2 de febrero de 2009

Poe-tica









While other kids read books like "Go Jane Go"/ Vincent's favorite author is Edgar Allen Poe. Aunque nunca soñé con ser como Vincent Price, ni compartir el cuarto con gatos negros y murciélagos, o meter a mi tía en una caldera llena de cera para un museo personal, así como Vincent, el niño atormentado del cuento de Tim Burton (actualmente el que le brinda los mejores homenajes, al puro estilo poe-tico, al maestro del cuento de terror y que en estos doscientos años de nacimiento y ciento sesenta años de su muerte debería ser, el autor de Edward scissors hands, aquel hombre de la multitud que vagabundea cerca de la tumba de Poe para dejarle media botella de coñac vacío y algunas rosas rojas), junto Julio Verne y algo de Dickens, la lectura de historias de Edgar Allan Poe son vivos recuerdos de una niñez cada vez más lejana.

Ahora que son unos días más desde el aniversario de su nacimiento, vuelvo a tomar aquellas narraciones extraordinarios (a razón de homenaje sin llegar a compararse con la inspiración de Burton o la declaración de Brandon Lee mientras filmaba El cuervo 2, antes de su muerte, que parafraseando decía algo asi: Qué mejor trabajo para un actor que pasear por las noches con la cara pintada recitando versos de Edgar Allan Poe ) que revelan un mundo más profundo que el superficial que se presenta ante nuestra vista , con un cierto toque tétrico y misterioso que se apodera del entorno cotidiano (si el terror ha sido el tema de buena parte de mis obras, este terror no proviene de Alemania sino de mi alma), y con la tan característica nítida descripción de los lugares y eventos (Durante un día entero de otoño, oscuro, sombrío, silencioso, en que las nubes se cernían pesadas y opresoras en los cielos, había yo cruzado solo, a caballo, a través de una extensión singularmente monótona de campiña, y al final me encontré, cuando las sombras de la noche se extendían, a la vista de la melancólica Casa de Usher. No sé cómo sucedió; pero, a la primera ojeada sobre el edificio, una sensación de insufrible tristeza penetró en mi espíritu), que además de los lectores (me incluyo), también sirvió de inspiración para escritores de la talla de Borges, Baudelaire, Balzac, Stevenson y el resto de aquellos victorianos como Mary Shelley y Bram Stoker. Maestro del cuento corto y la novela detectivesca forma parte de su currículo, utilizando todos esos recursos de economía en los relatos, escritura en primera persona y mi favorito, así como lo decía Cortázar, un final inesperado que provoque un KO al lector (in your face), final que podría parecerse al de su vida, sin resolver en medio de alcohol, sífilis y drogas, cuando antes de casarse fue hallado tirado y delirando en estado de inconsciencia en una calle de la ciudad de Baltimore, y que después de ser traslado a un hospital estuvo repitiendo frases incoherentes y llenas de terror hasta la hora de su muerte.



Lo inevitable de la vejez y la muerte están en la mayoría de mis relatos favoritos de este autor (Mi vida ha sido capricho, impulso, pasión, anhelo de la soledad, mofa de las cosas de este mundo; un honesto deseo de futuro) y dejando a un lado los gatos negros y los cuervos con sus graznidos de never more ahí quedan un trío de fantásticos finales de cuentos no tan recitados en estos días de Poe.


El escarabajo de oro.
…¿Qué deduciremos de los esqueletos hallados en el agujero? – Esta es una cuestión que ni usted ni yo podríamos resolver. Solo se me ocurre una explicación posible… y, no obstante, me cuesta creer una barbaridad como la que acarrea mi sugerencia. Está claro que Kidd – si fue Kidd quién escondió el tesoro, cosa que no dudo – debió hacerlo con ayuda. Pero cuando su trabajo terminó, debió pensar que era necesario deshacerse de los que participaron de su secreto. Tal vez bastaron un par de golpes de azada, mientras sus ayudantes seguían trabajando en el pozo; tal vez, fueron necesarios una docena. ¿Quién sabe?


La verdad sobre el caso del señor Valdemar.
De ningún modo intentaré considerar sorprendente que el extraño caso del señor Valdemar haya dado lugar a tantas discusiones. Si así no hubiera sido, habría sido un milagro, especialmente en aquellas circunstancias… En ese momento, era evidente que la muerte (o lo que habitualmente se llama muerte) había sido frenada por el proceso hipnótico. Parecía obvio que si despertábamos al señor Valdemar solo lograríamos su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento. Desde ese momento y hasta el fin de la semana pasada (un período de casi siete meses) continuamos visitando diariamente la casa del señor Valdemar… El viernes pasado decidimos hacer el experimento de despertarle o intentar despertarle… Sin embargo, nadie podía estar preparado para presenciar lo que ocurrió. Mientras ejecutaba rápidamente mis pases hipnóticos, al tiempo que los gritos de “¡Muerto! ¡Muerto!” explotaban de la lengua y no de los labios del paciente, violentamente, en el lapso de un minuto, o menos, todo su cuerpo se encogió, se deshizo, se corrompió entre mis manos. Sobre la cama, ante todos los presentes, no quedo más que una masa líquida putrefacta, repugnante, detestable.


Un descenso al Maelström.
Las seis horas de terror de muerte que soporté en ese momento me destrozaron en cuerpo y alma. Usted creerá que soy muy viejo, pero no lo soy. En un solo día, mis cabellos de color negro azabache se volvieron blancos, se debilitaron mis miembros y mis nervios quedaron tan frágiles que tiemblo al menor esfuerzo y me asusto de una sombra. ¿Sabe que apenas puedo mirar desde este pequeño acantilado sin sentir vértigo?... Fui arrastrado violentamente al Ström y, en unos minutos, llegué a la costa dentro de los “campos” de los pescadores. Un bote me rescató, agotado y (ahora que el peligro había desaparecido) mudo al recordar el horror. Los que me subieron a bordo eran mis antiguos compañeros, pero no me reconocieron como si fuese un viajero que volvía del mundo de los espíritus. Mi cabello, que había sido negro el día anterior, estaba blanco como usted lo ve ahora. También dijeron que la expresión de mi rostro había cambiado. Les conté mi historia y no me creyeron. Ahora se lo digo a usted y espero que usted me crea más que los alegres pescadores de Lofoden.

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