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3 de enero de 2011

De los cuernos


«Ver al toro coger al torero/ eso es lo mejor» dice Bukowski en su poema Lo mejor y lo peor. Bien. De acuerdo con el viejo Hank. Por muy crudo que suene prefiero ver al animal ganar y no al tipo, ahora en el piso lamentándose, que lo quiere matar por una cuestión de deporte, cultura y hombría. Un supuesto ritual de baile y muerte que dignifica al toro – algo de razón hay, lo admito – porque si perece lo hace en un lance y no de forma canalla en el camal…. ¿Y esos tipos chupando y vitoreando, las mujeres bailando? Cierto, estamos en un espectáculo y eso es lo que importa, el público. Tendrán que buscar otro argumento para el disfraz…

Dos semanas atrás Alfonso Reece escribió el editorial en el diario EL UNIVERSO No son toros los que están. El pobre sonaba desesperado con el llamado a consulta del presidente Correa en el que se añadirá una pregunta referente a la prohibición de corridas taurinas en el país. Lo negativo es que ante tanta impotencia los argumentos y excusas que buscaba para justificar el acto de matar un animal como parte de un espectáculo rozaban en lo ridículo y absurdo: ¿la búsqueda de la felicidad en clavar un par de espadas a un toro hasta que se desangre?, justificación: es una propiedad y podemos hacer con ella lo que queramos; ¿si en Los Andes los indígenas comen cuys y en España no, y otras personas practican la pesca, porque nosotros los tauromaníacos no podemos hacer esto que tanto nos gusta?, como si la alimentación y necesidad de proteínas que trae la carne fuera igual al puro entretenimiento; a los que se suman comentarios anteriores en que ha comparado la salsa con ésta su pasión. Pura bullshit. Dejavú con las opiniones de esos comentaristas de fútbol que abundan y emiten su verdad de la forma en que lo hace alguien que piensa que quienes lo escuchan son unos completos ignorantes - de Fernando Hidalgo únicamente dicen que es muy desesperado mientras Jonathan Montenegro o Jorge Cevallos, los dos que tiemblan cada vez que les cae un balón en los pies, son muchachos con condiciones -. Casi le he perdido el respeto al columnista.

Y aunque prefiero la cornada del toro antes que el fino sable para ganar una oreja o un rabo, no estoy de acuerdo con la consulta popular invocada por el presidente. ¿Por qué? Porque lo hace simplemente para obtener un triunfo electoral. Para crear el efecto de que sí está tomando medidas y está pendiente del tema de la inseguridad. Tan sólo debería guiarse de las encuestas para tomar las acciones del caso en lugar de hacer a la ciudadanía dirigirse a las urnas por algo que será aprobado con más de un 90% de los votos, y que después de todo es un derecho intrínseco de los ecuatorianos y suena a buen vivir. También nos cree unos completos ignorantes. La diferencia abismal es que Reece lo hace sólo con el tema taurino mientras que a Correa le gusta jugar con nosotros y disfruta la satisfacción de la victoria.

Antes que por medio de una consulta popular – acá la tienen difícil los taurinos porque esta es una decisión de las personas y no un Decreto Ministerial – sería mucho mejor que las personas se rehúsen a asistir a las corridas taurinas y otros eventos similares. Boicotearlos con amenazas de bombas, soltando a los toros o dándoles somníferos, reduciéndoles sus apretados trajes a los toreros, lanzando globos de pintura desde el cielo. Cualquier cosa sin llegar a cortar orejas al público y a los que blanden su capa en la arena. Hasta ahí nomás, sin violencia, porque no somos como ellos...

25 de enero de 2010

Un ovillo, una fiesta (al menos me queda Sevilla)

«Muchos de nosotros habíamos vivido en Rayuela, y por tanto en la París de Cortázar» escribe Juan Cruz para diario EL UNIVERSO en el especial publicado en La Revista acerca de las ciudades de los escritores (en las próximas semanas alguien escribirá acerca de la Buenos Aires de Borges, la Cartagena de García Márquez, etc.). Y es verdad. Yo visité y viví en París leyendo Rayuela y pienso que todos los años tengo que volver. Al menos por un mes visitar las rue, caminar al lado del Sena, ver pasear a los clochards debajo de los puentes, escabullirme entre los callejones fumando galoises, detenerme en mitad de la calle a mirar algo como La Maga que sólo ella sabía que desde ahí las cosas se aprecian mejor, escuchar jazz con el club de la Serpiente en algún cuartucho del centro, y leer y buscar a Morelli.



Se suponía que de Sevilla iba a ir a Barcelona 4 días, luego hacer un tour rápido por la Costa de Oro en Francia y agarrar un tren o un bus que me lleve a París. Con suerte encontraría algo de la París de los sesentas de Rayuela y tendría una excusa para quedarme entre esa ciudad de final de comedia estadounidense que es ahora como lo mencionaba Ana Laura Lissardy cuando trataba de encontrar a un personaje de Cortázar con magros resultados. Creo que no buscaría a Horacio ni a La Maga, pero si esperaría encontrármelos por casualidad. Que me inviten a tomar un mate o a ir a una de las librerías donde dejaban entrar a los gatos. Tres cosas fallaron para no quedarme en París: el western – unión nunca llegó y en Barcelona el dinero se va mucho más rápido de lo previsto, a los franceses sólo les gusta hablar en francés, y en Madrid la cuestión se veía más prometedora después de un correo. Por esas cosas uno no va a París. Son parte de las coincidencias, de las Rayuelas.

No pude vivir en París, ni siquiera tocarla. Al menos estuve tres meses en Sevilla, que no inspira a escribir algo como Rayuela; pero tiene sus aires de pasado, de novela medieval. Tiene su encanto, sus gitanas queriéndote leer la mano a toda hora del día, los almuerzos extremadamente caros por lo que los bares de tapas son un refugio ante el hambre, sus parques llenos de naranjos incluso en invierno, su catedral de oro, el sol que no se esconde, las plazas con sus mesitas atiborradas de cerveza que se bebe todo el día, su torre de oro donde llegaban los buques de América, su antigua fábrica de tabaco con obreras que trabajaban en paños menores y que inspiraron las novelas eróticas del siglo XVII, las calles llenas de marroquíes, senegaleses y latinos. Al menos estuve por Sevilla.

El escrito de Juan Cruz en La Revista es para la nostalgia de un lugar que no he pisado. Pero tengo ganas de volver allá, así que como todos los años, después de terminar estas letras corro a volver a leer Rayuela.

La París de Cortázar por Juan Cruz comienza así:
Cuando se hace tarde en París muchos escritores enfilan hacia Saint André des Arts, donde hay un restaurante al que iba Pablo Neruda. Me lo contó un día Mario Vargas Llosa, que fue allí algunas veces con el maestro chileno; en ese momento Mario cenaba con nosotros, regocijado ante la comida y ante los recuerdos.
Es un restaurante muy parisino y también muy latino; allí se encuentra uno como si hubiera salido, por ejemplo, de Rayuela. Mientras comíamos aquellas viandas simples, servidas con un pan exquisito, el pan de París, me pregunté si Julio Cortázar alguna vez habría estado allí. Se lo pregunté a Mario y me dijo que no lo sabía; se había encontrado con él en muchos sitios de París, pero no recordaba haber estado allí precisamente… (Leer más).










9 de octubre de 2009

Todo es relativo

Cuenta la leyenda que en una reunión, ante el apoyo brindado por Eisenhower al dictador Somosa, un desconcertado preguntó a que se debía esto. Las palabras del presidente de EUA no podrían haber sido más precisas: “is a son of a bitch, but is our son of a bitch”. Es decir: respaldemos lo que sea con tal de evitar la plaga mayor que es el comunismo. Semejante a la solución para ese fantasma que recorre América Latina (Socialismo del siglo XXI, Chavismo), varios columnistas de diario EL UNIVERSO justifican las acciones del Gobierno de facto en Honduras. Todo sea para evitar ese infierno no deseado.



Hernán Perez Loose, el 7 de julio del 2009, escribió una columna llamada El pretexto de Zelaya donde decía que “La corte constitucional hondureña declaró inconstitucional la pretensión de Zelaya de convocar a una consulta que buscaba indirectamente su reelección. Lo hizo porque allá sabiamente la Constitución prohíbe al presidente buscar, incluso de manera indirecta su reelección”. Imagino que la aplicación de las Constitución hondureña se da a través de mecanismos legales y no de, se me viene a la mente, que los militares destierren al presidente del país mientras estaba dormido. Pero eso no menciona Peréz Loose con tal de justificar el acto (tampoco menciona las violaciones contra los derechos humanos cometidas por el Gobierno de facto desde el instante de su posesión – las Fuerzas Armadas mantuvieran a personas aliadas a Zelaya retenidas sin que nadie sepa su paradero, además del uso extremo de la fuerza ante las manifestaciones contra el régimen-). Y no creo que diga nada ante las medidas de estado de sitio que tomó Micheletti cuando Zelaya arribó al país. Seguramente Peréz Loose creyó que al ser el dictador hondureño de derechas, nada de esto iba a ocurrir. Lo mismo le debió haber pasado a Alfonso Reece cuando escribió en su columna Vehementer nos que: “si la operación Valkiria hubiese tenido éxito y Hitler hubiese sido derrocado, ¿los aliados habrían protestado porque se estaba derrocando a un mandatario electo?” Olvidando la comparación entre Hitler y Zelaya, seguramente Reece, por su declarada inclinación liberal, no espero que Micheletti imponga el estado de sitio al éste estar más cerca de sus creencias. Él esperaba que automáticamente el estado de derecho se implantara en el país. Pero, por otra parte, Reece tiene razón al señalar que el cordial trato de los presidentes de Sudamérica, en la última cumbre con las naciones africanas, a dictadores acusados de genocidios y de llevar a la ruina a sus naciones (perennizándose en el poder) no justifica la actititud haciaMicheletti. Un ejemplo de que las actitudes entre los editorialistas y los políticos tienen muchas semejanzas. Eso habría que recordar al leer la perla escrita por Gabriel Calderón que menciona que en Honduras si hay división de poderes. ¿En qué lugar donde se restringen las libertades a los ciudadanos existe división de poderes?
Ya cantaba Rubén Blades que todo es según el color del cristal con que se mira.

P.D. No le hago a la sala, pero acá está el video de la canción de Rubén Blades ft. Willy Colón

27 de septiembre de 2009

Pobre Pepe

José Alejandro Castaño, en la edición nº 67 de la revista Etiqueta Negra (junio del 2008), escribe que en Puerto Olaya, pueblito de pescadores en Santander, Colombia, sus habitantes están habituados a presenciar el espectáculo de lo atroz: “Llevaban años viendo pasar los cadáveres de gente asesinada, quién sabe dónde... Los llamaban los pasarápido y todos se santiguaban al verlos correr río abajo”. Pero este hecho común en el río Magdalena no fue lo que motivó la investigación del autor sino un suceso extraño que le dio nombre a su crónica: ¿A dónde van dos hipopótamos tristes? La historia de dos hermanos que se escaparon de la hacienda de Pablo Escobar, Napóles, en Puerto Triunfo, a trescientos kilómetros de Puerto Olaya, donde convivían con jirafas, monos, elefantes que adornaban el Edén construido por el capo de la droga (y que murieron, fueron robados o donados a zoológicos con la muerte de Escobar), porque Pablito, el macho alfa del grupo, no compartía las hembras y este par se fueron de la hacienda en busca de descendencia. Lo más probable es que ambos hayan llegado hasta un corredor de aguas estancadas, lugar sembrado por minas explosivas. Nunca más se supo de ellos.

En estos últimos días un trío de hipopótamos (Pepe, su pareja Matilde y su hija Hip) también hicieron noticia. El 18 de junio de este año apareció una foto donde un grupo de soldados colombianos y dos expertos cazadores posan junto al cadáver de Pepe, el hipopótamo (diario EL UNIVERSO publicó un reportaje al respecto que vale la pena leer), después de que se hiciera efectiva una orden de captura para los animales. Todo con la aprobación del Ministro de Ambiente colombiano (por lo cual piden su renuncia).

Varias protestas y defensas aparecen al respecto. Por un lado se dice que los hipopótamos son animales peligrosos que matan más gente en África que cualquier otro animal (sin incluir al hombre, claro), aunque en Colombia no existe ninguna denuncia de ataques de hipopótamos. Por otro se dice que es una buena oportunidad para la supervivencia de esta especie en caso de que en África empiecen a extinguirse, pero habría que recordar la alteración al medioambiente que generaría su propagación. Así que la estrategia fue mantener a los animales dentro de la hacienda del Tony Montana colombiano y en caso de que estos escapen: ejecutarlos (pareciera que ésta es la solución a todos los problemas por parte del Gobierno de Uribe). Porque el costo de capturarlos y mantenerlos, a cada uno, es de aproximadamente 40 mil dólares y los burócratas fueron incapaces de buscar una solución que no incluya la muerte de los animales. Dinero que podría utilizarse para beneficiar a personas que viven en la pobreza. Hasta ahora todo podría ser justificable. Pero de ahí a sacarse una foto, para el orgulloso recuerdo, junto a la presa: sólo los militares acostumbrados a resolver las cosas con plomo.
Pobre Pepe que nunca sabrá lo que pasó. Sólo quería vivir sin hacerle daño a nadie (su muerte suspendió la cacería del resto de la manada, por lo menos hasta que pase el escándalo). Ante los hechos habría que quedarse como conclusión con el final de la crónica de JAC: “La inútil travesía de los dos hermanos tal vez sea otra constancia de esta reiterada habilidad humana de joderlo todo”.

P.D. Acá, el escalofriante detalle de la operación militar para cazar a Pepe; acá, un artículo de opinión de la mejor pluma que tiene Diario EL TIEMPO de Colombia, Daniel Samper Pizarro; y acá, unas letras de la escritora Claudia Mar Ruíz.

17 de septiembre de 2009

El lugar donde todo está en stand by


Aunque al valle del Cajas lo recorrí por última vez el 1 de mayo de este año, haciendo ese last tour en automóvil, disfrutándolo mejor que otras veces porque estaba en el asiento del frente y pude ver ese cielo totalmente gris que parecía una pausa de una lluvia interminable, montañas pintadas de diferentes tonalidades de verde que se mezclaban con el amarillo y rojo que hacen el aguante en ese monótono paisaje, volviendo esa vista una buena despedida para un lugar al que no pienso volver en algún tiempo, sino hasta que me haya acostumbrado a no recordarlo y la sensación de verlo de nuevo sea como esa experiencia que esperan volver a tener los junkies: disfrutar otra vez de la primera inhalación, de la primera pitada, de la primera aspiración, de la primera inyección, ese valle, en cada recorrido, no estaba frente mis ojos. Pero lo importante no era mirarlo sino sentirlo. Absorberlo. El bus podía ser cualquiera pero la ruta era siempre la misma. POR EL CAJAS siempre le repetía al de la boletería durante nueve meses. Desde Guayaquil hasta Cuenca y desde Cuenca hasta Guayaquil cada 15 días. En esas dos horas que recorría el camino (las otras dos horas, en la costa, eran para algún buen libro o revista), lleno de montañas y curvas, del valle con un televisor pasando una mala película o escuchando los grandes éxitos de la tecnocumbia, se me despertaban la imaginación y todos los sentidos. En el valle era como estar unplugged. Todo lo relacionado a trabajo, familia, amigos, obligaciones y cosas pendientes se olvidaban, quedaban en stand by. FOREVER YOUNG hubiera cantado Bob Dylan. Lejos del UNDER PRESSURE que David Bowie y Freddy Mercury entonaban. Y en ese rato de paz uno pasaba todo lo que estaba en borrador a limpio.

Nunca me he puesto a clasificar cuales han sido mis mejores posts. Ni siquiera sé si existe uno; pero los que escribí después de que se me haya ocurrido alguna idea mientras empezaba a divagar en El Cajas fueron a los que les puse más feelin´. El estar ahí era materia prima y de la buena para la mente. Recuerdo uno de Hemingway y la monotonía que me generaba apreciar las montañas, y uno sobre un libro de García Márquez después de haber creído encontrar en el bus a uno de esos personajes que los pensaba ficticios. Era como si en el Cajas pudiera manipular la realidad o inventarla. Es un sitio que me ha dado más de lo que imaginaba. No hay como estar en la playa, tener en una mano un buen libro, en la otra una cerveza y en las sillas de al lado a tus amigos; pero para estar solo, para uno mismo (uno de esos que si no lo tuvieras te sería imposible sobrevivir): el Cajas.

Lo transitaba desde pequeño cuando, junto a mi hermana y mi primo, nos mandaban de vacaciones a Cuenca y la vía que pasaba por La Troncal y por Azogues se volvió el camino largo. Mi tío me contaba que a él cuando le tocaba viajar a Guayaquil, y a veces pasaba por el Cajas y el bus se dañaba en las pendientes, alguno de los pasajeros mataba una gallina, otro sacaba el trago y hacían fiesta hasta que repararan el bus; y el mismo tío me contaba también que sus padres hacían el mismo recorrido en carretas tiradas a caballo y en caravana, y demoraban ocho horas hasta llegar a Naranjal, pasando la noche en el cantón y al día siguiente tomaban rumbo hacia Guayaquil. No eran viajes sino aventuras. Como la que Juan Fernando Andrade escribe, en una de sus crónicas para la revista Soho, cuando los primeros raidistas llegaron a Quito desde Chone, hartos del anterior recorrido: Quito - Bahía de Caráquez - en barco a Guayaquil - en tren a Chone, en diciembre de 1939. Casi un mes de viaje con todas las peripecias de ley pero al final todos los tripulantes y el automóvil llegaron sanos y salvos. Y el día jueves leí una columna de Ricardo Tello (está bueno que EL UNIVERSO ponga esta clase de columnistas que parecen escribir con libertad y no con obligación) dedicada a los primeros raidistas que cruzaron El Cajas hace 40 años. En este momento en que aquella vía, donde a uno lo obligaban a estacionarse por lapsos de hasta cuarenta minutos porque la estaban rellenando de hormigón, está finalmente pavimentada en todo su recorrido. Y sin ganas de obstruir el progreso, pienso que los que viajan hasta Cuenca deberían detenerse por un rato en la autopista, en medio de la nada, olvidarse del apuro por llegar y dejarse llevar por la vista, la monotonía y todo lo que ellas traen.

2 de septiembre de 2009

De pasquines violentos

La novela, La mala hora, del escritor colombiano Gabriel García Márquez, cuenta, a través de sus páginas, como los habitantes de Macondo viven una tranquilidad desagradable. Los conservadores, ganadores de la guerra civil, persiguen cruelmente a sus opositores los liberales, y en las puertas de las casas amanecen pegados pasquines con chismes acerca de verdades que hasta entonces no habían sido públicas. Un día, al alba, mientras el padre Ángel llamaba a misa, un sonido de arma despierta a los habitantes. Un campesino ha matado al presunto amante de su esposa después de haber leído uno de los panfletos. También morirá el hijo de un coronel que no tiene quien le escriba, desatándose la violencia en el pueblo.

Una semana atrás me encontraba en el sur de la ciudad, caminando por la calle con un amigo; mientras conversábamos, él por una extraña razón (la misma por la que cuando uno pregunta una dirección, de un tiempo acá, muchos siguen caminando como si no existieras), que puede deberse al asalto que sufrió recientemente, me señalaba los buses, para al más puro estilo Nueve Reinas mostrarme lo que estaba por suceder: “¡Mira como en esa Cayetano se subieron cuatro carameleros!” (Para exigirles, en grupo, a las personas que les ‘compren’ sus mercancías); “¿viste a ese man que se trepó en el bus con los ojos rojísimos?” (Mendigo presuntamente drogado que le pide a los pasajeros que lo ‘apoyen’ porque recién salió de la Peni); “viste ese hijueputa, que se baja de la 42, guardándose algo en los pantalones, ¿de ley era un cuchillo, no?”, fueron algunas de sus observaciones en los veinte minutos que estuvimos andando por la Av. 25 de julio, y mi respuesta en la mayoría de los casos fue: “La plena, loco” porque desarrollé el mismo ojo clínico desde la época en que iba a la universidad, aunque la paranoia recién apareció cuando me fui a vivir a Cuenca y veía las noticias diarias relacionadas con la inseguridad de Guayaquil. Cada vez que venía estaba totalmente once a cada persona que se me acercaba y a quien tenía movimientos sospechosos. Empecé a entender el terror y los consejos que tienen las madres cuando sus hijos de provincia vienen a estudiar acá. Suerte que hasta ahora he podido esquivar a la delincuencia, pero eso no implica que estemos seguros en Guayaquil.

Una semana atrás llegó a mi correo el pasquín, que está en la foto, firmado por la BADG (Barriada Anti Delincuencial de Guayaquil). Grupo del cual no conozco sus miembros, pero ellos mencionan que tienen nexos en Colombia, están entrenados militarmente y muy bien armados. Señalan que a partir de las diez de la noche “no hay excusa para no estar en casa. Esta amenaza directa va a dirigida a toda clase delincuencial. Los [sic] demás personas honradas están a salvo…” El mismo aviso u otros con similar tono han rondado, como en La mala hora sin saber quien los pego, en cantones del Guayas y otras provincias, provocando que a las diez de la noche las calles estén silenciosas y desiertas, que estudiantes salgan más temprano de clases para dirigirse a sus casas, como lo relata el Informe del diario EL UNIVERSO del pasado domingo. No creo que en Guayaquil suceda algo parecido y espero que el correo no pase más allá de una mala broma. Pero este tipo de actos, en lugar de generar tranquilidad, son un multiplicador del temor y la inseguridad que ya se sienten en las calles. Por ejemplo, ahora tendré que cortarme el cabello porque me podrían confundir con un fumón marihuanero. Es uno de esos casos en que el remedio es peor que la enfermedad. Violencia trae más violencia. ¿No es así como nacen los grupos paramilitares? Aunque seguramente es una utopía para quienes siempre sugieren que a los ladrones se les debería cortar las manos o colgarlos de las bolas.




21 de agosto de 2009

Breves encuentros con la porcina

Transcurría el mes de abril y en Cuenca, en un mediodía nublado y frío, que estaba más para dormir que para trabajar, algo había cambiado en el ambiente. Desconfianzas en la mirada. Psicosis colectiva ante las noticias que se transmitían en los televisores. Una inusitada cantidad de muertes en México por una enfermedad con nombre común y apellido de cerdo. Con mi hermano y con una amiga sospechábamos de que no se veía ningún cadáver en la televisión, ni imágenes apocalípticas de cuarentenas y personas vestidas con trajes herméticos, nosotros tan acostumbrados a las películas del tipo 28 days later o cualquiera en la que una plaga amenace a la humanidad. Lanzábamos al aire ideas, como si fueran afirmaciones, de que seguramente todo era un fraude para elevar las ventas de las farmacéuticas; y desconfiábamos de que Obama, casualmente, días antes del inicio de la pandemia, haya estado reunido en México con su homólogo Calderón. Sospechábamos también que muy pronto muchos se reportarían enfermos para no acudir a sus trabajos. Como en México se cerrarían escuelas y la misa se daría por radio, mientras escuchábamos y leíamos las recomendaciones de no saludarse con besos y que en las ciudades calurosas el riesgo es menor. Suerte que en menos de un mes volvería a Guayaquil. Sin embargo ya era parte de los murmuros en una ciudad asustada ante la ineptitud de las explicaciones de los médicos.


Días antes de viajar en avión un temor me invadía. No era por el contagio sino por la posibilidad de que se suspendan los vuelos. Suerte que la peste usaba sombrero de charro, y en los aeropuertos los empleados sólo discriminaban los pasaportes mexicanos. En la espera en el Yei Yei Olmedo, pude ver la nueva apariencia de las bellas vendedoras convertidas en enfermeras con sus guantes y barbijos, además de responder a nuevas interrogantes, aparte de los formularios de siempre, sobre dolores de ojos, malestares del cuerpo y solicitudes de números de teléfono y hoteles. Una foto, para reconocerme por las calles, en caso de ser un ignorante portador de la peste, fue como me recibieron en Ezeiza. A los dos días de haber llegado ya se detectaba el primer caso de influenza en Buenos Aires. En cada traslado de ciudad en ciudad, los desconocidos que acababa de conocer me preguntaban de donde era y si había pasado por territorio azteca. Después de responderles que todavía no había llegado la porcina al Ecuador y que México está a miles de kilómetros, ya compartíamos el mate, cigarrillos y nos dábamos besos de despedida. Regreso cuarenta días después a Buenos Aires y con un invierno ya instalado, en la casa donde me quedaba, un adolescente, al igual que la mayoría de los infectados, sentía tiritar su cuerpo y la fiebre lo envolvía. Suerte que no había estado días antes cuando llegó gente del Ministerio de Salud para añadirlo a las estadísticas. En esos días había pescado un catarro y seguro me hubieran puesto en cuarentena.

Antes de regresar a Ecuador, en los estrechos pasillos y salas del aeropuerto de Ezeiza, los barbijos y el gel para lavarse las manos se vendían frenéticamente, sin importar que tuvieran precios de aeropuerto. Por eso el avión parecía una luminosa sala de operaciones y el vino derramado en la blanca tela, ante las peripecias de los viajeros para comer y beber sin quitárselos, pintaba de realidad al asunto. A la llegada a suelo ecuatoriano, una cámara infrarroja te recorría de pies a cabeza y determinaba si eras un infectado más. En Guayaquil, el calor me hizo sentir a salvo hasta hace dos viernes, cuando después de un concierto me encontré con el Ministro Ricardo Patiño y hablé un par de palabras con él sobre unos proyectos (a veces te toca bailar con el diablo). El mismo día mi hermana llegó con los ojos reventados, la garganta inflamada y con malestar de cuerpo. Dos días después me enteré que Patiño era portador de la gripe AH1N1 al igual que el presidente de Costa Rica. La cagada, esta gripe no tiene preferencias, me dije enseguida… Ya han pasado quince días desde el último encuentro con la plaga y no hay síntomas. Si esta es una pandemia al estilo I am legend, donde perecerá una parte importante de la raza humana, después de algunos roces con la enfermedad, creo estar entre los elegidos para salvarse. Eso pienso mientras un moco se me sale de la nariz.

P.D. Los links son excelentes crónicas porcinas. Recomiendo principalmente la de la revista mexicana LETRAS LIBRES.

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