16 de abril de 2009

Otros tres cadáveres no tan exquisitos

Continuando con la lectura de la Revista Etiqueta Negra y la opción de bajarse primer capítulos de distintos libros que publican editoriales relacionadas con la revista, para en un futuro tratar de comprarlos y verles las caras a los vendedores quienes creerán que les estoy tomando el pelo con la existencia de estos títulos, tuve la chance de hojear: “Un hombre en la oscuridad” de Paul Auster, “Punto de Fuga” de Jeremías Gamboa, y “Casi nunca” de Daniel Sada.

Un hombre en la oscuridad, Paul Auster.

“Un hombre…” trata de la vida de un abuelo que vive con su hija y nieta en Vermont, después de haber sufrido una enfermedad. Pasa todo el día encerrado en su casa, pero a diferencia del personaje de “La ventana indiscreta”, película de Hitchcock, que con un binocular empieza a ver (con estilo voyeur) la vida de los vecinos. Aquí el hombre empieza a inventarse historias para pasar el rato. El estilo es simplón y la realidad que está ubicada en la periferia de la trama principal, que es la historia inventada, parece mucho más interesante que el relato de un mago en tiempos de guerra.



Miriam, de cuarenta y siete años, que se acuesta sola desde hace cinco, y Katya, de veintitrés, única hija de Miriam, que antes dormía con un joven llamado Titus Small, pero ahora Titus ha muerto, y mi nieta duerme sola con el corazón destrozado/. Luz radiante, y luego oscuridad. El sol fulgurando por todos los rincones del cielo, seguido de la negrura de la noche, el silencio de las estrellas, el viento que agita las ramas. Ésa es la monotonía diaria/. Es un nombre maldito (Titus), un nombre que debería retirarse para siempre de la circulación. Pienso a menudo en el fin de Titus, la horrorosa historia de su último trance, las imágenes de su agonía, las demoledoras consecuencias de su muerte en mi atribulada nieta…/. Me quedo tumbado en la cama y me cuento historias. Quizá no sean gran cosa, pero siempre y cuando no me salga de ellas, me evitan pensar en cosas que prefiero olvidar/. Situar a un hombre dormido en un pozo, para luego ver lo que pasa cuando se despierte e intente salir trepando/. Pero ¿cómo se pueden abrir los ojos cuando ya están abiertos? Parpadea unas cuantas veces, en un intento pueril de romper el encantamiento; pero no hay hechizo alguno, y la cama mágica no llega a materializarse/. Que le den por culo a Irak. Esto es Norteamérica, y Norteamérica está luchando contra Norteamérica/. Porque la guerra es cosa suya. Es un producto de su imaginación, y todo lo que ocurre o está a punto de ocurrir se encuentra en su cabeza. Si se elimina esa cabeza, cesará la guerra. Así de sencillo.


Punto de fuga, Jeremías Gamboa.


En esta novela de autor peruano, la nueva movida literaria parece estar en Perú, un personaje asustado que le gusta tener un espacio para él solo, su soledad sin compartir, está asustado por un suceso que se ha salido de lo que considera normal. El texto da muchas vueltas por el mismo círculo y las acciones se repiten demasiado, lo cual no le da un mayor valor o entendimiento a la historia, sino que la desgasta. Sin embargo el intento del autor de que las emociones de sus personajes giren de acuerdo al entorno en que viven la vuelve interesante.



Llevaba acostado una hora, tenía los ojos cerrados e intentaba dormir infructuosamente después de haber sido relegado a un extremo de la cama por Lorena. Me estaba empeñando en evitar esas ideas absurdas que todas las noches se suceden en mi mente antes del sueño, cuando de pronto escuché que el timbre sonó/. Lo primero que me sorprendió del edificio de la calle Los Pinos fue su aspecto: era una construcción aparatosa, horrenda y delirante. Seguramente la peor de cuantas haya habido en Miraflores… Pensé inmediatamente en un enorme acordeón puesto de pie, en un sánguche desacertado, en una enorme nave espacial que nadie se animó a lanzar al espacio y que ahora existía como una absurda pieza de museo o una guarida de ratas o de locos/. Después de esa cita, echados en la cama, Lorena y yo descubrimos asustados que ese espacio era perfecto para cometer un crimen, violar a una mujer o torturar a una víctima a lo largo de una noche lenta y minuciosa/. Cuando ella se fue no sé por qué me arrepentí de haberme quedado con él, pero ahí estaba, sin tener claro qué decir/. Pensé de pronto que cada quien, en el fondo, busca el sitio en que está cómodo y nadie lo obliga a permanecer en él, el sitio en el que uno siente que encaja y al que pertenece como yo pertenecía a esa quinta en Barranco, a ese sitio en el que Lorena dormía y que nuestro gato recorría una y otra vez.



Casi nunca, Daniel Sada.

Daniel Sada ganó un premio en México con este libro, y la verdad no tengo idea que otras obras participaron, pero si el concurso hubiera sido con los textos arriba subrayados, “Casi nunca” hubiera ganado por goleada. Está escrito en un estilo desordenado, a pesar de que se cuenta la historia en primera persona, lo que lo vuelve interesante y la trama es más aún: El sexo como válvula de escape de la monotonía. Fue del que más subraye, principalmente por su estilo delirante.



El sexo, como pretexto válido para romper con la monotonía; el sexo-motor; el sexo-ansiedad; la costumbre del sexo, como un hartazgo cualquiera que se volverá lastre; el sexo colosal, incontenible, frenético, ambiguo como un juego que confunde y luego aclara y vuelve a confundir; el sexo-simulacro, el sexo-obviedad. El placer, al fin, como un encomio que vaya justo en sentido inverso a lo que se vive/. Cuadras de calles en declive y en ascenso. Dificultades al paso, y también en la mente/. Y así la hartura y ¿qué hacer?: pensar presintiendo certezas y dudas: cuántos descartes y cuántos reacomodos, mismos que, sin exprimirse mucho el seso, justo durante aquella tarde nublada, le ayudaron a hallar la chispa que le hacía falta/. Fue el sexo la elección más fácil, aunque el reto consistía en practicarlo cada veinticuatro horas. ¡Ojalá! Sí, sería todo un desembolso que valdría la pena/.Lo bueno fue que pronto hubo un distingo: notó a una morena grandullona de buenas carnes, una vulgaridad excéntrica que sonreía como nadie. Ella, sabiéndose elegida, se arrellanó de tal modo en su sillón que dejó ver para el mirón sus deliciosas piernas en largo, adrede/. Lo anterior queda como un vasto encuadre. Pareciera todo un pinturreo morboso, con coágulos de óleo apelmazados a propósito. Lo que sigue es una adivinanza: ¿en qué época estamos? La respuesta es 1945, año del estallido de la bomba atómica y fin de la Segunda Guerra Mundial/. Detestables los estrictos horarios de desayuno, comida y cena. Lapsos clave, porque en el comedor se suscitaba al sesgo cualquier plática, sobre todo de esa Rolanda, que destilaba amargura/. Mireya le dijo que mientras fuese rápida la bañada... Bueno, quitarse el polvo del campo no era cosa de una simple mojadura, había que estar buen rato bajo la regadera enjabonándose a fondo, por lo que Demetrio le dijo que por tal favor le pagaría una cuota adicional. Dinero para Mireya, en secreto, ¿eh?, y ella aceptó sonriente/. Al tiempo que te meto mi pistola, quiero meterte todo mi dedo índice izquierdo en tu fundillo... ¡Déjate!; o: Quiero que te portes mucho más puta que ayer; quiero que me hagas cosquillas en los güevos. Pero lo que más quiero es que me comprendas. La perversión sexual podía ir mucho más lejos: el sexo diabólico; el descaro del sexo, como arrebato ulterior, pero ya la índole de esas frases representaba el terror rarefacto por venir/. Primera vez que un cliente acudía tan puntual a pecar como ir campante a su trabajo de diario...

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