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25 de octubre de 2009

Quieren tu dinero

Tengo cuatro años y me estoy quedando dormido en una casa donde se han puesto butacas formando filas, y desde lo alto un hombre con biblia en mano nos predica. Esa imagen es perdurable porque desde los cuatro años hasta los veinte y tres todos los días domingos asistía (obligado) a la iglesia evangélica. El frente más conservador (con el Opus Dei) en la guerra contra el enemigo que es el mundo. Donde todos se llaman hermanos. Sólo los veía los domingos, pero en situaciones que seguramente sus compañeros de oficina no habían presenciado: era normal ver “hermanos” desmayados, hablando en lenguas y convulsionando. A la biblia te la presentaban como un manual de administración espiritual y familiar, porque, a diferencia del catolicismo, además del perdón, se necesita llevar una vida en paz para alejarse de las llamas y el azufre eterno.

Aquel manual de administración también era utilizado (y lo continúa siendo) en sermones acerca de cómo manejar el dinero, y el predicador siempre te señalaba que el sueldo que ganabas no era producto de tu esfuerzo sino una bendición, por lo que el diezmo (un impuesto voluntario) era un acto de justicia y la ofrenda una prueba de amor, y ambas permitirían que el mensaje de salvación se expanda. Lo irónico es que en la religión evangélica lo que más abundan son pobres (a excepción de esa América profunda que retrata David Lynch, donde además de esa carga de intolerancia por otras ideas, racismo, xenofobia y homofobia, muchos de los conservadores norteamericanos son hombres prósperos).

Los diezmos y las ofrendas son un camino hacia la prosperidad y la salvación en las religiones, digamos protestantes, y eso lo utilizó el Obispo Edir Macedo, creador de la Iglesia Universal del Reino de Dios, para amañar una inmensa fortuna gracias a las permisivas leyes que tienen las iglesias en materia tributaria, y que ahora es investigado por la Fiscalía de Brasil (la revista Vistazo presenta un excelente artículo de estos hechos). Basándose en una fe que predica que mientras más das más recibirás, los pastores de esta iglesia han puesto de moda la comercialización de la religión. Uno puede adquirir el agua bendita traída de Israel y así sentirse más cerca del reino de Dios.

La religión, si se quiere, es un gran negocio (no necesita marketing). Eduardo Galeano escribía que en Colombia las tasas de matrimonios variaban de acuerdo a los precios del café. Con las crisis aumentan el número de fieles y en lugares como Nobol parece no existir (desde su santificación, las limosnas hacia Narcisa se han duplicado). Y es verdad que uno puede hacer con su dinero lo que le da la gana, y ante consejos de que te compres un auto y no te vayas de mochilero a Argentina uno puede mandar a esas personas a la reputaquelosparió; pero eso no implica que no existan controles de cómo estas instituciones gastan su dinero, o sea imposible investigar si han instigado a sus fieles a que donen sus casas o realicen grandes contribuciones, que en esta vida o en la otra serán devueltas. Recordemos que son organizaciones sin fines de lucro y no de lucro sin fin.

P.D. Dejo las mejores canciones que he escuchado en las que se nombra a Jesús y que se deberían corear en cualquier misa, culto, salón del reino o congregación, aunque la verdad ya no asisto a ninguna de ellas. Pero ojalá las toquen.




21 de agosto de 2009

Breves encuentros con la porcina

Transcurría el mes de abril y en Cuenca, en un mediodía nublado y frío, que estaba más para dormir que para trabajar, algo había cambiado en el ambiente. Desconfianzas en la mirada. Psicosis colectiva ante las noticias que se transmitían en los televisores. Una inusitada cantidad de muertes en México por una enfermedad con nombre común y apellido de cerdo. Con mi hermano y con una amiga sospechábamos de que no se veía ningún cadáver en la televisión, ni imágenes apocalípticas de cuarentenas y personas vestidas con trajes herméticos, nosotros tan acostumbrados a las películas del tipo 28 days later o cualquiera en la que una plaga amenace a la humanidad. Lanzábamos al aire ideas, como si fueran afirmaciones, de que seguramente todo era un fraude para elevar las ventas de las farmacéuticas; y desconfiábamos de que Obama, casualmente, días antes del inicio de la pandemia, haya estado reunido en México con su homólogo Calderón. Sospechábamos también que muy pronto muchos se reportarían enfermos para no acudir a sus trabajos. Como en México se cerrarían escuelas y la misa se daría por radio, mientras escuchábamos y leíamos las recomendaciones de no saludarse con besos y que en las ciudades calurosas el riesgo es menor. Suerte que en menos de un mes volvería a Guayaquil. Sin embargo ya era parte de los murmuros en una ciudad asustada ante la ineptitud de las explicaciones de los médicos.


Días antes de viajar en avión un temor me invadía. No era por el contagio sino por la posibilidad de que se suspendan los vuelos. Suerte que la peste usaba sombrero de charro, y en los aeropuertos los empleados sólo discriminaban los pasaportes mexicanos. En la espera en el Yei Yei Olmedo, pude ver la nueva apariencia de las bellas vendedoras convertidas en enfermeras con sus guantes y barbijos, además de responder a nuevas interrogantes, aparte de los formularios de siempre, sobre dolores de ojos, malestares del cuerpo y solicitudes de números de teléfono y hoteles. Una foto, para reconocerme por las calles, en caso de ser un ignorante portador de la peste, fue como me recibieron en Ezeiza. A los dos días de haber llegado ya se detectaba el primer caso de influenza en Buenos Aires. En cada traslado de ciudad en ciudad, los desconocidos que acababa de conocer me preguntaban de donde era y si había pasado por territorio azteca. Después de responderles que todavía no había llegado la porcina al Ecuador y que México está a miles de kilómetros, ya compartíamos el mate, cigarrillos y nos dábamos besos de despedida. Regreso cuarenta días después a Buenos Aires y con un invierno ya instalado, en la casa donde me quedaba, un adolescente, al igual que la mayoría de los infectados, sentía tiritar su cuerpo y la fiebre lo envolvía. Suerte que no había estado días antes cuando llegó gente del Ministerio de Salud para añadirlo a las estadísticas. En esos días había pescado un catarro y seguro me hubieran puesto en cuarentena.

Antes de regresar a Ecuador, en los estrechos pasillos y salas del aeropuerto de Ezeiza, los barbijos y el gel para lavarse las manos se vendían frenéticamente, sin importar que tuvieran precios de aeropuerto. Por eso el avión parecía una luminosa sala de operaciones y el vino derramado en la blanca tela, ante las peripecias de los viajeros para comer y beber sin quitárselos, pintaba de realidad al asunto. A la llegada a suelo ecuatoriano, una cámara infrarroja te recorría de pies a cabeza y determinaba si eras un infectado más. En Guayaquil, el calor me hizo sentir a salvo hasta hace dos viernes, cuando después de un concierto me encontré con el Ministro Ricardo Patiño y hablé un par de palabras con él sobre unos proyectos (a veces te toca bailar con el diablo). El mismo día mi hermana llegó con los ojos reventados, la garganta inflamada y con malestar de cuerpo. Dos días después me enteré que Patiño era portador de la gripe AH1N1 al igual que el presidente de Costa Rica. La cagada, esta gripe no tiene preferencias, me dije enseguida… Ya han pasado quince días desde el último encuentro con la plaga y no hay síntomas. Si esta es una pandemia al estilo I am legend, donde perecerá una parte importante de la raza humana, después de algunos roces con la enfermedad, creo estar entre los elegidos para salvarse. Eso pienso mientras un moco se me sale de la nariz.

P.D. Los links son excelentes crónicas porcinas. Recomiendo principalmente la de la revista mexicana LETRAS LIBRES.

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