8 de febrero de 2009

Las dos Barcelonas



Es casi un año desde que llegué a Barcelona para marcharme casi inmediatamente. La historia va más o menos así: Partí de Sevilla con mi visa de estudiante ya vencida en un vuelo de 20 euros (gracias al vueling) pero con dos horas de retraso para llegar a la medianoche de un entrante día sábado al aeropuerto El Prat de la ciudad catalana. Perdido en esa funcional y encerrada ciudad de cemento no sabía donde tomar el metro que me transportaría al centro de la metrópolis de Dalí y donde actualmente residen Messi, Eto´o y compañía. En el tren subterráneo, entre cansancio y más cansancio después de la despedidad sevillana, lo primero que vi fuera del aeropuerto fue una pareja lesbiana demostrando su sincero cariño ante el público, algo que me da igual pero hubiera espantado a más de un puritano, pero bajándome en la estación de Palau (que esos días dejaba de existir) y dirigiéndome hacia Las Ramblas el panorama poco a poco empezó a oscurecerse, y no lo digo por seguir viendo parejas homosexuales en la vía pública, sino por apreciar como en las esquinas que conducen hacia el barrio Gótico, prostitutas con notables rasgos africanos eran insultadas por turistas con pinta de escandinavos o alemanes que les repetían: “Puta, Puta”, palabras que salían de su bocas con aliento a vodka; además de haber perdido la reservación del hostal de 15 euros y encontrarme con pedantes franceses que no les importaba nada del asunto (no generalizo a todos los galos porque fue otro el que me ayudo), y enterarme que después de estos youth hostels, cualquier otro hotel cobra mínimo 40 euros la noche. Con esa opción no tuve más remedio que pasar la noche en las calles de invierno de Barcelona, tratando de encontrar entre más barrios de putas, bohemios y jóvenes drogados que invitaban a bailar o a que les compres algo de hachís, al comandante de Manu Chao, misión fallida aquella noche, siendo el consuelo escuchar algo de jazz camino a Montjuic. Con la mala noche, después del frio, sin euros y lejos de casa, en la mañana decidí visitar la obra de Gaudí, sobre todo el parque Güell y la sagrada familia que brillaban con esa luz única que les brinda un sol que ni en invierno se esconde en Barcelona (17 grados de calor en la mañana en Barcelona y dos días después 2 grados en la gélida alba de Madrid), murales de Miró, el puerto y la villa olímpica, algo de Dalí y Picasso (que para llegar por metro, la señalización en catalán no me lo facilitó); y degustar platos hindús en aquella Barcelona con rasgos de Sodoma y Gomorra. Solo fue mala suerte y el estar solo. No le echo la culpa a Cataluña que es una hermosa región, pero a la mañana siguiente, por una invitación de amigos, partí a Madrid.


Pero para Woody Allen la visión de Barcelona es algo totalmente diferente, al parecer él si vio noches de guitarra (tuve algo de eso en Moguer y Granada), fiestas de semana santa y fuegos artificiales en la noche, gastronomía afrodisiaca llena de mariscos, pintores obsesionados y definitivamente algo que no tuve: a Scarlett Johansson y a Penélope Cruz (algo de eso hubo en Madrid). Y esta visión, con Vicky Cristina Barcelona, Woody la plasma en una película que no quedará para la historia pero que definitivamente la disfrute. Imagino que al judío director le debe haber sido algo difícil captar inmediatamente la cultura catalana al haber hecho todas sus películas en New York y últimamente en la aristocrática Londres, además de que este es el primer film que veo a Allen narrando una historia de mujeres, experimento sin nota de sobresaliente pero que más de uno añorará hacer algún día.

Vicky y Cristina son dos amigas que van a pasar un verano a Barcelona. Tienen muchas cosas en común a excepción de la definición del amor. La primera sueña con estar con alguien estable, predecible y exitoso que sabe lo que quiere, mientras que Cristina lo único que sabe es lo que no quiere, y esto es el ajustarse al molde o ser una más del montón, tal vez lo que busca es algo como lo que decía Cortázar: “la felicidad tiene que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer”, y para encontrarla está dispuesta a poner todos sus sentimiento en juego. Y después de esta introducción la historia que se nos muestra es algo parecido a la cámara de un turista, mostrándonos almuerzos de los protagonistas en bellos lugares y paseos por las calles de Barcelona, hasta que aparece Javier Bardem y les oferta un viaje a Oviedo (con la promesa de hacer el amor), empezando ahí un juego de seducción donde el actor español que representa a un pintor apasionado, les explica su obsesión por comunicar sus sentimientos. Así el film se desarrolla como cualquier trío, entre mentiras y amistad pero sin sus nefastas consecuencias, hasta que al artista catalán recibe un llamado en el que su ex esposa está en el hospital después de haber tratado de suicidarse. En el acto toda esa cotidianidad del trío se rompe con una demente interpretación de Penélope Cruz (la mejor que le he visto hasta la fecha, obsesiva hasta la locura y totalmente alejada de la dulce Pennylane de los Beatles), para de ahí en más la película volverse más libertina, y a la vez íntima, y con intensas escenas emocionales entre Bardem y Cruz que es lo mejor de la hora y media que Vicky Cristina te tendrá sentado en tu sofá o acostado en tu cama (para los que disfrutan de ver las películas en formato callejero).



Toda persona que por lo menos se ha dado el gusto de algún viaje solo por dejar todo atrás o por lo menos ponerlo en pausa, sentirá que esto lo ha vivido. Uno durante un viaje a veces parece otra persona, tal vez porque no se ha descubierto a sí mismo, o porque ese mundo en el que vivió encerrado previo la travesía no le ofrecía esas oportunidades, o talvez porque sabe que ahí, en ese momento y en ese lugar nadie lo mira, y cuando regrese a casa es probable que deba encerrarse una vez más en el caparazón del éxito y la convivencia diaria.

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