Mostrando entradas con la etiqueta Cuenca. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cuenca. Mostrar todas las entradas

21 de agosto de 2009

Breves encuentros con la porcina

Transcurría el mes de abril y en Cuenca, en un mediodía nublado y frío, que estaba más para dormir que para trabajar, algo había cambiado en el ambiente. Desconfianzas en la mirada. Psicosis colectiva ante las noticias que se transmitían en los televisores. Una inusitada cantidad de muertes en México por una enfermedad con nombre común y apellido de cerdo. Con mi hermano y con una amiga sospechábamos de que no se veía ningún cadáver en la televisión, ni imágenes apocalípticas de cuarentenas y personas vestidas con trajes herméticos, nosotros tan acostumbrados a las películas del tipo 28 days later o cualquiera en la que una plaga amenace a la humanidad. Lanzábamos al aire ideas, como si fueran afirmaciones, de que seguramente todo era un fraude para elevar las ventas de las farmacéuticas; y desconfiábamos de que Obama, casualmente, días antes del inicio de la pandemia, haya estado reunido en México con su homólogo Calderón. Sospechábamos también que muy pronto muchos se reportarían enfermos para no acudir a sus trabajos. Como en México se cerrarían escuelas y la misa se daría por radio, mientras escuchábamos y leíamos las recomendaciones de no saludarse con besos y que en las ciudades calurosas el riesgo es menor. Suerte que en menos de un mes volvería a Guayaquil. Sin embargo ya era parte de los murmuros en una ciudad asustada ante la ineptitud de las explicaciones de los médicos.


Días antes de viajar en avión un temor me invadía. No era por el contagio sino por la posibilidad de que se suspendan los vuelos. Suerte que la peste usaba sombrero de charro, y en los aeropuertos los empleados sólo discriminaban los pasaportes mexicanos. En la espera en el Yei Yei Olmedo, pude ver la nueva apariencia de las bellas vendedoras convertidas en enfermeras con sus guantes y barbijos, además de responder a nuevas interrogantes, aparte de los formularios de siempre, sobre dolores de ojos, malestares del cuerpo y solicitudes de números de teléfono y hoteles. Una foto, para reconocerme por las calles, en caso de ser un ignorante portador de la peste, fue como me recibieron en Ezeiza. A los dos días de haber llegado ya se detectaba el primer caso de influenza en Buenos Aires. En cada traslado de ciudad en ciudad, los desconocidos que acababa de conocer me preguntaban de donde era y si había pasado por territorio azteca. Después de responderles que todavía no había llegado la porcina al Ecuador y que México está a miles de kilómetros, ya compartíamos el mate, cigarrillos y nos dábamos besos de despedida. Regreso cuarenta días después a Buenos Aires y con un invierno ya instalado, en la casa donde me quedaba, un adolescente, al igual que la mayoría de los infectados, sentía tiritar su cuerpo y la fiebre lo envolvía. Suerte que no había estado días antes cuando llegó gente del Ministerio de Salud para añadirlo a las estadísticas. En esos días había pescado un catarro y seguro me hubieran puesto en cuarentena.

Antes de regresar a Ecuador, en los estrechos pasillos y salas del aeropuerto de Ezeiza, los barbijos y el gel para lavarse las manos se vendían frenéticamente, sin importar que tuvieran precios de aeropuerto. Por eso el avión parecía una luminosa sala de operaciones y el vino derramado en la blanca tela, ante las peripecias de los viajeros para comer y beber sin quitárselos, pintaba de realidad al asunto. A la llegada a suelo ecuatoriano, una cámara infrarroja te recorría de pies a cabeza y determinaba si eras un infectado más. En Guayaquil, el calor me hizo sentir a salvo hasta hace dos viernes, cuando después de un concierto me encontré con el Ministro Ricardo Patiño y hablé un par de palabras con él sobre unos proyectos (a veces te toca bailar con el diablo). El mismo día mi hermana llegó con los ojos reventados, la garganta inflamada y con malestar de cuerpo. Dos días después me enteré que Patiño era portador de la gripe AH1N1 al igual que el presidente de Costa Rica. La cagada, esta gripe no tiene preferencias, me dije enseguida… Ya han pasado quince días desde el último encuentro con la plaga y no hay síntomas. Si esta es una pandemia al estilo I am legend, donde perecerá una parte importante de la raza humana, después de algunos roces con la enfermedad, creo estar entre los elegidos para salvarse. Eso pienso mientras un moco se me sale de la nariz.

P.D. Los links son excelentes crónicas porcinas. Recomiendo principalmente la de la revista mexicana LETRAS LIBRES.

14 de abril de 2009

Street fighters

Años atrás, viajando desde Trujillo hasta Cajamarca, en Perú, para visitar la ciudad de barro donde apresaron a Atahualpa, acompañado de una amiga tomamos un bus en la noche. Tres horas después el vehículo se detuvo porque un puente había colapsado y no podíamos avanzar más. Lo curioso era que la infraestructura no había sufrido los daños recientemente, sino desde semanas atrás, y aún así la empresa de transporte nos vendió los boletos. Más curioso aún resulta la bendición que significó para los lugareños este hecho. En ese puente donde acababa el Perú para los turistas, se había improvisado un mercado (sin la arquitectura del caso) que beneficiaba a los habitantes cercanos porque una vez que uno se bajaba del bus: te ofrecían carpas, linternas y mantas para pasar la noche, transporte al otro lado del puente que te llevarían al pueblo más próximo, puestos improvisados de comida, y más productos promocionados por informales (aprovechando su oportunidad de ganar algo extra de dinero).
La mitad de la tarde se aproxima y estoy sentado en un bus que me lleva desde Cuenca hasta Guayaquil en la vía que pasa por el valle del Cajas. Dicha vía actualmente se encuentra en reparación, por lo que únicamente está habilitado un carril. El carril da paso por cuarenta minutos ininterrumpidos a los autos que van hacia Cuenca y después da paso, por el mismo lapso de tiempo, a los vehículos que salen de la ciudad. Así que casi siempre a uno le tocará esperar. Este tiempo durante el cual los vehículos están en fila estacionados, también es aprovechado por comerciantes informales que te venden botellas de agua u otras bebidas, cd´s de música o películas piratas, artesanías y comida. Lo mismo pasa, por ejemplo, frente al KFC de la Alborada en Guayaquil, donde se instalan en las calles niños mendigos, vendedores de cd´s, ropa interior, entre otros (ellos saben que lugares son buenos para el negocio).


En Cuenca el mercado de la 9 de Octubre (anteriormente la zona de mayor peligrosidad en la ciudad) ha sido remodelado con la finalidad de dar amplias facilidades en seguridad y acceso a los consumidores que se dirigen al lugar. Aunque en el edificio se instalaron 270 puestos de ventas (todos ocupados actualmente), en los sectores aledaños, principalmente en las calles Mariano Cueva y Gaspar de Sangurima, comerciantes informales se aglutinan para ofertar sus productos. Muchas quejas existen por estas actividades, sin embargo estas no vienen de parte de las autoridades municipales, transeúntes o moradores del sector, sino por los comerciantes (formales) que tienen un puesto dentro de las instalaciones del mercado.
Durante el mes de junio del 2008, cuatro mil comerciantes minoristas, pertenecientes a 57 organizaciones de diferentes mercados salieron a las calles cuencanas como medida de protesta para impedir que los comerciantes informales puedan trabajar, según lo relatado por el diario Hoy de Quito. Lo que indica que los reclamos en el mercado 9 de octubre no representan un hecho aislado. En un artículo del diario cuencano EL MERCURIO, Rosa Matute (presidenta de la asociación del mercado 9 de octubre) señala que los protagonistas de estos actos son sobre todo vendedores de otros mercados (especialmente El Arenal, menciona), agudizándose el problema los días jueves (el miércoles que es el día de feria libre no se ven a los informales en las cercanías del mercado porque estos pueden obtener sus mayores ganancias de la semana en el lugar donde se realiza la feria). La presidenta instó a los guardias de seguridad que desalojen a los informales. Sin embargo otras personas señalan, también diario EL MERCURIO lo menciona, que la mayoría de informales del sector no son comerciantes de otros mercados, sino campesinos productores de hortalizas y verduras que por evitar la intermediación en la venta de sus productos, se han ubicado en los parterres de las calles anteriormente mencionadas. La municipalidad no decomisa los productos de los informales y se encuentra en proceso de construcción de otros mercados populares, además de ocupar los puestos vacíos en los mercados 3 de noviembre, 27 de febreros, 10 de agosto y otros, para reubicar a los aproximadamente dos mil informales de la ciudad con un pago de 10 dólares mensuales por el puesto.

Ojalá la reubicación no sea para marginar a los vendedores ambulantes en puestos alejados de zonas de consumo, todo para despejar las áreas turísticas del desorden que podrían generar los vendedores de chicles, chifles, manzanas, lotería, etc., o para cumplir unilateralmente con las demandas de los comerciantes formales de los mercados. Y la construcción de estos nuevos mercados no debería ser la única solución. Las solución más óptima sería tratar de que se evite la migración rural hacia las ciudades, potenciando y generando fuentes de empleo en estos sectores que eviten el desplazamiento por cuestiones económica. Sin embargo al ser esto a largo plazo, se debería establecer mecanismos de diálogo entre los afectados, con el objetivo de generar igualdad de condiciones entre los tipos de vendedores: Comerciantes legales (pagan impuestos y una mensualidad por su local, además del desorden provocado por los vendedores ambulantes) y los comerciantes informales (que por su oferta de producto, condiciones socioeconómicas o aspectos culturales, no tienen un local definido para sus ventas); además de estimular la organización de los informales. En recientes días en la ciudad de Guayaquil se proyectó un documental que habla sobre la informalidad en el cantón. No lo he visto, y por lo tanto no lo crítico, pero pienso que iniciativas como estas podrían generar un espacio de diálogo sin son difundidas entre la población.

24 de noviembre de 2008

Recorrido ni tan a lo hondo del Azuay

Día sábado, en un memorando todos convocados a reunión extraordinaria de trabajo. Maldición, el viaje a Guayaquil o Quito, según las circunstancias, quedó en la nada. El motivo de la reunión lo conocemos los invitados pero el sitio de su celebración no. SE DEBERÁ ASISTIR A LAS 8 Y MEDIA DE LA MAÑANA A CHAULLABAMBA PARA LUEGO IR UNA HACIENDA DONDE SE LLEVARA A CABO EL COMITÉ, era más o menos el mensaje que contenía el itinerario. Así que en una mañana brumosa y con lluvia copiosa, digna de cuento de Allan Poe, y con aires de responsabilidad laboral, digno de libro de Donald Trump, me dirigí al encuentro pactado.

Durante los trayectos de ida y vuelta a Cuenca los vehículos nunca tocaron asfalto, todo el camino fue a través del barro. El barro era de todos los colores y densidades, se tenía del arcilloso de pigmentación rojiza, el gris y espeso que nos hizo patinar algunas ocasiones, y seguramente uno que otro mezclado con deyecciones de vacas, cerdos o cualquier otro animal de granja. Con una temperatura menor a diez grados y la lluvia cayendo en el piso, sintiendo filtrarse en la calcetas para llegar a los pies, el orinar al aire libre era una experiencia provocadora de sentimientos de semidiós atrapado en la nada, en la nada porque se veían personas cada tantos kilómetros, personas que te veían como a un alienígena dentro de un platillo que va de visita al lugar cada 100 años, pero la vegetación era abundante; no solo pastizales para ganado o llanuras como las del Cajas, sino se podían ver frutales y árboles variados que junto a varias cascadas, el cruce de puentes de madera en medio de tranquilos y cristalinos ríos, minas en una remota localidad de casas cariadas y a medio pintar llamada Chucharqui (de lo que conozco de Azuay lo sumo a lista donde también está: Cuenca, Sigsig, Camilo Ponce, Paute, Gualaceo, Certag, Jadán y otras más), escuchando gaitas colombianas promocionadas por el chofer proveniente de San Bartolo con anécdotas de carnavales y guarapos en pueblos remotos, completaban un paisaje de un lugar y personas que estás totalmente seguro que no volverás a ver, razón para detenerse y contemplar un segundo, recordando la revolución de la cotidianidad que promulga Juanele.

Este recorrido de rally amateur, con caminos que uno piensa de un Ecuador 50 años atrás y escenarios dignos para una película que recree la Batalla de Pichincha o para Pasado y Confeso, era el que se debía recorrer hace una década cuando la Josefina se desbordo en Paute abnegando una parte del país. La distancia que nos separaba de la carretera nunca pasó de los 10 kilómetros, pero esos diez kilómetros fue para creerse estar en lo hondo, en la esencia de algún lugar, un viaje en el tiempo, un regreso a Cumandá.

De regreso a Cuenca: parrillada uruguaya, partidos de fútbol, el resto de la reunión y todo lo demás que ya es otra cosa...

21 de noviembre de 2008

Tony brutal

En el último día del FICC, los organizadores no podían dejar de decepcionarnos en cuanto a la logística. La película programada para las 17 horas en el Park Cuenca era la española: Unas fotos en la ciudad de Silvya de José Luis Güerín. Nunca tuve la chance de ver La jeteé de Chris Marker (elogiada por varios conocidos), y una película que usa la misma técnica, la fotografía fija, para contar una historia era mi primera opción de miércoles soleado de fuga del trabajo. Por cierto: el camello que siempre deseé desde mi juventud, fue el ser fotógrafo. De National Geographic, de UNICEF, corresponsal de guerra, de alguna revista o cualquier otra labor necesitada de captar imágenes. Así Unas fotos... era una buena ocasión para homenajear viejos anhelos.

Las otras opcionadas de día miércoles soleado de fuga de trabajo eran: El lugar donde se juntan los polos (ecuatoriana), Este maldito país (ecuatoriana), La oveja negra (venezolana), El pez que fuma (venezolana).

Lastimosamente (palabra que se vuelve recurrente al hablar del FICC) se decidió pasar Tony Manero, película que no pude ver del día miércoles por las mismas causas. Pero para mi suerte, esa lástima se volvió en una agradable y brutal sorpresa de la cual agradezco a todos las deidades cinéfilas.

Leyendo la sinopsis, cuando realmente quería verla, creí que iba a presenciar una comedia en medio de una época atroz, una suerte de La vida es bella mezclada con Full monty. Pero qué iluso fui. Mi tocayo Raúl Peralta es el protagonista del film, un cincuentón que trabaja en un club de bailarín y que es un obsesionado admirador de Tony Manero, personaje de Saturday night fever, interpretado por Travolta. Raúl es un tipo al cual uno le siente lástima desde el primer instante, resulta algo patético, como un niño atrapado en el cuerpo de un cincuentón, un niño bailarín de disco encaprichado con ser alguien que ya existe. Todos esos pensamientos y sensaciones se derrumban cuando Raúl está dispuesto a hacer lo que sea con tal de parecerse y ser Tony Manero.




Los otros personajes que se incorporan a la trama son un conjunto de bailarines que lo apoyan en sus presentaciones y la dueña del local donde actúa Raúl y su grupo. Si todos estos personajes fuera una familia, y los Borgia fueran una referencia para calificarlas: Raúl y su grupo tendrían excelentes notas. Imágenes de sexo explícito con cierto toque bizarro y la violencia de los militares del Chile de los 70 complementan el escenario en el que se envuelve el relato.

Una analogía de la falta de moralidad de un país hundido en el terror para lograr el orden, resulta el brutal personaje de Raúl. Recordemos que el director Pablo Larraín no tiene ningún reparo en llamar asesino y ladrón a Pinochet, un ícono de la maldad chilena junto a Paul Scheafer.




De los recursos técnicos: los primeros planos son exquisitos, y las escenas de la persecución de Raúl a un comunista y de la llegada de la policía al bar son de tal ansiedad que sientes que el propósito del director es volar tu mente. La falta de una banda sonora (a excepción de las canciones de Saturday night fever) y la escasez de diálogos son parte infaltable de este arriesgado proyecto.

31 años tiene este director chileno. Lo más parecido a un Scorsesse latinoamericano.

20 de noviembre de 2008

Este maldito país

Mi primera opción de día miércoles en el FICC era Tony Manero, una película ambientada en la década de los 70´s, en plena época de Saturday night fever. Un joven chileno, imitador de los pasos de baile de John Travolta, lidera un grupo de bailarines que se inscribe en un concurso de talentos donde esperan demostrar todas sus habilidades. Desde esta perspectiva cómica, el director Pablo Larraín, pretende insertarnos en el ambiente de terror que se vivía en Chile durante la dictadura de Pinochet.

El resto del menú consistía en: El infiernillo (ecuatoriana), Ángeles negros (chilena), Carmen la que contaba 16 años (venezolana), Unas fotos en la ciudad de Silvia (española), La quema de Judas (venezolana), La orilla que se abisma (argentina) e Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (mexicana).

Para mi maldita suerte, la película no salió de aduana, es decir que reposaba en el manso Guayas, así que los organizadores del festival decidieron proyectar: Este maldito país del director Jorge Martín Cueva.

Este maldito país lleva por nombre un verso de un poema del notable escritor ambateño Jorgenrique Adoum y el documental trata de descubrir la verdadera identidad de los ecuatorianos y nos pregunta: ¿Qué realmente somos los ecuatorianos?


Jorgenrique Adoum no lo sabe al ser hijo de libanes y madre ecuatoriana; Lourdes Tiban tampoco, al revelarse como una mestiza, porque su abuela había tenido un romance con un terrateniente, romance del cual salió su madre; “Papá roncón”, algo así como un Mozart de la marimba, nos cuenta que aprendió a interpretar esas melodías de indígenas esmeraldeños y no de afros; Jaime Guevara cantando en Quito por los hermanos Restrepo, y así, otros personajes desconocidos: Gays, inmigrantes japoneses y el resto de esos ecuatorianos comunes, que son extranjeros para el resto, nos cuentan cada uno su historia y lo que para ellos significa el Ecuador.

Cueva, con su obra y gracias a su jato original de sociólogo, trata de realizar algo más didáctico que estético, mostrando como en un territorio tan pequeño podemos ser tan diversos: Una persona no dice soy un cuerpo, sino tengo un cuerpo y un ecuatoriano no dice soy un país, sino tengo un país, relata la voz en off.

Y con todos estos testimonios, la mente comienza a preguntarse: ¿Quién definió lo que es ser un ecuatoriano?, ¿Quién es más ecuatoriano: Aquella qué está cargando tomates en el mercado o el guardia que lo mira con sospecha?, ¿Qué tanto conozco el Ecuador y qué tanto me identifico con un negro esmeraldeño, con indígena de Cocha, o con alguien que decidió inmigrar a Galápagos?




Delirium tremens después de esa última pregunta llegan recuerdos de infancia viajando en tren a Huigra entre gallinas, cerdos y personas; escenas con amigos comiendo en un pueblo llamado Barcelona, escala de un viaje hacia Esmeraldas; comiendo chochos en Otavalo; caminando entre heladerías y heladerías en el Chota, porque ahí la distancia no se miden en kilómetros sino entre heladerías. La tía de Guerrón, ese tieso marcador izquierdo de la selección ecuatoriana de fútbol me decía: Usted pasa dos tiendas de hela´o y antes de ver el puente llega al Juncal; recogiendo habas a caballo en Cajas – Imbabura, entre antiguas vías de ferrocarril; aprendiendo Huorani en Tabacundo; y en un bus preguntándole a un viejo: ¿Cuánto falta para llegar al lago San Pablo? Y él respondiéndome: Poco... ¿Usted es turista?, ¿de qué parte del extranjero viene? E inmediatamente de mis entrañas sale: Yo soy ecuatoriano, tan ecuatoriano como el encebollado y la fritada.

Dan ganas de agarrar una mochila, lo poco que tienes en la cuenta de ahorros y perderse en lo hondo del Ecuador.

19 de noviembre de 2008

Terapia de cine orgánico con Gustavo Fontán: La orilla que se abisma

Estamos todos cansados
y nos olvidamos del oro del otoño.
Quizá la revolución consista en lo que el hombre
ha estado postergando por siglos,
la necesidad del verdadero descanso,
el que permite ver cómo crecen
día tras día las florcitas salvajes.
Esa belleza, la que queda en los ojos,
es la que queda para siempre.

Juan L. Ortiz.

De La orilla que se abisma, film que ayer se presentó en el Festival de Cine de Cuenca, los que la presenciaron solo pueden hablar un 50 por ciento de ella, ello debido a que algún mequetrefe de la sala de proyección se olvidó o no probó el sonido. Sin embargo, a razón de experimento de cine mudo, La orilla... se presenta cautivante y en palabras de un asistente: “Si pudiera llevarme aunque sea ese cincuenta por ciento a mi lecho de muerte, me bastaría”.

La película, para ser sincero, es bastante rara. Comienza con el poema arriba escrito y después se traslada a la imagen de un gato, un gato en todos los ángulos y perspectivas que el lente pudo captar, para luego la cámara llevarnos a un viaje entre diversos paisajes de la provincia de Entre Ríos, notando claramente desde ahí que el propósito de el director es relacionar al espectador con la lírica del poeta Juan L. Ortiz (Juanele de aquí en más).

Juanele fue un poeta nacido en el siglo pasado en Entre Ríos – Argentina. A diferencia de los escritores de la época, que iban a realizar su aprendizaje a París o cualquier otra parte de Europa, él nunca salió de su provincia natal y ella, como toda relación simbiótica, le sirvió de musa para su obra (suerte que no vivió en estas épocas, porque si no le estaría escribiendo versos a las papeleras y odas a la empresa Botnia):

Fui al río, y lo sentía
cerca de mí, enfrente de mí.
Las ramas tenían voces
que no llegaban hasta mí.
La corriente decía
cosas que no entendía.
Me angustiaba casi.
Quería comprenderlo,
sentir qué decía el cielo vago y pálido en él
con sus primeras sílabas alargadas,pero no podía.

Regresaba-¿Era yo el que regresaba?...

Con la premisa: Muchas veces a lo largo de mi vida me hice una pregunta: ¿Qué se puede conocer del otro?, el director Gustavo Fontán (que a leguas se nota que no es un director convencional) despliega varias escenas entrerrioanas, yendo de lo específico a lo abstracto (con una serie de puntos borrosos y difuminados, pinturas de Van Gogh y otras maravillas) que nos conectan con la cotidianeidad y nos pone a meditar lo que el resto piensa de cada una de las cosas que ve.

Una experiencia que despierta todos los sentidos. Una terapia de cine orgánico que nos devuelve a la tierra, con un Fontán que parece un director de orquesta, con su milimétrica edición, resaltándonos la grandeza de ciertas nimiedades.

Para destacar son las escenas a blanco negro en la casa de Juanele, el viejo pescando en la nada (¿pescándose a sí mismo?) y el poema, arriba escrito, con que termina su ópera prima.

Esquirlas: Entre Ríos será destino fijo en mayo/. las otras películas de día martes fueron: Bolivia para todos (boliviana), varios Cortos ecuatorianos (ecuatoriana), de El rebaño los ángeles (venezolana), ¿Es la economía idiota o cómplice? (argentina), El pez que fuma (venezolana), Este maldito país (ecuatoriana), La matinee (uruguaya).

18 de noviembre de 2008

Antes que la prohíban

En Cuenca, entre aburrimientos y monotonía de una ciudad taciturna, desde el jueves pasado hasta el jueves que sería pasado mañana, se está realizando el 7mo festival internacional de cine (FICC). Más de 40 películas, la mayoría latinoamericanas; es decir una chance para ojear al nuevo y viejo cine que difícilmente llega a esta localidad rodeada de valles.

Por motivos de sorna, recién ayer decidí asistir, ahora arrepintiéndome de no haber presenciado las funciones de fin de semana. Los rincones cuencanos apartados para el festival son el Teatro Sucre y el Park Cuenca (un antiguo cine demolido para convertirse en parqueadero, todo en aras del progreso, pero con la condición de dejar un pequeño cubo en el 4to piso para que los cinéfilos conserven un ghetto).

El menú de comienzo de semana te ofrecía seis filmes para disfrutar, lamentablemente, por motivos de rutinario trabajo, mis opciones se vieron reducidas a tres películas. De las que no tenía ninguna chance estaban: Surfing favela (brasileña), Bolivia para todos (boliviana) e Historias extraordinarias (argentina, la cual ya había visto anteriormente y recomiendo a aquellos que les gustan los relatos sencillos). Y de las opcionadas la lista consistía en: Carmen la que contaba 16 años (venezolana), El colombian dream (colombiana) e Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (mexicana).

La elegida fue la colombiana, por la razón de que no tenía mayor interés en escuchar los relatos de un asesino en serie de México D.F., menos una historia de un policía que asesina a la muchacha que antes había salvado (me suena a culebrón venezolano). Así que sin más preámbulos, y con ganas de algo diferente a las pelis de Arturo Ripstein, a las 21 horas me dirigí al estacionamiento convertido en cine para ver El colombian dream.



La historia te la cuenta Lucho, un feto abortado hace 14 años, que como todos los muertos, todo lo puede ver. La película comienza en el Colombian Dream (un antro de propiedad de Lola, la madre Lucho, que le puso ese nombre a su local porque a ella le negaron la visa a EUA y nunca pudo lograr el American Dream), con una música pegajosa y vertiginosas escenas que te invita a seguir expectante de la trama.

El Colombian Dream entonces vendría a ser ese sueño de colombiano (expandiéndolo a latinoamericano) de tener un negocio propio y hacer plata fácil (así como en Colombia ahora hay protestas por esas pirámides, que así como las hormigas pueden levantar varias veces su peso, estas te devuelven tres veces el valor que depositaste).

Pepe y Enrique Arango (gemelos, hijos de un español que le teme a la muerte y por eso vive del sexo, y sobrinos de Lola) y Rosita (hija de Lola), además de formar un triángulo amoroso, un día conocen, en el American Dream, a un, denominado por Lucho, “Ángel” y este último, a los tres, les presenta una pastillitas de felicidad, curiosamente amarillas (la riqueza de nuestras tierras), azules (el vasto mar que rodea a las tierras) y rojas (la sangre de los próceres).

Este acercamiento a las drogas, conducirá a estos teenagers a una historia de narcotráfico, sicarios, cuernos y más.


Pero lejos de ser un drama al estilo de “El cartel” u otras de esas novelas colombianas que tratan una problemática social, Colombian dream está llena de recursos técnicos que la vuelven surrealista y psicodélica, parecida a una alucinación por consumo de éxtasis, LSD o a algún video musical de los tiempos de Beavis & Butthead, e hilarante, aunque después de los primeros cuarenta minutos la película resulta agobiante por el abuso del humor y chiste fácil.

El director Felipe Aljure, con la trillada, pero brutal, temática de las drogas, trata de alejarse del realismo mágico colombiano de Macondo (claro está que no logra superarlo) y ser pionero en una nueva narrativa en Colombia (dejando mucho que desear con este segundo intento) sobre los valores de la nueva generación.

Powered By Blogger