




"Hablemos de langostas" no es ficción, sino un texto de crónicas, ensayos y reseñas de otros libros en las versiones originales del escritor y no las editadas por las revistas donde se publicaron originalmente, y al mundo wallaciano quería ingresar por la puerta de sus novelas; sin embargo no debería darle mayor importancia a esto, al final de cuentas su gran obra “La broma infinita” es una pintura de los Estados Unidos, y Rodrigo Fresán escribía que resulta difícil precisar el punto exacto en el que sus ficciones se convierten en no-ficciones». Leerlo es como uno de esos juegos de muñecas en los que dentro de una se esconde otra más pequeña. La cantidad de datos (fechas, estadísticas, tendencias) e información técnica difícil de calcular que abarca, y que una idea reproduzca exponencialmente otras, puede hacer el milagro de que una reseña de cuarenta páginas de un nuevo diccionario resulte más que digerible: interesante (y que termina en un debate ideológico entre conservadores y liberales por el uso del lenguaje); incluso más que una crónica acerca de la gala celebrada en Las Vegas para premiar a lo mejor de la pornografía (un show cada vez más parte de la cultura estadounidense y que para mantener su cuota de rebeldía ha aumentado el sadismo y la violencia).
También están los graciosos textos de Kafka como una razón para escribir acerca del sentido del humor de los estadounidenses; “La vista desde la casa de la señora Thompson” es casi un manual de costumbres de un pueblo del medio oeste retratado el día de la caída de las Torres Gemelas; la campaña de McCain en el 2000 para preguntarse si esa era la última oportunidad de confiar en alguien que se presentaba como un líder; una reseña de la última novela de Updike para expresar el temor a la soledad de las personas; la autobiografía de una tenista para explicar lo imposible que resulta traducir en palabras la sensación de triunfo y la genialidad de los actos de un campeón; la feria de langostas de Maine un telón de fondo para mostrar cómo podemos comer (y disfrutar) un animal que al parecer sufre mientras se lo hierve; una biografía de Dostoievski para tratar de responder el porqué los actuales novelistas no crean ideologías; y un presentador de radio que muestra como el egocentrismo, el desprecio y la mordacidad son las claves para alcanzar altos niveles de audiencia, son los mundos en los que se sumergió Foster Wallace.
Su final se lo podía prever en las tristes fotos en blanco y negro que le fueron tomadas. Sus textos fueron el autorretrato que nos dejó. Describía a la sociedad a partir de un hecho o personaje, pero entre su opinión ante lo que veía terminaba revelando su lucha para superar las adicciones, mostrándose como alguien más conservador de lo que parece con su pañuelo blanco, extremadamente sensible, con deseos de hacernos sentir mejor con cada cosa que publicaba, amante del lenguaje que experimentaba con el uso de las notas al pie y recuadros en sus publicaciones, con un ácido sentido del humor y pesimista forma de ver a su país. En “Hablemos de langostas” hay tanto de su persona que después de todo es recomendable escuchar Come as you are de Nirvana, en versión unplugged, mientras se lo lee.
P.D. Acá la versión online de "Hablemos de langostas.

De "Gran hijo rojo":
Para un hombre normal sin relación con este mundo, estar en una suite de hotel con actrices porno es una situación tensa y emocionalmente compleja. Está en primer lugar el asunto de haber visto previamente en vídeo las diversas partes anatómicas y actividades íntimas de esas actrices, lo cual hace (extrañamente) que a uno le dé un poco de vergüenza conocerlas. Pero también hay una compleja tensión erótica. Porque los mundos de las películas porno están tan sexualizados, y todo el mundo parece estar tan al borde mismo del coito todo el tiempo, de manera que solamente haría falta un ligero codazo o cualquier mínima excusa —que se estropee el ascensor, que la puerta no esté cerrada con llave, que alguien enarque una ceja, que se produzca un apretón firme de manos— para que todos se precipitaran a un enredo de manos, piernas y orificios, que existe una grotesca ex- pectación/temor/esperanza de que es eso lo que podría pasar en la habitación de hotel de Max Hardcore. A estos enviados especiales les resulta imposible insistir demasiado en el hecho de que esto es una mera ilusión.
De "La vista desde la casa de la señora Thompson":
La dura realidad es que en esta ciudad no queda una sola bandera. Está claro que robar una del jardín de alguien es impensable. Me encuentro de pie dentro de un KWIK'N'EZ iluminado por lámparas fluorescentes y tengo miedo de irme a casa. Con tanta gente que ha muerto, y yo estoy histérico por una bandera de plástico. Las cosas no se ponen realmente feas hasta que la gente empieza a acercarse a mí y a preguntarme si me encuentro bien, y yo tengo que mentir y decirles que es una reacción a la difenhidramina (que es verdad que puede pasar).
De "Como Tracy Austin me rompió el corazón":
El verdadero secreto que hay detrás de la genialidad de los deportistas de élite, por tanto, puede ser tan esotérico y obvio y tedioso y profundo como el mismo silencio. La respuesta verdadera y cubierta de muchos velos a la pregunta de qué es lo que le pasa por la mente a un gran jugador mientras está en el centro de una multitud hostil y orienta la dirección del tiro libre que va a decidir el partido podría ser muy bien: nada de nada.
De "Arriba, Simba":
Intenten imaginar la sensación. Todos los perfiles aparecidos en prensa hablan de que McCain sigue sin poder levantar los brazos por encima de la cabeza para peinarse, y es verdad. Pero intenten imaginarlo entonces, pónganse en su lugar, porque es importante. Piensen en lo diametralmente opuesto a su interés personal que sería que les acuchillaran los cojones y les recompusieran los huesos rotos sin anestesia general y luego los tiraran en una celda para que yacieran allí y soportaran el dolor, que fue lo que ocurrió. McCain se pasó semanas delirando de dolor y adelgazó hasta pesar cuarenta y cinco kilos, y los demás prisioneros de guerra estaban convencidos de que se moriría; y entonces, después de pasar así varios meses y de que con los huesos ya casi soldados pudiera más o menos tenerse en pie, los de la prisión vinieron y se lo llevaron al despacho del comandante y cerraron la puerta y le ofrecieron dejarlo marchar sin más explicaciones. Simplemente le dijeron que podía... marcharse. Resultaba que el almirante de Estados Unidos John S. McCain II acababa de ser nombrado jefe de las fuerzas navales del Pacífico, que incluía Vietnam, y por tanto los norvietnamitas querían dar un golpe de efecto de imagen liberando a su hijo, el asesino de niños. Y John S. McCain III, de cuarenta y cinco kilos de peso y apenas capaz de tenerse en pie, rechazó el ofrecimiento
De "Hablemos de langostas":
Por muy aturdida que esté una langosta como resultado del viaje a casa, suele volver alarmantemente a la vida cuando uno la mete en agua hirviendo. Si uno está volcando el recipiente dentro de la olla humeante, a veces la langosta intentará agarrarse a los lados del recipiente o incluso enganchar las pinzas en el borde de la olla como una persona que intenta no caerse desde el borde de un tejado. Y es peor cuando la langosta está completamente sumergida. Hasta cuando tapas la olla y te das la vuelta, por lo general puedes oír el repicar y el claqueteo de la tapa mientras la langosta intenta levantarla a empujones. O bien las pinzas de la criatura arañan los costados de la olla mientras se retuerce. La langosta, en otras palabras, se comporta más o menos como nos comportaríamos ustedes y yo mismo si nos echaran en agua hirviendo (con la excepción
obvia de gritar).
De "El Dostoievski de Joseph Frank":
Por supuesto, el hecho de que Dostoievski sepa contar historias jugosas no basta para hacerlo genial. Si lo fuera, Judith Krantz y John Grisham serían narradores geniales, y la verdad es que salvo por el criterio puramente comercial ni siquiera son muy buenos. Lo que hace que Krantz y Grisham y otros muchos autores que cuentan buenas historias no sean buenos desde el punto de vista artístico es que no tienen talento para (ni tampoco interés en) la construcción de personajes: sus apasionantes tramas están habitadas por monigotes toscos y poco convincentes. (Para ser justos, también hay autores a quienes se les da bien construir personajes humanos complejos y bien trazados pero luego no parecen capaces de insertar esos personajes en una trama creíble e interesante. Y otros —a menudo entre la vanguardia académica— que no parecen expertos/interesados ni en las tramas ni en los personajes, sino que el movimiento y el atractivo de sus libros se basa por completo en enrarecidas intenciones metaestéticas.)
De "Presentador":
Tal como suele pasar en las tertulias políticas radiofónicas, las emociones a las que se llega con mayor facilidad son la furia, el escándalo, la indignación, el miedo, la desesperación, el asco y una especie de regocijo apocalíptico, todo lo cual se puede encontrar a carretadas en la historia de Nick Berg. El señor Ziegler, cuyo programa solamente lleva cuatro meses en la KF1, ha tenido suerte en el sentido de que el año 2004 ha estado abarrotado de Monstruos: la captura de Saddam, el escándalo de Abu Ghraib, el juicio a Scott Peterson por asesinato, el juicio a Greg Haidl por violación colectiva, y las vistas preliminares del juicio a Kobe Bryant por violación. Pero esta noche es la más furiosa, indignada, asqueada y apasionada que el señor Z. ha tenido en antena hasta el momento, y en la sala de mezclas en directo hay consenso acerca del hecho de que está teniendo lugar una tertulia radiofónica de primera.
En pocas palabras podría tratar acerca de, sin ser una historia a lo Salinger, una familia disfuncional del excéntrico estado de Oklahoma que se ha separado por varios años: Está el padre asesinado décadas atrás por mafiosos, al involucrarse en negocios ilícitos y tomar decisiones estúpidas, a pesar de tener el IQ de un genio; la madre drogadicta y ex - hippie que le toleró todo a sus hijos y ahora vive en una cárcel porque no quiere ver en lo que se han convertido estos; el hermano gemelo número uno que desde pequeño leyó a Shakespeare, siempre se comporta racionalmente, ha tratado de borrar todo su pasado (incluido el acento) e imparte exitosamente clases de filosofía en una de las universidades Ivy League de la Costa Este; y el hermano gemelo número dos que se dedica a producir y comercializar marihuana con un nuevo sistema de cultivo, inventado por él mismo, que al parecer la vuelve mucho más potente y orgánica. O la otra opción para saber lo que tiene Leave of grass podría estar en la doble actuación camelónica de Edward Norton, alguien que no ha tenido la suerte de Val Kilmer (ha interpretado a Batman, a Jim Morrison y al Elvis Presley del porno, John Holmes), pero que sabe elegir sus personajes, sino recordemos al neurótico narcotraficante en su última día de libertad en The 25th hour, el racista de American History X o al narcoléptico trabajador de una aseguradora en el día y anarquista radical en la noche en The fight club; y que acá, a lo Nicolas Cage en Adaptation, es el hermano uno y el hermano dos que se encontrarán en una peculiar situación. Una actuación que no es la mejor de su carrera, pero que al representar personajes tan diferentes, tiene la oportunidad de hacer lo que quiera: Excéntrico, sarcástico, ignorante, demasiado culto, asustadizo, provocador, racional, inconsciente. Razones válidas, sumadas a que LOG me gustó porque aparece la guapísima y perdida Keri Russell o por la casi perfecta y sencilla banda sonora llena de música del Sur de pocos acordes, con canciones como la de Steve Earle, Lonely are the free.

El director y actor Tim Blake Nelson nació en Oklahoma. Es lo que, además de lo mencionado en el párrafo anterior, define el mojo de la película: Una historia casi personal contada con mucho humor negro (por algo la serie Weeds es una comedia con toques delirantes al punto de parecer una alucinación, al igual que un viaje de hierba), con personajes, costumbres y estereotipos que conoció y con los que vivió durante gran parte de su vida. Sin elegancia, con mucho empuje y corazón (y con razones para sentirse orgulloso por el trabajo realizado) nos recuerda que del pasado no se puede escapar, hay que lidiar con él, agarrar lo bueno y seguir en paz, sabiendo que en casa siempre nos esperan. Como cantaban los extintos Cruks: uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve a su interior/ uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve al lugar en que nació...

El día de ayer empezó un nuevo Mundial de fútbol. Un mes entero que se espera por cuatro cansinos y monótonos años. Este es el quinto que disfrutaré plenamente. Clavado frente a la televisión lo mejor que he visto sucedió en el certamen anterior cuando Zidane, casi solo, le dio un baile a Brasil en cuartos de final, el equipo que jugaba al 4-2-4 porque no sabía dónde meter tantas figuras de ataque; el favorito fue eliminado por un hombre. Y aunque muchos veteranos podrán decir que no se compara con Platiní, Zico, Pelé, Maradona y compañía, a mi favor está recordarle que somos la generación que no se asusta con la escena de la ducha en Psicosis. Son muchos recuerdos que empezaron con el torneo celebrado en Estados Unidos, el mismo donde Salenko metió cinco goles en un partido, Romario hizo de las suyas con la defensa, Rumania me parecía el mejor equipo y la final la vi una tarde de julio con el brazo enyesado porque el día anterior me lo habían quebrado jugando fútbol; y sintiéndome parte del momento en Corea-Japón, llegando tarde a clases de la universidad porque los partidos terminaban a las ocho de la mañana, cuando por fin Ecuador logró la clasificación; momento que se repitió en Alemania, cuando incluso el jefe de tan buen humor te dejaba salir temprano o llegar temprano para que además de ver los juegos de la selección puedas salir a celebrar.
Madrugamos por ver a los equipos jugar y no por la cantidad de comodidades en un hotel, los accesos en infraestructura, el nivel desarrollo en varios barrios, los lujos que se dan algunos en este mes futbolero, las celebridades asistentes, o por la puta Copa de la vida de Ricky Martin o el Waka-waka de Shakira, actores de reparto (importantes pero no los principales) que varios periodistas, más sociólogos o antropólogos en sus comentarios que analistas de fútbol, utilizan para desestimar la primera Copa del mundo celebrada en África. Son esos juegos los que nos hacen parte de la historia, un momento colectivo que llega cada cuatro años (cambiamos de presidente en menos tiempo), instantes donde se concentran varios momentos de la vida, y entre la graduación de la universidad, un diplomado, una pelea con la novia está el gol del Tin a México, el remate mal pateado, en octavos de final, de Carlos Tenorio con el arco frente a él, la falta inexistente que luego sería gol de Beckham y la amargura de no haber estado entre los ocho mejores.



Cantaba Sabina, Calamaro y Fito que aunque no era la más guapa del mundo/ juro que era más guapa que cualquiera. Habría que dedicarle esa canción a Penélope, que parece una actriz de cine clásico. Alguien a la que no tiraríamos por las escaleras, a diferencia de su inescrupuloso amante en esa bendita escena, que ya es un patrimonio audiovisual por las tantas cosas que han pasado en los peldaños, y que es el momento cumbre de la otra Chica Almodóvar que es su película.


Conocido por sus extravagantes fiestas y sus excesos con el alcohol y las drogas, llegando a decir que diariamente consumía dos litros de ron, 28 cervezas y tres gramos de cocaína, fue amigo de James Dean, con el que filmó Rebeld without case, Giant y además lo introdujo en la fotografía, y del cual dijo que su muerte lo impactó como pocas cosas lo habían hecho; compañero de juergas de Elvis Presley cuando El Rey recién arribaba a California; republicano amante de las armas que en una ocasión con su metralladora M-16, luego de una pelea con su novia, casi demuele a tiros las paredes de su residencia en Taos (y por lo cual varios de sus amigos decidieron llevarse sus colecciones de fotos y varias obras de arte para preservarlas); tachado en la lista negra de Hollywood en los setentas, al parecer muerto al igual que su personaje que vuela de su Harley Davidson al final de Easy Rider; Hopper renació de entre las cenizas, después de haber sido encontrado desnudo en las selvas de México en un viaje alucinógeno que lo llevó a plantearse la rehabilitación, iniciando a partir de los ochentas su carrera más prolífica en el cine.