9 de enero de 2011

Soundtrack

Uno… Dos… Tres… Probando… ¿Se escucha?… No es Smoke on the water, pero sí un repaso….

Quito a los tiempos, Valle de los Chillos por primera vez. Mañana nublada y lluviosa de martes previa a la navidad. Soñoliento, en un taxi, conocía por escrito a los Teenage fanclub y afirmaba mi creencia de que Bruce Springsteen en realidad es un profeta – larga lista de cuántos han abandonado sus pueblos y aburridas vidas por las letras del boss, abultado saco con cartas de agradecimiento –. No sé si era yo el que buscaba el momento… Enclaustrado en el hotel mientras en HBO pasaban la oda grunge de Cameron Crowe, Singles, al final, en el instante en que Matt Dillon habla a la cámara y le dice que no importa, que algunos queremos estar solos, aunque al rato se encuentra con Jane Fonda en el elevador y empieza a sonar, creo, Waiting for somebody de Paul Wetersberg, supe que no iba a haber mejor forma de empezar a leer a Nick Hornby. Si recién abría un libro que compré en febrero tenía que existir alguna buena razón. Una banda sonora acorde.


Y después 31 canciones entre tanto aburrimiento y encierro de un taller de planificación de la oficina me acompañó por tres días, con atraso en el aeropuerto y todo, en la sala de espera imaginando cómo sería la genial Smoke de Ben folds five. Pero la cuestión no va sobre críticas de canciones, de leerlo sólo si te gusta Dylan o Rod Stewart, sino acerca de lo que se supone debe hacerte sentir la música. De eso Hornby puede hablar (escribir) mucho. Un libro para llevar a todas partes, excelente acompañante. No serás un popero, puede que en gustos estés más del lado del rock, pero los sentimientos, lo que emana una canción, lo que te regala y lo que se espera, el autor lo escribe y te cagas de la risa con él. A ratos puede parecerte extremadamente personal, algo incómodo relatándote cosas de su hijo con autismo - y eso que al principio no deseaba hacerlo, sólo que con la música es imposible -, creyendo que no has ganado esa confianza; eso demuestra las ganas con las que escribe el británico, de que veas las cosas como son, de sacarles todo el jugo posible. 31 canciones no te exige nada - excepto los 14 dólares de precio – y te brinda lo mejor. Por ese valor no creo que puedas exigir mucho más.

Lo que me resulta difícil es el ejercicio de pensar en una banda sonora que me ha acompañado por toda la ruta caminada. Detenerse, hacer un alto, revisar la bitácora. Aplicar la de Horacio Oliveira y rememorar hasta el más mínimo detalle. Regresiones... Por vivir en Ecuador puede que inconscientemente haya oído más Wisin & Yandel que Pink Floyd. Recuerdo haber escuchado tanto Bob Marley y The Doors que hace años que no los pongo porque ya les saqué lo que tenía que sacarles. U2 no me encanta aunque siempre aparece en buenos momentos por alguna razón, y Bacilos también, creo… Sin embargo hay unas de las que no me canso, a las que no les puedo pedir nada. Me quedo con esas...




…si te gusta una canción, te gusta lo suficiente como para que te acompañe a lo largo de diversas etapas de tu vida, así que el uso va borrando todos los recuerdos demasiados específicos.

Thunder road era mi respuesta a cada carta de rechazo que recibía, a cada duda expresada por mis amigos o pariente. Vivían en ciudades para perdedores, me decía, y yo, como Bruce, me largaba de allí para vencer.


¿Significa esto que nunca escuchan, o al menos disfrutan con canciones nuevas, que lo que silban o tararean se escribió hace años, décadas, siglos? ¿De verdad que se niegan a sí mismos el placer de aprender una melodía (un placer, por cierto, al que su generación quizás sea la primera en la historia de la humanidad en renunciar) porque tienen miedo de que les haga parecer como si no supieran quién es Harold Bloom? Uau. Apuesto a que son tipos divertidos en las fiestas.


…el riff del rock es escencial para la nutrición, especialmente en los coches y en las giras de presentación de libros, cuando necesitas algo rápido y barato que te ayude a pasar un día muy largo. Nirvana, The Bends y The Chemical Brothers volvieron a estimular mi apetito, pero sólo Led Zeppelin logró satisfacerlo.

…estaba convencido que describía el sexo. Más específicamente Samba pa ti, era lo que iba a oír cuando perdí mi virginidad – si no en el tocadiscos, al menos en mi cabeza –.

…yo he agotado a Bob, o al menos las cosas de Bob que me interesan. Ojalá no lo hubiera hecho, hay una densidad y un peso en cada canción de Dylan que no puede encontrarse en ninguna otra.

Al final, las canciones de amor son las que mejor resisten. Las canciones sobre el trabajo están bien. Y también las canciones sobre ríos, o padres, o carreteras… Pero las grandes canciones de verdad, las que ni la edad ni las emisoras de radio dedicadas a los años daros pueden desgastar, tratan de nuestros sentimientos románticos.

Sospecho que cualquier muchacho inglés de dieciséis años que visitase Estados Unidos por primera vez a mediados de los setenta se hubiera pasado el viaje entero viendo reposiciones diurnas de Granjero último modelo y comiendo exóticos cereales para desayunar; aventurarse a algo más hubiera tenido como resultado la muerte instantánea por exceso de estimulación.

Ver las palabras de uno convertidas en dinero de Hollywood resulta gratificante en muchos aspectos, pero realmente no se puede comparar con la experiencia de oírlas convertidas en música: para alguien que tiene que escribir libros porque no sabe escribir canciones, la idea de que un libro pueda llegar a producir una canción de alguna manera es embarazosamente excitante.


…me suena como pudiera sonar sobre los títulos de crédito al final de la mejor película que hayas visto en tu vida; y si a ti te suena así, entonces seguro que por extensión eso significa que también podrían tocarlo en tu propio funeral. Y no creo que eso sea exagerar demasiado la importancia de la propia vida. No todas las películas tienen que ser como Lawrence de Arabia o Apocalypse now…


…y que cuando sus dos pasiones chocaban, la colisión era espectacular y sangrienta: Dylan tocaba en Liverpool la noche que Inglaterra jugaba contra Alemania la semifinal de la Eurocopa del 96, y Lee se había bajado directamente del tren para ver el partido en un pub a la vuelta de la esquina de la sala de conciertos. Pero el partido tuvo prórroga y luego esa agonía de los penalties…, así que salió del pub justo cuando los últimos fans de Dylan se marchaban del concierto. Había hecho un viaje de trescientos kilómetros para ver jugar a Inglaterra por televisón. Ése era un hombre con el que yo podía entenderme.

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