16 de junio de 2009

Entre dos Córdobas y la siesta santiagueña

Entre Santiago del Estero y Córdoba solo hay seis horas de distancia, pero son seis horas que parecen años en el tiempo. En Santiago el tiempo pasa lento, el sol parece que nunca va a ocultarse y los santiagueños actúan en total parsimonia, sin ningún apuro, como si no existiera el futuro. Algo así como Macondo pero sin el toque caribeño. La estancia de una semana en Santiago la tome como de descanso. Una prolongada siesta con la familia. Pero allá a seis horas todo se congestiona, se altera, se acelera. Hablando con algunos mochileros que iban en ruta inversa a la mía, es decir ellos iban hacia arriba mientras que yo hacia abajo, varios me dijeron que no entendían Córdoba porque es pequeña y grande a la vez. Puede que sea el hecho de que viven más de 130 mil estudiantes en ella de otras provincias del país, pero eso a la vez le da una gran calidez a la ciudad, una chispa, cierto dinamismo; o también que las mujeres se sienten en inferioridad o en mayor competencia entre ellas al superar en 80 mil a los hombres (tomando como fuente las declaraciones de una cordobesa que recientemente había terminado con su novio por esta particularidad). La cosa es que cuando uno arriba a Córdoba, uno siente que en sus peatonales y sus universidades se concentra todo, como un imán. Siempre llenas de personas, que se complementan con las catacumbas y ruinas jesuíticas que permanecen debajo de las calles, iglesias intactas desde el siglo XVII, que son los restos de un pasado tranquilo, de claustro, de monje; aunque el pasado más violento tampoco se olvida y eso me encanta. Que edificios donde se torturaron personas en época de dictadura ahora sean centros culturales y de artes es el mejor homenaje para los desaparecidos. Eso sin olvidar los cafés, la amabilidad de su gente y su amplia oferta cultural.

Los de arriba, los de las últimas líneas del párrafo anterior son sólo algunos ejemplos de porque Córdoba probablemente sea una buena ciudad para que un veinticincoañero decida ahí vivir. Algo parecido me había pasado cuando visité la Córdoba del otro lado del charco, la de España, la de la mezquita con una catedral en la mitad. Esa Córdoba también me fascinó por su clima, su multiculturalidad y su oferta cultural. De esa Córdoba nunca quise irme por su tranquilidad, pero a la vez uno sentía que estaba viva, que era transitable y que se dejaba vivir. La Argentina: la de Belgrano, la de Kempes puede que resulte algo más comercial, más bulliciosa, más caótica y quizá más peligrosa. Pero fuera de ese imán, donde todas las personas se concentran, los paisajes están para volverse loco, armar una casita y convertirse en hermitaño, y como el centro está a cuarenta y cinco minutos, puede que haya la tentación de ir de vez en cuando. Así con ese objetivo visité Alta Gracia atraído por sus ruinas jesuíticas, pero finalmente lo que me sedujo fue su lago, su parque García Lorca donde devoré la biografía de Sábato y que también me inspiró con su aire puro, su helado y delgado arroyo, sus árboles secos de árida belleza. El camino hacia Villa General Belgrano, pese a un frio viento que te abofeteaba el rostro también es una delicia. Y ahí en General Belgrano uno encuentra una villa de descendientes de alemanes. Alemanes metidos en América del Sur. Te hace pensar quienes fueron sus antepasados y el por qué muchos inmigrantes decidieron venir hasta el fin del mundo para esconderse, para empezar una nueva vida, o simplemente por aventurarse. Por eso en Córdoba estuve contento, visitando a unos amigos, conversando de películas y otras cosas y descubriendo el porqué son así, y la verdad es que en Córdoba muchos son así. Con algún toque de genialidad.

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