12 de julio de 2010

El suicidio de Jack Kevorkian y de otros más


Dr. Muerte es un apodo digno del médico que inyecta toxinas, con fines de tortura, a los prisioneros de un campo de concentración (el doctor nazi Aribert Heim era conocido con ese seudónimo), o para un galeno-asesino-en-serie-de-abuelitas que las mata con sustancias químicas para cobrar sus seguros. ¿Es un sobrenombre para alguien que ayuda a morir a pacientes desahuciados que han elegido voluntariamente terminar con su sufrimiento? Jack Kevorkian es el Dr. Muerte, un activista a favor de la eutanasia que durante los años noventa participó en más de 130 suicidios asistidos. Es además el protagonista de la última película para la televisión de HBO, You don’t know Jack.

El director Barry Levinston inspirado en las clásicas, llenas de grises como la esterilidad de un quirófano, escenas de series de televisión en hospitales como House (algunos pianos de la época de E.R. también suenan al principio), muestra un pequeño pueblo de Michigan con sus cafeterías sirviendo desayunos ricos en tocino, calles que conducen a carreteras aledañas y personas paseando a sus perros. Un lugar fuera del mapa donde un hombre emprenderá una cruzada nacional que tiene el lema de “morir no es un crimen”. Peculiar por sus obsesiones con la comida, la limpieza y el ahorro, Jack Kevorkian es un idealista doctor, alterador del orden, dispuesto a pasar por encima de las instituciones y leyes, y capaz de cualquier acto por conseguir lo que considera justo. Interpretado sólidamente por un ya anciano Al Pacino que regresa a las pantallas, la película presenta además del debate acerca del derecho a morir con dignidad, los motivos por los que alguien puede defender hasta las últimas consecuencias una causa; por lo que, mientras se lo ve disparándole a los patos que ensucian su jardín, caben la preguntas: ¿Está totalmente loco ese alguien? ¿Un idealista es un loco con sentido de justicia? ¿Hay que ser casi un ermitaño o haber sobrevivido a una guerra para defender con tanto ahínco una causa?


Aunque con el tiempo se va quedando solo, Kevorkian tiene de bastón de apoyo a un grupo de colaboradores, mostrados sobriamente como habitantes comunes de pequeños poblados pero defensores de sus creencias, representados por un notable elenco de actores entre los que se encuentran un abogado con ambiciones políticas (Barry Huston), su hermana, su principal colaborador y proveedor del monóxido de carbono (John Goodman), una activista pro – eutanasia (otra vez Susan Sarandon en un pequeño papel) y los testimonios de sus pacientes. Su trinchera antes de ser carne de cañon y pagar por sus atrevimientos frente a un jurado, porque como en toda película norteamericana acerca de derechos, moral, justicia o valores que afectan a todos los ciudadanos, termina en el Tribunal. To kill mockingbird que trata el racismo y Milk sobre la discriminación hacia los homosexuales son dos ejemplos. Después de las lucha contra protestantes de extrema derecha, el retiro de su licencia médica para impedirle comprar suministros y los juicios por parte de un Fiscal y un Senador conservador, con el discurso de la jueza, posterior a impartir sentencia, asistimos también al suicido de la cruzada de Jack.

El retrato en 120 minutos de una empinada cuesta a alcanzar nos enseña que una estrategia basada únicamente en las buenas intenciones (con algo de fanatismo) no resulta y el puro idealismo no basta; y con la calidad asegurada de HBO que no has regalado series de la clase de Oz, The Sopranos y documentales como When the leeves broke, las escenas más difíciles de asimilar, con muertes clandestinas en medio del bosque dentro de una camioneta, o un cuarto de motel, sin familiares presentes porque tomaron un vuelo antes del inicio de las investigaciones policíacas, lejos de esa convocatoria entre sonrisas provenientes de la infancia y un abrazo fresco para celebrar la despedida que desea el Pájaro Febres-Cordero en su biografía Soy el que pude, recuerdan que ninguna institución o autoridad tiene el derecho de decidir, en lugar de un paciente terminal, sobre su vida o su muerte.

You don’t know Jack se estrena el 25 de julio en televisión por cable, pero en la mayoría de tiendas piratas ya está disponible.

8 de julio de 2010

La insoportable levedad de ser arquero


Un gol recibido puede echar abajo toda la planificación previa (Maradona lo sabe), derrumbar los anhelos de los hinchas, tener los mismo efectos que tomar valium en los jugadores ahora abajo en el marcador, y a la vez llamar a ese vampírico ser nocturno llamado desesperación que se apodera, con sus frías garras y filosos colmillos, del equipo. Aunque es lo más buscado en el fútbol, en tiempos de juego mezquino con tácticas ultradefensivas, evitar un gol se ha vuelto aún más importante. En las espaldas del arquero, así los comentarios digan que nada se le puede reclamar, quedará ese peso de responsabilidad de haber podido esforzarse más en caso de recibir una anotación. Una sensación insufrible de culpa, como la de Atlas cargando el peso del mundo, en caso de existir complicidad.

Fueron notables escritores y consumados guardavallas Camus (todo lo que aprendió de la vida lo hizo bajo los tres palos, menciona) y Nabokov (disfrutaba de la fama de jugar en el arco durante sus años en Cambridge). A diferencia de ellos, a pesar de que en el arco me defendía como podía en época de colegio, con las letras resulto fácil de galletear. El año pasado traté de escribir un cuento futbolero inspirado en la vez que vi a un pequeño canaya pasando por el Gigante de Arroyito que besaba los pilares, se saludaba con los albañiles y guardias del estadio, y también en mis experiencias en el arco. Un puesto destinado para los gordos, inadaptados, malos; los desterrados. Una posición rehuida y por la que nadie pide en su cumpleaños un par de guantes. Era el nuevo del barrio y los vecinos mayores (entre 10 y 13 años hay una inmensa diferencia); y sin embargo sentía como propio ese lugar rechazado, después de todo Benji y Richard en los Súper-Campeones estaban al mismo nivel de Oliver, Steve y Tom. Cuando jugábamos algún campeonato y queríamos ganar lo elegía voluntariamente.




En ese cuento que pasó lejos del palo trataba de explicar la impopularidad de querer aguantar pelotazos y revolcarse; ser carne de cañón para el insulto si se pierde; la adrenalina de estar impartiendo órdenes y transmitir seguridad; la eterna soledad, comparable a un guardián de faros, de estar cuidando la portería y la perspectiva de las cosas que se tiene desde ahí; y el complejo de mártir impreso en el ADN que lo hace lanzarse, sin protegerse, ante cualquier ataque. No lo logré, Juan Villoro lo hizo (alguien que además de regalarnos relatos llenos de armonía, parecidos a un apacible paseo en velero, también gusta del buen fútbol y mantiene un blog desde Sudáfrica junto al bigotón de Caparrós). En su crónica El último hombre muere primero describe magistralmente, como sabueso investigador, la manía de los porteros por no cometer equivocaciones, el morir a plazos que eso significa, las altas dosis de neurosis de espía de la KGB y la desconfianza necesarias, lo introvertido y reflexivo (casi zen) que pueden llegar a ser lejos de las canchas, a partir del sucidio del portero alemán Robert Enke, entonces principal candidato para ser titular en su selección. Enke no aguantó la presión y se terminó lanzando a las vías del tren esperando detener su vida. Villoro detalla gambeteando con la elegancia de Zidane y terminándola de volea los motivos; y de paso también descubrir el porqué alguien tiene la vocación de tratar de impedir la mayor alegría del fútbol.

Robert Green y Julio César fallaron en Sudáfrica. Sus errores fueron catastróficos para sus equipos. No son motivos para colgarse, pero ahora deberán dedicar el resto de sus carreras a enmendar sus fatales equivocaciones. Zetti (del mágico Sao Paulo) fue el primer gran arquero que vi, después se le sumaron Taffarel, Navarro Montoya y Chilavert. Ahora que he colgado los guantes prefería tener un poco de la pluma de Villoro a las felinas habilidades de esos suicidas aguafiestas.


En su último lamento como cancerbero, dijo: «La gente cree que soy frío porque soporto el dolor. Una vez le pedí a mi esposa que me apagara un cigarrillo en el antebrazo y sufrí tanto como ella. Todavía tengo la cicatriz. Quería demostrar que uno puede soportar lo que se propone. No soy un bloque de mármol. Soy vulnerable como cualquier otro. Sólo soy brutal conmigo mismo. No soy un genio como Beckenbauer. No he heredado nada. Estamos en el purgatorio. Cuando deje de sentir dolor, estaré muerto». El área chica de Alemania es un purgatorio al aire libre.

El portero es el jugador que tiene más tiempo para reflexionar. No es casual que se trate de alguien muy preocupado. Algunos guardametas tratan de aliviar los nervios con supersticiones (escupen en la línea de cal, colocan a su mascota de la suerte junto a las redes, rezan de rodillas, usan los guantes raídos que les dio una novia que no se casó con ellos pero les trajo suerte). Otros buscan vencer la preocupación con altanería, considerando que un gol en contra no vale nada. Pero es raro que no tengan un alma en crisis. Schumacher convirtió esa tensión en dramaturgia: «A veces me concentro con el odio y provoco al público. No sólo juego contra los otros once. Soy más fuerte rodeado de enemigos. Cuando la mierda me llega hasta arriba, sé que puedo resistir. Un atleta no se hace creativo con amor sino con odio». Enke nunca tuvo esta claridad para revertir en méritos emociones negativas, pero heredó la cabaña de Schumacher y sus redes tensadas por la furia.

Cada posición futbolística determina una psicología. El portero es el hombre amenazado. En ningún otro oficio la paranoia resulta tan útil. El número 1 es un profesional del recelo y la desconfianza: en todo momento el balón puede avanzar en su contra. La gran paradoja de este atleta crispado es que debe tranquilizar a los demás. En su ensayo Una vida entre tres palos y tres líneas, escribe Andoni Zubizarreta: «Cuando me preguntan cuál debe ser la mayor virtud del portero, contesto sin dudarlo que la de generar confianza en el resto de los jugadores». El equipo debe ir hacia delante, sin pensar en quién le cuida la espalda. «Claro está que, para no transmitir dudas, es fundamental no tenerlas», añade Zubizarreta: «El portero no puede ser de carácter inseguro». Inquilino del desconcierto, el guardameta vive para no aparentarlo. Es el pararrayos, el fusible que se calcina para impedir daños mayores

3 de julio de 2010

La tarde en que un pequeño país oriental revivió

Minuto 121. En la agonía de un partido de cuartos de final de una Copa Mundial de fútbol disputada en tierras africanas se decreta un tiro libre para Ghana. Los que siguen la transmisión en vivo en Ecuador escuchan el quejido del tocayo comentarista uruguayo Raúl Vilar, porque su selección corre serio peligro cuando el protocolo de los minutos finales de la prórroga casi dicta decretar armisticio para que sean los penales los que decidan. Con el centro al área lo que se ve es el caos total. El arquero no sabe adónde ir, ghaneses embistiendo como rinocerontes, enredadera de piernas, dos salvadas en la línea, hasta que un cabezazo de gol es rechazado con la mano por el delantero Luis Suárez, que es inmediatamente expulsado. El goleador se retira llorando lentamente ante la inminente eliminación de su equipo, pero en la puerta del camerino voltea su rostro para alcanzar a apreciar como el potente ariete ghanés falla el tiro penal y consecuentemente desata su euforia.

En el momento en que la pelota pegó en el horizontal y se fue hacia arriba le volvió el alma al descorazonado Suárez, a Raúl Vilar que segundos antes seguramente encendió un cigarrillo en el estudio de transmisión porque ya no era un comentarista sino un hincha, a los charrúas en las gradas que pagaron las cinco lucas que costaba el chárter con partidos hasta la final, y al resto de uruguayos en su patria y regados por el mundo que veían el milagro por televisión. El minuto final del tiempo extra fue el instante en que todo un país murió y renació. La definición por penales fue más un trámite de confirmación de que iban a ser protagonistas en Sudáfrica hasta la última semana.
No había otra (ni mejor) manera para que la selección de Uruguay después de cuarenta años vuelva a clasificar a una semifinal de un Mundial. Si los deportistas son los gladiadores de nuestros tiempos y una cancha de fútbol el campo de batalla, los charrúas son los protagonistas de las historias épicas. El escritor Osvaldo Soriano le dedicaba el cuento “El reposo del centrojás” a ese legendario capitán y artífice del Maracanazo, Obduvio Varela, en el que lo eleva casi a figura mitológica; y el encuentro disputado ayer es digno de una comedia griega en el sentido real de la comedia, donde todo empieza mal pero termina bien. La táctica, el saber defenderse, el talento de sus cracks, la garra y esa historia (prehistoria para algunos, pero al menos eso tienen como decía Tabares) jugaron ayer en uno de los momentos de mayor emotividad que quedará para la historia de los mundiales, y para el que lo pudo ver queda esa sensación de adrenalina y sufrimiento pegado a la pantalla emocionado por la victoria de un país que no es el suyo.

Sobre el encuentro disputado, un día después todavía resulta difícil hacer un análisis frío, dejando aparte toda emoción, de lo que sucedió. Caso aparte: ¿Se puede acusar a Suárez de basura, tramposo, ladrón? ¿No harían lo mismo si estuvieran en esa situación? ¿Después de todo no lo expulsaron y se decretó el penal? Ahora viene Holanda y los charrúas perdieron su carta de gol, el defensa Jorge Fucile está suspendido y Lugano debe recuperarse de su lesión. Se podrá decir que los europeos tienen mayores figuras, Robben juega cada vez mejor y le vienen de ganar a Brasil; pero no hay que olvidar que Uruguay en todos sus partidos ha demostrado orden, ser un conjunto solidario y un ataque efectivo, además de que siempre están dispuestos a hacer historia.



P.D. El diario El País de Uruguay tiene un montón de excelentes crónicas de como se vivió la fiesta por allá.

30 de junio de 2010

Memoria y verdad

Charly García cantaba “los amigos del barrio pueden desaparecer… los que están en los diarios pueden desaparecer” en su tema Los dinosaurios (1983), inspirado en el tiempo que vivió la dictadura de Videla con líderes de oposición encarcelados y luego fusilados, cuerpos que aparecían flotando en los ríos, prisioneros lanzados desde aviones y una lista de miles de desaparecidos, en la que desde 1977 consta Rodolfo Walsh, periodista, escritor y activista político, que en uno de sus libros (anterior al new journalism de Capote) relata la historia real de siete sobrevivientes, civiles, que fueron fusilados en junio de 1956 durante un intento de golpe de estado al Gobierno (dictadura) de Aramburu.



Termino de leer ese intento de buscar justicia y advertencia de lo que está por venir que es “Operación Masacre”, y no puedo dejar de pensar en el Informe de la Comisión de la Verdad recientemente publicado en el país con todas las opiniones y comentarios que ha generado.

Pedro Valverde, de pobre y despectiva pluma, en su columna “¿Más leña para el fuego?” escribe acerca de si era necesaria la conformación de la Comisión para investigar los casos atentatorios a los derechos humanos, porque esto nos costará dinero por posibles demandas. ¿El Estado no debe acaso responsabilizarse y procurar que se tomen las medias para que estos sucesos no vuelvan a ocurrir? El Arzobispo de Portoviejo, José Mario Ruíz Navas, recomienda algo parecido con su mejor olvidar para perdonar en su editorial “La justicia extrema se toca con la injusticia”. ¿No es igual a dejar en la impunidad estos actos para no revivir hechos traumáticos?
Recientemente se discutía acerca de los excesos de la justicia indígena, que pueden llevar a castigos semejantes a la tortura o incluso la pena de muerte. ¿El Estado impartiendo justicia propia no se compara con lo actuado en varias comunidades indígenas que ha generado rechazo? ¿O por haber sido órdenes provenientes del Gobierno de turno estuvo justificado privar de sus derechos a las personas? Y además, ¿el Informe únicamente debía investigar casos de violación de derechos perpetrados por el Estado? Revista Vistazo elaboró un especial en el que después de relatar cronológicamente los hechos, le dedica un espacio a los capítulos olvidados por la Comisión de la Verdad, donde se menciona el asesinato a policías cometidos por miembros de Alfaro Vive Carajo; ¿o al estar constituida dicha Comisión por familiares y antiguos activistas (resaltado por Ana María Raad en su editorial “La mala memoria”) de grupos beligerantes estos no pueden aparecer? ¿Los integrantes de las investigaciones no deberían ser personas alejadas a los hechos para no causar sospechas como las que actualmente se tienen?

Estoy empezando a leer el Informe con sus más de dos mil páginas, (supuesta) parcialidad al tener una visión única, acusaciones de ser un instrumento político y otras polémicas que generaron con su presentación, semejantes a las que surgieron en el resto de las más de treinta Comisiones de la Verdad en países como Argentina (presidida por Ernesto Sabato), Chile, Perú y Guatemala, en el que esperaba que la mirada al pasado más oscuro ayude a mejorar el sistema de justicia (situaciones en cárceles por ejemplo), evitar la impunidad y en el respeto de los derechos humanos por parte de las instituciones, para que los sucesos redactados jamás se repitan; pero por el momento la sensación que queda con el debate surgido, a diferencia de Roberto Walsh que lo tenía todo claro en su investigación, es que al igual que estas líneas quedan más preguntas que respuestas.
P.D. Acá la versión online de "Operación masacre".


Los hacen salir a la calle, de a uno. Y allí los está esperando el jefe, que no tarda en repartir nuevos gritos, trompadas y culatazos a medida que los suben en el colectivo. A Livraga le martilla fuertemente el estómago con el cañón de la pistola, gritando: –¿Así que vos ibas a hacer la revolución? ¿Con esa facha? A Carlitos Lizaso le ha dicho lo mismo. A todos les va preguntando el nombre. La mayoría no le significan nada, se adivina en el gesto desdeñoso, en el “¡Anda, seguí!” con que los empuja hacia el colectivo. Pero el de Gavino parece toda una revelación para él. Se le ilumina la cara de alegría. Lo sujeta fuertemente por el cuello y de un golpe le introduce el cañón de la pistola en la boca. –¡Así que vos sos Gavino! –aulla–. ¡Así que vos...!

4.45. Parece que Rodríguez Moreno estuviera tratando de ganar tiempo. No ha de resultarle muy agradable salir con semejante noche para matar a diez o quince infelices. Personalmente está convencido de que más de la mitad no tienen nada que ver. Y aun los otros le inspiran dudas. Nerviosos partes se cambian entre él y el jefe de Policía, que ya ha llegado a La Plata. Las instrucciones son terminantes: fusilarlos. La alternativa: quedar incluido él mismo en la ley marcial. Parece que hasta se habla de mandarle un delegado con tropas.

Benavídez salta. Siente los dedos de Carlitos que se deslizan entre los suyos. Con desesperada impotencia comprende que el chico se le queda, sepultado bajo los tres cuerpos que se le echan encima. Abajo, los policías oyen el tiro a retaguardia y por una fracción de segundo titubean. Algunos se dan vuelta. Giunta no espera más. ¡Corre! Gavino hace lo mismo. El rebaño empieza a desgranarse. –¡Tírenles! –vocifera Rodríguez Moreno. Livraga se arroja de cabeza al suelo. Más allá, Di Chiano también se zambulle. La descarga atruena la noche. Giunta siente una bala junto al oído. Detrás oye un impacto, un gemido sordo y el golpe de un cuerpo que cae. Probablemente es Garibotti. Con prodigioso instinto, Giunta hace cuerpo a tierra y se queda inmóvil. A Carranza, que sigue de rodillas, le apoyan el fusil en la nuca y disparan. Más tarde le acribillan todo el cuerpo. Brión tiene pocas posibilidades de huir con esa tricota blanca que brilla en la noche. Ni siquiera sabemos si lo intenta. Vicente Rodríguez ha hecho cuerpo a tierra una vez. Ahora oye los vigilantes que se acercan corriendo. Trata de levantarse, pero no puede. Se ha cansado en los primeros trein-ta metros de fuga y no es fácil mover el centenar de kilos que pesa. Cuando al fin se incorpora, es tarde. La segunda descarga lo voltea. Horacio di Chiano dio dos vueltas sobre sí mismo y se quedó inmóvil, como si estuviera muerto. Oye silbar sobre su cabeza los proyectiles destinados a Rodríguez. Uno pica muy cerca de su rostro y lo cubre de tierra. Otro le perfora el pantalón sin herirlo. Giunta permanece unos treinta segundos pegado al suelo, invisible. De pronto salta como una liebre, zigzagueando. Cuando presiente la descarga, vuelve a tirarse. Casi al mismo tiempo oye otra vez el alucinante zumbido de las balas. Pero ya está lejos. Ya está a salvo. Cuando repita su maniobra, ni siquiera lo verán. Díaz escapa. No sabemos cómo, pero escapa.* Gavino corre doscientos o trescientos metros antes de pararse. En ese momento oye otra serie de detonaciones y un alarido aterrador, que perfora la noche y parece prolongarse hasta el infinito. –Dios me perdone, Lizaso –dirá más tarde, llorando, a un hermano de Carlitos–. Pero creo que era su hermano. Creo que él vio todo y fue el último en morir.

–¡Si avanzas un paso, te levanto la tapa de los sesos! –le informaba a intervalos regulares–. ¡Si hablas, te levanto la tapa de los sesos! ¡Si haces un gesto, te levanto la tapa de los sesos! Su vocabulario era más bien limitado, pero convincente. De a ratos, sin embargo, lo incitaba: –Anda, movete, así te puedo pegar un tiro. El prisionero no ensayaba el menor ademán. De tanto en tanto el otro parecía cansarse y enfundaba el arma. Pero después volvía a su divertido juego. Lo empujaban deliberadamente a la locura. En los cambios de guardia se producían conversaciones en voz baja, calculadas para parecer secretas y al mismo tiempo para que el detenido alcanzara a oírlas: –Esta noche “sale”... –murmuraba uno. –¿Para dónde! –contestaba otro con una risita. –Dos veces no se salva ninguno. No le daban de comer, salvo algún sandwich, con intervalos de horas. Cuando quiso dormir, tuvo que tenderse en las heladas baldosas. Gritos que llegaban de afuera le cortaban el penoso sueño. –¡Cuidaaado, que se escaaapa! ¡Cierren todas las ventanas! Parece que lo incitaban a la fuga. Al fin y al cabo no era tan difícil. No estaba en un verdadero calabozo. Giunta no se dejó tentar.

27 de junio de 2010

Todos tenemos una oportunidad...

Está más allá de la lógica el hecho de que siempre se les desea lo mejor a las personas cercanas con las que se tiene algún vínculo y con las que se ha compartido algún buen rato, así las cosas no vuelvan a ser igual y exista la posibilidad de no volverlas a ver. Lo mismo me pasa con los personajes de una serie o una película que realmente me ha parecido buena (épica, memorable) y no puedo sacármela de la cabeza. Después de todo, por encima de cualquier escenario, efecto especial, fotografía o dirección de arte, es la mejor forma para saber que lo proyectado por la pantalla en serio me ha gustado. Tal vez la excepción: el jueves terminó la sexta temporada de House M.D., la mejor serie que existe, y con ese esperanzador y romántico desenlace, siendo lo más racional que puedo ser, no estoy seguro si deseaba que a Gregory House, alter ego de Sherlock Holmes, le vaya bien.

En ese genial inicio de dos horas de duración de la última temporada, con el misántropo médico internado en un hospital psiquiátrico, durante las sesiones que mantenía con su doctor confiesa sus deseos de ser feliz. Abrirse a sus emociones, establecer vínculos con las personas y reducir las dosis de sarcasmo fueron parte de la receta. Veinte episodios después, en otra consulta, le dice a su psiquiatra lo miserable que se siente mientras el resto de personas son felices, al ver a Wilson regresar con su esposa (y echarlo de la casa para vivir con ella) y Cuddy mudarse con su novio, a pesar de haber hecho todo lo que le indicaba. Para el último capítulo las cosas parecían volver a la normalidad. A la autodestrucción: otra vez a consumir Vicodin como caramelos, a alejar a todos sus conocidos y hacer sentir miserables e idiotas a cualquiera que esté dentro de su radio de desprecio. Error. Cada final de temporada es un dilema dentro de la vida de House que cambia radicalmente lo que pasa en la serie. No hay que olvidar cuando además de contar el origen de su discapacidad tuvo que enfrentarse a los fantasmas del pasado; o la ocasión, en uno de los momentos más memorables de la historia de la televisión, que le dispararon y gracias a un medicamento recuperó el uso de su pierna, pero a riesgo de perder la capacidad para resolver los acertijos con su mente; o la vez que renuncia todo su equipo de trabajo y en otra incluso casi pierde a su mejor y único amigo; o cuando su mente empezó a imaginar cosas.
Sin embargo la forma en que terminó esta última es la más radical de todas, incluso más que haber dejado el Vicodin es empezar una relación con Cuddy. Preguntas: ¿Cómo será la serie ahora que su principal personaje está en camino a ser feliz? ¿De House M.D. a Full House de familia perfecta y feliz con las promiscuas gemelas Olsen? ¿O harán con su noviazgo con Cuddy como en la temporada pasada cuando se esperaba ver a House pasar un largo rato en el hospital psiquiátrico y no en una versión pasteurizada (lo robo de Charly) tratando de adaptarse a su trabajo y al resto del mundo alejado de su adicción, que fue de lo que finalmente se trataron los episodios a partir del segundo? La única certeza: por el momento el ya no tan amargado doctor podrá cantar con más alma esa You can´t always get what you want/ and if you try sometime you find/ you get what you need que tanto le gusta

24 de junio de 2010

Acerca de lo decepcionante que es ver jugar a la selección de Inglaterra

Antes que la vuvuzelas empezaran a destrozar oídos con el comienzo de la Copa Mundial en Sudáfrica, menospreciando totalmente lo que aquí ofrecen (si lo hacen) el Casino del Sol o el del Hilton Colón, si viviera en Las Vegas, Montecarlo, Londres o cualquier lugar con una respetable casa de apuestas, le hubiera puesto todas mis fichas para campeón a Inglaterra; y en caso de una crisis en la que careciera de la convicción del desesperado personaje de Dostoievski que arriesgaba todo su dinero jugándole al cero (0) en la ruleta así las probabilidades sean mínimas aunque las ganancias excesivas, prefiriendo la teoría del portafolio para la diversificación de riesgos, de igual forma el mayor porcentaje de dinero en las predicciones se me hubiera ido en la selección con la mejor liga del mundo.



Los motivos tienen nombres y apellidos: Ferdinand (Carragher que lo reemplaza es un símbolo del Liverpool) y Terry en el centro de la zaga son solidez asegurada, más Ashley Cole que debe ser uno de los mejores laterales izquierdos de la actualidad; el mediocampo los conforman Carrick, Lampard y Gerrard, tres jugadores que cualquier equipo los quisiera porque arman jugadas, defienden como guerreros y disparan a puerta con terrible efectividad, sumándoseles Joe Cole o Aaron Lennon que pueden aparecer en cualquier lugar y son muy veloces (este es el mediocampo que usaría, no el de Capello que sólo alinea a Gerrard y Lampard); adelante Rooney que es un toro en el United y uno de los mejores jugadores del momento con Heskey que por su físico es una referencia; y en el banquillo Don Fabio Capello, un ganador de raza. Seleccionados que en su mayoría están vinculados al Arsenal, Liverpool, Chelsea y Manchester United, equipos que en los último años, al menos tres llegan a las semifinales de las Champions League.

John Carlin escribía que en la selección de España, un jugador de las características de Cesc Fábregas estaba condenado al banquillo por la presencia y nivel de juego de Xavi e Iniesta. Alguien que sería titular indiscutible si su pasaporte fuera inglés, y sin embargo la mayoría de periodistas e hinchas británicos desde el año pasado se sienten campeones mundiales, a pesar de un arquero que transmita confianza y de los escándalos en los que se han visto involucrados sus seleccionados, casi vanidosas y caprichosas estrellas celebridades (¿han visto a las novias de Peter Crouch, Gerrard o Ashley Cole? A primera vista parecen modelos de Victoria Secrets). Tal vez de ese mismo síndrome de precipitación favoritista sufrí, porque después de ver el partido amistoso contra Japón (empató con autogol de los nipones); el deslucido empate, gracias al infantil gol que se hizo el arquero Green, con Estados Unidos; el cero que mantuvo con Argelia gracias a la carencia de un nueve de área para los africanos; y la sufrida victoria a Eslovenia quemando tiempo en el banderín del corner, dejaron ver un equipo totalmente aburrido, sin ideas, con miedo al balón, que no se atreve a enfrentar el arco rival y que en síntesis no juega a nada. Después de todo: ¿Quién clasifica a octavos de final convirtiendo únicamente dos goles en la fase de grupos? Probablemente Ghana y Suiza (esperando que Chile le gane a España). No los esperamos de un candidato al título.


El domingo Inglaterra se enfrentará con Alemania. Tal vez pase, tal vez se quede. No deberíamos sorprendernos si el 11 de julio llega a la final. Dos años antes todos los periodistas españoles criticaban el estilo de juego del Real Madrid cuando lo dirigía Capello, y lo sacó bicampeón. En este Mundial de pocos goles y partidos calculados al exceso no sé si debería quitarle todas mis fichas. Eso como negocio, porque en el fondo espero cuatro semifinalistas sudamericanos.

21 de junio de 2010

Belleza americana (Leyendo a David Foster Wallace)

El 12 de septiembre del 2008 Karen Green regresaba de una exposición que había inaugurado en San Francisco a su casa en Claremont, California. La luz del patio estaba encendida y su esposo, el escritor David Foster Wallace, colgaba de una viga. A Alberto Fuguet el mundo no se le vino abajo, mientras que para otros, los fanáticos de su obra, su muerte era comparable a la de Kurt Cobain. En el perfil “El escritor inconcluso”, del periodista D.T. Max, se menciona que en 1987, después haber terminado “La niña de pelo raro”, DFW se mudó a Tucson y empezó a tener cambios de humor, beber de más y deambular por el campus de la universidad. Quiso hacerse daño. Su madre fue a buscarlo, «rentaron una camioneta para mudanzas y se turnaron al volante, y leyeron en voz alta una novela de Dean Koontz a lo largo de los más de dos mil quinientos kilómetros de camino a casa». Con las anécdotas de su vida podrían filmarse películas tipo David Lynch, como la del viaje de un anciano en su podadora de césped tratando de encontrar a su hermano al otro lado del país.


"Hablemos de langostas" no es ficción, sino un texto de crónicas, ensayos y reseñas de otros libros en las versiones originales del escritor y no las editadas por las revistas donde se publicaron originalmente, y al mundo wallaciano quería ingresar por la puerta de sus novelas; sin embargo no debería darle mayor importancia a esto, al final de cuentas su gran obra “La broma infinita” es una pintura de los Estados Unidos, y Rodrigo Fresán escribía que resulta difícil precisar el punto exacto en el que sus ficciones se convierten en no-ficciones». Leerlo es como uno de esos juegos de muñecas en los que dentro de una se esconde otra más pequeña. La cantidad de datos (fechas, estadísticas, tendencias) e información técnica difícil de calcular que abarca, y que una idea reproduzca exponencialmente otras, puede hacer el milagro de que una reseña de cuarenta páginas de un nuevo diccionario resulte más que digerible: interesante (y que termina en un debate ideológico entre conservadores y liberales por el uso del lenguaje); incluso más que una crónica acerca de la gala celebrada en Las Vegas para premiar a lo mejor de la pornografía (un show cada vez más parte de la cultura estadounidense y que para mantener su cuota de rebeldía ha aumentado el sadismo y la violencia).

También están los graciosos textos de Kafka como una razón para escribir acerca del sentido del humor de los estadounidenses; “La vista desde la casa de la señora Thompson” es casi un manual de costumbres de un pueblo del medio oeste retratado el día de la caída de las Torres Gemelas; la campaña de McCain en el 2000 para preguntarse si esa era la última oportunidad de confiar en alguien que se presentaba como un líder; una reseña de la última novela de Updike para expresar el temor a la soledad de las personas; la autobiografía de una tenista para explicar lo imposible que resulta traducir en palabras la sensación de triunfo y la genialidad de los actos de un campeón; la feria de langostas de Maine un telón de fondo para mostrar cómo podemos comer (y disfrutar) un animal que al parecer sufre mientras se lo hierve; una biografía de Dostoievski para tratar de responder el porqué los actuales novelistas no crean ideologías; y un presentador de radio que muestra como el egocentrismo, el desprecio y la mordacidad son las claves para alcanzar altos niveles de audiencia, son los mundos en los que se sumergió Foster Wallace.

Su final se lo podía prever en las tristes fotos en blanco y negro que le fueron tomadas. Sus textos fueron el autorretrato que nos dejó. Describía a la sociedad a partir de un hecho o personaje, pero entre su opinión ante lo que veía terminaba revelando su lucha para superar las adicciones, mostrándose como alguien más conservador de lo que parece con su pañuelo blanco, extremadamente sensible, con deseos de hacernos sentir mejor con cada cosa que publicaba, amante del lenguaje que experimentaba con el uso de las notas al pie y recuadros en sus publicaciones, con un ácido sentido del humor y pesimista forma de ver a su país. En “Hablemos de langostas” hay tanto de su persona que después de todo es recomendable escuchar Come as you are de Nirvana, en versión unplugged, mientras se lo lee.

P.D. Acá la versión online de "Hablemos de langostas.

De "Gran hijo rojo":

Para un hombre normal sin relación con este mundo, estar en una suite de hotel con actrices porno es una situación tensa y emocionalmente compleja. Está en primer lugar el asunto de haber visto previamente en vídeo las diversas partes anatómicas y actividades íntimas de esas actrices, lo cual hace (extrañamente) que a uno le dé un poco de vergüenza conocerlas. Pero también hay una compleja tensión erótica. Porque los mundos de las películas porno están tan sexualizados, y todo el mundo parece estar tan al borde mismo del coito todo el tiempo, de manera que solamente haría falta un ligero codazo o cualquier mínima excusa —que se estropee el ascensor, que la puerta no esté cerrada con llave, que alguien enarque una ceja, que se produzca un apretón firme de manos— para que todos se precipitaran a un enredo de manos, piernas y orificios, que existe una grotesca ex- pectación/temor/esperanza de que es eso lo que podría pasar en la habitación de hotel de Max Hardcore. A estos enviados especiales les resulta imposible insistir demasiado en el hecho de que esto es una mera ilusión.

De "La vista desde la casa de la señora Thompson":

La dura realidad es que en esta ciudad no queda una sola bandera. Está claro que robar una del jardín de alguien es impensable. Me encuentro de pie dentro de un KWIK'N'EZ iluminado por lámparas fluorescentes y tengo miedo de irme a casa. Con tanta gente que ha muerto, y yo estoy histérico por una bandera de plástico. Las cosas no se ponen realmente feas hasta que la gente empieza a acercarse a mí y a preguntarme si me encuentro bien, y yo tengo que mentir y decirles que es una reacción a la difenhidramina (que es verdad que puede pasar).

De "Como Tracy Austin me rompió el corazón":


El verdadero secreto que hay detrás de la genialidad de los deportistas de élite, por tanto, puede ser tan esotérico y obvio y tedioso y profundo como el mismo silencio. La respuesta verdadera y cubierta de muchos velos a la pregunta de qué es lo que le pasa por la mente a un gran jugador mientras está en el centro de una multitud hostil y orienta la dirección del tiro libre que va a decidir el partido podría ser muy bien: nada de nada.

De "Arriba, Simba":

Intenten imaginar la sensación. Todos los perfiles aparecidos en prensa hablan de que McCain sigue sin poder levantar los brazos por encima de la cabeza para peinarse, y es verdad. Pero intenten imaginarlo entonces, pónganse en su lugar, porque es importante. Piensen en lo diametralmente opuesto a su interés personal que sería que les acuchillaran los cojones y les recompusieran los huesos rotos sin anestesia general y luego los tiraran en una celda para que yacieran allí y soportaran el dolor, que fue lo que ocurrió. McCain se pasó semanas delirando de dolor y adelgazó hasta pesar cuarenta y cinco kilos, y los demás prisioneros de guerra estaban convencidos de que se moriría; y entonces, después de pasar así varios meses y de que con los huesos ya casi soldados pudiera más o menos tenerse en pie, los de la prisión vinieron y se lo llevaron al despacho del comandante y cerraron la puerta y le ofrecieron dejarlo marchar sin más explicaciones. Simplemente le dijeron que podía... marcharse. Resultaba que el almirante de Estados Unidos John S. McCain II acababa de ser nombrado jefe de las fuerzas navales del Pacífico, que incluía Vietnam, y por tanto los norvietnamitas querían dar un golpe de efecto de imagen liberando a su hijo, el asesino de niños. Y John S. McCain III, de cuarenta y cinco kilos de peso y apenas capaz de tenerse en pie, rechazó el ofrecimiento

De "Hablemos de langostas":

Por muy aturdida que esté una langosta como resultado del viaje a casa, suele volver alarmantemente a la vida cuando uno la mete en agua hirviendo. Si uno está volcando el recipiente dentro de la olla humeante, a veces la langosta intentará agarrarse a los lados del recipiente o incluso enganchar las pinzas en el borde de la olla como una persona que intenta no caerse desde el borde de un tejado. Y es peor cuando la langosta está completamente sumergida. Hasta cuando tapas la olla y te das la vuelta, por lo general puedes oír el repicar y el claqueteo de la tapa mientras la langosta intenta levantarla a empujones. O bien las pinzas de la criatura arañan los costados de la olla mientras se retuerce. La langosta, en otras palabras, se comporta más o menos como nos comportaríamos ustedes y yo mismo si nos echaran en agua hirviendo (con la excepción
obvia de gritar).

De "El Dostoievski de Joseph Frank":

Por supuesto, el hecho de que Dostoievski sepa contar historias jugosas no basta para hacerlo genial. Si lo fuera, Judith Krantz y John Grisham serían narradores geniales, y la verdad es que salvo por el criterio puramente comercial ni siquiera son muy buenos. Lo que hace que Krantz y Grisham y otros muchos autores que cuentan buenas historias no sean buenos desde el punto de vista artístico es que no tienen talento para (ni tampoco interés en) la construcción de personajes: sus apasionantes tramas están habitadas por monigotes toscos y poco convincentes. (Para ser justos, también hay autores a quienes se les da bien construir personajes humanos complejos y bien trazados pero luego no parecen capaces de insertar esos personajes en una trama creíble e interesante. Y otros —a menudo entre la vanguardia académica— que no parecen expertos/interesados ni en las tramas ni en los personajes, sino que el movimiento y el atractivo de sus libros se basa por completo en enrarecidas intenciones metaestéticas.)

De "Presentador":

Tal como suele pasar en las tertulias políticas radiofónicas, las emociones a las que se llega con mayor facilidad son la furia, el escándalo, la indignación, el miedo, la desesperación, el asco y una especie de regocijo apocalíptico, todo lo cual se puede encontrar a carretadas en la historia de Nick Berg. El señor Ziegler, cuyo programa solamente lleva cuatro meses en la KF1, ha tenido suerte en el sentido de que el año 2004 ha estado abarrotado de Monstruos: la captura de Saddam, el escándalo de Abu Ghraib, el juicio a Scott Peterson por asesinato, el juicio a Greg Haidl por violación colectiva, y las vistas preliminares del juicio a Kobe Bryant por violación. Pero esta noche es la más furiosa, indignada, asqueada y apasionada que el señor Z. ha tenido en antena hasta el momento, y en la sala de mezclas en directo hay consenso acerca del hecho de que está teniendo lugar una tertulia radiofónica de primera.

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