30 de octubre de 2010

House, la séptima

Adiós Vicodin. Hola Cuddy. El último jueves de octubre estrenó la nueva temporada de House M.D. Ahora el misántropo doctor tiene novia y está en camino a encontrar la felicidad que empezó a buscar después de salir de un hospital psiquiátrico. Bien por él. ¿Bien por los seguidores? Difícil de predecir si se toma en cuenta que su narcisismo, su arrogante personalidad, su miseria interna – elevadas a la décima potencia de cualquier ser humano normal – lo convertían en el máximo antihéroe de la televisión. Queda el sarcasmo y humor negro, la compulsión en sus actos, la obsesión en sus ideas y la verdad universal: todo el mundo miente. Queda esperar en qué extremas y caóticas situaciones son puestos los protagonistas. Confiar en los guionistas, radicales que al final de cada temporada siempre tratan de mover las fichas, las bases sobre las que está sostenida la historia principal; aunque en más de una ocasión el círculo se ha restablecido y todo vuelve a la normalidad, cortesía de la destructiva naturaleza de Gregory House. Solo, pero con varias voces hablándole en su cabeza.

En el primer episodio de la séptima temporada no hubo enigma médico, la cosa fue más por el lado de los personajes. Puede que las ideas para rarísimos síntomas de enfermedades se estén acabando, una transición para una serie que empezó con un parecido a CSI – solo que un hospital – para pasar a algo más personal, enfocando más las vidas de los protagonistas; o tal vez el final esté cerca; o puede que lo de Huddy – House y Cuddy – tan solo dure unas semanas (no sería primera vez si, repito, se recuerda que en la sexta únicamente estuvo un capítulo en el loquero, y en la ocasión que recuperó el uso de su pierna el dolor terminó volviendo). Pase lo que pase cada acción tiene su consecuencia, y en House M.D. sus creadores y el resto del equipo, como si se tratara de una bomba panfletaria, saben la forma de crear el caos con ellas.

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