24 de julio de 2010

Un jabalí y pocos patos en la ciudad

Pasando la avenida Machala con su tráfico interrumpido por algún funeral coreando la Vasija de barro, dejando atrás el Parque Centenario con sus pocas iguanas y muchos jubilados, a la altura de Lorenzo de Garaycoa, yendo por la 9 de octubre, donde estudiantes caminan junto a la marejada de oficinistas apurados, negras avanzan por la acera con sus pañuelos amarrados a la cabeza, mujeres andan en pantaloncitos y blusas de tiras a pesar que el sol no asoma, se abren los comercios como el agua del Mar Rojo de Moisés y desde la distancia se ve una de las típicas postales de la ciudad: a Simón y San Martín, atrás el manso Guayas; y cerca, muy cerca de la estatua donde mensajeros almuerzan aparece un jabalí de bronce donado por los chinos, mostrando sus colmillos en señal de orgullo y doblando su cuerpo para al fin descansar.


Cuando el malecón era el baño público más grande del mundo, el refugio de los abandonados por la noche y las madres prohibían acercarse a la orilla a ver pasar lo lechuguines, el jabalí estaba sobre una base más alta, a la altura de un pelado de escuela al que le quedaba grande su camiseta de Barcelona; parecía que se estaba hundiendo en un pantano y las ranas, lagartijas, serpientes a su lado miraban con burla a la presa caída en la trampa. En esos ratos que pasaba por el lugar y contemplaba al animal atrapado, me preguntaba para qué había venido, quién lo había traído, si algún día se iría. Quería ver algo de lo que había afuera y China no sonaba nada mal. Guayaquil me parecía entonces una isla donde no llegaba nada de otra parte, un puerto de barcos fantasmas, un lugar escondido como Macondo antes del ferrocarril.

Ahora la escultura está a nivel del piso y a varias cuadras de mi casa pasa galopando la Metrovía. Ese dragón azul que, para bien o mal, viajando en él es cuando me siento parte de la ciudad, de un colectivo trabajando como se pueda, yendo y viniendo todos los días (hasta la demencia), comiéndose la camiseta y riéndose, cuidando sus bolsillos, burlas por doquier porque otros están más jodidos. Pasa por Olguita, donde con Diana peregrinamente comemos arroz con pescado frito + limón. Cruzamos para fumar y me dice que no se ve viviendo en otro lado. Le respondo que Guayaquil no está mal, pero le falta más mundo, gente con turbantes por las calle, que uno no tenga que ir hasta Pichincha y Colón para comprar buen curry, y que al menos un puñado de personas se dediquen a lo que quieren, sean curiosas, anárquicas, sin repetirse. Llegamos. El lugar es simpático y se lo menciono, lo que olvido decirle es que acá también faltan un par de grandes parques con lagos, paseadores de perros y árboles para dormir. En este hay césped y niños; no hay patos, esos animales que tanto miraban Holden Caulfield, Jack Kevorkian y Tony Soprano. No dejo de pensar en que estas aves están ligadas a idealistas, a personas que toman al toro de los cuernos, que tienen algo de ambición. En Guayaquil casi no hay patos, en el malecón unos cuantos. No alcanzan. Robaré uno para Diana.


Lejos de estar vestida de criolla bonita, con Juan Pueblo y poemas coloniales, rescatando valores y costumbres, me gustan las historias porteñas que hablan de sitios húmedos, esquineros, casi sin luz, de taxistas escuchando a Lavoe, cangrejadas y cabarets de antaño. Esa ciudad que mata, de la que escribe Jorge Martillo, con la vida y la muerte en sus calles. Una Guayaquil de caminatas por mercados del Guasmo en busca de una yerba para cocinar el respectivo seco de chivo a lo Miguel Donoso Pareja, Jorge Velasco, Alfredo Pareja, Gallegos Lara y los escritores underground que no he leído. Autores que son pocos porque aunque entre el nacemos, crecemos y vivimos como nos toca, que cantan Los Cadillacs, hay mucho realismo sucio y rezagos del mágico regados por la calles, a diferencia de Buenos Aires las ideas no están en las aceras a la espera de que cualquiera las agarre; acá a las historias urbanas, para atraparlas, hay que tomarlas por sorpresa en la oscuridad y apuñalarlas en la yugular. En esos textos los personajes, que son los de a pie, no miran a los patos, hacen un buen seco con ellos.

2 comentarios:

amanda dijo...

Raùl. que màs certera y clara has dicho. las historias en esa ciudad hay que apuñalarlas y no son para cualquiera, para ti salta a la vista que si.

Que buen post!!

Raul Farias dijo...

Seguro, acá hay que ir a la caza de las historias y se puede morir en el intento

Saludos