24 de febrero de 2010

No hay necesidad de un final

Marc Abrahams (creador de los premios anti – nobel y buscador de los inventos más ridículos) se preguntaba en la revista Etiqueta Negra si los punk son capaces de envejecer con gracia. Para responder a la interrogante, utiliza varios estudios acerca de la cultura punk y entrevistas realizadas a personas que seguían esta anarquista, antiautoritaria y destructiva tendencia durante su juventud. O te aíslas totalmente del pasado o te vuelves un ridículo son las dos respuestas. Y hay cosas que son mejor no saberlas. Por lo que al enterarme, previo a la muerte de Salinger, de la existencia de una segunda versión de The catcher in the rye (sesenta años después), escrita por un escandinavo bajo el seudónimo de John David California, que trata del escape de un anciano (H.C.) del hospicio donde ha pasado sus últimos días, la noticia no sonaba nada alentadora. Porque si, como lo dijo Juan Fernando Andrade en su blog, el protagonista de El guardián entre el centeno es el punk antes del punk, el rock antes del rock, el final de su vida es algo que no nos incumbe o nos incomodaría saberlo. Prefiero que continúe incierto, y la idea de Salinger de no dejar publicar una secuela es entendible. Él mismo decía que todo respecto a Caulfield se encontraba en lo ya escrito (además de ser el protagonista de The catcher… aparecía en otros cuentos publicados en The New Yorker).



Puede que Holden haya terminado en un hospicio; como en las teorías de su profesor: anclado en un bar quejándose de la gente, lanzándole grapadoras a su secretaría o burlándose de la gente en apariencia ignorante; muerto en alguna guerra; o de acuerdo a su deseo personal (como yo lo veo en el final de su vida), el de desaparecer de la gente, casarse con una guapa sordomuda y casi no hablar por el resto de su vida, vivir en una cabaña del dinero que gane. Encontrando ese lugar tan buscado, perdido en el tiempo y en el espacio (como Macondo, Santa María o Canciones tristes). Al sitio donde van los patos en el invierno (el periodista español Fernando Navarro escribió una oda a los patos de Salinger recordando lo que le sucedía a Tony Soprano con estos animales en su patio, que hicieron que me den ganas de ver en dos días todas las temporadas de la aclamada serie del psicópata jefe de la mafia), donde se halla la paz, el que todos debemos buscar. J.D. Salinger (sofisticado y familiar, demoledor e intermitente, y ligeramente japonés como lo describe Ray Loriga, alguien que se fue sin presentarse, escondido en la leyenda) también lo descubrió y ahí se quedó, en alguna colina de New Hampshire, lejos de la fama y el escrutinio.

Tal vez, al igual que de la vida de Holden, todo lo que hay que contar del autor también se encuentra en esas 134 páginas. Alguien que tomó la misma decisión que lo planeado por su personaje. Un muchacho de 16 años y de clase alta que lo expulsan del colegio antes de la navidad y decide pasar varios días en New York, y que su único deseo es escapar. Una novela que sobrepasa generaciones y muestra como un espejo una etapa llena de miedos a convertirse en alguien mediocre, el odio a la hipocresía y el saber que las cosas están mal y no tienen remedio.

Salinger murió, Holden no (que siempre será joven como Peter Pan o Los Beatles, un Dorian Grey). Caulfield está presente en toda la cultura de hoy, pasando por Ben en The Graduated hasta Luke Shapiro en The wackness. Personajes todos que al fin pueden gritar. Y vale la penar volver a leer The Catcher... Todo está ahí escrito.

Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.

Era un guante para la mano izquierda porque mi hermano era zurdo. Lo bonito es que tenía poemas escritos en tinta verde en los dedos y por todas partes. Allie los escribió para tener algo que leer cuando estaba en el campo esperando. Ahora Allie está muerto.

Esos tíos como Morrow que se pasan el día atizándole a uno con la sana intención de romperle el culo, resulta que no se limitan a ser cabrones de niños. Luego lo siguen siendo toda su vida.
Para cuando volvimos a la mesa ya estaba medio loco por ella. Eso es lo que tienen las chicas. En cuanto hacen algo gracioso, por feas o estúpidas que sean, uno se enamora de ellas y ya no sabe ni por dónde se anda. Las mujeres. ¡Dios mío! Le vuelven a uno loco. De verdad.

Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia y le hace sentirse a uno aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe.

Me di un baño como de una hora, y luego volví a la cama. Me costó mucho dormirme porque ni siquiera estaba cansado, pero al fin lo conseguí. Lo único que de verdad tenía ganas de hacer era suicidarme. Me hubiera gustado tirarme por la ventana, y creo que lo habría hecho de haber estado seguro de que iban a cubrir mi cadáver en seguida. Me habría reventado que un montón de imbéciles se pararan allí a mirarme mientras yo estaba hecho un Cristo.

—Lo que quiero decir es si lo odias de verdad —le dije— Pero no es sólo el colegio. Es todo. Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...

Al final, antes de desdecirse, prefirió tirarse por la ventana. Yo estaba en la ducha y oí el ruido que hizo al caer, pero creí que había sido una radio, o un pupitre, o una cosa así, no una persona. Luego oí carreras por el pasillo y tíos corriendo por las escaleras, así que me puse la bata, bajé, y, tendido sobre la escalinata de la entrada, vi a James Castle. Estaba muerto. Todo alrededor había desparramados dientes y manchas de sangre y todo eso, y nadie se atrevía a acercarse siquiera. Llevaba puesto un jersey de cuello alto que yo le había prestado. A los chicos que le habían pegado no hicieron más que expulsarles. Ni siquiera los metieron en la cárcel.

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Cada vez que iba a cruzar una calle y bajaba el bordillo de la acera, me entraba la sensación de que no iba a llegar al otro lado. Me parecía que iba a hundirme, a hundirme, y que nadie volvería a verme jamás. ¡Jo! ¡No me asusté poco! No se imaginan. Empecé a sudar como un condenado hasta que se me empapó toda la camisa y la ropa interior y todo.

Me pasé sin moverme como una hora, y al final decidí irme de Nueva. York. Decidí no volver jamás a casa ni a ningún otro colegio. Decidí despedirme de Phoebe, decirle adiós, devolverle el dinero que me había prestado, y marcharme al Oeste haciendo autostop. Iría al túnel Holland, pararía un coche, y luego a otro, y a otro, y a otro, y en pocos días llegaría a un lugar donde haría sol y mucho calor y nadie me conocería. Buscaría un empleo. Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida...

Eso es lo malo. Que no hay forma de dar con un sitio tranquilo porque no existe. Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un J... en la pared. De verdad les digo que cuando me muera y me entierren en un cementerio y me pongan encima una lápida que diga Holden Caulfield y los años de mi nacimiento y de mi muerte, debajo alguien escribirá la dichosa palabrita.

Nota: Acá la españolísima versión en PDF del libro.

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