24 de diciembre de 2008

Todo es igual y todo es diferente: Final de la atroz trilogía

Escribir al menos para eternizar algo: Un amor, un acto de heroísmo como el de Marcelo, un éxtasis. Acceder a lo absoluto. O quizá (pensó con su característica duda, con aquel exceso de honradez que lo hacía vacilante y en definitiva ineficaz), quizá necesario para gente como él, incapaz de esos actos absolutos de la pasión y el heroísmo. Porque ni aquel chico que un día se prendió fuego en una plaza de Praga, ni Ernesto Guevara, ni Marcelo Carranza habían necesitado escribir…


Con Abaddón El exterminador, Ernesto Sabato termina lo que empezó con El túnel y continuó con Sobre héroes y tumbas. En resumidas cuentas: El tratar de relatar el existencialismo vivido por personas atormentadas como él y el triunfo del mal sobre el bien (el espíritu de la gente que cree más en un pagaré que en una misa, en un ingeniero más que en un teólogo)…. Esto queda para milenarias discusiones.

El libro relata una historia de contexto extremadamente personal, a diferencia de la universalidad de Sobre heróes…, y es el de mayor dificultad, personalmente, para leer, por estar escrito en fragmentos (inconexos) de seres con distintas perspectivas (Marcelo, Nacho, Natalicio y Bruno), que de vez en cuando salen de sus solitarios túneles y gritan desgarradamente todas esas palabras que podemos encontrar en más de cuatrocientas páginas.

Pocas soledades como la del ascensor y su espejo (pensaba Bruno), ese silencioso pero implacable confesor, ese fugaz confesionario del mundo desacralizado, el mundo del Plástico y la Computadora. Lo imaginaba a S. (de Sabato) observando su cara con despiedad. Sobre ella – lenta pero inexorablemente – habían ido dejando su huella los sentimientos y las pasiones, los afectos y los rencores, la fe, la ilusión y los desencantos, las muertes que había vivido o presentido, los otoños que lo entristecieron o lo desalentaron, los amores que lo habían hechizado, los fantasmas que en sus sueños o en sus ficciones lo acosaron. En sus ojos que lloraron por dolor, en esos ojos que se cerraron por el sueño pero también por el pudor o la astucia, en esos labios que se apretaban por empecinamiento pero también por crueldad, en esas cejas que se contraían por inquietud o extrañeza o que se levantaban en la interrogación y la duda, en esas venas que se hinchaban por rabia o sensualidad, se había ido delineando la móvil geografía que el alma termina por construir sobre la sutil y maleable carne del rostro. Revelándose así, según la fatalidad que le es propia (porque solo puede existir encarnada) a través de esa materia que a la vez es su prisión y su única posibilidad de existencia.
Si, ahí lo tenían: el rostro con que el alma de S. observaba (y sufría) el Universo, como un condenado a muerte por entre las rejas.



Como Sabatiano, un pana de él, como un discípulo de alguien que ha tratado de ver más allá (nunca vemos los suficientemente lejos, eso es todo), encuentro a esta novela como una justificación de Sabato de los relatos atroces de sus anteriores obras, insertándonos a un mundo real y ficticio, donde Sabato comparte escena con aquellos atormentados y esperanzados personajes productos de su cabeza; y junto a él ahondamos en el génesis del mundo de los ciegos (infinidad de veces consideré que debía destruir el Informe sobre ciegos y del cual considera su escritura: Era inútil que les explicara algunas realidades que solo pueden explicarse con símbolos inexplicables, como el que sueña no comprende lo que sus pesadillas significan) con videntes, sectas, logias, persecuciones, posesiones, amigos y enemigos (sacados de su bizarra realidad, llena de alcohol y locuras) que sirvieron de inspiración para crear a Alejandra, Martín, Fernando y Bruno, el leal de Bruno.

Estábamos estudiando un teorema de geometría cuando me sobresalté como si a mis espaldas hubiera aparecido uno de esos seres que dicen que llegan a la tierra en platos voladores y que tienen el poder de comunicarse sin hablar. Me di vuelta y la vi en la puerta que daba al patio principal: tenía los ojos grises, la misma expresión congeladora de su antepasado. Muchos años después, todavía recuerdo aquella aparición a mis espaldas y me pregunto si imitaba conscientemente a Rosas o si se repetía en ella la misma configuración de atributos, como las barajas, con el tiempo, vuelven a reiterar las mismas combinaciones de reyes y sotas… Soledad había aparecido en la sala nada más que para hacerme saber que existía, que estaba…

También a través de los pasajes, como es típico de Sabato, conocemos un poco del entorno sobre el cual se plasmaron estas líneas (aparecen Hemingway, Kafka, Bob Dylan, The Beatles y los fragmentos referentes al Che Guevara y las torturas a los comunistas son desgarradoramente geniales) y las opiniones del autor sobre las diferentes corrientes de pensamiento y artísticas existentes (De esto no copio un ejemplo del libro, en el video youtube el mismo Ernesto se los contará).




La metamorfosis está completa, el viaje finalmente ha llegado al descenso y todo es igual y todo es diferente (Sabato observó como sus pies se iban transformando en patas de murciélago… Y decidió tratar de vivir de cualquier manera, guardando su secreto en condiciones tan horrendas).

PD: Escribe cuando no soportes más, cuando comprendás que te podés volver loco… Somos dioses cuando soñamos y mendigos cuando estamos despiertos.

2 comentarios:

Chica Cosmo dijo...

Estoy tratando de recordar porque no tengo un ejemplar cerca, este es el libro en el que una estudiante entrevista a S y lo cuestiona sobre su compromiso con el marxismo ¿no? Brillante capacidad para burlarse de sí mismo y del marxismo como moda. Este es mi libro favorito, el anisemitismo políticamente correcto de la izquierda, la cítica a los gerundios como condicionales, los apellidos vascos más finos que los tanos, lanarquismo, me mata S.

Raul Farias dijo...

Hablando de libros, en una epoca de fuerte crisis economica en que no tenía ni para las colas, vi uno que se llamaba algo así: "Conversaciones entre Borges y Sabato", aún no se si fue una ilusión o fue de verdad.