27 de enero de 2009

La máquina del tiempo con olor a cartón

El concepto de patriotismo o nacionalismo siempre me ha resultado difícil de entender y muchas veces no le he prestado atención al que me lo ha tratado de inculcar. ¿Amor a la patria según quién? y ¿Para qué o por qué? Santiago Roldós, hablando del fallecido premio nobel: Harold Pinter, decía que “todo nacionalismo exige cierta dosis de culto y promoción de la mediocridad y la mentira” y John Lennon mencionaba que el patriotismo “es el último refugio de todo canalla”.
La discusión del patriotismo (así como de la moral o de los buenos valores) puede seguir para milenarios debates, y lo mismo sucede con el heroísmo. Nunca me ha parecido que pertenecer a determinado grupo o élite te vuelven un héroe, y aquí también incluyo a los militares o cualquier portador de armas, que así como han defendido las fronteras ante ataques de enemigos (en palabras de Sabato: La guerra puede ser absurda pero el pelotón es absoluto), sus cúpulas también han establecido sanguinarias dictaduras como excusa de rescatar los valores nacionales y occidentales. Pero más que los militares o cualquier otro que retóricamente se considere un patriota, mayores héroes siempre me han resultado aquellos que luchan día a día, aquellos que defienden lo poco que tienen y que siempre están prestos a ayudar al resto, algo así como los jugadores del Dynamo Kiev en 1942, que reunidos después de haber pasado varios años en la clandestinidad (debido al dominio alemán de Ucrania), sin temor a ser fusilados, desnutridos y harapientos, les metieron una paliza al equipo de súper atletas nazis del momento, sin importarles ser deportados a campos de concentración o fusilados, dispuestos a sufrir todo esto con tal de que no les sea quitado lo poco que les quedaba (acá la historia completa).


A principios de 1541 nos llegó la noticia que Gonzalo Pizarro, hermano de Francisco, estaba en Quito y que preparaba una expedición al Oriente. Ni qué decir que ello me entusiasmó y dejé Guayaquil para unirme a ella…

Antes de salir fuimos a escuchar una misa donde se bendijo la expedición y a sus estandartes. Recorrimos la tierras feraces al este del Pichincha, con nuestra mirada puesta en la inmensa mole del Antisana. Pronto llegamos a sus páramos y allí empezaron nuestras tribulaciones. Hacía un frío intenso y había mucha niebla, esa niebla tan especial de los páramos que parece que cubre todo con un velo transparente, agigantando las rocas y dando a todo una apariencia fantástica que atemoriza…

Empezamos el descenso por abruptos despeñaderos y en poco tiempo estábamos en las tierras bajas, donde nos alcanzó Francisco de Orellana. La selva cada día se espesaba más y había que abrirse camino a golpes de machete, el terreno muchas veces estaba anegado formando extensas ciénagas, los insectos ponzoñosos eran un constante tormento… en la tupida selva no había alimentos para un grupo tan grande y nosotros tampoco sabíamos cómo encontrarlos… Si todo ella era duro para los españoles que iban en busca de fortuna cuánto más duro era para los indios que no iban en busca de nada…

Nuestra ropa fue rasgándose con las plantas espinosas y muy pronto todos estábamos en andrajos. A Pizarro debió haberle dolido profundamente ver el estado de su expedición… Cada día el hambre era mayor, nos comimos los caballos y las monturas de cuero. Finalmente Pizarro decidió que no se podía seguir así, escogió un puñado de hombres, puso a Orellana a cargo de ellos y los envió río abajo para que encontrasen alimentos en la expectativa que pronto regresarían. Sucio, delgado y agotado poco recordaba el Orellana de esas selvas al orgulloso capitán que yo había conocido a orillas del río Guayas. ..

Esperamos varias semanas pero Orellana no regresó… Pasaron semanas, meses, hasta que tras la niebla divisamos la cordillera y empezamos a ascenderla. Allí empezó un tormento diferente, el del frío. Estábamos poco vestidos y esas alturas gélidas mataron a muchos.

Finalmente en junio de 1543 unos pocos alcanzamos los valles frescos que habíamos dejado dos años atrás… Habíamos salido al son de las trompetas, regresábamos en silencio con olor a muerte…


El relato de arriba pertenece a “Los caminos del tiempo”, una novela que me regalaron hace casi 5 años, los primeros días que ingresé a hacer el preuniversitario, y que ahora por casualidad la volví a leer, escrita por Joaquín Martínez Amador. En ella el autor es el inmortal personaje principal que a través del tiempo y todo el territorio ecuatoriano nos relata lo que ha sucedido en estas tierras, las culturas, canciones, lenguas e historias que hemos dejado atrás y de las que quedan pocos vestigios. Desde los cazadores en el páramo hace 14 mil años para continuar nuestro pasado chorrero, machalillo, jama – coaque, siguiendo con las conquistas incas, españolas, la colonia y los años de república; todo a través de los ojos de personajes comunes que estuvieron en trascendentales eventos, aquellos que permanecieron siempre en estas tierras, cantando canciones propias, preparando comida, fabricando herramientas y cosiendo vestidos, los que quedaron después de las batallas y sembraron los campos arrasados, en resumen los grandes que hacen cosas comunes.

Para el esclavo y el indio la vida era radicalmente diferente a la del blanco o el mestizo. Estos podían construir su futuro, sabían que a fuerza de trabajo y esfuerzo podían mejorar su situación y la de su familia, tenían las puertas abiertas para ir donde quisieran sin saber ni sentirse atados a nadie. El esclavo tenía al menos la esperanza de comprar la libertad… El indio estaba atado desde su mayoría de edad al tributo y al encomendero, a la mita y luego a la hacienda. Para escapar de ellas tenía que abandonar su comunidad e irse a vivir miserablemente a las ciudades o parajes remotos. Si se quedaba en su comunidad sabía desde su nacimiento cuál sería su vida hasta su muerte. No sorprende entonces que buscasen liberarse de ese peso infinito en las fiestas que organizaban y en las que se consumía chicha hasta alcanzar el total olvido; esas fiestas llenaban sus vidas con ceremonias y con alegrías. En ellas, el indio podía soñar llegar a ser prioste, podía soñar en los danzantes, en las fiestas de las corazas y en las fiestas religiosas, fiestas para las que sacarían sus vestidos dorados de colores brillantes y las mujeres se pondrían sus adornos… Para esas vidas sin esperanza y sin mayores alegrías las fiestas representaban la única ilusión, lo único en lo que valía la pena gastar sus escasos ahorros…

En 400 páginas de papel periódico (de ese que puede ser fácilmente devorado por las polillas, digno ejemplo de nuestra literatura) y de manera constante, sin altos picos de genialidad pero con didáctica, Martínez Amador, sin tratar de responder lo que es ser ecuatoriano, abre la puerta utilizando la historia para que veamos esas otras realidades que se encuentran a pocos cientos de kilómetros de distancia.

2 comentarios:

Xavier dijo...

Raúl, me parece que Lennon solo repitió la frase ("el patriotismo es el último recurso de los canallas") que tiene el antecedentes de constar en el famoso diccionario del Dr. Samuel Johnson. Yo suscribo, en todo caso, el comentario de Ambrose Bierce: "Con todo el respeto debido a ese compilador ilustre, aunque inferior, yo quiero señalar que es el primer recurso" (Diccionario del Diablo, voz Patriotismo). Un abrazo.

Raul Farias dijo...

Xavier, recomendaciones siempre son bievenidas, ese diccionario hace tiempo lo tengo en la mira.

Ahora hablando de las fuerzas armadas como primer referente del patriotismo, una de las mejores opciones es Pantaleon y las visitadoras de Vargas Llosa.

Saludos y estoy viendo tu blog cuano publiques algo nuevo.