27 de octubre de 2010

El Rey y su novela del fin del mundo



Cuenta el elogio criminal de Chuck Paliahniuk que durante una firma de libros, Stephen King garabateó tantas veces su autógrafo que las manos se le rajaron y empezó a sangrar; terminando el día pálido y débil porque los fanáticos pidieron, además, manchas rojas en sus ejemplares. Con The Stand, si resulta cierta la anécdota, el rey del terror debió haber derramado, también, mucha sangre – y necesitado varias transfusiones – para escribir las más de mil catastróficas páginas contadas a un frenético y desesperado ritmo. Una devastadora novela, que como el ángel de la muerte acaba con todo, y al terminarla me ha dejado la sensación de no querer leer nada hasta que se me pase el efecto, la paranoia y obsesión por algo que te llega hasta el fondo del cerebro y lo seca, que realmente te ha gustado y tienes ganas de más, pero no sabes si podrás aguantarlo.

Publicada en los ochentas, dividida en tres partes, que transcurren durante nueve meses, The Stand tiene los elementos de un best-seller – hay un cómic y una miniserie de tv -. Vender, vender, vender… Iniciando con una fuga – todo éxito de cine comienza con una secuencia de acción –, y una trama bastante exprimida, se relata la propagación de un virus de influenza diseñado en California y conocido como “Capitán Trotamundos”. 99.40% contagiosa y 100% mortal la plaga acaba con la sociedad conocida. A primera vista un texto para devorar, que me hubiera gustado encontrar en época de gripe porcina, y que a largos ratos, en su primer capítulo, parece más un guión de película que una novela.

Y ese escenario de fin del mundo, de ciudades llenas de cadáveres pudriéndose, saqueos, autos abandonados, contingentes militares, masacres ejecutadas por dementes sin nada que perder, escrito de manera épica, es el enganche para mostrar una batalla entre el bien y el mal. Así como los expertos de Discovery interpretan la visión de Ezequiel, de un búfalo alado, con la de un Black Hawk en Irak, King tiene su versión del apocalipsis bíblico. Sólo que a diferencia de la primera parte, el panorama mostrado no es el del exterior, de lo que queda del mundo, sino uno más interior, zen. Se enfocan a los sobrevivientes sosegados ante tanta muerte, algunos deseando morir, enterrando familiares, sintiéndose solos, buscando sobrevivir, marchando para encontrar a otros y juntarse… Tranquilos, el asunto no va por lo teológico de rescatar almas. La pelea entre ángeles y demonios es el contexto donde todo se pone al límite. Tal vez no haya mañana.

Asediado por pesadillas, sintiéndose culpable por el suicidio de su compañera, con el temor a matarse si utiliza una moto, espantado por la incertidumbre y sin esperanzas, Larry Underwood, un tipo que sabe cuando hace mal a otros, pero que no se considera una buena persona, que ha cometido excesos y trata de reparar el daño sin éxito según él, es el mejor ejemplo de la lucha interna de los protagonistas contra todos sus miedos, que se materializan en la figura de Randall Flagg. Y al final deberán elegir un bando. Si dirigirse a Boulder con la tierna Madre Abigail, o a Las Vegas - no solo los decentes han sobrevido - para formar parte del batallón del demonio llamado Legión que busca armamento nuclear.

El escritor con esta novela construye un mundo lleno de detalles y lo moldea a su forma, invitándote a pasar, haciendo sentir al lector que camina con los protagonistas que parecen salidos de la mente de David Lynch, tipos normales con secretos; y las situaciones en las que los coloca, por extremas que sean, más una atmósfera repleta de referencias culturales – que recuerdan a las canciones de Bruce Springteen –, terminan siendo verosímiles por la humanidad de cada acto. The Stand resulta una realidad paralela de la que cuesta despegarse, que te deja pensando en ¿Qué pasaría si…? King destruye para crear, deja un paisaje desolador para plantar una semilla que se extiende hasta el infinito.



Se levantó y conectó el televisor, aunque lo observó sin ver nada. El miedo lo recorría por dentro como un elefante desbocado. Hacía dos días que esperaba el momento en que empezara a estornudar, a toser, a arrancar flema negra y a escupirla en el baño. Se preguntó si alguno de los demás se encontraría ya tan mal como el propio Campion. Pensó en la mujer muerta y en su niña, en aquel viejo «Chevy». Y siguió viendo el rostro de Lila Bruett en la mujer y el rostro de la pequeña Cheryl en la niñita.

Harry, un hombre sociable y enamorado de su trabajo, contagió la enfermedad a más de cuarenta personas durante ese día y el siguiente. Es imposible determinar a cuántas otras contagiaron esos cuarenta. Sería igual que preguntar cuántos ángeles pueden bailar sobre la cabeza de un alfiler. En una estimación conservadora de cinco por cada uno, se podían obtener unas doscientas personas. Empleando la misma fórmula conservadora, sería fácil establecer que aquellos doscientos contagiarían a un millar, las mil a cinco mil, las cinco mil a veinticinco mil..

Bajo el desierto de California, y pagando con dinero del contribuyente, alguien había inventado al fin una cadena de cartas que funcionaba a la perfección. Una cadena de cartas que era letal.

Había una palabra que aprendió en el cine, en su infancia. La palabra era INCOMUNIC ADO. Un vocablo que siempre tuvo para Nick connotaciones fantásticas propias de Lovecraft. Un término abominable que repercutía y rebotaba en el cerebro. Una palabra que condensaba todos los matices del miedo que sólo viven fuera del universo cuerdo y dentro del alma humana. Había estado INCOMUNICADO toda su vida.

–¡Soldados y hermanos! Hemos tomado la emisora de radio y el cuartel general de la Jefatura de mando. ¡Vuestros opresores han muerto! Yo, el Hermano Zeno, hasta hace unos momentos el sargento de primera Roland Gibbs, me proclamo primer presidente de la República de California del Norte... ¡Tenemos el control! ¡Tenemos el control! Si vuestros oficiales pretenden contrarrestar mis órdenes, disparadles como si fuesen perros... ¡Como a malditos perros! Tomad el número, el rango y el número de serie de los desertores... Haced una lista de los que hablen de sedición o traición contra la República de California del Norte... Está naciendo un nuevo día. ¡Los días del opresor han acabado! Somos... Ráfagas de ametralladora. Gritos. Ruidos sordos y de porrazos. Disparos de pistola, más gritos, una ráfaga sostenida de ametralladora. Un quejido prolongado y moribundo. Tres segundos sin transmisión.

Cuando tuvo la rata suficientemente cerca, se arrodilló y la pasó a su lado. La levantó por la cola y la dejó oscilar delante de sus ojos. Después la metió bajo el colchón, donde las moscas no pudieran alcanzarla, colocándola separada de los otros víveres. Contempló la rata muerta antes de dejar caer el colchón, que la ocultó piadosamente.

–Por si acaso –le susurró Lloyd Henreid al silencio –. Por si acaso, simplemente.

Un hombre joven, con una gran maleta, se acercó a ellos y le dijo a Larry que le pagaría un millón de dólares por follar a la mujer durante quince minutos. Era de suponer que el dinero estaría en la maleta. Larry se descolgó la carabina y le dijo que se llevara su millón a otra parte.
–Vale, tío. No tienes por qué ponerte así. No puedes culparme por intentar follar, ¿no te parece?

Que tengas un buen día.

Ha sido siempre durante las últimas tres décadas del siglo que fuese cuando los maníacos religiosos presentan hechos y cifras que muestran que Armagedón ya está cerca. Naturalmente, esas personas siempre han existido; pero al finalizar cada siglo, sus filas parecen aumentar... y son tomadas en serio por un gran número de personas. Aparecen monstruos. Atila el huno, Gengis Kan, Jack el Destripador, Lizzie Borden. Charles Manson, Richard Speck y Ted Bundy en nuestro tiempo, si te parece bien. Algunos colegas, más fantasiosos que yo, han sugerido que el hombre occidental necesita una buena lavativa, una purga, y esto se da al acabarse un siglo para que podamos enfrentarnos al nuevo, limpios y llenos de optimismo. En este caso nos han aplicado un superenema. Si se piensa bien, es muy lógico. A fin de cuentas, esta vez no sólo nos aproximamos a una nueva centuria. Nos estamos acercando a un auténtico nuevo milenio.

Madre Abigail es como ellos me llaman. Me hago cuenta de que soy la mujer más vieja al este de Nebraska y todavía hago mis bollos. Venir a verme tan pronto como podáis. Hemos de irnos antes de que nos gane por la mano.

El hombre oscuro. Él esperaba a Trashcan en Cíbola, suyos eran los ejércitos de la noche, los pálidos jinetes de la muerte que surgirían por el oeste en la misma cara del sol naciente. Ellos llegarían delirantes y apestando a sudor y pólvora. Habría alaridos, cosa que a Trashcan le gustaba muy poco, habría violación y sojuzgamiento, que le gustaban menos todavía; habría crimen, que era una cuestión insustancial.

Y habría un gran incendio.

Había marcado la página por donde iba con un billete de diez dólares que encontró en la calle. Había mucho dinero por las calles; el viento lo arrastraba a lo largo de los bordillos. Le sorprendía y le divertía ver cómo muchas personas, él mismo entre ellas, se agachaban todavía para coger los billetes. ¿Para qué? Ahora los libros eran gratuitos. Las ideas eran gratuitas. Unas veces este pensamiento le exaltaba, otras le aterraba.

– Madre Abigail le llama íncubo del demonio. Tal vez no sea más que el último mago del pensamiento racional, reuniendo las herramientas de la tecnología para usarlas contra nosotros. O acaso sea algo mucho más siniestro. Yo sólo sé que está ahí y que no creo que la sociología, la psicología o cualquiera otrao l o gí a acaben con él. Estoy convencido de que sólo la magia blanca sería capaz de hacerlo... y nuestra maga blanca anda vagando sola por alguna parte. –Su voz casi se quebró y Glen bajó la vista.

La embargó una extraña certidumbre paralizante como una lenta anestesia, la de que acabarían en un baño de sangre. Aquella idea le hizo llevarse las manos al vientre en actitud protectora y se encontró recordando su sueño por vez primera desde hacía semanas. El hombre oscuro con su mueca siniestra.

– Es como cualquiera que se cruza contigo por la calle. Pero cuando sonríe los pájaros caen muertos de los cables del teléfono. Si te mira de determinada manera, la próstata deja de funcionar y la orina te escuece. Dónde él escupe la hierba se seca. Está siempre fuera. Nació del tiempo y ni él mismo sabe de dónde. Tiene el nombre de mil demonios. Jesús lo arrojó a una piara de cerdos. Su nombre es Legión. Nos teme. Nosotros estamos dentro. Sabe magia. Puede llamar a los lobos y vivir en los cuervos. Es el rey de ninguna parte. Pero nos teme. Teme al... interior.

Tom se calló.

Stu recordó de repente una palabra que Nixon empleaba mucho, y al aferrarse a ella comprendió de dónde provenía su desesperación y su desorientación: «mandato». El mandato de ellos había caducado. Se había desintegrado dos noches atrás con un fogonazo y una detonación.

Pensó: Si hubiera hecho el esfuerzo de saltar una vez, sólo una vez, quizá no estaría aquí.

Bueno, pues la última vale por todas. Contó mentalmente: Uno... dos... ¡tres! Apretó el gatillo.

La pistola disparó.

El cuerpo de Harold dio un brinco.

Mientras miraba a Peter pensó: Quizá si le contamos lo que sucedió, él lo transmita a sus hijos. Les avisará. Queridos hijos, las armas son mortales, producen quemaduras y enfermedades por radiación y una peste negra, asfixiante. Son muy peligrosas. El diablo implantado en el cerebro del hombre guió las manos de Dios cuando se fabricaron. No juguéis nunca con ellas, hijos míos, por favor. Nunca más. Aprended la lección. Que este mundo vacío sea vuestro cuaderno de deberes.

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