jim Morrison te convierte en casi nada. Yo nunca saldría a la calle sin sentirme como Jim Morrison o Dennis Hopper por lo menos» nos dice Ray Loriga en su novela Días extraños. Lo conocía y sabía que era un gran actor de una contestataria generación, sin embargo no entendía la parte de Dennis Hopper hasta que vi Easy Rider. Una road-movie, un western en motocicletas acerca de dos personajes que deciden recorrer los Estados Unidos, conociendo a varias personas y conociendo la discriminación, deseando llegar al Mardi Grass en New Orleans luego de ganar dinero y su libertad gracias a la venta de varios kilos de cocaína. Encontrarse a uno mismo en las carreteras acompañado de la música de Steppenwolf, Jimmy Hendrix, Jefferson Airplane y otros marcó una época, y DH, que era un hipster (siempre adelantándose a los hechos), se transformó en la cara de la contra-cultura norteamericana con la película que dirigió, escribió y co-protagonizó.

Pero no sólo era Easy Rider, ni el eterno actor secundario que podía sin problemas meterse en la piel de personajes extremadamente complejos como el psicópata gánsgter Frank Booth en Blue Velvet y el perturbado fotógrafo seguidor del coronel Kurtz (Marlon Brando) en Apocalipsis now; o los villanos que interpretó en los noventas como el vengativo terrorista de Speed y el serbio General antiguamente servidor de Milosevic que buscaba la muerte de David Palmer y Jack Bauer en la primera temporada de 24. Ni tampoco el fotógrafo que retrató la cultura de los sesentas llenas de psicodelia, happenings entre celebridades, las marchas por los derechos civiles y las rutas de su país (recientemente se publicó un libro con las imágenes que capto con su cámara); ni el coleccionista amigo de Warhol y Basquiat. Hopper respiraba y vivía por el arte (actor, director, guionista, fotógrafo, escultor). Tal vez eso fue lo que lo salvó y lo convirtió en un sobreviviente.
Conocido por sus extravagantes fiestas y sus excesos con el alcohol y las drogas, llegando a decir que diariamente consumía dos litros de ron, 28 cervezas y tres gramos de cocaína, fue amigo de James Dean, con el que filmó Rebeld without case, Giant y además lo introdujo en la fotografía, y del cual dijo que su muerte lo impactó como pocas cosas lo habían hecho; compañero de juergas de Elvis Presley cuando El Rey recién arribaba a California; republicano amante de las armas que en una ocasión con su metralladora M-16, luego de una pelea con su novia, casi demuele a tiros las paredes de su residencia en Taos (y por lo cual varios de sus amigos decidieron llevarse sus colecciones de fotos y varias obras de arte para preservarlas); tachado en la lista negra de Hollywood en los setentas, al parecer muerto al igual que su personaje que vuela de su Harley Davidson al final de Easy Rider; Hopper renació de entre las cenizas, después de haber sido encontrado desnudo en las selvas de México en un viaje alucinógeno que lo llevó a plantearse la rehabilitación, iniciando a partir de los ochentas su carrera más prolífica en el cine.

Se sorprendió de haber llegado a los 70 años porque no pensaba siquiera que alcanzaría los 30. En su funeral su hijo recitó el poema de Walt Whitman Leave of grass, ese que dice (maltraduciéndolo al español): Y yo y tú, sin tener un centavo, podemos comprar lo más precioso de la tierra… Y no hay oficio ni profesión en los cuales el joven que los sigue no pueda ser un héroe… Esperamos que haya alcanzado la paz en el final de ese viaje que fue su vida y que empezó con las guitarras de Born to be wild y el estribillo (otra vez mal traducidas): Como un auténtico hijo de la naturaleza/ Nacimos para ser libres/ Podemos escalar muy alto/ No quiero morir nunca/ Nacido para ser libre/ Nacido para ser libre…


2 de junio de 2010

Un viaje que terminó


Ha pasado un año desde que compré un diario Página 12 en Bs. As. Violeta Gorosdicher trataba de explicar el intento de captar la “América Profunda” de David Lynch, después de un viaje por carretera alrededor de los Estados Unidos, en Interview Project. La idea: entrevistar a personajes anónimos que encontraban en la ruta. Demasiado sencillo. La realidad pura y dura. Desde el mes de junio del 2009, en la página web del director (no dirige las entrevistas pero se ve su mano en la edición), se colgaba cada tres días un episodio nuevo. El jueves pasado se proyectó el último; y ahora finalizado el recorrido, y que al comenzar con cierta incertidumbre no sabía que esperar del mismo (incluso escribí algo en ese entonces), no me queda nada más que transmitir en pocas líneas algo acerca de lo que vi de los Estados Unidos.

Los lugareños de Arizona son verdaderos camaleones tratando de enmendar sus errores; en Utah se respira tranquilidad; los texanos tienen en su mayoría historias duras; la excentricidad de los residentes de Oklahoma es capaz de perturbar a cualquiera; en Arkansas y Georgia Dios está en primer lugar; Alabama es un rincón que se niega a dejar el pasado; en las Carolinas son tolerantes, aventureros y soñadores; Virginia, Pensilvania, Michigan y Ohio son lugares de gente pesimista y recta en su comportamiento; en New York las personas tienen algo de bohemio; en Tennessee la tradición manda; para los de Indiana el mundo es el paraíso; en Wisconsin los sueños no existen, sólo trabajar; Iowa parece una película de motociclistas con un bar abierto 24/7; en Minnesota las leyendas se toman en serio; Wyoming es un desierto de casas donde sus habitantes no paran de irse; y los de Montana no le encuentran sentido al materialismo.


Retratos comunes que sin generalizar muestran rasgos de un estilo de vida, el alcanzar el sueño americano o morir en el intento; y que además de varias películas tipo Away We Go, Into the wild, Elizabethtown y Easy Rider (ojalá Dennis Hopper siga cabalgando su Harley en rutas celestiales y tenga varias conversaciones con Marlon Brando), a pesar de que tuve mi rato de anti-norteamericano-lector-de-Las-venas-abiertas-de-América-Latina, y si me dan la visa, espero hacer un recorrido por EUA (exceptuando Miami, que con palmeras y pésimas series de tv ambientadas en sus playas me trae algo de repulsión). Teniendo como sitios seguros Louisiana por el jazz, Carolina del Sur por sus solitarias playas, toda la Costa Este por sus verdes senderos y sus ferias de langostas, Tennessee por Nashville, Oregon por el grunge y sus cocineros, sin importar quedarme por un largo tiempo en Dakota del Sur, un lugar en el que al parecer terminan las personas con buenas historias según IP.

Son 121 episodios contados en primera persona. El entrevistado habla acerca de su pasado, lo que es vivir en su localidad, sus arrepentimientos, esperanzas y la forma en la que le gustaría ser recordado; con primeros planos de sus rostros, sus manos, además de tomas de sus hogares, de las calles llenas de secretos, objetos que podrían decir mucho de su vida, acompañada de música folk que le da el toque estético a cada video que dura entre tres y cinco minutos. Desde personas que les gustan los cachorritos hasta mujeres que han sido violadas por sus padres, pasando por veteranos de Vietnam y la Segunda Guerra Mundial, otros que dedican su día a ver las nubes y uno que intentó prenderse fuego. «La gente cuenta sus historias. Es tan fascinante mirarlos hablar, conocerlos. Es algo humano, no pueden quedarse afuera de eso» nos explica David Lynch en la presentación. Pasando del conócete a ti mismo de su libro Atrapando al pez dorado a conocer al resto. La materia prima de sus obras, como tan bien lo menciona VG, tratando de captar lo bizarro del american way of life.

Thoreau decía que «en vez de amor, dinero o fama, dame la verdad». ¿Cómo encontrarla? ¿Viajando igual que él? ¿Construyendo una cabaña en la mitad del bosque? ¿Y si es así en qué bosque, a través de qué carretera? Lynch está ayudando a contestar esas preguntas y espera que nos unamos en su recorrido.

P.D. En Youtube se encuentran pocos videos de Interview Project, acá la página con el viaje completo.



30 de mayo de 2010

¿Por qué Sabina no viene a Guayaquil?


Lo siento Flaco pero éstas no son letras de alabanza a tu sublime y mística prosa, ni a tus declaraciones en forma de fábula que ayudan a revelar lo que otros tratan de esconder, o a tu bohemio estilo de vida que has empezado a dejar; ni remotamente es el intento de un clochard moribundo por escribir la canción más hermosa del mundo. Es tu cuarta vez en Ecuador, tres en los últimos cuatros años. Tu cuarta vez en Quito. En el 2006 estuve, cantaste Llueve sobre mojado sin Fito; y cuando viniste con Serrat al siguiente noviembre no pude faltar, no podía perderme escuchar Calle melancolía de Ismael Serrano a dúo, ni Aquellas pequeñas cosas por dos monstruos que han mostrado el camino con su lírica. Ayer sábado no pude estar ahí, lo sabía desde el día viernes, y en medio de una ciudad con calles cubiertas de ceniza no podía parar de pensar acerca del por qué nunca has venido a Guayaquil.

A Buenos Aires la amas y le has dedicado más de un verso; de Lima dices que te gusta visitarla porque por ella puedes pasear “con toda tranquilidad” y antes te “gustaba la Lima la horrible de (el escritor) Salazar Bondy… No sé por qué, en ese momento el caos limeño parecía tener cierto parentesco con el caos de mi alma. Por eso Lima me enganchó”; y en la capital ecuatoriana que te recuerda a tu Andalucía debe pasarla bien, te ovacionan, te creen un genio (y lo eres), te declararon huésped ilustre. Con razón siempre regresas. Cada vez que vienes al país (y tal vez es lo único que conozcas) te imagino recorriendo el Panecillo, la iglesia de la Compañía, la Plaza 10 de Agosto donde no hay asientos (solo palomas), el resto del Centro histórico y Carlos Vera entrevistándote una y otra vez. No te has de cansar, sé que te gustan las cosas más íntimas, entre amigos, pero eso no es todo el Ecuador. Podrías pasarlo bien también en otros lugares. Si supieras la cantidad de guayaquileños, cuencanos, lojanos que vamos para la capital tan sólo para escucharte, algunos pagando la oferta de 430 dólares con hotel de lujo, pases de primera fila y traslado, y otros aguantando hambre, durmiendo en La Carolina esperando la hora en que el siguiente Transportes Ecuador los vuelva a sus hogares.



Tal vez te hayan hablado cosas que no te gustaron de Guayaquil. Tal vez no simpatices con la salsa o lo con cierto toque tropical. No creo que esas sean razones. ¿Cuestiones logísticas? ¿Impuestos muy altos? Tampoco. ¿Por qué entonces? Me gusta pensar que ir a un concierto de Sabina es una excelente razón para que los guayaquileños viajemos a Quito, una ciudad, además de las diferencias y rivalidades, que por estar tan cerca y a la vez tan lejos a veces nos olvidamos que está ahí, siempre al alcance. No basta eso para justificar. La pelota está de nuestro lado. ¿Se llenaría un show tuyo en el puerto principal? No lo sé. En la capital las entradas se vendieron con anticipación mientras que acá recuerden lo que hicimos con Charly García, quien tal vez nunca regrese y tipejos de la clase de Arjona y Aventura siempre lo hacen. Buscando en Google me doy cuenta que soy el primero que se pregunta los motivos de no tener una visita tuya, Flaco; y pensándolo bien, no tengo muchos amigos cercanos que les guste Sabina, aunque conozco mucha gente de todas partes del país que te escucha en serio, gente con la que lo único en común es sabernos las letras de tus canciones (incluso Bonafont inicia su programa de radio con Nos sobran los motivos) y eso ya es mucho.
En una tierra que ya no es de poetas la gente que en serio te escucha, te quiere ver en vivo y está dispuesta a pagar y llenar un coliseo está bastante separada, dispersa; sin embargo cientos vendrían de Cuenca y Loja (donde todos se creen poetas), o de El Oro, Manabí y hasta de Quito. ¿Qué debemos hacer para que vengas y escuchar a nivel del mar Y sin embargo? ¿Un concierto-tributo como el que en Mallorca le hacen a Tom Waits esperando que algun día se presente? Puede ser. Si no es así ya dijiste que te gustaban las presentaciones más íntimas. Sobran los motivos, entonces, para que nos visites.

28 de mayo de 2010

Una película de HL y sus amigos

¿Cómo podría definirse a “The imaginarium of Doctor Parnasuss? ¿Un tributo a Heath Ledger (que nos regaló a un sádico y anarquista Joker en The dark knight - y con eso hizo del mundo un lugar mejor -), o una película con todas las de ley acerca de las consecuencias de las decisiones que tomamos? La respuesta apuntaría hacia la primera opción porque al final, en la parte de los créditos, cuando se supone debe aparecer el nombre del director, en su lugar se muestra la frase “Una película de Heath Ledger y sus amigos”; y, como otra pista, en las declaraciones el realizador Terry Gilliam menciona que tenía una considerable cantidad de escenas del fallecido actor que no podían desperdiciarse. The imaginarium… es el intento de inmortalizar, con sus últimas imágenes, a alguien que se lo considera el James Dean de nuestra generación, y de paso ganar algo de dinero, gracias a una mayor recaudación por la comercialización del morbo y la melancolía, con esto.

Es fácil de deducir que en principio el proyecto no fue pensado en grande. Aunque la trama pertenece al género fantástico, lo que se cuenta es algo sencillo, algo tan excesivamente poco original narrado de la forma más original posible, que vendría a ser algo así: El Dr. Parnassus es una especie de monje que hace mil años apostó con un demonio llamado Nick (un demonio con pinta de borracho irlandés, interpretado por el maestro Tom Waits) su inmortalidad porque pensaba en que sus historias siempre serían contadas. El Dr. ganó, lo que no sabía era que la gente se cansaría de escuchar historias; y en su decadencia, en un Londres actual, donde tiene un teatro ambulante que ofrece recrear las fantasías de los espectadores metiéndose en la cabeza de Parnassus, vuelve a apostar a su hija a cambio de la felicidad. Esa más o menos era la idea. Es difícil pensar que todo se desarrolló de acuerdo a lo originalmente planeado. Lo que sabemos es que el proyecto adquirió relevancia con el fallecimiento de Ledger y además de Christopher Plummer y Tom Waits, después se unieron otros actores de la talla de Johny Depp, Jude Law y Collin Farrell para llenar las escenas que HL no pudo terminar.



Su actuación es casi bufonesca, improvisada (el papel que desarrolla es el de un estafador con amnesia que se une al elenco del teatro), un poco ausente, como si la cosa no fuera con él o si no supiera qué hace ahí, algo parecido a la resaca de una buena borrachera. Y en un aspecto más personal, y a la vez morboso, no se sienten signos depresión en Ledger, tal vez cierta melancolía. Es algo que uno no puede evitar pensar mientras la mira, tratando de detectar algo que justifique lo sucedido después. Lo peor y mejor de la película. La proyección gira en torno a un fantasma (Tom Waits es quien originalmente se roba las cámaras) y el resto son arreglos llenos de efectos especiales típicos ingleses, reflejando la mente del Dr. Parnasuss (Terry Gilliam antes trató de meterse en la mente del psicópata periodista Hunter S. Thompson con Fear and loathing in Las Vegas) que recuerdan al Yellow Submarine de los Beatles, un video de la copia noventera del cuarteto de Liverpool llamado Oasis (creo que la canción se llama All around the world) y a Somewhere only we know de Keane; además de una dirección de arte que recuerda una obra de teatro de alto presupuesto y un vestuario bastante juglaresco. Un rato de fantasía donde los sueños se recrean haciéndolos parecer realidad, para olvidar la cruda realidad en la que incluso las personas que consiguieron alcanzar sus sueños pueden aparecer muertas en sus cuartos de hotel.




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