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3 de diciembre de 2010

Portafolio literato II


Otra vez diciembre. De nuevo se vienen las compras compulsivas, los peatones apurados, las colas de tráfico, los taxistas cobrando las carreras más caras, las fiestas de fin de año, las malas noches. La ciudad en llamas. Todo se repite cada año, incluso un portafolio literato, que en esta ocasión no está a cargo de Vasco Szinetar – aunque de igual manera estas fechas son época de camaleones, sintiéndose otro, llevando un ritmo que no se practica en los restantes once meses –, sino del argentino radicado en París Daniel Mordzinski; que además de practicar periodismo investigativo y haber cubierto varias guerras se dedica a fotografiar a los escritores que ha tenido oportunidad de conocer. Ha publicado un libro, y en Mar del Plata, en la cumbre de Jefes de Estado, expondrá su obra. Está consciente que por cada nuevo novelista, poeta del que obtenga una imagen, un millar le faltará. Esperanzas para las letras de que no morirán. Página 12 le hizo un especial.

Un año que se va y que en cuanto a lo leído ha sido un corte al cordón umbilical de la literatura en español en la que siempre estuve inmerso, en los conocidos. Después de Roberto Bolaño y Andrés Caicedo fue hora de jugar de visitante, de decirle hola a Stephen King, a Jim Harrison, a Arthur Miller, a Rimbaud, a Baudelaire y más. Las fotos, a pesar de que no he sido presentado con varios de los ilustres como Bryce Echenique, Bioy Casares y otros, son un reencuentro.


Borges es un asunto pendiente que no debería estar en la lista; sin embargo me parece tan familiar, común, presente en la naturaleza. Por temor a parecer estúpido al no entenderlo o por falta de sincronización no lo he leído aún. ¿En la foto alguien le muestra luz? Por lo que he escuchado de él creo que no lo necesita. Espero algún día finalmente ponerme en posición decúbito dorsal, en el escalón correcto con el Aleph en la mano, brillando entre la oscuridad.


Oliveira se podía pasar horas recordando los detalles al extremo, la forma en que iban atados los zapatos y la marca de la lata de verduras que utilizaba su madre aquella vez en el mesón diez años atrás. Con el Cronopio aprendí a valorar lo que no tiene importancia, comprender que en las nimiedades están encerradas muchas respuestas. Disfrutar del ritmo de las letras, del sentido del humor en los relatos, del jazz mientras Perico le bufaba un Coltrane al resto del Club de la Serpiente, que el orden es un invento y no una regla. En la foto por su talla puede ser confundido con un boxeador peso pesado. Leerlo es descubrir a un genio. Siempre quise escribir como Cortázar. En serio hay que estar loco para que te salga natural.



Sabato es una cuestión más de sentimiento que de estilo, de crítica. No hay libro que más disfrute que “Sobre héroes y tumbas”. Nadie me lo recomendó, lo descubrí en el momento preciso, por casualidad y junto a Rayuela tengo que leerlo todos los años. Encontrar cada vez algo nuevo. Saber que sigo por ahí, recorriendo el Parque Lezama en mi imaginación. En la foto esa soledad de un centenario que siente haber vivido más de lo que debía.




Cuando pienso en Gabo la primera palabra que se me viene a la mente son adjetivos. Nadie puede describir un rostro como él. Nadie puede recrear el escenario republicano y colonial de la misma forma. Creador de mundos, del pasado contado como lo hacían los abuelos. En sus libros está impregnado el olor a tierra mojada de la lluvia, el aroma del cacao, el sonido de las hojas moviéndose por la brisa. La hojarasca llevándose todo a su paso, lo que queda es la imaginación de GGM. Al igual que sus obras la imagen refleja nostalgia.




El nuevo Nobel. Poco he leído de Vargas Llosa. Puede que no sea su obra más profunda, pero Los Cachorros es un cuento genial; ese estilo desordenado y la castración del pobre Pichulita, quitándole su derecho a crecer, es algo que a cualquiera le hubiera gustado escribir. La huella más inmadura de uno de los tipos más serios de lo que se puede hablar. Una imagen donde el peruano parece estar perdiendo la cabeza, presto a realizar una crítica.



Nos sobran los motivos para escuchar Sabina. Esa mezcla de ritmos, de instrumentos que acompaña a su talento para poner una frase donde debe. La vida de la calle, las putas, los perros y los gatos. Todo es un eterno poema convertido en canción, a cualquier cosa se la puede volver bohemia. Habla como le da la gana y sin embargo tiene tantos amigos. Contradicción porque sus melodías son excelentes para ratos de soledad, como en esta foto donde se niega aparecer en el centro.


Si Paulo Coelho es el profeta, Saramago es el anticristo. El pesimismo prevalece, el pesimismo enseñando tanto. Se puede vivir con la tristeza y desesperanza del mundo. Sus novelas son best – sellers que compiten con el Código Da Vinci. Un misántropo a medio camino que está en la boca y en el recuerdo de muchos. La foto es para ciegos.



En Argentina , en un pueblito llamado Tafí del Valle, sin nada que hacer en un hostal, un tipo de Bélgica me presentó a Amelie Nothomb, me dijo que la leyera. Días después JFA en su blog comentaba de ella. Me hice de un par de sus libros en el Ateneo ya más domesticado en Buenos Aires. Prefiero a la persona que a la escritora. No es hermosa ni tiene buenas piernas. Por alguna razón atrae, es alguien a quien se quiere conocer. Se desnuda en su obra. Un cementerio para una foto ya es algo trillado, aunque esa palidez es de vampireza.

Los pendientes:


Claude Levi – Strauss es un genio del que he tenido advertencias. Quedaré como loco. Habrá que correr el riesgo. En la foto con paso apurado, esperando ganar alguna discusión.



Bioy Casares es una leyenda que por respeto propio tengo que leer. La foto es una imagen del pasado. De conversaciones de café.


Para mí Bryce es el tipo que se subió a un yate con Fidel mientras Guayasamín trataba de venderles un cuadro - o algunos -. El sentido del humor de su obra es algo por descubrir. En la foto algo más serio, pensativo, inventando…



Javier Cercas ha comentado dos veces en este blog. Tengo listo Soldados de salamina para disfrutar en algún rato de mayor tranquilidad. Lo publicaban en El Telégrafo. Una buena columna fue aquella de la teta, de meterse al cine a escondidas para encontrarse con la imagen de un pezón. En la foto mucho menos serio de lo que parece.



Antonio Neuman es una máquina de escribir. Altamente recomendado por el detective salvaje Bolaño. Ganador de varios premios. La imagen de un hombre exhausto.


Villoro = fútbol. Sé que hay más cosas, más serias, menos banales. Varios artículos en Soho y otras revistas. Es hora de agarrar una de sus obras. La imagen es la de un fervoroso creyente. Un tipo enamorado.

27 de noviembre de 2010

De la vez que quise conocer a Velasco Mackenzie

De un libro de la fundación Manuela Espejo, que costaba cinco dólares y de a poco se va desarmando – despegándose la pasta y saliéndose las hojas –, me hice en la última Feria del Libro porque quería conocer a Jorge Velasco Mackenzie, su obra. A un autor que según lo que he podido escuchar respira a Guayaquil y la suda por todas partes, llenando tinteros para tatuar hojas blancas de papel. Y cuando compré, sin antes haberlo planeado, Lecturas tatuadas tenía ganas de de sumergirme en mi ciudad, de escuchar a alguien hablar de ella, pero no de esa cursi manera didáctica, para inculcar valores y civismo, sino contando historias de personajes comunes en situaciones extrañas que transcurren acá, con un estilo urbano, descubriendo sitios pocos transitados e interesantes, dándole rostro a desconocidos seres que contradictoriamente se han convertido en mitos. No pasó. Lo siento, será para la próxima. Voy por la página ochenta y aparte de las veinte primeras que cumplen su propósito, las LT de JVM son una recopilación de ensayos y críticas literarias con aires de memorias.

Especialmente de escritores ecuatorianos. Entre tributos llenos de feeling y trabajos en el que se usa el políticamente correcto lenguaje académico las páginas están dedicadas a quienes influyeron a Velasco Mackenzie, lo atraparon, le ayudan a hablar de él mismos. Y aunque no es una novela para disfrutar, con una historia para desenmarañar, es de esa clase de texto s que terminan convirtiéndose en casi recomendaciones para saber de los desconocidos, de esos que no se ha tenido la oportunidad de leer, y de paso estas casi memorias sirven de referencias que dejan un par de citas que por extraños motivos se pasaron por alto, se olvidaron o no se habían hablado de ellas. Acá aunque no conocí la obra de VM sí pude conocer algo de Medardo Angel Silva y de Hugo Mayo, poetas de un país en el que siempre los de su clase han sido mayoría frente a los novelistas.

No soy mucho de poesía, es algo totalmente personal. No he leído a García Lorca. Ni siquiera a Borges. Sólo a Sabina y Serrat. Sin embargo, no sé si sea por cuestión nacionalista, de cercanía, a MAS y HM pude entenderlos. VM hace de tramitador, de Mr. Wolf para llegar a ellos. Si se tratara de un profesor de literatura intentaría meterlos como supositorio, como el cumplimiento de un deber. El autor de las Lectura tatuadas los presenta como se presenta a un demente – Silva muriendo a la Poe, sin saber nadie todavía el cómo, quebrando la realidad en su obra; y Hugo Mayo nunca queriendo ser publicado, tomando su nombre de Víctor Hugo y del mes en que empieza la primavera – , a un loco con el que quizá el que lo lea tenga algo en común.

El par de poemas quedan al menos para el par de estudiantes a los que les enviaron la típica tarea de literatura nacional.

EL AVISO.
Por Medardo Ángel Silva.


Jorge subió tambaleando los escalones sombríos de su casa. Como hombre perseguido por algo espantoso, imposible de precisar en lenguaje humano, atravesó los corredores silenciosos a su cuarto de soltero. Entró; y como si fuera a cometer un crimen, dio doble vuelta a la llave.

¡Al fin solo!... Intentó poner un poco de orden en el mar agitado de su cerebro…

Comenzó a precisar la escena:

En el salón tapizado de rosa pálido, la luz de las áureas arañas de cristal, indolente en el sofá de terciopelo rojo, como una evocación oriental de las estampas de Scherezada, estaba Ella excelsa de gracia juvenil, jugando distraídamente, con volubilidades de chiquilla engreída, con los sedosos rizos de su nocturna cabellera perfumada. A su lado, devorando con sus pupilas negras y tristes el tesoro vernal de la belleza. Él, con la voz opaca de contenida amargura, le decía frases lentas, como quisiera besarla con cada sílaba dulce como el sabor de una caricia furtiva.

Y si aquel hombre renunciara a la vida antes de renunciar a su amor, si se matara ante la imposibilidad de su pasión ¿le creería usted entonces?

-¡Quién lo sabe!...
- Y si aquel hombre fuera yo, si…

Ella lo dijo lanzándole una fría mirada de conmiseración, de piedad, de ironía. Aquella leve y desesperante sonrisa con que subrayó su frase de vitriolo, quemó el alma de Jorge y no quiso, o no pudo oír más. Le martilleaba, alguien las sienes… Y, correcto, crispado, mudo, abandonado el salón… Hasta la asistencia oyó, como una burla postrera, la musical sonrisa de fontanera enloquecida de Ella…

Estaba resuelto… ¡Oh sí! Él le probaría lo contrario…

- ¡Chiquillo!

Esa es una ofensa de las que se lavan con sangre y, en la imposibilidad de matarla, se mataba ¿había algo más lógico?

Entró de puntillas en su cuarto, que estaba contiguo a la alcoba de su madre; encendió la luz. Como quien despierta de un sueño en el sitio donde nos quedó dormido, miró con asombro y placer su cuartito de soltero: la mesita escritorio, los cuadros, casi todos copias de los maestros contemporáneos; los retratos, el plafond de azul pálido con su cadena pastoril – Arcadia, ninfas y sátiros en una danzarina ronda – y (cosa rara que Él no se pensó) la halló tan confortable, tan bien, que se detuvo acariciando todo con voluptuosidad nunca gastada y gozándose en dirigir amorosas miradas hasta al más simple detalle.

Súbita, la idea, la mala idea que, como la tentación de que habla el actor místico, en caliente ráfaga soplada por el mismo Satanás, tornó a azotar su espíritu… No, no titubeo más: una serenidad horrible se señoreaba en su alma. Nada de escrituras póstumas – pensó –. Aquello le pareció la última palabra de de lo cursi.

Abrió su escritorio; tiró de un cajón; de un estuche de plata sacó una jeringuilla, la aguja de Parvas; fríamente, poniendo un cuidado máximo comenzó a llena de líquido el tubo… cinco… diez centigramos… la morfina penetraba, lenta y segura, al ascender del émbolo. Ya había una dosis para asesinar a tres hombres… y el alcaloide seguía entrando y el émbolo seguía retrocediendo…

Cuando hubo terminado la operación se acostó en el diván, se desnudó el brazo; con un suave impulso consiguió hacer pasar la ajuga en la desnuda carne; oprimió el émbolo… Werther… Silva… Acuña… Leopordi…

En ese instante, rasgando el trágico, el absoluto silencio de la noche, se oyó un suspiro, uno de aquellos suspiros que lanzan las personas dormidas al despertar. El suspiro partió de la vecina alcoba, de la de su madre.

Jorge tembló, la aguja maldita con la jeringuilla preñada del alcaloide rodó por los suelos. Aquel suspiro de su madre adormecida; aquel aviso, dado en sueños, por el alma omninavegante de la dulce dueña de sus días, lo desconcertó. Como un ladrón sorprendido a mitad de su criminal tarea, no supo qué hacer… Se incorporó, con el pie estrujó la jeringuilla contra la alfombra, tal el santo, su patrono, el radiante San Jorge de las estampas nobiliarias inglesas, humillando dragones policéfalos… Apagó la luz… Y se metió en la cama, como un hombre al que no le ha pasado nada…

Poema de El zaguán de aluminio.
Por Hugo Mayo.



Poned un nunca más
A la altura de un hombre
Ya la vida con su mueca
se arrima en demasía.
Con mi risa desbrozo
los andurriales de mi angustia.
Y aunque mi sobra
es un disfraz sin dedos
a veces soy biforme
cambio como si no durmiera
y estoy quince segundos
A mi nariz la visto con la duda
Pongo mis oídos en silencio.
Y no sé por qué me arrugo.
Siempre estuve restándome del cero
Pero me inquieto.
Ladra un perro faldero.
El viento trae el olor
de una mucama viuda.

Bonus track: Ya que hablamos de poesía, y es uno de los pocos posts del tema, algo de uno de los más grandes poetas, y que es una buena opción para acompañar la lectura de los textos de los dos de arriba.

30 de mayo de 2010

¿Por qué Sabina no viene a Guayaquil?


Lo siento Flaco pero éstas no son letras de alabanza a tu sublime y mística prosa, ni a tus declaraciones en forma de fábula que ayudan a revelar lo que otros tratan de esconder, o a tu bohemio estilo de vida que has empezado a dejar; ni remotamente es el intento de un clochard moribundo por escribir la canción más hermosa del mundo. Es tu cuarta vez en Ecuador, tres en los últimos cuatros años. Tu cuarta vez en Quito. En el 2006 estuve, cantaste Llueve sobre mojado sin Fito; y cuando viniste con Serrat al siguiente noviembre no pude faltar, no podía perderme escuchar Calle melancolía de Ismael Serrano a dúo, ni Aquellas pequeñas cosas por dos monstruos que han mostrado el camino con su lírica. Ayer sábado no pude estar ahí, lo sabía desde el día viernes, y en medio de una ciudad con calles cubiertas de ceniza no podía parar de pensar acerca del por qué nunca has venido a Guayaquil.

A Buenos Aires la amas y le has dedicado más de un verso; de Lima dices que te gusta visitarla porque por ella puedes pasear “con toda tranquilidad” y antes te “gustaba la Lima la horrible de (el escritor) Salazar Bondy… No sé por qué, en ese momento el caos limeño parecía tener cierto parentesco con el caos de mi alma. Por eso Lima me enganchó”; y en la capital ecuatoriana que te recuerda a tu Andalucía debe pasarla bien, te ovacionan, te creen un genio (y lo eres), te declararon huésped ilustre. Con razón siempre regresas. Cada vez que vienes al país (y tal vez es lo único que conozcas) te imagino recorriendo el Panecillo, la iglesia de la Compañía, la Plaza 10 de Agosto donde no hay asientos (solo palomas), el resto del Centro histórico y Carlos Vera entrevistándote una y otra vez. No te has de cansar, sé que te gustan las cosas más íntimas, entre amigos, pero eso no es todo el Ecuador. Podrías pasarlo bien también en otros lugares. Si supieras la cantidad de guayaquileños, cuencanos, lojanos que vamos para la capital tan sólo para escucharte, algunos pagando la oferta de 430 dólares con hotel de lujo, pases de primera fila y traslado, y otros aguantando hambre, durmiendo en La Carolina esperando la hora en que el siguiente Transportes Ecuador los vuelva a sus hogares.



Tal vez te hayan hablado cosas que no te gustaron de Guayaquil. Tal vez no simpatices con la salsa o lo con cierto toque tropical. No creo que esas sean razones. ¿Cuestiones logísticas? ¿Impuestos muy altos? Tampoco. ¿Por qué entonces? Me gusta pensar que ir a un concierto de Sabina es una excelente razón para que los guayaquileños viajemos a Quito, una ciudad, además de las diferencias y rivalidades, que por estar tan cerca y a la vez tan lejos a veces nos olvidamos que está ahí, siempre al alcance. No basta eso para justificar. La pelota está de nuestro lado. ¿Se llenaría un show tuyo en el puerto principal? No lo sé. En la capital las entradas se vendieron con anticipación mientras que acá recuerden lo que hicimos con Charly García, quien tal vez nunca regrese y tipejos de la clase de Arjona y Aventura siempre lo hacen. Buscando en Google me doy cuenta que soy el primero que se pregunta los motivos de no tener una visita tuya, Flaco; y pensándolo bien, no tengo muchos amigos cercanos que les guste Sabina, aunque conozco mucha gente de todas partes del país que te escucha en serio, gente con la que lo único en común es sabernos las letras de tus canciones (incluso Bonafont inicia su programa de radio con Nos sobran los motivos) y eso ya es mucho.
En una tierra que ya no es de poetas la gente que en serio te escucha, te quiere ver en vivo y está dispuesta a pagar y llenar un coliseo está bastante separada, dispersa; sin embargo cientos vendrían de Cuenca y Loja (donde todos se creen poetas), o de El Oro, Manabí y hasta de Quito. ¿Qué debemos hacer para que vengas y escuchar a nivel del mar Y sin embargo? ¿Un concierto-tributo como el que en Mallorca le hacen a Tom Waits esperando que algun día se presente? Puede ser. Si no es así ya dijiste que te gustaban las presentaciones más íntimas. Sobran los motivos, entonces, para que nos visites.

23 de mayo de 2010

Cuando los hijos se van

Canta Joaquín Sabina «no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió». Y pudo haber sido pero no fue. Todo estuvo en la mente. En “El nido vacío” (de ahora en más ENV), una película argentina del año 2008, esa es la premisa. Una conversación entre amigos intelectuales de su esposa, en Buenos Aires, la tierra del psicoanálisis, Leonardo no encaja. Todos son de mediana edad y deberían tener historias parecidas, eventos, alegrías y crisis casi idénticas pero él no sabe qué hace ahí. Su mujer contesta las preguntas que le hacen en su lugar, trata de ser políticamente correcto ante todas las sugerencias de los presentes, ante los comentarios recibidos de sus novelas (es dramaturgo) y espera comportarse de acuerdo al compromiso y no volver más invivible el rato. Encuentra un escape a ese momento al que no cree pertenecer cuando conoce a un neurólogo que le explica que trabaja en estudios acerca de la memoria. Específicamente recuerdos que nunca sucedieron pero que las personas creen verdaderos. Esa es la idea.


¿Cómo será la vida de matrimonio después que sus hijos se marchen? Eso se lo pregunta Leonardo (Oscar Martínez, el mago en esa vieja serie argentina) al llegar a casa y después de una pelea con su esposa (la chica Almodóvar Cecilia Roth). Empieza pensando con un matrimonio que se encuentra flotando en el mar, sin saber si están muertos. Y esa es la mecha de la imaginaria trama de ENV. Lo que será la existencia de ambos cuando estén solos. Lleno de escenas independientes la una con la otra que conforman un prolongado pensamiento de una vida after children. Con ritmo de jazz (a excepción de las escenas en Israel donde la música la pone Jorge Drexler, alguien que si no han escuchado corran a Youtube o algún programa para descargar MP3 porque es uno de los mejores cantantes en la actualidad), que recuerda a Cortázar y los eventos inesperados que pueden suceder, lo que se cuenta es algo salido de una mente pero no por eso menos real.



Daniel Burman la dirige. Un autor reconocido, con favorables críticas en otras de sus películas, que puede generar expectativa y atraer taquilla al aparecer un afiche con las letras “una película de…” y su nombre. Es el primer film que veo de él y al parecer no es el más alabado. No cuadra del todo el protagonista con su casi bucólica actitud y a ratos las escenas que se presentan son casi olvidables, como si en momentos de la proyección hubiera sufrido de Alzheimer. Sin embargo la historia, además de la escena musical y cuando aparece el neurólogo que son lo mejor, es extremadamente personal y eso vale. Embarrada de sinceridad, melancolía e intimidad, un relato que trata de mostrar las inseguridades, temores, sentimientos sin expresar que se presentan a esa edad. No lo sé, no lo he vivido y no tengo ganas de llegar a ese momento. Burman nos lo muestra de la única forma que lo puede hacer (porque después de todo una forma de vivir es imaginando lo que hubiésemos querido ser) y aunque tal vez no gane en el marcador, su victoria es moral.




3 de marzo de 2010

Portafolio madrileño

Siempre escribo posts largos, citando o divagando en pensamientos de otros pero sin que sean copy – paste de algo que haya leído en otro blog, en el ny times, en la revista Soho, o lo que sea. Este es un post para nostalgia, porque hace 2 años me iba de Madrid (allá donde se cruzan los caminos), una ciudad de la que no tenía pretensiones y sólo la iba a utilizar de paso en mi vuelta por Europa, pero que al final terminó siendo una droga que no quería dejar de consumir. Ese cielo gris, ese frío que llegaba hasta los huesos, los viajes en el metro, la feria del rastro el domingo, los museos, caminar por el Retiro, por la calle el Prado y seguir por la Gran vía para en la noche desembarcar en Callao, la puerta del Sol y cerca de Tirso de Molina escuchar buena música.
Mejor lo cuentan Sabina y Fito que tan bien le cantan a Madrid.






1. El Retiro:



2. Puerta de Alcalá:

3. Calle El Prado y museo:

4. Centro de Madrid en el día:

5. Centro de Madrid en la noche:

6. Toledo:

6 de diciembre de 2009

Hay excusas pero al final no lo comparto

«Yo no pienso en la muerte ni digo que me juego la vida. El toro es vida, es mi luz, mi motivo. Salgo al ruedo copado de júbilo… No se puede olvidar a la muerte. Pero más nos vale aprender a llevar el tema» es uno de los testimonios de la crónica, Balada para un novillero, publicada un año atrás por Esteban Michelena en la revista SoHo. Al igual que el cuento La capital del mundo de Ernest Hemingway, donde dos camareros simulan un ruedo taurino dentro de una cocina, utilizando cuchillos afilados en lugar de los cuernos del toro, con muerte incluida, el toreo puede ser materia prima para buena literatura, pero es algo que no comparto.

Personajes que respeto, admiro y de los que desearía que algo de sus cualidades se me pegaran, como Ernest Hemingway (y su audacia) y Joaquín Sabina (y su poética) tuvieron y tienen, respectivamente, pasión por los toros. Pero igual es algo que no comparto.

Renee Kantor en la crónica, Los niños toreros de Francia sólo piensan en matar, publicada en la Revista Etiqueta Negra, escribía que si no fuera por las ferias taurinas, el toro de lidia se extinguiría porque no tendría razón para existir; y mencionaba también que la muerte del toro se dignifica en la Plaza, en el acto de lucha entre el hombre y el animal, a diferencia de la vergonzosa muerte que sufre en los mataderos (peor aún a principios del siglo XX cuando en los camales, donde se empezaron a silbar los primeros tangos, sólo trabajaban malevos y otras clases de tipos duros por la brutalidad del acto, como detallaba minuciosamente Tomás Eloy Martínez en su novela El cantor de tango). Pero continúa siendo algo que no comparto.

Dos años atrás viví por algunos meses en Quito, emplazado, con departamento y salida a trabajar todos los días en Ecovía. Estuve en las fiestas de Quito. Me invitaron a la Feria y por una cuestión más de curiosidad que por expectativa, accedí a ir. Pese a las excusas arriba escritas, en la taquilla no pude comprar los boletos. Esto no es para mí me dije. Cada loco con su tema. Lástima que tengan que pagar los toros por esto (no entiendo tampoco como Alfonso Reece puede comparar este acto, de muerte, con la salsa y señalarlo de cultura).

Por suerte las fiestas de Quito fueron mucho más que eso. También fue escuchar buen rock, ir semanas antes a un concierto de Sabina y de Serrat, dejar esas cuatro calles principales, y por una semana, caminar sin rumbo por vías menos transitadas junto a la muchedumbre, usando de hogar temporal las plazas y parques, envueltos en una espesura de celebración acentuada por el alcohol, cantando y la guaragua y la guaragua, y haciendo cosas de igual sin sentido, y con cierto toque surrealista, que no se parecen a arrancar orejas y utilizar rabos como trofeos.

P.D. El día viernes renació El Flaco Spinetta. Volvió a los escenarios alguien del que quisiera tener un poco de esa capacidad de mezclar ritmos, estilos, palabras y darle forma y volverlas bellísimas (como esa canción que tiene ritmos de samba, de rock y está inspirada en las cartas de Van Gogh). Salud por el Flaco y por Quito.


15 de noviembre de 2009

Agarre un ticket (o haga cola), espere su turno y no se moleste porque podemos meterlo preso

«Siempre se fuma demasiado cuando se tiene que esperar» decía el muchacho. «La vida es una sala de espera» fueron las palabras del señor calvo mientras pisaba su cigarrillo. «Estos lugares deprimen» mencionaba María Elena que era la última en llegar.



Las frases son de los personajes del cuento Segunda vez, que describen el ambiente que generan esos sitios ajenos al paso del tiempo, reticentes al progreso, llamados oficinas burocráticas y que continua Julio Cortázar describiéndolos de «un silencio que por momentos parecía demasiado, como si las calles y la gente hubieran quedado muy lejos», y donde «todo el mundo tenía un aire más joven y más ágil al salir, como un peso que les hubieran quitado de encima, el trámite acabado, una diligencia menos y afuera la calle… realmente al otro lado de la sala de espera y los formularios.»

Sin hacer un barroco inventario, las peores oficinas donde he estado son una Subsecretaría de Trabajo cerca del malecón, con un grupo de huelguistas con sus delgados colchones y sus protestas escritas con marcador desgastado, ubicados en la entrada, y adentro, después de subir las escaleras con tenues luces y paredes marchitas, una empleada del lugar te gritaba «¿y usted qué me cree?, ¿portera?.. Vaya busque por allá», cuando le preguntabas por algún abogado que firme un acta de finiquito; y en el Consulado español esperando mi visa de estudios, después de haber viajado toda la noche hacia Quito y desde las 9 AM hacer la kilométrica cola, cuando finalmente llegué a la ventanilla, la persona del otro lado del vidrio me decía con sorna que «su visa no está, vuelva la próxima semana». Sin olvidar el antiguo Registro Civil con sus pasillos olor a orina y tramitadores a la entrada, o ahora las largas esperas en el Banco Guayaquil, cuando el ticket señala 60 números después del que aparece en el marcador y la señora a tu lado te mira y sin necesidad de palabras te pregunta «¿es en serio esto?»

Ambiente lúgubre, que siempre muestra la cara más fea de una ciudad, como en Sevilla, entre la Giralda y el Alcázar, está una oficina de migración oscura, con pocas personas atendiendo, y una larga fila que parecía una horizontal Torre de Babel; y en Buenos Aires, en las estaciones de policía, detrás de Congreso, en los despachos se pueden ver gatos dormir sobre los escritorios. Por algo Sabina canta en Y sin embargo, que una casa sin ella es una oficina.

En Perú, en el primer Gobierno de Alan García, hacer cola era un sinónimo de protesta, de solidaridad ante la escasez de todo. En Ecuador es la venganza del destino por no pagar impuestos y no exigir mejores servicios. Y algo bueno del actual gobierno era que para realizar estos trámites, las oficinas se habían mejorado (modernos edificios y personal más capacitado), todo sea para mantener la imagen que pretende dar. Lástima que todo eso se vaya al traste cuando uno va al IECE a pagar su crédito, y en ventanilla uno encuentra pegado el artículo 132 del Código Penal que dice que el que insultase a algún burócrata puede pasar entre 3 y 30 días en prisión. Mejor servicios, pero este tipo de leyes, al igual que las de separatismo y las que permiten enjuiciar a editorialistas, persisten desde la época de dictadura y varias se aplican.




4 de noviembre de 2009

Violetas como una justificación

Un mes atrás Mercedes Sosa, La Negra, se fue. Se fue en el sentido de que su corazón dejó de latir y sus pulmones de inhalar aire, porque su voz se la sigue escuchando, difícilmente se apagará; y a diferencia de la canción que cantó varias veces junto a Fito Páez y Víctor Heredia, yo vengo a ofrecer mi corazón: y me iré tranquila, me iré despacio..., ahora más que nunca se siente que ella no se va.


Traté de escribir algo la fecha que murió, pero como siempre las palabras no me alcanzaron. Varios homenajes se le hicieron. Recuerdo dos. El primero que le hizo el diario Página 12 con el título Parte del aire, que a diferencia de muchos de los especiales que hace el diario fundado originalmente por Jorge Lanatta, pero ahora devenido a diario oficialista como te lo dicen muchos de los quiosqueros que abundan en las calles de Buenos Aires, aunque siguen escribiendo en el mismo personajes como Rodrigo Fresán y su sección Radar en serio que vale la pena leer, este especial de La Negra Sosa pienso que no estuvo acorde con ella.

La Negra más que partituras musicales y registros sonoros era puro sentimiento. No cabía el análisis musical como lo hizo Página 12, si no tal vez repasar la historia de alguien que siempre apoyó la música, que fue la madrina del rock argentino (cantando Inconsciente Colectivo con Charly García en Córdoba) cuando lo más probable era que muchos cantantes de folclore estén refunfuñando en un parque, plaza o en alguna cantina con luces pálidas que la música ya no es lo que era antes, y que hasta el último estuvo junto a artistas de la actual generación, como las versiones de sus canciones que tiene con Ceratti, Calle 13 o Shakira. Era lo más parecido a la Pacha Mamma, alguien que estaba en contacto con su tierra y que le gustaba contar historias sencillas, de labores que se repiten todos los días y que ella mostraba su escondido encanto.

Recuerdo en el funeral de Mario Benedetti, el mismo día que dejé Montevideo estuve presente ahí en el Edificio de Congreso (era un lunes lluvioso de mayo), mientras veía por primera y última vez al autor de Los Montevideanos y de Gracias por el Fuego, un ramo de flores con la firma de Joaquín Sabina presente en el auditorio. A La Negra, Sabina le dedicó unas violetas que es el mejor homenaje que he leído y que lo publico aquí como justificación a mi falta de palabras.





Violeta para Mercedes.
Por Joaquín Sabina.

Se nos murió la gran dama,
Negra Sosa, pacha mama
de Corrientes,
que bordó puntos y comas
en las prisas del idioma
de la gente.

Martina Fierro de ley
que sin dios, patria ni rey
tiró p’alante,
antes de decir adiós
me propuso un blues a dos
voces distantes,
distintas, y, sin embargo,
cerquita del ron amargo
que consuela,
que abruma,
que mortifica,
que suma, que santifica,
que desvela.

Cuando rompió la baraja,
hizo del bombo su caja
de Pandora,
entre el mestizo y el yan
quise quedaba con Yupanqui
hasta la aurora.

Todos menos uno, dijo,
provocando el acertijo
de Cosquín,
militante del futuro,
no pudo con ella el muro
de Berlín.

Canto ancestral de Argentina,
la más frutal de las minas,
todo es nada,
no sabe cómo la lloro,
desafinando en el coro
de las hadas.

Madrina de los roqueros
más intrusos, más villeros,
menos brutos;
en calle melancolía
mi letra y su melodía
visten de luto.

Más de una vez la besé
pero nunca olvidaré
la noche aquella:
aquel piano y su voz
y mi sonanta y la coz
de las estrellas.

Me aterran las despedidas
pero gracias a la vida de Violeta,
Mercedes inventó el son
que duerme en el corazón
de los poetas.





30 de septiembre de 2009

Esos días.... Bi (sin 'cente') nario, Capote, David Sosa y la llave de Sabina

Si uno es desempleado, la vida se convierte en un eterno domingo (No me gustan los domingos, Héctor Abad).

Se supone que la tradición, de cada 31 de diciembre, en la cual quemamos un muñeco por el año que se va, y lo rellenamos de camaretas, viene de la colonial creencia de que el tiempo es cíclico, uno vuelve como cantan los Cruks, y no lineal como la ciencia indica. Y así con fórmulas demuestren que lo nuestro es algo más folclórico que efectivo (como el condón), hay veces en que el tiempo no se comporta como debe y le metemos unos tumbacasas por si quiere regresar. Hay veces que parece no moverse, o todo parece replay, o como si la realidad por fin encajara. De lo último, por ejemplo, mientras los diarios publican cómo la gente está buscando nuevas alternativas de ingresos por la falta de empleo, en cada conversación el tema de que están botando gente en las empresas es como un disco rayado; y de paso, en estos días, Ecuarisa, pasó la película de Jim Carrey y Tea Leoni, Fun with Dick and Jane, donde Dick Harper (Carrey), de ser vicepresidente de una empresa pasa a asaltar tiendas y hacernos cagar de la risa. Todo justo cuando uno anda buscando camello. Te martillean por todas partes con la pesimista realidad. Con Truman Capote, en cambio, hace tiempo que tenía ganas de volver a leer A sangre fría y coincidentemente el fin de semana pasaron la película Capote, además David Sosa escribió un excelente artículo y hoy, 30, cumpliría años el drogadicto, homosexual y genio escritor. La falla está en que a quien le presté el libro me dice que no lo encuentra. Por suerte tuve una entrevista pero sigo desempleado.


Y por otros lares pero volviendo a David Sosa, recuerdo que cuando el periodista cubano escribió para la revista Soho, mencionaba que del diario GRANMA, sus noticias son como avistamientos de OVNIS: tal vez uno sea verdad. Por eso si quiero saber de Cuba me dirijo al blog Generación Y. Lo que evito leer son los comentarios. Porque, por ejemplo, una entrada de un borracho gritando por comida termina en una discusión acerca de Miss Universo. Por lo que estoy de acuerdo con la diatriba que Renato Cisneros le hace a los bloggers, tildándonos de creernos dueños de la verdad y de utilizar el anonimato para darle rienda suelta a nuestros más bajos instintos. Sin olvidar que dichas diatribas son por encargo.

Sin embargo pienso que no es momento para referirse así de los blogs. No en un día como hoy de fin de mes, en que coinciden dos años del inicio de esta bitácora, de la que pensé que las opiniones iban a ser, en boca de los Soda, NADA PERSONAL, sino sólo de economía y desarrollo; y ahora que leo los últimos posts, veo que esto está medio personal. Lo único que puedo decir es que tras dos años, que también coinciden con 200 entradas y más de 20 mil visitantes, ya ni sé de qué va a este blog. Y ya que no pude releer A sangre fría (por suerte tuve una entrevista pero sigo desempleado) y copiar párrafos de esa historia que trata de mostrar cómo quedó un pueblo de Kansas después de un crimen, y volviendo a lo de las entradas muy personales, copio y pego un escrito de un tipo como Joaquín Sabina que con su libertina sinceridad vestida de versos con rima sí sabe escribir de estas cosas. Y aunque juré nunca copiar y pegar entero algo ya publicado en internet (mis entradas son excusas para citar), Sabina vale la excepción. Y hay que acordarse que son dos años y una canita al aire no está mal. Una canita no tan casual.


Lo único que siempre he querido es una llave en el bolsillo.

Por Joaquín Sabina.

Esta casa, que es la mía, está llena de tonterías. Soy un coleccionista de imbecilidades. Un cachivachero, como se dice en el Perú. Entonces no voy a decir que el mejor regalo que tengo es tal muñeca que guardo por ahí, o tal virgen o tal candelabro, ni tampoco la primera edición de tal libro. Prefiero ponerme un poco solemne al pensar en el regalo que más me ha hecho ilusión en la vida y decir con absoluta honestidad que mi mejor regalo fue una llave. Sí una llave: la primera que tuve, a los diecisiete años.

Todos los escritores y todos los cantantes y todos los pintores suelen decir que su patria es la infancia, y que quisieran volver a su infancia. Pero yo me siento un bicho muy raro porque, a pesar de haber tenido una infancia nada infeliz, pienso que lo único que siempre he querido es tener una llave en mi bolsillo para que nadie pudiera decirme a qué hora había que volver y para que nadie pudiera darme órdenes. Y esa llave la tuve por primera vez en una pensión mientras estudiaba en la Universidad de Granada. No recuerdo un momento más feliz en mi vida que al tener esa llave en el bolsillo y decir: «Ahora regreso cuando me salga de la punta de la polla, no cuando me diga mi padre». De veras la miraba como si fuera el Santo Grial. La llave es un símbolo fálico, ¡carajo! Abre cosas, no me joda. ¡Abre de todo! Si no tienes una llave, eres un eunuco, una mierda, no sirves para nada. Hay que tener una llave. Todos deberíamos tener una.

Desde aquel entonces hasta hoy, puedo decir que aún conservo esa llave. Es decir, hasta los diecisiete años yo era un niño de provincia, con una familia muy estricta, católica, apostólica, romana, franquista y fascista. Mi padre era comisario de policía, y muy buena gente y poeta de campanario. Pero la vida en un pueblo de provincia, en esos duros años del franquismo, era muy gris. Recuerdo esa época como si lloviera todo el tiempo, lo cual es mentira, por supuesto, un invento de imaginación, aunque la imaginación suele ser más justa que la realidad. Y yo quería huir de esa realidad. Quería crecer, quería ser mayor, ser adulto. Por eso digo que jamás he querido volver a mi infancia. Yo quería mi llave.

En verdad, ahora que lo pienso, creo que quería convertirme en un viejo verde, y lo estoy consiguiendo. Para mí esa llave, aunque parezca cursi, aunque parezca primario, aunque parezca lo que parezca, era mi pequeño símbolo de la libertad. Con esa llave por fin estaba solo: iba a la universidad, me enseñaban libros, me presentaban chicas, me daban whiskies baratos, y podía trasnochar a mi antojo. No había una estructura superior a mí. Ni mis padres ni la Iglesia ni el sindicato ni el pueblo ni la familia ni las vecinas ni la puta que los parió. Ya no había nadie que me diera órdenes. Nunca más.

***

Soy un regalón. Me gusta regalar, y entonces tengo muchas broncas con mis novias y con mis amigos, porque siempre regalo lo mejor que tengo. Si alguien me dice: «Este cuadro me gusta», y es el mejor cuadro que yo he tenido en mi vida, pues se lo regalo. Uno sólo debe regalar aquello de lo que le duele mucho desprenderse. Ir a una tienda y comprar cualquier cosa para una chica, no: regálale lo que más amas. Además, he tenido la suerte de algunos amigos que han oído esta teoría luego de que me han hecho unos regalazos. Por ejemplo, tengo dos capotes de toreo, uno de Antoñete y otro de José Tomás. A ambos toreros les pregunté: «¿Por qué me regaláis estas joyas?». Y me respondieron lo mismo: «Porque nos duele mucho». Eso me encanta. Lo otro, lo que compras, lo que te sobra, no vale nada.

Lo que sí me ha pasado una vez, debo admitirlo, es eso que dice Enrique Vila-Matas: que he comprado un libro y me lo he terminado quedando para mí. Hace poco un médico me revisó el estómago y me hizo una cosa cojonuda. Realmente genial lo que me hizo el tipo. Entonces me dije que tenía que hacerle un regalazo. Fui a un anticuario y conseguí L’Anatomie du corps humain, de 1684. Una absoluta joya, que decidí quedármela para mí. Es la única vez que me ha pasado. Debe ser porque lo único que me he regalado a mí mismo con verdadero cariño y orgullo son libros. Libros raros, que no aprecia nadie. He tenido mil guitarras, pero ninguna me ha emocionado. Tampoco tengo una gran discoteca ni suelo escuchar mucha música. Pero los libros me parecen objetos sagrados. Tengo primeras ediciones de Vallejo y un tesoro de Neruda: el ejemplar número cincuenta y siete de una edición cien de Residencia en la Tierra. Pero basta. Ya me estoy poniendo solemne otra vez.

Por eso diré otra cosa: que con mis músicos algunas veces nos hemos regalado unas cuantas putas para celebrar. Y siempre hemos pagado el doble, porque yo opino que las putas cobran muy barato para lo que dan. Yo me he arruinado con ellas, de modo que ahí está la fortuna de Sabina. Una vez vino a mi casa una chica de esas que se llaman por teléfono y que parecía Lady Di de lo impecable que estaba. Como yo no sabía qué decirle, ella me tranquilizó: «Desde los catorce años quiero ser puta», me dijo. Impresionante. Totalmente vocacional. Otra vez, un tío que era cura se salió del sacerdocio, y como ya estaba viejo y no conocía mujeres, se fue de putas, pero como seguía siendo un hombre religioso, al acabar con la puta le dijo eso que tantos hombres les han dicho haciendo siempre el ridículo: «¿Cómo has llegado a esta triste situación?». Ella le contestó: «Porque me gusta follar». Y mi pobre tío santo se quedó hecho mierda. Es decir, fantástico. Por eso yo les digo a mis hijas: «Vais a salir putas como vuestro padre», lo cual, ahora que hablamos de regalos, vendría a ser no un regalo, sino una herencia.

Así llego a mi peor regalo, que es un poco más solemne y literario. Podría tratar de ser más coloquial, pero una vez me contaron una historia sobre ese flaco maravilloso que fue Julio Ramón Ribeyro, y hasta ahora no puedo evitar recordarla. Yo conocí a Julio Ramón por Alfredo Bryce. Él me traía siempre sus libros, que acá en España empezaron a conocerse recién cinco minutos antes de que se muriera. Bueno, entonces un día me llega un artículo de periódico en el que decía que la hermana de Ribeyro había puesto en su tumba siete crisantemos en honor a una canción mía. Ella no sabía que yo adoraba a Ribeyro, y Ribeyro nunca debió haber sabido nada de mí, pero esa ceremonia me hizo pensar en qué es lo que yo no quisiera jamás que me regalaran. Y es precisamente eso: siete crisantemos en mi funeral. Porque yo no quiero morirme nunca.





P.D. Luego de dos años un GRACIAS TOTALES a Laura Avellaneda, Max de Rob, La Chica Cosmo (que ya no aparece), Pepe Zurita, Manu Sava, Manuela que leyeron algunas de las entradas y a cualquiera que se haya dado un vueltazo por este sitio.

16 de febrero de 2009

La chica de la casa de los vinos

La mosquita muerta de nariz judía,
piernas de alfiler, pezón de silicona,
caracola en bolas, amapola umbría,
zulo de entretiempo, culo de persona.
Detesta la gloria dulce fracasita
porque la memoria le provoca estrés,
temprano es muy tarde y
las casas de citasa ciegas
se mueren dos citas después.
Porque el caso es que zapeando mi rutina
entre gran hermano, Alaska y Mickey Mouse
yo me quedo con la basca sin gomina
que alucina con los pedos de Winehouse.
Patrona del último, ebria satanasa,
más negra que el negro que te hace los coros,
se queda tan corta que siempre se pasa
saltando peldaños del apaño al foro.
Tu viejo en el taxi, tu Blake en la trena,
tu agente sudando, tu gente contigo,
la vida es un grano de pus con verbenas
blues del alma en pena, corazón amigo.
Virus del oído, nido de cualquiera,
novia de Carpanta, fan de Mortadelo,
sigue siendo tú pero no te nos mueras,
canta, canta, canta, marujita en celo.


Así la describe Sabina, en un poema publicado en la revista Interviú, a aquella veinteañera de vida intrépida y desordenada que solo se siente a gusto con un vaso de licor en una mano y sosteniendo el micrófono con la otra. Y tal vez alguna sustancia psicotrópica en la intimidad de su alcoba. Una especie de híbrido de Janis Joplin y Nina Simone que con su extravagante peinado y sus enclenques piernas y brazos llenos de tatuajes, con bizarro estilo pineup girl de los cincuentas, te resulta imposible de creer que de sus cuerdas vocales salgan esas poderosas melodías de estilo soul que es lo mejor que se escucha actualmente.

En la resaca de ayer del día de San Valentín, después de tanto mercantilismo sentimental y ambiente decorado de rojo, con ganas de escuchar algo realmente verdadero, un concierto de Amy Winehouse pasado por cable fue un surrealista regalo. En un íntimo escenario con candelabros, tenues luces, su mestiza banda y un recatado público, a través de la pantalla, Amy se pasó. Mezclando indie con soul y mucho jazz, creando esa música atrayente y con cierto toque nostálgico, te paralizas por dos horas, aguantando incluso los comerciales, cada dos temas, del irrespetuoso canal, pensando de donde puede salir tanta belleza.


Mi lado ortodoxo y conservador siempre ha estado ligado con la música. Pocas veces acepto las mezclas (a excepción de Los fabulosos cadillacs), y lo clásico (entiéndase por Eric Clapton, The Rolling Stones, The Beatles y otros grandes) es lo único que está guardado en mi laptop. Un purista por falta de fe. Pero Amy Winehouse es una grata sorpresa entre tanta Kate Perry, Spears, Aguilera y el grupo de figuritas que piden que otros les escriban sus canciones (lo nuevo de ACDC y Metallica al ser ellos viejitos, es otra cosa).

Cada vez que la Winehouse se mete en problemas por agresiones o por su consumo de drogas y los medio de prensa lo aprovechan como primicia, pienso, al igual que otros lo hacen con Charly García (Amy y Charly comparte ese estilo demoledor de hoteles), que si algo le pasa a ella, nosotros estaremos perdiendo a la mejor voz femenina de esta generación. Y su talento no termina en su majestuosa voz que perdurará más que los desechables músicos de hoy, también es capaz de escribir canciones tan punzantes y emotivas como back to black (que le da nombre a su disco) y tears dry on their own, que actualmente se están utilizando para enseñar poesía en Cambridge y se están comparando con los poemas de Walter Raleigh del siglo XVI. Solo escuchen la emotividad de Love is a losing game que, misericordemente entre tanta basura, nos regala la chica judía de la casa de los vinos.


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