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5 de noviembre de 2010

De turistas


UNO. Guayaquil, dos sábados atrás: La chica de Puerto Rico es bastante simpática. No parece ser de las que se arreglan por horas, se visten apretadas - combinándolo todo - y huelen a Victoria´s Secret, con Black Berry a la mano y el Pa Panamericano sonando con cada mensaje; más bien es un poco llenita, usa lentes de carey, arete en la ceja, y lleva puesta una holgada chompa y un cintillo de colores. Le dan un aspecto rasta sólo que sin las rastas. De forma tranquila y buena onda, en su stand de la Feria del libro, habla acerca del movimiento cartonero y explica que por esta vía cualquiera puede publicar un libro, levantar su editorial. La cosa es saber promocionarlo. El trabajo de ella. Pienso en Lisa Simpson creando su propio periódico.

«No me gusta la poesía» le digo a Marcela discretamente. La editorial sólo publica a poetas. Marcela tampoco es de versos, pero se enamora de la idea y compra un poemario: LSD. Una francesa adquiere otro que de la portada sobresale la mitad de un ala. No sé cómo lo llevará a Francia. No le digo nada. Es hora de irse. Damos las gracias a la puertorriqueña y aparece uno de los organizadores, con tono de “así es la vida”, preguntándole si es cierto lo del secuestro express. Fernando Balseca en su columna escribe del hecho, en el que él también estuvo. Nos quedamos callados. Nos vamos. Caminamos y Marcela me susurra que turro que le pase eso a un turista extranjero. Le pongo la expresión del organizador. Buscamos la salida. Me hago de las memorias de Velasco Mackenzie y firmamos, con pocas esperanzas, el libro para salvar el Yasuní. A Marcela le revisan el bolso. Estamos con las justas para cruzar el MAAC y llegar a Los amantes del cine – o algo así –, que en movida underground proyecta películas que rara vez se exhiben en la ciudad. Comento que el próximo año tengo ganas de ir al Cuyabeno. Es probable que no exista en la siguiente década. Hacer turismo para la nostalgia. Se lo propongo. Salimos.


DOS. Cuenca, durante un muy largo feriado: «6 y 30 de la mañana» se advierte. Quejas. Bromas. «¡Que hijueputa!». Quedamos así. Salir temprano. Domingo, 7 y 15, y nada. Llamo. En veinte por tu casa me contestan. Abro LA REVISTA y encuentro un especial de turismo gastronómico. Penipe, Cayambe y Puerto Hualtaco. Tortillas de piedra, locros y platos de mariscos son los productos estrellas. De los sitios he estado sólo en Cayambe. Comí los biscochos. Muy secos. A los productos los he probado todos. En otros lugares. Sigo esperando… Vamos para Cuenca, la ciudad con la mejor comida en el Ecuador, pienso. 111.92 kilómetros como dicen los letreros de la Revolución Ciudadana a partir de Tamarindo. Vías para volar. Llegamos en menos de tres horas.

Full Guayacos. Morlacos cabreados. Morlacos felices. ¡Vivan las fiestas! Pongamos todo caro. El Cafecito de ocho a quince dólares. Las discotecas, farándulas para monos, por entrar, sin consumo mínimo, veinticinco dólares. Viví más de un año en Cuenca. Primera vez que me siento turista. Yendo a sitios con hiper – inflación. Tiremos la plata en farra. Consuelo: Ruinas de Ingapirca. Visitar el Cajas. Despejar la mente. Resetearse. Buen paisaje. Hartos cigarros. Suerte, también, por la comida. De lo mejor para probar: Tigrillo cerca de la Artes del Fuego. Humitas en la Plaza de las Flores. Hot – dogs y pizza buenísima por el estadio. Hornado en Gualaceo y Sertag. No debe haber mejor ceviche que el manaba. Fritada que la de Atuntaqui. Pero en conjunto Cuenca, no por ser amante del cerdo y el cuy, sin precios exagerados, debe tener la mejor gastronomía ecuatoriana. Excelente sazón. Todo parece cocinado por artistas. Desde el mortal San Cocho hasta platos hindús en el centro. No hay economías a escalas.

Cinco días es exagerado para un feriado. Julio Verne decía que un hombre puede estar máximo dos años de vacaciones. Por lo económico un feriado debería tener límite de tres días. Cuatro para carnaval. Disfrutar el silencio de las afueras. Casi que regalar la plata durante las noches. Al regreso tocó reunir monedas para pagar el peaje. La cuenta del banco tiene un obeso cero. Se me ríe.

20 de noviembre de 2008

Este maldito país

Mi primera opción de día miércoles en el FICC era Tony Manero, una película ambientada en la década de los 70´s, en plena época de Saturday night fever. Un joven chileno, imitador de los pasos de baile de John Travolta, lidera un grupo de bailarines que se inscribe en un concurso de talentos donde esperan demostrar todas sus habilidades. Desde esta perspectiva cómica, el director Pablo Larraín, pretende insertarnos en el ambiente de terror que se vivía en Chile durante la dictadura de Pinochet.

El resto del menú consistía en: El infiernillo (ecuatoriana), Ángeles negros (chilena), Carmen la que contaba 16 años (venezolana), Unas fotos en la ciudad de Silvia (española), La quema de Judas (venezolana), La orilla que se abisma (argentina) e Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo (mexicana).

Para mi maldita suerte, la película no salió de aduana, es decir que reposaba en el manso Guayas, así que los organizadores del festival decidieron proyectar: Este maldito país del director Jorge Martín Cueva.

Este maldito país lleva por nombre un verso de un poema del notable escritor ambateño Jorgenrique Adoum y el documental trata de descubrir la verdadera identidad de los ecuatorianos y nos pregunta: ¿Qué realmente somos los ecuatorianos?


Jorgenrique Adoum no lo sabe al ser hijo de libanes y madre ecuatoriana; Lourdes Tiban tampoco, al revelarse como una mestiza, porque su abuela había tenido un romance con un terrateniente, romance del cual salió su madre; “Papá roncón”, algo así como un Mozart de la marimba, nos cuenta que aprendió a interpretar esas melodías de indígenas esmeraldeños y no de afros; Jaime Guevara cantando en Quito por los hermanos Restrepo, y así, otros personajes desconocidos: Gays, inmigrantes japoneses y el resto de esos ecuatorianos comunes, que son extranjeros para el resto, nos cuentan cada uno su historia y lo que para ellos significa el Ecuador.

Cueva, con su obra y gracias a su jato original de sociólogo, trata de realizar algo más didáctico que estético, mostrando como en un territorio tan pequeño podemos ser tan diversos: Una persona no dice soy un cuerpo, sino tengo un cuerpo y un ecuatoriano no dice soy un país, sino tengo un país, relata la voz en off.

Y con todos estos testimonios, la mente comienza a preguntarse: ¿Quién definió lo que es ser un ecuatoriano?, ¿Quién es más ecuatoriano: Aquella qué está cargando tomates en el mercado o el guardia que lo mira con sospecha?, ¿Qué tanto conozco el Ecuador y qué tanto me identifico con un negro esmeraldeño, con indígena de Cocha, o con alguien que decidió inmigrar a Galápagos?




Delirium tremens después de esa última pregunta llegan recuerdos de infancia viajando en tren a Huigra entre gallinas, cerdos y personas; escenas con amigos comiendo en un pueblo llamado Barcelona, escala de un viaje hacia Esmeraldas; comiendo chochos en Otavalo; caminando entre heladerías y heladerías en el Chota, porque ahí la distancia no se miden en kilómetros sino entre heladerías. La tía de Guerrón, ese tieso marcador izquierdo de la selección ecuatoriana de fútbol me decía: Usted pasa dos tiendas de hela´o y antes de ver el puente llega al Juncal; recogiendo habas a caballo en Cajas – Imbabura, entre antiguas vías de ferrocarril; aprendiendo Huorani en Tabacundo; y en un bus preguntándole a un viejo: ¿Cuánto falta para llegar al lago San Pablo? Y él respondiéndome: Poco... ¿Usted es turista?, ¿de qué parte del extranjero viene? E inmediatamente de mis entrañas sale: Yo soy ecuatoriano, tan ecuatoriano como el encebollado y la fritada.

Dan ganas de agarrar una mochila, lo poco que tienes en la cuenta de ahorros y perderse en lo hondo del Ecuador.

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