7 de octubre de 2010

Un Nobel para Don Mario

El eterno candidato al fin ganó. Habrá comentarios diciendo que se tardaron en reconocerlo y otros que la justicia aunque demora siempre llega. Lo cierto y comprobable es que la valía dada a estos premios, por cada uno, va de acuerdo a la simpatía que le tengamos al galardonado. Un asunto más de sentimiento. Si es de nuestro agrado lo celebramos, lo brindamos; caso contrario, incluso, podemos desestimar algo como un Nobel, embadurnando en mierda a los jueces por su decisión, tildándolos de snobs y de vivir en algún hueco lejano a la realidad – recordar el año pasado cuando varios se preguntaban quién diablos era Le Clézio y qué había escrito –. Ahora que Mario Vargas Llosa entró al grupo selecto de la literatura no sé cuál sería la reacción apropiada ante la noticia.

A pesar que a los dieciséis – CARA: - leí y repetí una decena de veces Los Cachorros, estremeciéndome con la mordedura contra Pichulita Cúellar, enganchándome con la historia del grupo de amigos jugando pelota después de clases, aprendiendo a bailar mambo para conquistar señoritas, creciendo todos a excepción del pobre Pichulita que se resistía por no sentirse hombre; y a pesar que gracias a Pantaleón y las visitadoras pudimos ver a Angie Cepeda como se debe – un libro obligatorio para las escuelas de administración: el negocio perfecto –, al resto de la obra de Mario Vargas Llosa no la seguí mayormente. No han llegado a mis manos La casa verde, ni La tía Julia y el escribidor. Tal vez – SELLO: – se deba a que al autor lo considero más como el activista liberal, analista político, candidato a la presidencia del Perú, intelectual que le dio la espalda a la revolución, individuo que golpeó a García Márquez por una mujer y el resto del polémico personaje que es en la vida real – no faltará el cubano, venezolano e izquierdista dogmático quejándose por la designación –, que como el escritor, creador de La ciudad y los perros y otras reconocidas obras. APARTE: Por lo que seguro hay que aplaudirlo es por no quedarse en su escritorio viendo como el mundo se mueve.

El mes que viene, si el bolsillo deja, pensaba viajar a Lima en plan road trip con varios amigos. No sería mala idea, aunque sea en uno de los mercados piratas, hacerme de un par de novelas del nuevo Nobel de Literatura. Por el momento al menos una sonrisa ante la noticia. Tan mal no me ha caído...



Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos, entre todos los deportes preferían el fútbol y estábamos aprendiendo a correr olas, a zambullirnos desde el segundo trampolín del Terrazas, y eran traviesos, lampiños, curiosos, muy ágiles, voraces. Ese año, cuando Cuéllar entró al Colegio Champagnat. Hermano Leoncio, ¿cierto que viene uno nuevo?, ¿para el “Tercero A”, Hermano? Sí, el Hermano Leoncio apartaba de un manotón el moño que le cubría la cara. Ahora a callar. Apareció una mañana, a la hora de la formación, de la mano de su papá, y el Hermano Lucio lo puso a la cabeza de la fila porque era más chiquito todavía que Rojas, y en la clase el Hermano Leoncio lo sentó atrás, con nosotros, en esa carpeta vacía, jovencito. ¿Cómo se llamaba? Cuéllar, ¿y tú? Chingolo, ¿y tú? Mañuco, ¿y tú? Lalo. ¿Miraforino? Sí, desde el mes pasado, antes vivía en San Antonio y ahora en Mariscal Castilla, cerca del Cine Colina. (+)

1 comentario:

*Dayán Lorank* dijo...

Yo lo encuentro muy merecido =)