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30 de mayo de 2010

¿Por qué Sabina no viene a Guayaquil?


Lo siento Flaco pero éstas no son letras de alabanza a tu sublime y mística prosa, ni a tus declaraciones en forma de fábula que ayudan a revelar lo que otros tratan de esconder, o a tu bohemio estilo de vida que has empezado a dejar; ni remotamente es el intento de un clochard moribundo por escribir la canción más hermosa del mundo. Es tu cuarta vez en Ecuador, tres en los últimos cuatros años. Tu cuarta vez en Quito. En el 2006 estuve, cantaste Llueve sobre mojado sin Fito; y cuando viniste con Serrat al siguiente noviembre no pude faltar, no podía perderme escuchar Calle melancolía de Ismael Serrano a dúo, ni Aquellas pequeñas cosas por dos monstruos que han mostrado el camino con su lírica. Ayer sábado no pude estar ahí, lo sabía desde el día viernes, y en medio de una ciudad con calles cubiertas de ceniza no podía parar de pensar acerca del por qué nunca has venido a Guayaquil.

A Buenos Aires la amas y le has dedicado más de un verso; de Lima dices que te gusta visitarla porque por ella puedes pasear “con toda tranquilidad” y antes te “gustaba la Lima la horrible de (el escritor) Salazar Bondy… No sé por qué, en ese momento el caos limeño parecía tener cierto parentesco con el caos de mi alma. Por eso Lima me enganchó”; y en la capital ecuatoriana que te recuerda a tu Andalucía debe pasarla bien, te ovacionan, te creen un genio (y lo eres), te declararon huésped ilustre. Con razón siempre regresas. Cada vez que vienes al país (y tal vez es lo único que conozcas) te imagino recorriendo el Panecillo, la iglesia de la Compañía, la Plaza 10 de Agosto donde no hay asientos (solo palomas), el resto del Centro histórico y Carlos Vera entrevistándote una y otra vez. No te has de cansar, sé que te gustan las cosas más íntimas, entre amigos, pero eso no es todo el Ecuador. Podrías pasarlo bien también en otros lugares. Si supieras la cantidad de guayaquileños, cuencanos, lojanos que vamos para la capital tan sólo para escucharte, algunos pagando la oferta de 430 dólares con hotel de lujo, pases de primera fila y traslado, y otros aguantando hambre, durmiendo en La Carolina esperando la hora en que el siguiente Transportes Ecuador los vuelva a sus hogares.



Tal vez te hayan hablado cosas que no te gustaron de Guayaquil. Tal vez no simpatices con la salsa o lo con cierto toque tropical. No creo que esas sean razones. ¿Cuestiones logísticas? ¿Impuestos muy altos? Tampoco. ¿Por qué entonces? Me gusta pensar que ir a un concierto de Sabina es una excelente razón para que los guayaquileños viajemos a Quito, una ciudad, además de las diferencias y rivalidades, que por estar tan cerca y a la vez tan lejos a veces nos olvidamos que está ahí, siempre al alcance. No basta eso para justificar. La pelota está de nuestro lado. ¿Se llenaría un show tuyo en el puerto principal? No lo sé. En la capital las entradas se vendieron con anticipación mientras que acá recuerden lo que hicimos con Charly García, quien tal vez nunca regrese y tipejos de la clase de Arjona y Aventura siempre lo hacen. Buscando en Google me doy cuenta que soy el primero que se pregunta los motivos de no tener una visita tuya, Flaco; y pensándolo bien, no tengo muchos amigos cercanos que les guste Sabina, aunque conozco mucha gente de todas partes del país que te escucha en serio, gente con la que lo único en común es sabernos las letras de tus canciones (incluso Bonafont inicia su programa de radio con Nos sobran los motivos) y eso ya es mucho.
En una tierra que ya no es de poetas la gente que en serio te escucha, te quiere ver en vivo y está dispuesta a pagar y llenar un coliseo está bastante separada, dispersa; sin embargo cientos vendrían de Cuenca y Loja (donde todos se creen poetas), o de El Oro, Manabí y hasta de Quito. ¿Qué debemos hacer para que vengas y escuchar a nivel del mar Y sin embargo? ¿Un concierto-tributo como el que en Mallorca le hacen a Tom Waits esperando que algun día se presente? Puede ser. Si no es así ya dijiste que te gustaban las presentaciones más íntimas. Sobran los motivos, entonces, para que nos visites.

6 de diciembre de 2009

Hay excusas pero al final no lo comparto

«Yo no pienso en la muerte ni digo que me juego la vida. El toro es vida, es mi luz, mi motivo. Salgo al ruedo copado de júbilo… No se puede olvidar a la muerte. Pero más nos vale aprender a llevar el tema» es uno de los testimonios de la crónica, Balada para un novillero, publicada un año atrás por Esteban Michelena en la revista SoHo. Al igual que el cuento La capital del mundo de Ernest Hemingway, donde dos camareros simulan un ruedo taurino dentro de una cocina, utilizando cuchillos afilados en lugar de los cuernos del toro, con muerte incluida, el toreo puede ser materia prima para buena literatura, pero es algo que no comparto.

Personajes que respeto, admiro y de los que desearía que algo de sus cualidades se me pegaran, como Ernest Hemingway (y su audacia) y Joaquín Sabina (y su poética) tuvieron y tienen, respectivamente, pasión por los toros. Pero igual es algo que no comparto.

Renee Kantor en la crónica, Los niños toreros de Francia sólo piensan en matar, publicada en la Revista Etiqueta Negra, escribía que si no fuera por las ferias taurinas, el toro de lidia se extinguiría porque no tendría razón para existir; y mencionaba también que la muerte del toro se dignifica en la Plaza, en el acto de lucha entre el hombre y el animal, a diferencia de la vergonzosa muerte que sufre en los mataderos (peor aún a principios del siglo XX cuando en los camales, donde se empezaron a silbar los primeros tangos, sólo trabajaban malevos y otras clases de tipos duros por la brutalidad del acto, como detallaba minuciosamente Tomás Eloy Martínez en su novela El cantor de tango). Pero continúa siendo algo que no comparto.

Dos años atrás viví por algunos meses en Quito, emplazado, con departamento y salida a trabajar todos los días en Ecovía. Estuve en las fiestas de Quito. Me invitaron a la Feria y por una cuestión más de curiosidad que por expectativa, accedí a ir. Pese a las excusas arriba escritas, en la taquilla no pude comprar los boletos. Esto no es para mí me dije. Cada loco con su tema. Lástima que tengan que pagar los toros por esto (no entiendo tampoco como Alfonso Reece puede comparar este acto, de muerte, con la salsa y señalarlo de cultura).

Por suerte las fiestas de Quito fueron mucho más que eso. También fue escuchar buen rock, ir semanas antes a un concierto de Sabina y de Serrat, dejar esas cuatro calles principales, y por una semana, caminar sin rumbo por vías menos transitadas junto a la muchedumbre, usando de hogar temporal las plazas y parques, envueltos en una espesura de celebración acentuada por el alcohol, cantando y la guaragua y la guaragua, y haciendo cosas de igual sin sentido, y con cierto toque surrealista, que no se parecen a arrancar orejas y utilizar rabos como trofeos.

P.D. El día viernes renació El Flaco Spinetta. Volvió a los escenarios alguien del que quisiera tener un poco de esa capacidad de mezclar ritmos, estilos, palabras y darle forma y volverlas bellísimas (como esa canción que tiene ritmos de samba, de rock y está inspirada en las cartas de Van Gogh). Salud por el Flaco y por Quito.


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