20 de junio de 2009

Entre malecones y homenajes

En las semi - finales de la última Champions League, entre el Barcelona y el Chelsea, en una conversación entre Kempes (simpatizo del killer a diferencia de varios que lo (des) califican con adjetivos de parcializado, lánguido verbal y pobre de ideas, queriendo así jubilarlo de su novel carrera en la televisión; tambien simpatizo con él pese a ser de pocas palabras, algo así como cuando el genial John Carlin confiesa su encanto por ver jugar a Messi pero ratifica su negativa a volver a entrevistarlo por su parquedad en las respuestas, el matador te sale con anécdotas, algunas son perlitas, que amenizan el partido, sobre todos los aburridos. Anécdotas amenas sobre hechos importantes, porque él sabe lo que es estar en una final de copa del mundo, estar solo en el área 18 ante la estrecha posibilidad de la inmensidad de la gloria. Un tipo hosco que en su tiempo de jugador, en su natal Córdoba, no tenía para viajar en bus desde su pueblo (tampoco tenían para pagarle) hasta el club donde entrenaba, así que lo hacía solo en su casa, para el domingo dedicarse a romperla, dándole ese ermitaño una alegría al montón de extraños que eran sus compañeros de equipo y su hinchada. Lo prefiero antes que a comentaristas del tipo Bonafont, que solo adornan un montón de palabras, después de haber leído vagamente a Voltaire, pero en el fondo no dicen nada, no existe argumento, no existe sentimiento, mientras que las pocas y ásperas palabras del goleador están curtidas por las patadas, caídas, golpes y celebraciones de su gloriosa carrera.) y Miguel Simón o Quique Wolf (no recuerdo), mencionaban que Didier Drogba (quien, junto al Pipo Inzaghi, con mayor intensidad celebran sus goles marcados) tiene en su natal Costa de Marfil una calle con su nombre. Los dos comentaristas futboleros se interrogaban acerca del porqué la infrecuencia de que personajes deportivos sean reconocidos llevando nombres de espacios públicos, mientras otros personajes más polémicos y cuestionados (inclúyase a dictadores, generales de guerras, promotores de la esclavitud, políticos que arruinaron la economía de un país) los obtengan con tanta facilidad o por lo menos con mayor regularidad. Por mi parte, el único lugar donde había escuchado que deportistas lleven el nombre de calles, plazas, avenidas, parques, y no solo se les haga una estatua, fue en la novela “El área 18” del Negro Fontanarrosa, que narra la historia ficticia de Congodia, supuestamente ubicada en África, que logró su independencia en un partido de fútbol y el aeropuerto internacional Paulo Arigós Brizuela do Botafago lleva el nombre del héroe de la jornada en el inventado cotejo.


No resulta, aquí, importante elaborar un análisis entre las ventajas, desventajas y efectos de nombrar sitios con los nombres de heróes de campos de batalla, generales y artistas; comparándolos con personajes que nos dan una alegría en el deporte, principalmente del fútbol. Lo que importa es conocer el porqué a determinados sitios se les pone un nombre en específico y no otro. Lo que importa saber es si realmente los guayaquileños queremos que León Febres – Cordero sea el nuevo nombre del malecón (no creo que sea un deseo de todos los ciudadanos). Cuando pensaron en cambiar los símbolos patrios en la Constitución la idea ya tenía algunos años rondando entre intelectuales y argumentos le daban validez (leer Jorgenrique Adoum), pero tampoco se iba a dejar que un grupo de personas sean los únicos que decidan; así mismo es razonable que no se le dé inmediatamente el nombre del hombre que reconstruyó al malecón y le dio otra cara (el único caso semejante que he visto y me da vergüenza decirlo, es el del estadio del Barcelona, ahora estadio Banco del Pichincha, anteriormente llamado Isidro Romero Carbo), menos aún si este tiene acusaciones de crímenes de lesa humanidad. No es una defensa hacia Bolívar, pero si, ojalá sea después de una consulta o algún mecanismo democrático, el nuevo malecón se llama LFC, no deberíamos tener objeciones de que existan estatuas de Marulanda o de otros siniestros personajes (sin olvidar de mencionar que en la ficticia Congodia también se erigen estatuas para los nefastos que perjudicaron de alguna manera al país, con la opción de que los ciudadanos, a manera de democracia participativa, puedan escupirle, arrojarle piedras y realizar cualquier acto que mantenga en la memoria colectiva la vileza del "homenajeado").

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