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10 de abril de 2011

Mi rutinaria vida de estrella de cine


Salinger mencionaba (a través de quien más que Holden Caulfield) que sería lo mejor del mundo tener el número telefónico de un escritor que en realidad te gusta leerlo. Para llamarlo en las noches y hacerle preguntas, hablar libros. Después de haber visto sus vírgenes suicidas, quisiera tener el teléfono de Sofia Coppola (directora, no escritora). ¿Por qué? Porque mientras mi madre dice que le desesperan esas escenas donde los personajes no hacen nada, como el inicio de la segunda temporada de los Sopranos cuando Tony y Carmella antes que termine el episodio se quedan comiendo pastas y viéndose uno al otro en el comedor, yo disfruto esos secos y minimalistas segundos donde se dice todo sin decir nada, donde se conocen a los personajes y se los ve como a seres humanos, y no semidioses o extraterrestres. Sofia es parte del clan. Hasta luego, querida. Que te vaya todo bien.

Con Historias de Cronopio y famas Cortázar trato de jugarle una broma a la monotonía, burlarse de ella. Al principio de su manual de instrucciones habla de negarse al acto delicado de girar el picaporte, “ese acto por el cual todo podría transformarse”. La misma mujer el mismo reloj. No imposible pero muy difícil. Ni siquiera Jonhy Marco (un excelente Stephen Dorff) en su calidad de estrella de cine puede vencer a esa medusa llamada rutina. De la piscina a conducir el Ferrari, fumar cada vez que se pueda, beber algo de alcohol, piropos, alguna tipa mostrándole los pechos, acostarse con otra, fiestas en su propio departamento que no organizó, visitar una vez a la semana a su hija, gemelas bailarinas de caño haciendo sus shows ya preparados y practicados, dormir mucho. Un detrás de la cámara de la vida de glamour, a ratos pudiendo ver ruedas de prensa con preguntas sin sentido y sesiones de fotos en que se aparente ser feliz. El personaje de la hija de Francis Ford parece salido de un cuento de Bret Easton Ellis, sólo que en una versión más edulcorada, neutra. En Somewhere la película se abre con un auto dando vueltas una y otra vez a la pista. Ése es el ritmo a seguir.
Los primeros minutos son casi una película muda. Johny es un personaje inaccesible, al que no le molesta nada de lo que le rodea. En un momento le piden quedarse quieto por 30 minutos. Lo cubren con una máscara. Una mirada introspectiva de quién en realidad es. Imposible de descifrarlo. Todo sigue en cero hasta que llega su hija, con quien deberá permanecer unos días porque su madre se ha dado a la fuga, y el tipo que tenía algunos rasgos de sociópata se convierte en un padre modelo de una niña muy autosuficiente (notable Ellen Fanning). Jugar Guitar Hero, viaje a Italia, paseos en limusina, una siesta en el salón de un hotel, clases de ballet. La felicidad de una vida cómoda, entre palmeras y amplias carreteras. Las secuencias y dirección de arte parecen un video musical, una canción de The Strokes. Una bella y estilizada melancolía de tres minutos donde los acordes se repiten una y otras vez. En Johnny se despierta algo. Imágenes con toques de cine independiente y europeo que se dejan disfrutar. No importa el qué o cuándo, sino el cómo.

Sofia Coppola no llena de cursilerías a sus personajes, ni de momentos melodramáticos, ni los quiere perdonar o redimir. Los pone frente a la cámara como simples seres que hacen su trabajo, que tratan de llevar una vida semejante a la de los demás. Y los sigue, permite que los espectadores los acompañen durante una jornada cotidiana. Una lástima que al final se haya decidido por liberar a Marco y querer convertirlo en el héroe que no es. Porque al final Johnny, jugando a ser James Dean, es la representación de lo que cualquier sujeto hubiera hecho bajo su situación.



1 de agosto de 2010

(Mientras espero): JUSTO ANTES DE LA GUERRA CON LOS ESQUIMALES

Se dañó el DVD. No es el apocalipsis, pero es una cagada bastante grande. Me había hecho de dos películas indies que quería comentar porque creo valían la pena (al menos para pasar el rato). Sólo las vi una vez, la de del disfrute. Faltó la de los detalles.

Sacando el usual maquillaje de la realidad, que esta parezca un sueño, siempre en días de primavera, con primeros planos del sol y los árboles, sin olvidar los tiempos, a Salinger lo considero el rey de indie. No por lo que hizo con Holden Caulfield en The Catcher in the rye, sino más bien por sus cuentos. Por mostrar personajes complejos, familias disfuncionales, situaciones que se pueden salir de control, a través de historias sencillas, conversaciones entre extraños, amigos que no se veían hace años o llamadas por teléfonos, en medio de una sombría realidad que era los años posteriores a la guerra. La realidad dura y cruda como jamás nadie la ha podido describir.

Por eso mientras hago una colecta y compro un nuevo DVD, llamo al técnico o no sé que, para ver otra vez esas películas, en las que en una actúa el galán de las amantes de los nerds llamado Michael Cera, en su conocido papel de adolescente sensible, virgen, algo perdedor, buscando el amor de su vida, y en la otra aparece la rompecorazones de Zooey Deschanel conociendo a un vendedor de camas que desea adoptar un bebé chino, vuelvo a leer uno de los mejores cuentos que existen, de un libro que tiene otras obras de genio fuera de su época, a lo Van Gogh, como Un día perfecto para el pez plátano y Para Esmé con amor y sordidez.

La mejor parte…

-Acabo de cortarme este asqueroso dedo-dijo con cierta ansiedad. Miró a Ginnie como si fuera natural que la joven estuviera sentada allí-. ¿Alguna vez te has cortado un dedo? ¿Hasta el hueso?-preguntó. Su voz chillona contenía un verdadero ruego, como si Ginnie, con su respuesta, pudiera evitarle la desagradable tarea de romper el hielo.

Ginnie lo contempló extrañada.
-Bueno, no precisamente hasta el hueso-dijo-. Pero me he cortado.
Era el muchacho, o el hombre-le era difícil determinarlo-, más cómico que había visto jamás.

Tenía el pelo revuelto como si acabara de levantarse, y una barba rala y rubia, como de dos días o más. Su aspecto era... bueno, parecía un tonto.
-¿Cómo te has cortado?-preguntó Ginnie
Con la boca floja y entreabierta, tenía la vista fija en el dedo lastimado.
-¿Qué?-dijo él.
-¿Cómo te has cortado?
-¿Cómo diablos puedo saberlo?-dijo, dando a entender con su entonación que la respuesta a esa pregunta era irremisiblemente oscura-. Buscaba algo en la asquerosa papelera, y estaba llena de hojas de afeitar.
-¿Eres hermano de Selena?-preguntó Ginnie.
-Sí, diablos, me estoy desangrando. No te vayas. Tal vez necesite una de esas inmundas transfusiones.
-¿Te has puesto algo?

El hermano de Selena apartó un poco la mano herida del pecho y se quitó la venda para que Ginnie disfrutara de su aspecto.
-Sólo papel higiénico-dijo-. Para la sangre. Como cuando uno se corta al afeitarse -de nuevo miró a Ginnie-. ¿Quién eres?-preguntó-, ¿amiga de esa estúpida?
-Vamos a la misma clase.
-¿Sí? ¿Cómo te llamas?
-Virginia Maddox.
-¿Eres Ginnie?-dijo, observándola con los ojos entrecerrados tras las gafas-. ¿Eres Ginnie Maddox?
-Sí-dijo Ginnie, descruzando las piernas.
El hermano de Selena volvió a fijarse en el dedo, evidentemente su verdadero y único centro de atención.
-Conozco a tu hermana-le dijo con tono de indiferencia-. Es una asquerosa esnob.
Ginnie se enderezó.
-¿Quién?
-Ya me has oído.
-Mi hermana no es una esnob.
-Vaya si lo es-dijo el hermano de Selena.
-No lo es.
-¡Ya lo creo! Es la reina. La reina de todas las esnobs.
Ginnie observaba cómo levantaba los gruesos pliegues de papel higiénico y miraba por debajo.
-¡Ni siquiera conoces a mi hermana!
-¿Que no la conozco?
-¿Cómo se llama?... ¿Cuál es su nombre de pila? -preguntó Ginnie enfáticamente:
-Joan... Joan, la esnob.
Ginnie se calló.
-¿Cómo es?-preguntó de pronto.
No hubo respuesta.
-¿Cómo es?-insistió Ginnie.
-Si fuera la mitad de bonita de lo que cree ser, tendría una suerte endiablada-dijo el hermano de Selena.

Esta respuesta alcanzaba el nivel de interesante, según la opinión secreta de Ginnie.
-Nunca la oí hablar de ti-dijo.
-¡No me digas! Se me parte el corazón.
-De todos modos, está comprometida-dijo Ginnie, observándolo-. Se casa el mes que viene.
-¿Con quién?-preguntó él, levantando los ojos.
Ginnie aprovechó la ocasión:
-Con nadie a quien tú conozcas.
De nuevo empezó él a escarbar su obra de primeros auxilios:
-Lo compadezco-dijo.
Ginnie resopló.
-Sigue sangrando como un loco. ¿Crees que tendría que ponerle algo? ¿Qué será bueno? ¿Crees que la mercromina servirá de algo?
-El yodo es mejor-dijo Ginnie. Luego, pensando que su respuesta era demasiado cortés dadas las circunstancias, añadió:-Para eso la mercromina no sirve de nada.
-¿Por qué no? ¿Qué tiene?
-Simplemente, que para eso no sirve, nada más. Ahí hay que poner yodo.
-Pero escuece muchísimo, ¿no?-preguntó, mirando a Ginnie-. ¿No quema como el demonio?
-Si -dijo Ginnie-, pero no te vas a morir por eso.
Sin ofenderse, al parecer, por el tono de voz de Ginnie, el hermano de Selena dedicó otra vez su atención al dedo lastimado.
-Si quema, no me gusta-dijo.
-A nadie le gusta.
-Así es-dijo, asintiendo con la cabeza.
Ginnie lo observó por un instante.
-Deja de tocarte-exclamó repentinamente.

El hermano de Selena apartó la mano sana como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se irguió un poco o mejor dicho, se repantigó un poco menos. Fijó la vista en algún objeto situado en el otro lado de la habitación. Una expresión casi soñadora inundó sus facciones irregulares. Metió la uña del dedo índice de la mano sana en el intersticio entre los incisivos, sacó una partícula de comida y se volvió hacia Ginnie.
-¿Ya has comido?-preguntó.
-¿Como?
-Que si ya has comido..
Ginnie negó con la cabeza.
-Comeré cuando llegue a casa-dijo-. Mi madre siempre me tiene la comida lista cuando llego.
-Tengo medio bocadillo de pollo en mi cuarto. ¿No lo quieres? Ni lo he tocado.
-No, gracias. De verdad.
-Vamos, acabas de jugar al tenis. ¿No tienes hambre?
-No es eso-dijo Ginnie, cruzando las piernas-. Es que mi madre me tiene la comida lista cuando llego a casa. Quiero decir que, si no tengo hambre cuando llego, se pone mala.
Al parecer, el hermano de Selena aceptó esa explicación. Por lo menos, asintió con la cabeza y miró hacia otro lado. Pero de pronto se volvió:
-¿Y un vaso de leche?-dijo.
-No, gracias... pero te lo agradezco.
Luego, distraídamente, él se inclinó y se rascó el tobillo desnudo.

-¿Cómo se llama ese tipo con el que se va a casar? -preguntó.
-¿Quién...? ¿Joan?-dijo Ginnie-. Dick Heffner.
El hermano de Selena continuó rascándose el tobillo.
-Es un capitán de fragata-dijo Ginnie.
-¡Qué bárbaro!
Ginnie lanzó una risita. Lo miró rascarse el tobillo hasta que se le puso rojo. Cuando empezó a arrancarse con una uña una costrita que tenía en la piel, dejó de mirarlo.
-¿De qué conoces a Joan?-preguntó-. Nunca te vi en casa ni en ningún otro sitio.
-Nunca estuve en tu asquerosa casa.
Ginnie esperó, pero no hubo nada después de esta.
-¿Dónde la conociste, entonces?-preguntó.
-En una fiesta.
-¿En una fiesta? ¿Cuándo?
-No sé. En la Navidad del 42.
Con dos dedos sacó del bolsillo superior del pijama un cigarrillo que parecía haber pasado allí toda la noche.

-¿Me tiras esos fósforos?-dijo.
Ginnie le pasó una cajita de fósforos que estaba sobre la mesa junto a ella. Encendió el arrugado cigarrillo y guardó el fósforo quemado en la cajita. Inclinando la cabe za hacia atrás, exhaló lentamente una enorme cantidad de humo por la boca y lo inhaló por la nariz. Siguió fumando en este estilo «a la francesa». Muy probablemente no era una escena de vodevil en un sofá, sino más bien la exhibición privada de un joven que, en un momento u otro, podía haber intentado afeitarse con la mano izquierda.
-¿Por qué dices que Joan es esnob?-preguntó Ginnie.
-¿Por qué? Porque lo es. ¿Cómo diablos voy a saber por qué?
-Sí, pero ¿por qué dices que lo es?
Volvió con cansancio la cabeza hacia ella.
-Escucha. Le escribí ocho malditas cartas. Ocho. No me contestó ni una.
Ginnie vaciló.
-Bueno, a lo mejor tenía mucho que hacer.
-Claro, estaría ocupada como una laboriosa abejita de mierda.
-¿Tienes necesidad de hablar de esa manera?-preguntó Ginnie.
-¡Mierda, es verdad que hablo mal!
Ginnie se echó a reír.

-De todas maneras, ¿cuánto tiempo hace que la conoces?
-Bastante tiempo.
-Quiero decir, ¿la has llamado por teléfono o algo por el estilo?
-No.
-Bueno, si nunca la llamaste ni nada...
-¡No podía hacerlo, diablos!
-¿Por qué no?
-¡Porque ni siquiera estaba en Nueva York!
-Ah... ¿Y dónde estabas?
-¿Yo? En Ohio.
-¿En la universidad?
-No. Lo dejé.
-¿En el ejército?
-No-con la mano que sostenía el cigarrillo, el hermano de Selena se dio un golpecito en el costado izquierdo del pecho-. La maquinita-dijo
-¿El corazón?-preguntó Ginnie-. ¿Qué le pasa?
-No sé qué diablos le pasa. Tuve fiebre reumática cuando era pequeño. Un dolor infernal en...
-Bueno, pero ¿no tienes que dejar de fumar? ¿No te dijeron que no debes fumar más y todo eso? El médico le dijo a mi...
-Oh, te dicen un montón de chorradas-dijo él.
Ginnie dejó de ametrallarlo durante un breve momento. Muy breve.
-Y, en Ohio, ¿qué hacías?-preguntó.
-¿Yo? Trabajaba en una asquerosa fábrica de aviones.
-¿En serio?-dijo Ginnie-. ¿Te gustaba?
-«¿Te gustaba?»-remedó él-. Me encantaba. Adoro los aviones. Son tan «ricos»...
Ginnie estaba demasiado interesada ahora como para sentirse ofendida.

-¿Cuánto tiempo trabajaste? En la fábrica de aviones, quiero decir.
-Diablos, no sé. Treinta y siete meses-se puso de pie y se acercó a la ventana. Miró hacia la calle mientras se rascaba la columna vertebral con el pulgar-. Míralos -dijo-. Imbéciles de mierda.
-¿Quiénes?-dijo Ginnie.
-Yo qué sé. Cualquiera.
-Si pones el dedo hacia abajo va a sangrarte de nuevo -dijo Ginnie.
La escuchó. Apoyó el pie izquierdo en el reborde de la ventana y descansó su mano herida sobre el muslo en posición horizontal. Seguía mirando hacia la calle.
-Todos van a esa inmunda oficina de reclutamiento -dijo-. En la próxima pelearemos con los esquimales. ¿No lo sabías?
-¿Con quiénes?-dijo Ginnie.
-Con los esquimales... presta atención, ¡demonios!
-¿Por qué con los esquimales?

-Yo que sé. ¿Cómo diablos voy a saberlo? Esta vez van a ir todos los viejos. Los tipos de sesenta años. No podrá ir nadie si no anda por los sesenta-dijo-. Les darán menos horas de trabajo, nada más... Es fenomenal.
-Tú no irías de todos modos -replicó Ginnie, quien no quería decir más que la verdad, aunque sabía, aun antes de terminar la frase, que había dicho lo que no debía.
-Ya lo sé-dijo rápidamente, y bajó el pie. Subió un poco la ventana y arrojó el cigarrillo a la calle. Después se volvió-: Oye. Hazme un favor. Cuando venga ese tipo, dile que estaré listo en dos segundos, ¿quieres? Sólo tengo que afeitarme, nada más. ¿De
acuerdo?
Ginnie asintió.
-¿Quieres que le diga a Selena que se dé prisa o algo? ¿Sabe que estás aquí?
-Sí, ya lo sabe-dijo Ginnie-. Y no tengo prisa. Gracias.
El hermano de Selena asintió. Acto seguido echó una última y larga mirada a su dedo herido, como para comprobar que estaba en condiciones de efectuar el viaje de vuelta a su habitación.

24 de julio de 2010

Un jabalí y pocos patos en la ciudad

Pasando la avenida Machala con su tráfico interrumpido por algún funeral coreando la Vasija de barro, dejando atrás el Parque Centenario con sus pocas iguanas y muchos jubilados, a la altura de Lorenzo de Garaycoa, yendo por la 9 de octubre, donde estudiantes caminan junto a la marejada de oficinistas apurados, negras avanzan por la acera con sus pañuelos amarrados a la cabeza, mujeres andan en pantaloncitos y blusas de tiras a pesar que el sol no asoma, se abren los comercios como el agua del Mar Rojo de Moisés y desde la distancia se ve una de las típicas postales de la ciudad: a Simón y San Martín, atrás el manso Guayas; y cerca, muy cerca de la estatua donde mensajeros almuerzan aparece un jabalí de bronce donado por los chinos, mostrando sus colmillos en señal de orgullo y doblando su cuerpo para al fin descansar.


Cuando el malecón era el baño público más grande del mundo, el refugio de los abandonados por la noche y las madres prohibían acercarse a la orilla a ver pasar lo lechuguines, el jabalí estaba sobre una base más alta, a la altura de un pelado de escuela al que le quedaba grande su camiseta de Barcelona; parecía que se estaba hundiendo en un pantano y las ranas, lagartijas, serpientes a su lado miraban con burla a la presa caída en la trampa. En esos ratos que pasaba por el lugar y contemplaba al animal atrapado, me preguntaba para qué había venido, quién lo había traído, si algún día se iría. Quería ver algo de lo que había afuera y China no sonaba nada mal. Guayaquil me parecía entonces una isla donde no llegaba nada de otra parte, un puerto de barcos fantasmas, un lugar escondido como Macondo antes del ferrocarril.

Ahora la escultura está a nivel del piso y a varias cuadras de mi casa pasa galopando la Metrovía. Ese dragón azul que, para bien o mal, viajando en él es cuando me siento parte de la ciudad, de un colectivo trabajando como se pueda, yendo y viniendo todos los días (hasta la demencia), comiéndose la camiseta y riéndose, cuidando sus bolsillos, burlas por doquier porque otros están más jodidos. Pasa por Olguita, donde con Diana peregrinamente comemos arroz con pescado frito + limón. Cruzamos para fumar y me dice que no se ve viviendo en otro lado. Le respondo que Guayaquil no está mal, pero le falta más mundo, gente con turbantes por las calle, que uno no tenga que ir hasta Pichincha y Colón para comprar buen curry, y que al menos un puñado de personas se dediquen a lo que quieren, sean curiosas, anárquicas, sin repetirse. Llegamos. El lugar es simpático y se lo menciono, lo que olvido decirle es que acá también faltan un par de grandes parques con lagos, paseadores de perros y árboles para dormir. En este hay césped y niños; no hay patos, esos animales que tanto miraban Holden Caulfield, Jack Kevorkian y Tony Soprano. No dejo de pensar en que estas aves están ligadas a idealistas, a personas que toman al toro de los cuernos, que tienen algo de ambición. En Guayaquil casi no hay patos, en el malecón unos cuantos. No alcanzan. Robaré uno para Diana.


Lejos de estar vestida de criolla bonita, con Juan Pueblo y poemas coloniales, rescatando valores y costumbres, me gustan las historias porteñas que hablan de sitios húmedos, esquineros, casi sin luz, de taxistas escuchando a Lavoe, cangrejadas y cabarets de antaño. Esa ciudad que mata, de la que escribe Jorge Martillo, con la vida y la muerte en sus calles. Una Guayaquil de caminatas por mercados del Guasmo en busca de una yerba para cocinar el respectivo seco de chivo a lo Miguel Donoso Pareja, Jorge Velasco, Alfredo Pareja, Gallegos Lara y los escritores underground que no he leído. Autores que son pocos porque aunque entre el nacemos, crecemos y vivimos como nos toca, que cantan Los Cadillacs, hay mucho realismo sucio y rezagos del mágico regados por la calles, a diferencia de Buenos Aires las ideas no están en las aceras a la espera de que cualquiera las agarre; acá a las historias urbanas, para atraparlas, hay que tomarlas por sorpresa en la oscuridad y apuñalarlas en la yugular. En esos textos los personajes, que son los de a pie, no miran a los patos, hacen un buen seco con ellos.

21 de julio de 2010

Teclear o la muerte...


¿Sonido favorito? Nada mejor que el golpeteo de los dedos al teclado de una computadora. Primero escribe y después piensa dice el pseudo-Salinger, Sean Connery, en Finding Forrester. Un sonido rítmico, constante, que va creciendo hasta confundirse con una estampida de animales salvajes; y sin embargo frente a la pantalla la mayor parte del tiempo nada escucho. Estoy a una vida de distancia de Warhol queriendo producir arte de la manera que funcionan las economías a escalas, de Dylan escribiendo en un día dos canciones que cualquier otro en tres décadas nunca podrá o Bukowski haciendo poemas de las moscas y la mierda. Salgo a buscarlas y las ideas no están regadas en la ciudad, ocultándose de sus cazadores. Tampoco en mi cabeza. Mientras tanto el silencio es la pestilencia que denuncia la presencia de un cadáver.

No conozco las reglas de la métrica como el hiper-realista Poeta Madero que las recitaba durante su largo viaje por el desierto de Sonora, ni soy un maestro en el uso del punto y coma. No tengo lo hipster de Hemingway, o la locura de Cortázar, la desesperación de Sabato, la sensibilidad de Foster Wallace, la demencia suicida de Hunter S. Thompson, la excentricidad de Salinger. No he presenciado la guerra en primera fila a lo Kapuscinski, ni me han querido fusilar a lo Dostoievski. Para saber lo que es crear algo todavía me falta leer a Borges, a Fitzgerald, el Ulysses de Joyce, la generación beat, empezar los filósofos griegos, terminar a Shakespeare y muchos de los clásicos como Kafka y Goethe son casi desconocidos para mí.


Apenas he escrito un puñado de cuentos, nada mío se ha publicado, estoy a largos años de empezar una novela, no pertenezco a ninguna escuela literaria o grupo de poetas (no sé si tengo un estilo), ni siquiera a un puto club de lectura y no sé por qué escribo esto. Tampoco tengo las intenciones de escribir la última gran obra latinoamericana. Lo que sé es que tengo tres historias para escribir girando en mi cabeza. Tengo a un fotógrafo en Jujuy, en la Ruta 40, conociendo a un hombre que quiere llegar hasta el final de la Patagonia para pegarse un tiro y de paso asustar a las aves con el desplome de su cuerpo en la nieve; también tengo resquebrajada la existencia de una mujer ante el comentario trivial de una desconocida, y retazos de la vida de la victimaria que come, caga y duerme sin saber cuánto ha afectado a otra persona; y tengo un cuento en primera persona de alguien en un mal día paseando por Guayaquil, con patos, la muchacha en la ventana de Dalí, la Metrovía, lluvia y otras cosas. Tengo esbozos.

Borrar y reescribir situaciones, pulir a los personajes, volverlos más creíbles con cuestiones sencillas: que se coman la médula de los huesos del pollo, que odien la sensación en sus pies cuando las medias se les empapan por la lluvia y deban seguir caminando, que les guste quemarse con cigarros en las manos a la hora de tener sexo, que un murciélago en la ventana les recuerde la felicidad de la niñez. Ideas y pensamientos que dan vueltas todos el día sin parar, y cuando creo haberle encontrado la vuelta (una puerta de entrada o al menos una ventana) y me siento frente al computador, todo se dispersa, pienso que no es el día indicado para empezar, las manos se tornan pesadas y lo único razonable es repetir que debería tener siempre servilletas y una pluma en el bolsillo para atrapar a esos demonios que se escabullen cuando se los necesita.


Prefiero una computadora a un cuaderno. La playa, un viaje lejos de casa, en un parque, con nadie a kilómetros a la redonda, al día siguiente de una borrachera y haber escuchado varias historias, después de hablar con un extraño o ver una película, con un vaso de vino o whiskey al lado, escuchando Mr. Tambourine una y otra vez, con un café, dos cafés, tres cafés. Todo eso he intentado y son meses en que ni una maldita frase decente aparece. No importa. Hay que pararse frente a ese teclado de la misma forma que el viejo Hank Chinaski y darle como si fuera una pelea de pesados; y la inspiración llegará sin importar que se trabaje en una mina de carbón dieciséis horas al diaria o se esté solo y sin preocupaciones. Escribir para uno mismo y no para el resto. No hay excusas.

24 de febrero de 2010

No hay necesidad de un final

Marc Abrahams (creador de los premios anti – nobel y buscador de los inventos más ridículos) se preguntaba en la revista Etiqueta Negra si los punk son capaces de envejecer con gracia. Para responder a la interrogante, utiliza varios estudios acerca de la cultura punk y entrevistas realizadas a personas que seguían esta anarquista, antiautoritaria y destructiva tendencia durante su juventud. O te aíslas totalmente del pasado o te vuelves un ridículo son las dos respuestas. Y hay cosas que son mejor no saberlas. Por lo que al enterarme, previo a la muerte de Salinger, de la existencia de una segunda versión de The catcher in the rye (sesenta años después), escrita por un escandinavo bajo el seudónimo de John David California, que trata del escape de un anciano (H.C.) del hospicio donde ha pasado sus últimos días, la noticia no sonaba nada alentadora. Porque si, como lo dijo Juan Fernando Andrade en su blog, el protagonista de El guardián entre el centeno es el punk antes del punk, el rock antes del rock, el final de su vida es algo que no nos incumbe o nos incomodaría saberlo. Prefiero que continúe incierto, y la idea de Salinger de no dejar publicar una secuela es entendible. Él mismo decía que todo respecto a Caulfield se encontraba en lo ya escrito (además de ser el protagonista de The catcher… aparecía en otros cuentos publicados en The New Yorker).



Puede que Holden haya terminado en un hospicio; como en las teorías de su profesor: anclado en un bar quejándose de la gente, lanzándole grapadoras a su secretaría o burlándose de la gente en apariencia ignorante; muerto en alguna guerra; o de acuerdo a su deseo personal (como yo lo veo en el final de su vida), el de desaparecer de la gente, casarse con una guapa sordomuda y casi no hablar por el resto de su vida, vivir en una cabaña del dinero que gane. Encontrando ese lugar tan buscado, perdido en el tiempo y en el espacio (como Macondo, Santa María o Canciones tristes). Al sitio donde van los patos en el invierno (el periodista español Fernando Navarro escribió una oda a los patos de Salinger recordando lo que le sucedía a Tony Soprano con estos animales en su patio, que hicieron que me den ganas de ver en dos días todas las temporadas de la aclamada serie del psicópata jefe de la mafia), donde se halla la paz, el que todos debemos buscar. J.D. Salinger (sofisticado y familiar, demoledor e intermitente, y ligeramente japonés como lo describe Ray Loriga, alguien que se fue sin presentarse, escondido en la leyenda) también lo descubrió y ahí se quedó, en alguna colina de New Hampshire, lejos de la fama y el escrutinio.

Tal vez, al igual que de la vida de Holden, todo lo que hay que contar del autor también se encuentra en esas 134 páginas. Alguien que tomó la misma decisión que lo planeado por su personaje. Un muchacho de 16 años y de clase alta que lo expulsan del colegio antes de la navidad y decide pasar varios días en New York, y que su único deseo es escapar. Una novela que sobrepasa generaciones y muestra como un espejo una etapa llena de miedos a convertirse en alguien mediocre, el odio a la hipocresía y el saber que las cosas están mal y no tienen remedio.

Salinger murió, Holden no (que siempre será joven como Peter Pan o Los Beatles, un Dorian Grey). Caulfield está presente en toda la cultura de hoy, pasando por Ben en The Graduated hasta Luke Shapiro en The wackness. Personajes todos que al fin pueden gritar. Y vale la penar volver a leer The Catcher... Todo está ahí escrito.

Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.

Era un guante para la mano izquierda porque mi hermano era zurdo. Lo bonito es que tenía poemas escritos en tinta verde en los dedos y por todas partes. Allie los escribió para tener algo que leer cuando estaba en el campo esperando. Ahora Allie está muerto.

Esos tíos como Morrow que se pasan el día atizándole a uno con la sana intención de romperle el culo, resulta que no se limitan a ser cabrones de niños. Luego lo siguen siendo toda su vida.
Para cuando volvimos a la mesa ya estaba medio loco por ella. Eso es lo que tienen las chicas. En cuanto hacen algo gracioso, por feas o estúpidas que sean, uno se enamora de ellas y ya no sabe ni por dónde se anda. Las mujeres. ¡Dios mío! Le vuelven a uno loco. De verdad.

Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia y le hace sentirse a uno aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe.

Me di un baño como de una hora, y luego volví a la cama. Me costó mucho dormirme porque ni siquiera estaba cansado, pero al fin lo conseguí. Lo único que de verdad tenía ganas de hacer era suicidarme. Me hubiera gustado tirarme por la ventana, y creo que lo habría hecho de haber estado seguro de que iban a cubrir mi cadáver en seguida. Me habría reventado que un montón de imbéciles se pararan allí a mirarme mientras yo estaba hecho un Cristo.

—Lo que quiero decir es si lo odias de verdad —le dije— Pero no es sólo el colegio. Es todo. Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...

Al final, antes de desdecirse, prefirió tirarse por la ventana. Yo estaba en la ducha y oí el ruido que hizo al caer, pero creí que había sido una radio, o un pupitre, o una cosa así, no una persona. Luego oí carreras por el pasillo y tíos corriendo por las escaleras, así que me puse la bata, bajé, y, tendido sobre la escalinata de la entrada, vi a James Castle. Estaba muerto. Todo alrededor había desparramados dientes y manchas de sangre y todo eso, y nadie se atrevía a acercarse siquiera. Llevaba puesto un jersey de cuello alto que yo le había prestado. A los chicos que le habían pegado no hicieron más que expulsarles. Ni siquiera los metieron en la cárcel.

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Cada vez que iba a cruzar una calle y bajaba el bordillo de la acera, me entraba la sensación de que no iba a llegar al otro lado. Me parecía que iba a hundirme, a hundirme, y que nadie volvería a verme jamás. ¡Jo! ¡No me asusté poco! No se imaginan. Empecé a sudar como un condenado hasta que se me empapó toda la camisa y la ropa interior y todo.

Me pasé sin moverme como una hora, y al final decidí irme de Nueva. York. Decidí no volver jamás a casa ni a ningún otro colegio. Decidí despedirme de Phoebe, decirle adiós, devolverle el dinero que me había prestado, y marcharme al Oeste haciendo autostop. Iría al túnel Holland, pararía un coche, y luego a otro, y a otro, y a otro, y en pocos días llegaría a un lugar donde haría sol y mucho calor y nadie me conocería. Buscaría un empleo. Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida...

Eso es lo malo. Que no hay forma de dar con un sitio tranquilo porque no existe. Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un J... en la pared. De verdad les digo que cuando me muera y me entierren en un cementerio y me pongan encima una lápida que diga Holden Caulfield y los años de mi nacimiento y de mi muerte, debajo alguien escribirá la dichosa palabrita.

Nota: Acá la españolísima versión en PDF del libro.

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