30 de enero de 2011

Juego de niños


Ray Loriga juega a Peter Pan. Se niega crecer y deja abierta una ventana para quien desee entrar a su mundo. Gnomos, rockstars y transformers. Resulta más fácil encontrar el Santo Grial que una de sus novelas en Guayaquil, una odisea. Gracias a Dios-Internet y su oráculo-Google me hice de las versiones digitales de Héroes y Lo peor de todo, deshaciéndome los ojos, aumentando la miopía. Valió la pena. Leerlo equivale a encerrarse en un cuarto con todos los álbumes y recuerdos para prenderles fuego, luego echar la llave. Inventar una propia vida, despertar a todos los sueños, porque digámoslo bien, la niñez no es tan bonita como algunos nos quieren hacer creer; pero es lo único que queda para pasar el rato. El resto no importa… Están invitados Bowie, Lennon. Jagger; cualquier héroe, ídolo, que aparecen en párrafos que empiezan con una idea y terminan con otra, como Holden Caulfield cuando a uno de sus profesores le dice que le gustan esos relatos que inician hablando de la cosecha de maíz y terminan mencionando la historia de un tío que perdió los brazos en la guerra. Ahora que lo pienso bien, sus personajes tienen la escencia de los de Salinger; sólo que en sus líneas el español se va por el lado más estético, tal vez sea un efecto de pasarse tarde y noche escuchando a Dylan.

Después de leer a Loriga (estas dos novelas) no se me ha quedado grabada ninguna cita para algún momento cultural. Sus líneas, su frases, sus novelas dejan/despiertan un sentimiento, un recuerdo, creando un momento, una pequeña ventizca. Para bien. Como una canción, como levantarse de un sueño…


¿Dónde ibas después de Satisfaction?
¿Qué hacías después del Black and Blue?
Corría por una cuesta que había cerca de casa, era muy duro mientras subías, pero una vez arriba eras el primero en saber si iba a llover.

Simplemente estaba ahí sentado, esperando que los Stones no estuvieran demasiado lejos y también que no estuvieran haciendo nada muy diferente. Trataba de estar en la misma órbita que Keith Richards, nos separasen un millón de kilómetros todo podía salir bien si conseguía meterme en su órbita

Comprobé que la mayor parte de las luces se encendían y se apagaban sin contar conmigo; cines, cafeterías, grandes almacenes, coches, trenes y aviones, las farolas en los puentes y los semáforos. Así que puse los dedos sobre los interruptores que podía controlar. También imaginé que venía algo mejor y me senté a esperar dentro del Blood on the Tracks de Dylan.

De Héroes.

Uno puede querer mucho a su loro, pero luego va un perro y se lo come. Por otro lado, uno puede no querer nada a su loro, pero luego va un perro y se lo come. Así que da igual cuánto quiera uno a su loro, porque eso no va a servirle de gran ayuda si anda un perro.

Leí en el periódico que un pastor había derribado un helicóptero de una pedrada. Resulta que el helicóptero andaba por allí asustando al rebaño y al pastor se le ocurrió que a lo mejor conseguía
ahuyentarlo a pedradas. Después aparecieron los de la televisión y los de la radio y los de los periódicos y al pobre hombre le faltaban piedras para sacarlos a todos de su prado. No debe ser nada fácil tirar un helicóptero de una sola pedrada. A veces las cosas son tan raras que hacen gracia, aunque se mate la gente. Fran cuando quería echaba a correr y yo no podía seguirle. Veía cómo se alejaba cada vez más y me entraban ganas de morirme, por eso me tiraba siempre al suelo y me ponía a gritar como si me hubiese roto una pierna, para que Fran diese media vuelta y me cogiese de la mano. Si corría otra vez deprisa se me escapaba la mano y no tenía más remedio que volverme a tirar por el suelo.

De Lo Peor de todo.

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