3 de abril de 2011

Sobre el asfalto

De acuerdo a Wikipedia Sal Paradise es Jack Kerouac, y Dean Moriarty es la leyenda Neal Cassidy, y Carlo Marx es Allan Ginsberg, y Chad King es Haldon Chase, y Tim Gray en realidad es Ed White, y para Walter Salles la bella Marylou es Kristen Stewart sólo que sin colmillos; y no puedo estar más de acuerdo. Hace dos días soñé con Kristen Stewart (Zooey Deschanel también aparecía) y el día no pudo haber sido mejor. Al final llovió y a lo largo de esa carretera norte que cruza la provincia, donde trabajo con un sol despiadado que no da tregua, todos corrieron a sembrar, se abrazaron. La siniestra sombra en llamas que siempre veía correr por los arrozales por fin descansó. Apresurado, ansioso, queriendo conseguir los objetivos, caminar sin saber donde llegaría, el sueño fue como una advertencia para no ser devorado por el frenesí del mundo. No convertirme en uno más: Ahora fíjate un poco en esos de ahí adelante. Están inquietos, contando los kilómetros que faltan, piensan en donde van a dormir esta noche, cuánto dinero van a gastar en gasolina, el tiempo que hará, cuándo llegarán a su destino… como si en cualquier caso no fueran a llegar. Pero no necesitan preocuparse y traicionan el tiempo con falsas urgencias… Toco madera. Fuck them. Enciendo el computador y pongo el Bringing it all back home. Outlaw blues, On the road again y un negro y joven Dylan cantando It’s allright , ma (I’m only bleeding) en la entrada de una casa en Carolina del Sur. La realidad deja de sacudirse. Si todo se derrumba y se va a la mierda es porque así lo he querido.


Dylan + Kerouac + Un-vaso-de-vino-barato-de-cartón. El fin de semana está salvado. Dean Moriarty te contagia algo y eso no está nada mal. Tarareo Don’t think twice, it´s alright. On the road no es una gran novela, es más bien un estado mental. Todo es lo mismo pero a la vez diferente. Siempre recorrer la ruta 66. Se podría ponerla en la mesita de noche con un aviso de utilizar en caso de emergencia cuando se esté a punto de convertirse en un esclavo de la rutina. No es para reseñas o críticas. Es para vivirla, atreverse, dejarse de huevadas y hacer un curso intensivo de lo que se ve fuera de las cuatro paredes del cubículo. O para disfrutarla, imaginar cómo hubieran sido las cosas… Pienso en Bolaño en su estudio de Barcelona enviando a sus detectives salvajes recorrer el desierto de Sonora. Poniéndoles algo de beat. Confesiones de invierno. Me gusta estar al lado del camino. La vida hecha poesía. Ahora que me entero que hay película sólo pienso que ojalá Salles por lo menos capture el espíritu. Esos roadtrip de San Francisco a New York y de New York a San Francisco, con parada obligatoria en Denver, contados en 208 páginas, tienen como mayor logro haber sido una verdadera influencia. El germen de millares de viajes en carretera, de historias de asfalto, de cambios de vida, de descubrimientos. El Magical mistery tour beat avisa que la próxima estación es Los subterráneos


Creía que toda la soledad de América estaba en el Oeste hasta que el Fantasma del Susquehanna me demostró lo contrario. No, también hay soledad en el Este; la misma que Ben Franklin recorrió en su carreta de bueyes cuando era administrador de correos, la misma de cuando George Washington luchaba contra los indios, de cuando Daniel Boone contaba anécdotas a la luz de las linternas en Pennsylvania y prometía encontrar el Paso, de cuando Bradford construyó la carretera y los hombres armaban líos en cabañas de troncos. No había ya grandes espacios de Arizona para el hombrecito, sólo el monte bajo del este de Pennsylvania, Maryland y Virginia, los caminos apartados, las carreteras de negro alquitrán que serpentean a lo largo de ríos siniestros como el Susquehanna, el Monongahela, el viejo Potomac y el Monocacy.

Por fin era un ángel, como yo siempre había sabido que sería algún día; pero como cualquier ángel aún tenía ataques de furor y de rabia, y aquella noche cuando todos nos fuimos de la fiesta y entramos en el bar del Windsor haciendo ruido, Dean se convirtió en un borracho frenético y demoníaco y seráfico. Recuérdese que el Windsor, el gran hotel de Denver cuando la fiebre del oro e interesante por otros muchos aspectos en el gran saloon de abajo aún se veían los agujeros de las balas en la pared—, había sido el hogar de Dean. Había vivido en una de las habitaciones de arriba con su padre. No era un turista. Bebió en el saloon como si fuera el fantasma de su padre; tragó vino, cerveza y whisky como si fuera agua. La cara se le puso roja y sudaba y gritaba y soltaba alaridos por el bar y se tambaleaba por la pista de baile donde los chuletas del Oeste bailaban con las chicas y quiso tocar el piano y se abrazó con ex presidiarios y alborotó con ellos a más y mejor.

Habían bajado desde las sombrías montañas y desde las alturas a tender las manos hacia algo que pensaban que podía ofrecerles la civilización sin imaginarse la tristeza y pobreza y decepciones de ésta. Desconocían que había una bomba capaz de destruir todos nuestros puentes y carreteras y reducirlos a polvo, y que algún día seríamos tan pobres como ellos y tenderíamos nuestras manos del mismo modo en que ellos lo hacían.

Nuestro destartalado Ford, el Ford americano de los años treinta, pasaba haciendo ruido y se perdía en el polvo. ¿Qué se siente cuando uno se aleja de la gente y ésta retrocede en el llano hasta que se convierte en motitas que se desvanecen? Es que el mundo que nos rodea es demasiado grande, y es el adiós. Pero nos lanzamos hacia adelante en busca de la próxima aventura disparatada bajo los cielos.


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