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24 de junio de 2009

Un hombre atormentado

Será siempre el que esperó a que le abrieran la puerta, junto a un muro sin puerta. (Fernando Pessoa).

Si tuviéramos que describir a Ernesto Sabato en una concisa frase de tres palabras, sin ánimos de generalizar: “Un hombre atormentado” daría en el clavo. Pienso que Sabato estaría de acuerdo, y lo corroboro después de la lectura cronológica de cada una de sus novelas, ensayos, memorias y textos, donde uno puede notar el mayor tormento, la invasión de la melancolía y el apoderamiento de la desilusión con el paso de los años. Días atrás, caminando por Corrientes, en una de esas tantas librerías en la inmensidad “entre tantas soledades amontonadas”, me encontré un libro suyo que desconocía: “España en los diarios de mi vejez”. Me asalté por la curiosidad y empecé a leer las primeras notas. Cada vez más suplicio, cada vez más en las tinieblas. Desistí a comprarlo. Mejor me quedo con el recuerdo de el “El túnel”, “Sobre héroes y tumbas” y “Abaddón el exterminador”. Esos libros por los que hace un par de días o semanas me encontraba en el parque Lezama (“Y así, en muchas ocasiones he venido hasta esta plaza y me he sentado en sus bancos, como ayer. Y he permanecido durante horas observando a esos desamparados que abundan en Buenos Aires... Esos náufragos que, en medio de un océano tempestuoso, arrojan al mar su botella"), tratando de encontrar a los posibles Martín durmiendo junto a estatuas y a Alejandra con su soberanía, su belleza, esa mirada que delata milenarias batallas infernales entre el bien y el mal. Y saliendo del parque, tomando la calle Defensa, miré a través de los vidrios del bar inglés tratando de ubicarlo. Me lo imaginaba sumergido en algún atroz relato, creando un mundo que sin duda lo compraré, donde uno puede parecer un Greco y ser un tipo inteligente, interesante. Que horribles pensamientos pasen por la cabeza de uno, como un Fernando Vidal lleno de odio pero al final también conviven con seres como Hortensia Paz (los sufrimientos y desgracias “no habían podido borrar del rostro de aquella mujer una expresión dulce y maternal”). Pensamientos que ya llevan 98 años en su interior y que resultan verdaderos, así hayan salido de sus sueños o pesadillas, porque como él lo ha repetido más de mil veces: “De un sueño se puede decir todo, menos que no es verdad”.

Prefiero aquellas novelas donde Sabato grita por auxilio y no en las actuales donde todo fue consumido por un incendio que nadie más fue capaz de ver. Donde el verdadero Sabato es ese Bruno que consolaba a un “feo y risible” Martín, ese Bruno que dice: “escribe cuando no soportes más, cuando comprendas que te podés volver loco”. Escribiendo como forma de exorcismo, por lo que dejó su estable y prometedora carrera de físico y se hundió en las laberínticas cavernas del existencialismo y el surrealismo. Le agradezco a Sabato que me haya mostrado ese mundo en el que también me he sumergido varias veces, que parece salido de un loco naufrago que desconoce sus desvaríos y piensa que una pistola es lo mismo que un zapato. Es la vida de un hombre que jamás se puso de acuerdo con el mundo, él y el mundo transitaron por caminos diferentes, pero eso no lo hizo a Sabato peor sino mejor. Los que han tenido la suerte de verlo dicen que en ningún momento atemoriza, pese su capacidad de crear siniestros personajes y escenarios, sino sus ojos denotan sufrimiento, su sensibilidad. Sufrimiento causado cada vez que se conecta con el mundo y ve como millones de niños mueren cada año y personas son asesinadas en inútiles guerras. Como Woody Allen que quiere alegrar a las personas y a la vez eso es lo que lo vuelve triste. Los relatos de Sabato y su descripción pesimista de la humanidad son el propio veneno que lentamente lo mata.

Ahora que cumple 98 años y desde hace varios no tiene la compañía de su hijo Jorge Federico y de su amada Matilde, que le sirvieron de salvavidas en el surrealista naufragio que es su vida, deberíamos recordarle que no está solo y que todavía algunos lo leemos, lo citamos, lo recordamos.




Algunos buenos links sobre Sabato:

http://www.clarin.com/diario/2004/06/20/sociedad/s-780754.htm
http://www.relectura.org/cms/content/view/261/76/
http://www.clarin.com/diario/2001/06/24/s-05015.htm
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=791430

16 de noviembre de 2008

En todo caso, había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío...

Desde las primeras páginas de esta atroz historia de autoría de Sabato, te sorprende que el narrador de la historia sea un tipo vil lleno de rencor y desgracias provocadas por él mismo. Debo confesar que ahora lamento no haber aprovechado mejor el tiempo de mi libertad, liquidando a seis o siete tipos que conozco… Siempre he mirado con antipatía y hasta con asco a la gente… La humanidad me pareció siempre detestable. Y es más impresionante que esta historia transcurra en los años 50, época que nuestras madres nos resaltan como ejemplo de lo bueno, galantes y caballerosos que eran los hombres de aquel entonces, aunque si lo piensan bien, muchos de esos hombres son los racistas, xenófobos y prepotentes que dejaron una huella de la que recién nos estamos librando, pero como lo dice el principal personaje del “El túnel”: Siempre he pensado que no existe la memoria colectiva… El pasado me parece tan horrible como el presente…


Juan Pablo Castel es el personaje principal del libro de Sabato, un abyecto y despreciable pintor, el cual cuenta su historia a manera de monólogo desde la cárcel después de haber asesinado a María Irribarne, por lo que de todos los personajes introducidos en la novela: no sabemos nada, porque a estos los vemos con los ojos del asesino pintor.

Juan Pablo pinta para una exposición y fuera de la temática central del cuadro, existe una escena de una ventanita que da a una playa con una mujer mirando al mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante. María es el solitario ser que se detiene a observar detenidamente la escena y Juan Pablo, viéndola a ella, siente que es la única persona que ha llegado a entenderlo, y ahí, el lector creyendo que comienza una historia de amor y nace un poquito de esperanza en este despreciable hombre, simplemente presencia como sucede lo peor.

Mi cabeza es un laberinto oscuro… Juan Pablo hace lo imposible para contactar a esta mujer y se imagina como serán sus conversaciones con ella y como llegará a conocerla, torturándose a él mismo en todo este lapso. Una vez que la conoce, sentía que en esa casa (María) renacían en mí los antiguos amores de la adolescencia, la trama cada vez se va volviendo más oscura y la locura de Juan Pablo se desata por una desconfianza carente de sentido hacia María. Las peores cosas de María las imaginaba precisamente con esas sombras anónimas… y kafkianamente, ante nuestra impávida mirada, este hombre poco a poco, y a veces violentamente, se transforma. El hombre aquel comenzó a transformarse en pájaro.

La desesperanza es total en el libro y ni siquiera el suicidio es una salida para el atormentado personaje: La vida aparece a la luz de este razonamiento como una larga pesadilla, de la que sin embargo uno puede liberarse con la mente, que sería así, una especie de despertar. ¿Pero despertar a qué? Esa resolución de arrojarse a la nada absoluta y eterna me ha detenido en todos los proyectos de suicidio.

Desde el existencialismo viene Sabato para acompañarnos en un cavernoso viaje hacia las peores y más recónditas sensaciones del ser humano.


Para destacar, aunque viole alguna ley de derechos de autor: Uno de los mejores pasajes que debe existir en la literatura.

Y era como si los dos hubiéramos estado viviendo en pasadizos o túneles paralelos, sin saber que íbamos el uno al lado del otro, como almas semejantes en tiempos semejantes, para encontrarnos al fin de esos pasadizos, delante de una escena pintada por mí, como clave destinada a ella sola, como un secreto anuncio de que ya estaba yo allí y que los pasadizos se habían por fin unido y que la hora del encuentro había llegado.

¡La hora del encuentro había llegado! Pero, ¿realmente los pasadizos se habían unido y nuestras almas se habían comunicado? ¡Qué estúpida ilusión me había sido todo esto! No, los pasadizos seguían paralelos como antes, aunque ahora el muro que los separaba fuera como un muro de vidrio y yo pudiese verla a María como una figura silenciosa e intocable… No, ni siquiera ese muro era siempre así: A veces volvía a ser de piedra negra y entonces yo no sabía que pasaba del otro lado, que era de ella en esos intervalos anónimos, que extraños sucesos acontecían, y hasta pensaba que en esos momentos su rostro cambiaba y que una mueca de burla lo deformaba y que quizá había risas cruzadas con otro y que toda la historia de los pasadizos era una ridícula invención o creencia mía y que en todo caso había un solo túnel, oscuro y solitario: el mío...

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