7 de noviembre de 2008

Winds of change

En 1947, Friderich A. Von Hayek (Premio Nobel de economía en 1974 y autor del famoso libro “Camino a la servidumbre”) convocó a una reunión en el hotel du Parc en la villa Mont - Pelerin, Suiza con la finalidad de discutir la actual situación y el posible destino del liberalismo teórico y práctico. Asistieron 36 intelectuales, entre economistas, historiadores y filósofos, destacando la presencia de Milton Friedman (Premio Nobel de economía en 1976).

Al finalizar los debates y discusiones, como en toda reunión o convención, se realizó una declaración de principios, en la cual se plasmó la preocupación por los valores de la civilización, donde según los miembros de la sociedad, en la mayoría de países no existían las condiciones esenciales para la dignidad humana y la libertad.


Al estar Friedman y Von Hayek presentes en la localidad de Mont Pelerin, ya se podrán imaginar la resoluciones o caminos a seguir elegidos para dejar en el pasado estos problemas (además del constante desprecio hacia Keynes y el modelo de bienestar): Liberalismo al máximo, algo parecido al Consenso de Washington y al resto de políticas del dúo dinámico de los ochentas: Thatcher – Reagan.

Sin querer poner a un lado los problemas discutidos en la villa suiza, los cuales creo que son acertados, resalto esta historia porque siempre me ha parecido desagradable que en estas convenciones se reúnan únicamente personajes con el mismo pensamiento, que comparten las mismas ideas y visión. Sean estas reuniones de liberales como la sociedad de Mont - Pelerin, que en el 2005 se celebró en Guatemala; o de socialistas como el Foro de Sao Paulo, donde son miembros los presidentes: venezolano (Chávez), boliviano (Morales), brasileño (Lula da Silva), ecuatoriano (Correa) y otros (Ortega, Lugo, Vásquez, etc.). Lamentablemente este fenómeno de segregación, ya no solo se da entre grupos de intelectuales (como la sociedad Mensa, si dejamos a un lado las ideologías políticas), sino que ha pasado a formar parte de las actividades cotidianas.

Las cámaras de comercio, para sus convenciones, solo invitan a personajes como Vicente Fox o Aznar para que expongan sus ideas; la moda de las ciudadelas burbujas reúne a familias con similares estilos de vida (se recomienda ver Desperate Housewifes), así que ya sabemos en el futuro como pensaran sus hijos; los bares o sitios de esparcimientos ahora son segmentados (bares solo para rockeros, bares solo para “gente bien”, bares para homosexuales, y otros); los colegios y universidades parecen tener una única ideología, donde se congregan estudiantes pertenecientes del mismo estrato; incluso las playas de Brasil, único lugar en uno de los países más desiguales del mundo, donde no existía ningún tipo de discriminación por raza o condición socioeconómica, ahora se puede apreciar como los diferentes grupos han elegido ciertas áreas para congregarse entre sus pares; y entre otras semejanzas que recuerdan el odio de Juan Pablo Castel (personaje de El Túnel, libro de Ernesto Sabato) hacia los grupos, en el que los actores de estos conglomerados mantienen las mismas conversaciones y actúan de forma similar, desenvolviéndose como enajenados que piensan tener la verdad absoluta.

Personalmente, creo como forma de encontrar solución a los problemas, el camino de los consensos, el respeto y la tolerancia entre personas y grupos con diferentes ideas (sin que esto signifique dejarlas a un lado), y no en la adopción o imposición de determinada ideología o visión por todos. Esta vaga esperanza, casi extinta, por suerte, ha sido revitalizada por la nación que menos pensaba.

Los Estados Unidos, a pesar de la libertad y anhelos que inspira, frecuentemente me ha dado la sensación de un país dominado por los lobbies y élites económicas, en el que el resto de los ciudadanos esperan que nos se los moleste, un apartheid disimulado, donde cada grupo por no fastidiarse el uno al otro no ha ido en la conquista del total de los espacios.



Sin embargo, el martes 4 de noviembre, esta nación que antes tenía entre sus principales cualidades la solidaridad y el trabajo duro, y no la especulación y acumulación, no le importó votar por un presidente de color (de una minoría que representa el 12% del país), y esta elección no se dio por un sentimiento de culpa causado por una deuda social e histórica hacia los afroamericanos, sino por la necesidad de unidad, tolerancia y diálogo, que la administración Bush, hombres de traje negro en Wall Street y otros grupos de poder nunca entendieron.

Winds of change se escuchaba cuando el muro de Berlín fue derribado y Winds of change es lo que se siente en los alrededores gringos ¿O es Yes we can?

Esquirlas: Del saludo y felicitaciones de los republicanos hacia Obama no comento nada, porque si lo hago, también debería aprobar que Rafael Correa hable de unidad después de insultar a todos sus rivales de turno./ En el 2006, Alianza País me era lo más parecido en Ecuador, a un movimiento de personas con diferentes pensamientos, algo de eso queda, pero ya se sabe quién es el que decide al final/. De Obama, por ahora solo podemos opinar del efecto que resulta su elección, a partir del 20 del enero podremos hacerlo de su gestión.



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