4 de marzo de 2009

¡Mierda!

Aunque aquel brutal vidrio con apariencia de pecera nos separaba en supuesta igualdad de condiciones, ella sabía más que yo, porque a través del redondo y profundo hueco el trámite exigía preguntarme el nombre y que yo se lo dijese. No sé porqué menciono esto, tal vez su profesional indiferencia inicial y su posterior inocente, inexperto y gastado coqueteo para pedirme “sueltos”, de alguno forma (primitiva y cavernosa, dentro una terminal de buses, sitio con similares atributos) me atrajo. Al inocente, inexperto y gastado coqueteo lo trueque a cambio de un asiento alejado del final del bus, donde se encuentra aquel fétido sanitario ambulante “solo para hacer pis y para niños que se marean mientras el vehículo tambalea entre montañas y precipicios”. El sitio prometido era el número 6 y la persona a mi lado era un señor entrando al ocaso de su vida, de tostada piel por, tal vez, cansinas aventuras y largos trajines; grandes y vivaces ojos que denotaban sabiduría o al menos camino ya vivido; manos de ave rapiña o de dragón de Komodo; una nariz infinita, que le daba un aire de águila a punto de emprender el vuelo, terminada en un oscuro lunar de carne. Estaba vestido con una juvenil camisa a cuadros, pantalón de pana y sombrero color tierra que acentuaba su condición de amante del campo. Durante el viaje, al mismo tiempo que veía como el cielo caía y se iba transformando parsimoniosamente, el teatro formado de nubes cambiaba sus formas y desesperados viajeros se impacientaban por llegar a sus destinos (tan común el día de hoy, sin disfrutar el camino), observaba como aquel viejo ahora con rasgos de cóndor ni se inmutaba ante el trayecto. Pensé que la monotonía varios años atrás ya había echado raíces y se había apoderado de él, y su tufo con aroma a nostalgia que emanaba de sus casi sincronizados bostezos era una gratuita corroboración. Pensé también hablarle varias veces durante las cuatro horas en que estuvimos sentados en el bus. Preguntarle qué lugares había recorrido, qué había hecho en sus años o si tenía algún consejo para mí. Pero todo lo que se me ocurría me hacía parecer un idiota. Debo reconocer que el viejo con aires de ave carroñera inspiraba cierta soberanía. Sin embargo, al haber dejado atrás el trémulo páramo, me armé de valor para decirle algo. Lo que sea. Y cuando empezaba a balbucear ese algo, ese LO-QUE-SEA, su teléfono celular sonó. Cuando colgó preferí quedarme callado porque la fantasía se había roto, Macondo se había desvanecido y lo único que podía pensar era en qué tan viejos son los libros que al menos por cuatro horas despiertan y hacen volar la curiosidad y la imaginación de monótonos viajeros.


Mientras esperaba que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como esa. Durante cincuenta y seis años – desde cuando terminó la última guerra civil – el coronel no había hecho nada distinto que esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.


En Sevilla me hice de una copia de la película de Arturo Ripstein, El coronel no tiene quien le escriba, basada en el libro del mismo nombre escrito por Gabriel García Márquez. En Quito también hace un par de años tuve la chance de ver la obra de teatro, sin embargo en ninguna de las dos me convenció la personificación que hacían del coronel. En la primera el militar retirado era una mezcla entre Einstein y un pobre diablo, y en la segunda parecía alguien afectado por Alzheimer. Ambas interpretaciones carecían de esa mezcla que provoca ver en el presente un retrato patético de una persona que inspira soberanía por su pasado, como alguien perdido en el tiempo que cree vivir una época lejana. El viejo del bus, aunque solo fue en mi imaginación, es el retrato que tendré del anciano personaje que cuida a un gallo, única herencia de su hijo (que al parecer está vivo), más que a su esposa en una casa donde nada sirve y que todos los viernes camina hasta el puerto, con cansada esperanza, en busca de su pensión de veterano de guerra.




Ha pasado un mes en Macondo, es ahora Octubre, pero sin saber en qué espacio de tiempo se nos cuenta la historia. El pueblo mantiene su monotonía de lenta decadencia y algunas costumbres no extintas sobreviven. Y la trama, al igual que en La hojarasca, empieza con una muerte. Y si en esta última obra se hacía referencia a la muerte económica de Macondo, en El coronel… se hace presente con metáforas del clima, como una fría y filosa uña de depredador que te va rascando la espalda, a la violencia, porque ahora todos están en estado de sitio. (De pronto interrumpieron las trompetas del mambo. Los jugadores se dispersaron con las manos en alto. El coronel sintió a sus espaldas el crujido seco, articulado y frío de un fusil al ser montado. Comprendió que había caído fatalmente en una batida de la policía con la hoja clandestina en el bolsillo).

El coronel... con su historia extremadamente personal, sus pocos personajes, su intransigencia del tiempo, a veces parece más un cuento más que una novela, y sobre todo da esta impresión porque Gabo, a través de su patético héroe, se ha decidido a ganar esta pelea por K.O. y no por puntos con su inesperado final.


El coronel necesitó sesenta y cinco años – los sesenta y cinco años de su vida, minuto a minuto – para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

- Mierda.

(Shit en inglés, merde en francés, merda en italiano, Scheibe en alemán).

2 comentarios:

•Laura Avellaneda• dijo...

Es curiosísimo que justo hoy haya visto en el subte a una chica leyendo este libro. ¿No será que el mismo me está llamando a mí?

Raul Farias dijo...

Laura, que bueno tenerte por aqui. Jaja, seguramente las oscuras fuerzas de Macondo te llaman para que lo descrubras. Pero al coronel no tiene quien le escriba, miralo como una previa para 100 años de soledad (libro al que siempre le he tenido panico y creo estar ya psicologicamente preparado para enfrentarlo).

Es tranquilo y corto, asi que en un fin de semana tranquilo de playa o en casa, lo disfrutaras.

Saludos y echales una lineas a tu blog.