4 de febrero de 2010

Don´t let me down


Dos gatos en el techo, un gato y una gata específicamente, maullando, inspeccionándose, eran la compañía de Andrés mientras fumaba un cigarrillo apoyado en la ventana durante una noche de lluvia de marzo sin poder dormir, envuelto en un insomnio acompañado por innumerables pensamientos terminados, siempre, en la imagen de un portazo. Eso de que un rayo cae dos veces no era un milagro en esta situación. En la punta del Empire State siempre caen rayos. Al igual que en la cabeza de Andrés.

Un nombre demasiado trágico para alguien con una vida parecida a una canción pop. Tres estrofas, tres acordes, el mismo coro pegajoso, una melodía fácil de olvidar pero que años después, por casualidad, una la encuentra en una radio, la tararea, feliz, esperando la próxima lejana vez que la escuchará. Andrés debería ser un nombre prohibido para alguien que no se preocupa por casi nada, se deja llevar, aplica la de lo que venga broder, sabe cuándo esforzarse, odia los sobresaltos y no sueña con una vida parecida a la de una novela mexicana con enfermedades cardíacas, pérdidas de herencia e intentos de envenenamiento entre cocinar, planchar y pasear al perro.

Nadie supo porque estuvo con Lucía, cómo se conocieron o cómo comenzó. Sus amigos supieron que después de haber desaparecido por casi dos meses, llegó tomado de la mano con alguien. Con alguien, Lucía, que no se parecía en nada a él. A ella siempre le gustaba estar en movimiento, tener el menor tiempo posible para pensar, un plan a cumplir, lleno de emociones y de vicisitudes pero nunca claudicar. Usar lentes de carey, ir a la oficina y luego a la universidad, casarse a los 26, tener el primer hijo a los 28 y tener una camioneta para su gran familia. Tener, tener y más tener. Tener = vivir (en sus pensamientos). Estuvieron juntos por 27 meses y ambos se adentraron en el mundo del otro y algo se les pegó de eso. Aunque eso adoptado del otro se mantenía entre ellos; para los de afuera, el resto, seguían siendo los mismos. Un pacto de dos mantenido en la intimidad. Las concesiones mínimas para lograr estar juntos.

Luego de dos años, para Lucía, ese acuerdo no resultaba suficiente. Necesitaba sacrificio, dolor, esas demostraciones parecidas a una guerra nuclear dentro de una relación, que luego de superarlas sólo pueden fortalecer el pasado, cicatrices de batalla, recuerdos de la razón por la que se luchó. Como parte de un plan, de una vida, de un futuro y no tanto de un presente, como le gustaba vivir a él, justificativo de los dos años de relación, aquellas pericias no podían dejarse a un lado. Porque Lucía vivía para el mañana, imaginando, soñando, estando en movimiento, exhibiéndose, mientras que Andrés podía quedarse todo el día en la cama, con un calor aplastante afuera pero ambos semidesnudos, envueltos en una manta por el frío del aire acondicionado, conversando del pasado, de cómo habían sido sus vidas antes de conocerse, encerrándose en una burbuja, inspeccionándose, estirando cada minuto, sintiendo el calor del otro cerca, únicamente levantándose para comer, ir al baño, lo básico. Atrás podía morir de hambruna la humanidad y a sus veintitrés su vida todavía no se veía como un cúmulo de responsabilidades sobre el escritorio. No era suficiente para ella esa intimidad y una noche, después que el televisor mostrara a Ed Harris, en su papel de escritor homosexual con sida, suicidándose en The Hours y Andrés la tomara de la cintura para apretarse a ella, le confesó que las cosas no podían seguir así, y si algo no cambiaba, si no se levantaban, no podría estar con él. Andrés esperó los créditos para botar las colillas de cigarrillo por el inodoro. Lucía esperaba que se encerrara en el baño, llorara por un momento y volviera a implorarle, o al menos increparle el porqué había tomado esa decisión. Cualquier reacción estaría bien, con tal de ver por primera vez llamas, locura, en los ojos de Andrés, que por el contrario, volvió sereno y en un tono casi diplomático le preguntó qué iban a hacer ahora y porqué tan momentáneamente había tomado esa decisión. Quien reaccionó histéricamente fue ella. Lanzó el cenicero limpio contra la pared y le gritó su cansancio de ese arreglo físico y emocional, tan lejano a lo esperado. «Que te jodas le gritó» después de recoger su bolso y tirar violentamente la puerta «Ojalá hagas algo con tu vida, o al menos alguien, que no seré yo, te ayude a componerte» fueron sus últimas palabras en la vida de Andrés.

Desde los veinte años Andrés vivía solo, ocupaba la casa de su tío que se había ido a vivir a Madrid. Después de la salida de Lucía, de ese lugar ahora vacío, durante dos semanas, lo único que se escuchó fue una y otra vez las estrofas de I hope I don´t fall in love with you de Tom Waits. No contestó llamadas, faltó a todas sus clases de la universidad y una vez al día salía, sucio, despidiendo un rancio aroma, con los ojos reventados, disimulando sin éxito la borrachera, a la visita obligada a sus padres y para después comprar las provisiones de alcohol, ocupación hasta acostumbrarse a su situación. Una de Johny Rojo (Jack Daniels la primera vez, la única en el inventario del tendero), una de ron, dos líneas de coca por la mañana y dos a las seis de la tarde, y algún Frito – Lay fueron las dosis diarias en aquella cuarentena, su prisión donde sólo recordaba las últimas frases de Lucía de hacer algo con su vida.

***
Un triste y mohoso jueves, perfecto para dormir, luego de quince días del inicio del aislamiento voluntario, arregló su casa, tiró todas las botellas, cambio las sábanas y se bañó durante cuarentaicinco minutos. La noche anterior mientras fumaba y veía tirar a una pareja de gatos, entre los infinitos y vagos pensamientos que tenía, teledirigidos a las últimas palabras de Lucía, previo a perderse entre la noche, tuvo la sensación de que ese algo a hacer con su vida debía ser doloroso, como si un batallón de termitas le carcomiera el alma, algo a odiar y aborrecer por dedicarle tanto tiempo, que lo volviera un autómata: dormir-desayunar-trabajar-almorzar-trabajar-dormir-trabajar. Cualquier droga alienante para olvidar. Algo sin un visible escape. Por el momento, y ya sin dinero, esperaba encontrar un empleo que realmente detestara. No fue como si Bob Dylan descubriera a Woody Guthrie pero al menos tener esa idea lo dejó dormir por la noche.

Varias semanas de inútil búsqueda. Empapeló los sectores marginales de la ciudad con su hoja de vida, marcaba en los clasificados los repulsivos anuncios que exigían récord policial, presentarse personalmente para entrevista inmediata, que ofrecían un paquete remunerativo de acuerdo al mercado laboral. Anuncios totalmente lejanos al verdadero trabajo a desempeñar. Encontraba eufemismos cuando buscaba epitafios. Lo rechazaron para guardia de seguridad, también cargando cajas. Para barrendero y recolector de basura no supo donde buscar. Odiaba las ventas y eso le parecía perfecto, pero los entrevistadores, por su hermetismo, se dieron cuenta de sus pocas aptitudes. Desistió a la idea de destapar botellas en El Gato, diez centavos por cada cerveza: la idea no resultaba tan mala, después de todo Faulkner decía que un cabaret es uno de los mejores lugares del mundo porque en las noches la compañía siempre es buena y en las mañanas hay silencio para poder escribir y las historias son interesantes. Tres semanas después lo llamaron para trabajar en servicio al cliente de una compañía de telefonía celular. El lugar era casi perfecto: el olor a grillos era inaguantable, cubículos de trabajo diminutos, sillas incómodas, un shhhhh de silencio reprobatorio siempre se escuchaba cuando los murmullos de conversación aumentaban. Casi perfecto para odiarse y para olvidar, dejar de pensar. Desperdiciar su tiempo y no tenerlo. Salió satisfecho de la entrevista, envuelto en la repugnancia del ambiente. Caminó hasta su casa prolongando el momento.

Odiarse y odiar. Odiar para olvidar. Luego tomar la decisión entre volver a refugiarse en su burbuja o aceptar y abrazar lo que nunca quiso conocer. Disfrutar algo era impensable. Volverse un autómata era la premisa, o al menos lo que debía experimentar y le recomendó la persona que más lo había conocido. Lucía, ahora convertida en un fantasma. El primer día, un sábado, fue excelente. Su horario empezaba a las 18 horas y terminaba a la 3 de la mañana del siguiente día. Miércoles y jueves eran sus días libres, por lo que su vida social, nimia pero al menos tenía una, quedaba minimizada. No conocía a nadie y no habló con nadie. Ocho horas sentado, casi sin levantarse, comiendo insípidas hamburguesas, sin tener tiempo para pensar ante la cantidad quejas y tipos molestos que habían. Escuchando insultos por parte de personas automáticamente convertidas en abogados y periodistas dispuestos a demandar y denunciar, tipos acusándolo de sicario, de inútil ladrón, extranjeros que se disculpaban en palabras y acentos incomprensibles. Ocho horas de tareas extremadamente inútiles y sin embargo le pagaban por hacerlas.
Tres semanas de lo mismo. El martes, previo a salir a sus días libres, mientras fumaba en una triste madrugada que lloviznaba, con un cielo rojo a punto del colapso, conoció a Laura, que le pidió una pitada. Andrés aspiró largamente el cigarrillo y se lo pasó a la mitad. «¿Deprimente salir a esta hora, verdad? - le dice ella después del gracias obligado - somos unos completos losers». Él sonríe y estira la mano en señal de que quiere de vuelta su Philipp Morris. Lo terminan entre los dos y ambos suben a la furgoneta. No se sientan al lado, sino uno frente al otro. Hay que llevar a ocho personas y ellos son de los últimos, casi no hablan durante el trayecto. Pasando la Av. Fco. Orellana, yendo hacía las Orquídeas, Laura le pregunta a Andrés si le gustan Los Beatles. Él cree que es una pregunta retórica, igual le contesta que sí. Lo invita a sentarse a su lado para escuchar algo. Suena Don´t let me down en una versión rara, de estudio, que Andrés nunca había escuchado. Paul McCartney como que juega y no sigue la seriedad de Lennon y algunos guitarras se extienden y quieren sobresalir de la canción, que la paran a cada rato para ensayar. A Andrés le gusta versión, le gusta más que la del último concierto en el tejado, su favorita. No sabe si es por el momento, ella ha colocado su cabeza sobre su hombro, pero se da cuenta que se siente bien. «Que se joda todo, que se joda ella, Lucía» dice para sí, «así estoy bien». El viernes Andrés volverá al trabajo, esperará sentarse al lado de Laura y tratar de seguir estando bien entre tanta mierda.










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