Siempre escribo posts largos, citando o divagando en pensamientos de otros pero sin que sean copy – paste de algo que haya leído en otro blog, en el ny times, en la revista Soho, o lo que sea. Este es un post para nostalgia, porque hace 2 años me iba de Madrid (allá donde se cruzan los caminos), una ciudad de la que no tenía pretensiones y sólo la iba a utilizar de paso en mi vuelta por Europa, pero que al final terminó siendo una droga que no quería dejar de consumir. Ese cielo gris, ese frío que llegaba hasta los huesos, los viajes en el metro, la feria del rastro el domingo, los museos, caminar por el Retiro, por la calle el Prado y seguir por la Gran vía para en la noche desembarcar en Callao, la puerta del Sol y cerca de Tirso de Molina escuchar buena música.
Mejor lo cuentan Sabina y Fito que tan bien le cantan a Madrid.
Jazzología, ciencia deductiva, facilísima de entender después de las 4 A.M.
Como concepto, descripción, analogía, o como se entienda, las palabras de Cortázar, que pueden encontrarse en la página 107 de la Rayuela, que finalmente terminé el día de ayer (así que tomo nota para comenzar a escribir de otros libros), es en palabras, la mejor referencia (junto a la que escuché viendo Sex & The city, donde el personaje de Sarah Jessica Parker mencionaba que el jazz le parecía un Pim Bum Bam Pom Pam Pum, mientras su pareja del rato la abrazaba por la espalda tocándole el estómago, simulando que ella era un contrabajo) que he escuchado sobre esa música que yo la defino simplemente como libertad. La verdad es que mi historia con el jazz no puede estar alejada de la Rayuela de Cortázar, ambas son compartidas: Las descubrí al mismo tiempo y me acompañaron por decisión unánime durante varios pasajes de mi recorrido. Miguel, un amigo saxofonista, alumno de Lucho Silva y que ha compartido algunas veces escenario con Bolaños Jazz (lo que da una vaga idea de que no es un novato en la jazzología), me ayudo a dar los primeros pasos, escuchando a Groover Washington, Kenny G y algo de Norah Jones (ustedes saben: con los novatos siempre se comienza con lo pop, él no iba a profanar a los ídolos mostrándolos de buenas a primeras). Y yo, en ese entonces, un hippie en gustos del oido, que años atrás había sido un grundge, que empezó su historia musical escuchando Nirvana, Pearl Jam, Soda Stereo, Guns ´n roses, Fito Páez, Charly García, Héroes del silencio y el resto de moda noventera; para después avanzar (pero retrocediendo en tiempo) con Metallica, Yngwie, Ozzy, The Outfield y el resto de moda ochentera; y finalmente haber creído que por fin iba a encontrar algo de estacionalidad musical con Pink Floyd (los mejores discos del mundo: El wish you were here y the dark side of the moon), The doors, Dylan, The Rolling Stones… Y yo (volviendo en las líneas), en ese entonces, un hippie en gustos del oído, que años atrás… (etc., etc., etc.), tuve que librarme de mi maestro jazzologo (Miguel un saludo a la distancia) y empezar a conocer mi propia adicción musical, y si sobraba el tiempo: a mí mismo. Y así el jazz como un pájaro que migra o emigra o inmigra o transmigra (gracias otra vez Cortázar) me fue introduciendo en su mundo sin orden, anarquía de New Orleans color negro, que es la mezcla de todos los colores (como el jazz es la mezcla de todos los ritmos), y entonces en ese mundo sin control, sin partituras y sin guías cayó de forma bizarra, Rayuela; libro que es un caos, pero al final a mí me sirvió como tutoría, y mientras Ronald les saltaba un John Coltrane (y otros grandes que eran preferencia de la Maga, Babs Oliveira, Etienne, Wong y al resto del Club de la Serpiente), que hacía bufar a Perico, desde la página 62 hasta la 109, yo en varios viajes y diferentes hogares, tenía la compañía de Duke Ellington, Satchmo, Charlie Parker y otros genios (inclúyase a Cortázar en esta lista). A Sonny Rollins, apoyándome con sus melodías mientras caminaba por el volcán Cayambe, a Nina Simone mientras jugaba al truco (y me daban una paliza) con Inti (uruguayo de Rocha), Jorge (argentino de Córdoba) y María Laura (argentina misionera); a Ray Charles en Madrid, ya solo y a un día de volver a casa, en el Populart (bájense del metro en Tirso de Molino o Anton Martín y avancen hasta la calle Huertas, o si no se dan, simplemente sigan la melodía) un grupo de dominicanos, cubanos y del resto del Caribe, tocaban what i´ve said y un repertorio propio de invenciones maravillosas, donde con una cerveza de 8 euros disfruté una de las mejores noches de mi vida; y en Cuenca, por ahora me acompaña Mile Davis y Amy Winehouse.
La verdad es que al jazz, con la excepciones de Fitzgerald, Sinatra y otro que no recuerdo, nunca ha necesitado de palabras, así que mejor dejo de escribir y comparto a estos genios de la libertad, porque ya son las 4 A.M. y la ciencia deductiva ya se deja entender.
Enciendo el televisor y saltan ante mí imágenes de las pinturas de Carlos Alonso, hombres y mujeres desgarrados, sin esperanza, sin dignidad y conciencia, flagelados por sus propios actos o las consecuencias de los cometidos por otros. En ese momento recuerdo a los ciegos, ciegos inventados por Saramago que recorren una ciudad convertida en ruinas, casi animales, sin rumbo, sin las emociones que le daban sus ojos, sin nombres porque eso ya no importa. “Ciegos que ven, ciegos que viendo no ven, porque no quieren ver”, como decía la única persona con ojos útiles de ese mundo babieco, antropófago y escarnecido que podemos distinguir los que aún no hemos sido víctimas de ese mar de leche, de esa ceguera blanca.
Ciegos con un corazón vejado, ciego expoliados de su vida, de su futuro. Ciegos que traen a mi memoria la Guernica de Picasso. Guernica de Picasso que a nosotros nos enceguece, como dice Palau, nos aturde y no quiere ser contemplada, quiere ser participe de la historia. Palau que hasta ahora tan solo era la primera calle que pisé en Barcelona, la que me conducía desde Las Ramblas hacia el Barrio Gótico, la que camine aquella soleada mañana de febrero del dos mil ocho, sin saber que al mismo tiempo, ese día veintitrés, Palau dejaba de existir, dejaba de sentir el arte, dejaba de interrogarnos. Palau en ese instante en que moría, para mí recién cobraba vida y dejaba, en mi memoria, de ser un montón de adoquines en una ciudad tan radiante como Barcelona.
Guernica de Picasso que recuerda una barbarie, barbarie con el consentimiento del caudillo Franco. Guernica de Picasso que presenta una victoria del espíritu sobre la materialidad de los poderes fácticos, un símbolo de destrucción, una muestra de realidad y representación de la tragedia, un recuerdo de que todo lo que amamos morirá como decía Michael Leiris. Destrucción que no la he vivido, destrucción de la que no puedo ser empático, destrucción que me recuerda a los ciegos de Saramago y sus más bajos instintos. Destrucción que son como esos objetos que he leído pero nunca los he visto, objetos que solo conozco por nombres: zapador, plañidera, noria, cazo, palangana, zaguán, linfa, calcañar, que sólo son algunos que recuerdo.
Guernica de Picasso que nos recuerda a García Lorca, García Lorca que nos recuerda a los desaparecidos de la Guerra Civil española, García Lorca sin tumba, sepultado en el barranco de Viznar, víctima también de la destrucción. Viznar que pertenece a Andalucía, Andalucía que recorrí: Córdoba, Granada, Sevilla, Huelva, el río tinto y el Moguer de Juan Ramón Jiménez, la Málaga de Picasso. García Lorca que también es un Guernica, García Lorca grande como Picasso. Picasso que tiene una torre con su nombre en Madrid, Madrid que la camine como nos enseño Fito, por El Retiro que en Madrid hacía un rico frío, andando por Castellana que abrigaba el cielo y la mañana. Fito Páez que en Madrid se juntó con Sabina. Sabina que canta Yo me bajo en Atocha. Atocha que también es un Guernica. Atocha que lo recorrí después del horror de aquel once marzo del dos mil tres y me llevó a Toledo. Toledo que fue la última fortaleza de Franco. Franco que con su terror hizo posible el Guernica de Picasso.
Guernica de Picasso y canciones de Fito y Sabina que nunca podré realizar, entonces por el momento palabras, palabras que no lisonjean pero están ahí, palabras que son la vividas, palabras que se unen con otras para formar sinestesia. Palabras que por ahora son escritas por un ciego que ve, ciego que viendo no ve, porque no quiere ver.