27 de enero de 2011

Caminando, apurado, temeroso

Confieso que hasta hace poco las noticias que abomban las primeras planas de los diarios y los titulares de los noticiarios, acerca de la inseguridad y violencia que vive la ciudad, me resultaban semejantes a un lejano eco, algo que no iba conmigo. No es que viva en una ciudadela burbuja o no salga de casa, pero la última vez que pasé un susto fue cuando me robaron hace cuatro años. Me creía curado. Ya no. Al desayuno, el miércoles, como si se tratara de algo que era de esperar, me encuentro con la noticia que a un vecino, al que no tuve oportunidad de conocer, fue víctima de secuestro express y falleció el día de hoy como consecuencia de los golpes recibidos en el atraco.

Un choque contra el duro muro de la realidad. La entrada del hoyo negro que lleva a esa oscura y deshumanizada dimensión, que sólo parecía para los que se la buscaban, saluda desde la esquina al salir de la casa. Muestra su afilada uña. Las líneas de algunos columnistas escribiendo que nos jugamos la vida al salir de casa, de que pueden violar a nuestras mujeres en cualquier momento, que me sonaban más a querer vender mayor cantidad de ejemplares que a real preocupación, ahora no parecen descabelladas. Los malos empiezan a ganar y agrandar su territorio mientras Correa grita que los delincuentes son víctimas de la pobreza y nos pide que nos dejemos robar. La muerte del vecino no fue lo único: el martes en la noche, volviendo de pelotear, en el carro de un amigo, a la altura de EL UNIVERSO escuchamos un fuerte ruido; de una el acelerador, pasándonos la roja y virando. Falsa alarma. No paranoia. A la tarde del miércoles, volviendo de ese trabajo que muchas veces desconecta de la realidad, dos patrulleros estacionados, un montón de curiosos y tres asaltantes esposados en el suelo que anteriormente en la misma esquina de EL UNIVERSO se habían subido a un bus para cometer un robo. El paisaje del día. El recordatorio del nuevo estilo de vida nada tímido.

Al salir en la mañana el día resultaba demasiado tranquilo, excesivamente brillante. La ciudad parecía un ángel dormido, como si nada hubiera pasado; sin embargo en el interior empezaba a entender que ya nada es igual. Un inquietante aroma que no deja respirar cubre a Guayaquil y una molestosa inquietud se siente con cada paso. No estamos solos, nos vamos convirtiendo en potenciales presas de feroces chacales...

En ese momento, ni un alma los oyó en el pueblo dormido... cuatro disparos que, en total, terminaron con seis vidas humanas. Pero después, la gente del pueblo, hasta entonces suficientem ente confiada como para no echar llave por la noche, descubrió que su imaginación los recreaba una y otra vez... esas sombrías explosiones que encendieron hogueras de desconfianza, a cuyo resplandor muchos viejos vecinos se miraron extrañamente, como si no se conocieran.

A sangre fría, Truman Capote.

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