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4 de noviembre de 2009

Violetas como una justificación

Un mes atrás Mercedes Sosa, La Negra, se fue. Se fue en el sentido de que su corazón dejó de latir y sus pulmones de inhalar aire, porque su voz se la sigue escuchando, difícilmente se apagará; y a diferencia de la canción que cantó varias veces junto a Fito Páez y Víctor Heredia, yo vengo a ofrecer mi corazón: y me iré tranquila, me iré despacio..., ahora más que nunca se siente que ella no se va.


Traté de escribir algo la fecha que murió, pero como siempre las palabras no me alcanzaron. Varios homenajes se le hicieron. Recuerdo dos. El primero que le hizo el diario Página 12 con el título Parte del aire, que a diferencia de muchos de los especiales que hace el diario fundado originalmente por Jorge Lanatta, pero ahora devenido a diario oficialista como te lo dicen muchos de los quiosqueros que abundan en las calles de Buenos Aires, aunque siguen escribiendo en el mismo personajes como Rodrigo Fresán y su sección Radar en serio que vale la pena leer, este especial de La Negra Sosa pienso que no estuvo acorde con ella.

La Negra más que partituras musicales y registros sonoros era puro sentimiento. No cabía el análisis musical como lo hizo Página 12, si no tal vez repasar la historia de alguien que siempre apoyó la música, que fue la madrina del rock argentino (cantando Inconsciente Colectivo con Charly García en Córdoba) cuando lo más probable era que muchos cantantes de folclore estén refunfuñando en un parque, plaza o en alguna cantina con luces pálidas que la música ya no es lo que era antes, y que hasta el último estuvo junto a artistas de la actual generación, como las versiones de sus canciones que tiene con Ceratti, Calle 13 o Shakira. Era lo más parecido a la Pacha Mamma, alguien que estaba en contacto con su tierra y que le gustaba contar historias sencillas, de labores que se repiten todos los días y que ella mostraba su escondido encanto.

Recuerdo en el funeral de Mario Benedetti, el mismo día que dejé Montevideo estuve presente ahí en el Edificio de Congreso (era un lunes lluvioso de mayo), mientras veía por primera y última vez al autor de Los Montevideanos y de Gracias por el Fuego, un ramo de flores con la firma de Joaquín Sabina presente en el auditorio. A La Negra, Sabina le dedicó unas violetas que es el mejor homenaje que he leído y que lo publico aquí como justificación a mi falta de palabras.





Violeta para Mercedes.
Por Joaquín Sabina.

Se nos murió la gran dama,
Negra Sosa, pacha mama
de Corrientes,
que bordó puntos y comas
en las prisas del idioma
de la gente.

Martina Fierro de ley
que sin dios, patria ni rey
tiró p’alante,
antes de decir adiós
me propuso un blues a dos
voces distantes,
distintas, y, sin embargo,
cerquita del ron amargo
que consuela,
que abruma,
que mortifica,
que suma, que santifica,
que desvela.

Cuando rompió la baraja,
hizo del bombo su caja
de Pandora,
entre el mestizo y el yan
quise quedaba con Yupanqui
hasta la aurora.

Todos menos uno, dijo,
provocando el acertijo
de Cosquín,
militante del futuro,
no pudo con ella el muro
de Berlín.

Canto ancestral de Argentina,
la más frutal de las minas,
todo es nada,
no sabe cómo la lloro,
desafinando en el coro
de las hadas.

Madrina de los roqueros
más intrusos, más villeros,
menos brutos;
en calle melancolía
mi letra y su melodía
visten de luto.

Más de una vez la besé
pero nunca olvidaré
la noche aquella:
aquel piano y su voz
y mi sonanta y la coz
de las estrellas.

Me aterran las despedidas
pero gracias a la vida de Violeta,
Mercedes inventó el son
que duerme en el corazón
de los poetas.





14 de agosto de 2009

Portafolio montevideano

En Montevideo por fin pude sentir el otoño. Un clima húmedo, con muchas ganas de lluvia, totalmente gris el cielo y árboles que de verde pasan a ser rojos. Ciudad rodeada por playas y con gente, a diferencia de Buenos Aires, que se la veía más sencilla, sin tanto arreglo, abrazando al mate como su único compañero. Parecía que su estado de ánimo dependía mucho del tiempo, lo que se reflejaba en su algo gris vestimenta.

1. Mercado del puerto: en ningún otro lado he comido mejor. Carne al vacío con largo sorbos del adictivo y espumoso "medio y medio".



2. Caminando hacia el Palacio Taranco, por la zona bancaria, se puede ver un conjunto de edificios que creo haberlos visto en películas hollywoodenses. "Blindness" creo que es una.






3. Esté gris o no el cielo en la tarde, el crepúsculo tenía esa tonalidad rosa y un aire nostálgico invadía el lugar. La locación es cerca del edificio del Congreso. En Montevideo no existen semáforos. La amabilidad en los montevideanos es algo innato.

4. Edificio del Congreso durante el atardecer. Dos días después, durante un feriado de día lunes, el edificio estaría lleno de personas y rosas despidiendo al maestro Mario Benedetti. Yo estuve ahí.

5. La ciudad está rodeada por Ramblas. Se puede ver tanto el atardecer como el amanecer. Yo me quedaba en Pocitos, gracias a la amabilidad de Virginia, una amiga. Caminando por el club de golf, en playa Ramírez, se podía ver el centro de la ciudad y el edificio del Mercosur.

6. Al otro lado de Pocitos está el club de Buceo. Me imaginó que aquel hombre pescando fue uno de las tantas postales que vio Ramón Budiño, el personaje de "Gracias por el fuego" de Benedetti, que entre las únicas satisfacciones que tenía día a día, era volver a su casa por las Ramblas.

7. En Carrasco, los edificios parecen pequeños castillos de otras épocas y lugares. El barrio luce deshabitado y parecería que el tiempo ahí se estanca. Un otoño perpetuo.

8. Playa de Punta Carretas. Cerca de donde me quedaba. Sitio de reunión para dedortistas, paseadores de perros y gente con el termo mate entre los brazos, como cargando a un bebé. Pero en realidad creo que es su mejor amigo.

9. El antiguo casino de Carrasco. Frente a la playa, ahora abandonado. Antes un sitio cotizado por ricos, matones, y putas. De Gaulle se supone que un día iba a pasar ahí la noche. No encontraron camas de su tamaño.

10. El Palacio Salvo tiene un gemelo en Buenos Aires: El Palacio Barolo. Inpirados en la divina comedia de Dante.

11. Osos en la Plaza Artigas (casi todo en Uruguay tiene el nombre de Artigas). El oso argentino tenía una foto de Gardel. Los montevideanos lo destruyeron y levantaron su propio oso uruguayo con la foto de Gardel.

18 de junio de 2009

Montevideanos en Montevideo

En Montevideo, durante el otoño, se debe tener cuidado de no caer en tentaciones o en desconcentraciones que no te permitan llevar a cabo inmediatamente las actividades y tareas previstas. Porque en Montevideo el tiempo pasa volando y en un abrir y cerrar de ojos los planes, los deseos, y tal vez parte de la vida se va con la fuerte brisa que arrastra hojas teñidas de rojo. Ese efecto de que todo pasa rápido también genera la sensación de que nada pasa en la ciudad, y que a la vez se complementa con el paisaje envejecido y gris de la ciudad, un otoño más nostálgico, profundo, lúgubre y sombrío que en otras partes (Buenos Aires por ejemplo), pero simpático a la vez, como la sensación de sentir las manos arrugadas de la abuela, ver el final de algo que se ha perseguido durante un tiempo, o como la melancolía con que le canta Jorge Drexler: Yo tengo pintada en la piel/ la lágrima de esta ciudad/, la misma que da de beber/, la misma te hará naufragar. También como en la película uruguaya “Wishky”, donde todos los días son iguales, los actos presentes son sinónimos del pasado, todo ya está calculado y el caos, el azar no puede traspasar una infranqueable barrera. Así, en vivo, entendí la explicación de un amigo de que esta película es una analogía del ser uruguayo, donde pareciera, repito, que todo ya está dicho.


Pero hace un mes, mientras me encontraba en Montevideo, algo pasó, por lo menos para mí, que no equivale a una realidad absoluta, pero esta fue una realidad para muchos, una realidad compartida. El día 17 de mayo Mario Benedetti fallecía y el 18 de mayo pude estar presente en su funeral. Simplemente para decirle gracias al maestro, gracias por “gracias por el fuego”, que fue uno de los primeros libros que leí con entusiasmo (donde sí pasan cosas), lo leí con aquella misma pasión que lo debió escribir en sus años de idealismo, de esperanzas, que fue parte de un inicio por un camino que no me canso de transitar. Y lo bueno de Mario es que pese a sus exilios, las injusticias que vivió, y tal vez la edad con las enfermedades que obligatoriamente arrastra, él seguía siendo un encanecido hombre con los ideales y sus entusiasmo intacto. Y ahí estaba en Montevideo, sintiéndolo vivo más que nunca, caminando por el edificio de Congreso, viendo su rostro totalmente blanco (como un sudario, una sabana de hospital, un blanco de paz pero de muerte a la vez) donde otros cientos montevideanos y de todas partes también iban a decirle adiós maestro y gracias por el fuego.

De la poesía nunca he sido amigo, no la entiendo. Me parece algo tan personal, tan intrínseco que no se debería compartir porque es imposible traspasar aquellos saltos, dudas, descalabros, emociones a otros. Por eso no sé mucho de García Lorca o de Neruda, y por eso mientras muchos que lo leyeron, en bitácoras o en las columnas de cultura copiaban o leían sus poemas, tal vez su parte más noble, su parte más de niño; y varias librerias corrían a colocar en sus estantes sus más reconocidas obras (como pan caliente), me dirigí hacía una tienda de libros usados, compré una edición desgastada de los 70´s de los “montevideanos” y los volví a leer. Uno por uno. Desde “el presupuesto” hasta “déjanos caer”, mientras estaba en Montevideo, y bajo la lluvía y el frío descubría la inspiración que generaba la ciudad (suerte que Benedetti la aprovecho), la belleza de la veloz monotonía. Entendía y disfrutaba cada vez más y mejor.



Acá abajo algunos párrafos de algunos de sus montevideanos y acá, varios de sus cuentos.

El presupuesto.

Otra vez supimos que el presupuesto había sido reformado. Lo iban a tratar en la sesión del próximo viernes, pero a los catorce viernes que siguieron a ese próximo, el presupuesto no había sido tratado. Entonces empezamos a vigilar las fechas de las próximas sesiones y cada sábado nos decíamos: “Bueno ahora será hasta el viernes. Veremos qué pasa entonces”. Llegaba el viernes y no pasaba nada. Y el sábado nos decíamos: Bueno, será hasta el viernes. Veremos qué pasa entonces. “ Y no pasaba nada. Y no pasaba nunca nada de nada.

Sábado de gloria.

Eso —la certeza del feriado— me proporciona siempre un placer infantil. Saber que puedo disponer del tiempo como si fuera libre, como si no tuviera que correr dos cuadras, cuatro de cada seis mañanas, para ganarle al reloj en que debo registrar mi llegada. Saber que puedo ponerme grave y pensar en temas importantes como la vida, la muerte, el fútbol y la guerra. Durante la semana no tengo tiempo. Cuando llego a la oficina me esperan cincuenta o sesenta asuntos a los que debo convertir en asientos contables, estamparles el sello de contabilizado en fecha y poner mis iniciales con tinta verde. A las doce tengo liquidados aproximadamente la mitad y corro cuatro cuadras para poder introducirme en la plataforma del ómnibus. Si no corro esas cuadras vengo colgado y me da nausea pasar tan cerca de los tranvías. En realidad no es nausea sino miedo, un miedo horroroso.

La guerra y la paz.

Cuando abrí la puerta del estudio, vi las ventanas abiertas como siempre y la máquina de escribir destapada y sin embargo pregunté: “¿Qué pasa?” Mi padre tenía un aire autoritario que no era el de mis exámenes perdidos. Mi madre era asaltada por espasmos de cólera que la convertían en una cosa inútil. Me acerqué a la biblioteca Y Me arrojé en el sillón verde. Estaba desorientado, pero a la vez me sentía misteriosamente atraído por el menos maravilloso de los presentes. No me contestaron, pero siguieron contestándose. Las respuestas, que no precisaban el estímulo de las preguntas para saltar y hacerse añicos, estallaban frente a mis ojos, junto a mis oídos. Yo era un corresponsal de guerra. Ella le estaba diciendo cuánto le fastidiaba la persona ausente de la Otra. Qué importaba que él fuera tan puerco como para revolcarse con esa buscona, que él se olvidara de su ineficiente matrimonio, del decorativo, imprescindible ritual de la familia.

Esa boca.

Entonces preparó la frase y en el momento oportuno se la dijo al padre: “¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?” A los siete años, toda frase larga resulta simpática y el padre se vio obligado primero a sonreír, luego a explicarse: “No quiero que veas a los trapecistas.” En cuanto oyó esto, Carlos se sintió verdaderamente a salvo, porque él no tenía interés en los trapecistas. “¿Y si me fuera cuando empieza ese número?” “Bueno”, contestó el padre, “así, sí”.

Corazonada.

Apreté dos veces el timbre y enseguida supe que me iba a quedar. Heredé de mi padre, que en paz descanse, estas corazonadas. La puerta tenía un gran barrote de bronce y pensé que iba a ser bravo sacarle lustre. Después abrieron y me atendió la ex, la que se iba. Tenía cara de caballo y cofia y delantal. “Vengo por el aviso”, dije. “Ya lo sé”, gruñó ella y me dejó en el zaguán, mirando las baldosas. Estudié las paredes y los zócalos, la araña de ocho bombitas y una especie de cancel.

Aquí se respira bien.

Por más que nadie intenta arrebatárselo, Gustavo se cree obligado a correr para asegurarse el usufructo del banco. El padre llega después, sin apuro, con el saco en el brazo.

—Se respira bien en este rinconcito—dice, y para demonstrarlo resopla ostensiblemente. Luego se acomoda, saca la tabaquera y arma un cigarrillo entre las piernas abiertas.

A las diez de la mañana de un miércoles, el Prado está tranquilo. Tranquilo y desierto. Hay momentos tan calmos que el ruido más cercano es el galope metálico de un tranvía de Millán. Luego un viento cordial hace cabecear dos pinos gemelos y arrastra algunas hojas sobre el césped soleado. Nada más.

Familia Iriarte:

La verdad es que en un balneario uno sólo ve mujercitas limpias, frescas, descansadas, dispuestas a reírse, a festejarlo todo. Claro que también en Montevideo hay mujeres limpias; pero las pobres siempre están cansadas. Los zapatos estrechos, las escaleras, los autobuses, las dejan amargadas y sudorosas. En la ciudad uno ignora prácticamente cómo es la alegría de una mujer. Y eso, aunque no lo parezca, es importante. Personalmente, me considero capaz de soportar cualquier tipo de pesimismo femenino, diría que me siento con fuerzas como para dominar toda especie de llanto, de gritos o de histeria. Pero me reconozco mucho más exigente en cuanto a la alegría. Hay risas de mujeres que, francamente, nunca pude aguantar. Por eso, en un balneario, donde todas ríen desde que se levantan para el primer baño hasta que salen ma­readas del Casino, uno sabe quién es quién y qué risa es asqueante y cuál maravillosa.

Los novios.

Vivíamos en la calle principal. Pero toda avenida 18 de julio en un pueblo de ochenta manzanas, es bien poca cosa. A la hora de la siesta yo era el único que no dormía. Si miraba a través de la celosía, transcurría a veces un bochornoso cuarto de hora sin que ningún ser viviente pasase por la calle. Ni siquiera el perro del señor Comisario, que, según decía y repetía la negra Eusebia, era mucho menos perro que el señor Comisario. Por lo general, yo no perdía tiempo en esa inercia contemplativa; después del almuerzo me iba al altillo y, en lugar de estudiar el común denominador, leía como un poseído a julio Verne. Leía sentado en el suelo, incómodamente tirado hacia adelante, con la prevista consecuencia de unos alegres calambres en las pantorrillas o una opresión muscular en el estómago. Bueno, qué importaba. Después de todo, era un placer cerrar la puerta que me comunicaba con el mundo y con mamá, no porque yo fuera un solitario vocacional, ni siquiera por vergüenza o resentimiento. Tan sólo era un disfrute disponer de dos horas para mí mismo, construirme una intimidad entre esas paredes rugosamente blancas, y acomodarme en la franja de sol, cuidando, claro, de que Verne permaneciera en la sombra.

13 de septiembre de 2008

Para jóvenes (aunque sean de corazón)

Palabras del excelentísimo Dr. Edmundo Budiño: ¿Todavía no te enteraste de que este país me queda espantosamente chico (Uruguay)?… Me gusta ver como la plata borra las palabras… Creen que la revolución es andar sin corbata… Bien sabes que yo me hago pichi en la revolución… En la democracia me hago caca… Democracia les significa propaganda (a Estados Unidos) y hacen tanto ruido con ella, incluso frente a Cuba, que nadie se acuerda de cómo alimentan a Stroessner y a Somoza, dos de los míos… Para mi democracia es esto: Escribir todos los días un editorial de ejemplar madurez y corrección política, y telefonearle enseguida al jefe de policía para que le dé garrotes a mis obreritos de huelga… Para matar a un tipo hay que despertarse cornudo, o tener huevos o estar borracho. Y ustedes toman Coca – Cola... ¿Cómo no queréis que desprecie a la gente, si me acepta como soy?... Desde el comienzo fue para mí una tentación espantosa: Estafarlos, joderlos… Ahora reparto armas a los nenes de mamá, llevo a cabo campañas calumniosas… Siempre hay alguien que puede ser comprado o que no tiene suficiente cojones, o que saca un cigarrillo y se encoge de hombros… ¿Y la conciencia? Esto es tremendo. Yo no tengo. O si tengo, nunca la he encontrado...La tortura es como les voy a decir, una forma de aprendizaje rápido…

Palabras de su hijo Ramón: El país también es hospitales sin camas, caras de hambre… El país es otra cosa peor, tal vez, que esa tierra ideal que ustedes inventaron (hablando Ramón a su hijo)… Ustedes se meten la moral en el bolsillo, y en eso están completamente equivocados… ¿Qué harían vos y todos tus revolucionarios, sin corbata, con la posibilidad de un cambio de estructura, y con la inmediata entrega de esa estructura a un malón de tipos inmorales, ambiciosos, maniobreros?... Solo existen dos vías para adquirir conciencia política: Una es el hambre y el despojo, la otra es la educación… Ustedes hacen planes sobre la base de un pueblo que previamente idealizan, pero ese pueblo no ha dado aun el visto bueno a esa idealización… Aquí todos saben leer y escribir, pero no pensar políticamente… ¿Quién puede vivir en este país, en este mundo, en este tiempo, de acuerdo a sus principios, a sus normas, a su moral, cuando son otros quienes los dictan?... El marxista, trabaja en un banco… El anarquista recibe un sueldo del Estado… El yanqui es un animal de costumbres… Por lo general, los hijos de los ricos piensan con dinero, que es una manera peculiar de pensar… Me conmueve cualquiera de esos mendigos que exhiben la pierna con llaga, convenientemente rodeada de moscas. Esa llaga que constituye su capitalito… Eliminar a un crápula debe ser otra forma de sentirse vital…

Cuando leo un libro, imagino quien puede representar a los personajes de este. En Gracias por el Fuego de Mario Benedetti, Edmundo Budiño es un híbrido de los políticos que hemos tenido en ese simulacro de democracia ecuatoriana, con León Febres – Cordero como la cabeza, Lucio como el colón y el recto, y así el resto, cada uno, conformando ese monstruo deforme con aspecto humano. Y Ramón somos todos esos hijos que queremos cometer un parricidio y acabar de una vez por todas con lo déspota, vil, corrupto y canalla de anteriores generaciones.

Las frases de arriba: Un par de palabras, después de observar como los promotores del No o el Nulo, se limitan a pasear ovejas, colgar monigotes y no promueven una verdadera democracia participativa. Porque si se enorgullecen de los hechos en la Universidad Católica. No nos engañemos. Eso fue algo del momento, y usando a Benedetti, unos revolucionarios vacacionales que suspenderían su revolución a causa del mal tiempo, o la postergarían hasta abril para no perderse la temporada de playa. Claro que todavía estamos a tiempo para ese verdadero activismo y lo de la Católica puede que sea la llama que encienda una mecha, no solo para majaderos, donde participen todos los ecuatorianos.

Fuentes:

Gracias por el fuego, de Mario Benedetti.

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