4 de mayo de 2010

Poemas malditos, poemas de Bukowski

La poesía es algo que tal vez nunca descifraré. A excepción de haber leído unos pocos poemarios de Baudelaire y Cioran, tengo libros de García Lorca sin abrir, me avergüenza confesar que nunca he leído un poema de Borges por temor a quedar como un imbécil al no entender (o sentir) lo que dice, de Sylvia Plath no capté sus suicidas versos, y con Rimbaud y los poetas beat siempre me quedo en las ganas. A excepción de las letras de Sabina, la poesía me resulta en algo tan personal expresado en metáforas, lo inexplicable tratando de ser explicado con bellas imágenes comunes, que creo no tener la llave para entrar en ese mundo que hasta lágrimas produce. Pero estos días, leyendo varios poemas de Bukowski, creo tener otra llave. Son excelentes, adictivos; totalmente descarnados y llenos de la suciedad que rodea al mundo.


Al viejo Hank nadie me lo recomendó de primera mano (es una lástima que pocos lo hayan leído). Gracias a las letras que le dedicaron Juan Fernando Andrade y Xavier Flores Aguirre me hice de Factótum, al cual regreso cada vez que puedo. En Buenos Aires mientras la cola para entrar en la Feria del libro en La Rural recorría más de un manzana y seguía creciendo en forma de serpiente, frente a la Plaza Italia con sus mendigos envueltos en sus sábanas de cartón, entre los puestos de libros improvisados, a un viejo con aspecto de bucanero jubilado, fumando su pipa de madera, después de comprarle The catcher in the rye, le pregunté si tenía algo de Bukowski, respondiéndome con leve brillo en sus ojos «¿Qué has leído de él, pibe?». «No mucho, sólo Fáctotum» le respondí, «ahhh, entonces te falta mucho de él» me dijo, «lleváte La máquina de follar o los poemas que te van a gustar mucho» continuó. Me hice de La máquina… pero los poemas los deje a un lado; y ahora, después de haber vuelto a la trágica travesía de Chinaski entre empleo y empleo, con ganas de más Bukowski, encuentro en internet una Antología de poemas distribuidas por la editorial Arquitrave que leí frenéticamente. En treinta y cuatro poemas, versos acerca del alcohol, de hombres de dientes rotos, mujeres viles, de marginados que no forman parte del sueño americano, sus experiencias durmiendo en un parque y caseros tocando la puerta en busca del pago de la renta, las apuestas, la resignación de que todo ya está perdido, fue un golpe contra la realidad. Un homenaje a lo pútrido, la mierda del mundo que fue siempre su materia prima. Todo lleno de honestidad y en busca de una poesía más viva, que fue el mayor regalo al mundo de Bukowski, según Umberto Cobo, a quien se le agradece la traducción y el prólogo del libro.

Muchos de sus poemas se han perdido entre servilletas arrugadas y envíos rechazados por revistas. Con lo que nos dejó (mucho para nuestra suerte) podemos saber que la soledad no sólo es un vaso de whisky a las tres de la mañana, una llamada de borracho desesperado, el principio de un tango, una canción de Tom Waits o una película de Jenna Jamesson. En los versos de Bukowski está todo eso mezclado, vomitado y vuelto a tragar.




John Dillinger y Le Chasseur Maudit.

Está mal, y no es lo acostumbrado, pero no importa:
veo chicas y me acuerdo de pelos en el lavabo
veo chicas y me acuerdo de intestinos
y vejigas y movimiento excretorios;

está mal también que
las campanillas de los heladeros, los bebes,
las válvulas de motor,
plagiostomos, palmeras, pasos en el corredor… todo
me entusiasme con la fría calma
de la tumba; el único alivio, es quizás,
saber que hubo otros hombres desesperados:
Dillinger, Rimbaud, Villon, Babyface Nelson,
Seneca, Van Gogh,
o mujeres desesperadas: luchadoras, enfermeras,
camareras, putas
poetisas… aunque
si creo que el crujir de los cubitos de hielo es importante
o un ratón husmeando en una lata de cerveza vacía;

dos huecos vacios mirándose mutuamente,
o el mar nocturno claveteado de manchados barcos
que te penetra la cautelosa membrana del cerebro con
sus luces,
con sus saladas luces
que te tocan y se marchan
en busca del amor más sólido de una tal India;

o conducir largas distancias sin razón
narcotizado a través de cristales bajados que
te rasgan y agitan la camisa como un pájaro asustado,
y siempre el semáforo rojo, siempre rojo,
fuego nocturno, y derrota, derrota…
escorpiones, chatarras, fardos:
ex empleos, ex mujeres, ex rostros, ex vidas,
Beethoven en su tumba más muerto que una remolacha;

carretillas rojas, sí, tal vez,
o una carta del infierno firmada por el diablo
o dos chicos buenos moliéndose a golpes mutuamente
en algún estadio barato lleno de estridente humo,
pero la mayoría de las veces no me importa,
aquí sentado con la boca llena de dientes cariados,
aquí sentado leyendo a Herrick y Spensery
a Marvell y a Hopkins y a Bronte(a Emily hoy);

y escuchando El hada de mediodía de Dvorak
o Le Chaussier maudit de Franck,
en realidad no me importa, y está mal:
recibo cartas de un joven poeta
(muy joven, parece) diciéndome que algún día
se me reconocerá sin duda como
uno de los grandes poetas mundiales. ¡Poeta!
que malversación: hoy he recorrido al sol las calles
de esta ciudad, sin ver nada, sin aprender nada, sin ser
nada, y de regreso a mi habitación
pasé junto a una vieja que sonreía
con una horrible sonrisa;

estaba ya muerta, y recuerdo cables en todos lados:
cables de teléfono, cables eléctricos,
cables para rostros eléctricos
atrapados como peces de colores en el cristal y sonriendo,
y los pájaros se habían ido, a ningún pájaro le gustan
los cables
o la sonrisa de los cables
y cerré mi puerta (por fin)
pero a través de la ventana era igual:
sonó una bocina, alguien se rió, corrió el agua de un
retrete,
y, entonces, cosas extraña,
pensé en todos los caballos con números
que habían pasado frente al griterío,
pasado como Sócrates, pasado como Lorca,
como Chatertton…

más bien supongo que nuestra muerte no importaba
demasiado
salvo por una cuestión de eliminación, un problema,
no creo lo que dicen
pero, igual que hago con
las palmeras enfermas
y la puesta del sol,
a veces las miro.

P.D. Acá la antología completa en PDF.

1 comentario:

Raul Farias dijo...

Sigo leyéndolo y no puedo parar por este rato. Por el momento soy un Yonqui de la obra de Bukowski, y ando tentado a abrazar la oscuridad.