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21 de julio de 2010

Teclear o la muerte...


¿Sonido favorito? Nada mejor que el golpeteo de los dedos al teclado de una computadora. Primero escribe y después piensa dice el pseudo-Salinger, Sean Connery, en Finding Forrester. Un sonido rítmico, constante, que va creciendo hasta confundirse con una estampida de animales salvajes; y sin embargo frente a la pantalla la mayor parte del tiempo nada escucho. Estoy a una vida de distancia de Warhol queriendo producir arte de la manera que funcionan las economías a escalas, de Dylan escribiendo en un día dos canciones que cualquier otro en tres décadas nunca podrá o Bukowski haciendo poemas de las moscas y la mierda. Salgo a buscarlas y las ideas no están regadas en la ciudad, ocultándose de sus cazadores. Tampoco en mi cabeza. Mientras tanto el silencio es la pestilencia que denuncia la presencia de un cadáver.

No conozco las reglas de la métrica como el hiper-realista Poeta Madero que las recitaba durante su largo viaje por el desierto de Sonora, ni soy un maestro en el uso del punto y coma. No tengo lo hipster de Hemingway, o la locura de Cortázar, la desesperación de Sabato, la sensibilidad de Foster Wallace, la demencia suicida de Hunter S. Thompson, la excentricidad de Salinger. No he presenciado la guerra en primera fila a lo Kapuscinski, ni me han querido fusilar a lo Dostoievski. Para saber lo que es crear algo todavía me falta leer a Borges, a Fitzgerald, el Ulysses de Joyce, la generación beat, empezar los filósofos griegos, terminar a Shakespeare y muchos de los clásicos como Kafka y Goethe son casi desconocidos para mí.


Apenas he escrito un puñado de cuentos, nada mío se ha publicado, estoy a largos años de empezar una novela, no pertenezco a ninguna escuela literaria o grupo de poetas (no sé si tengo un estilo), ni siquiera a un puto club de lectura y no sé por qué escribo esto. Tampoco tengo las intenciones de escribir la última gran obra latinoamericana. Lo que sé es que tengo tres historias para escribir girando en mi cabeza. Tengo a un fotógrafo en Jujuy, en la Ruta 40, conociendo a un hombre que quiere llegar hasta el final de la Patagonia para pegarse un tiro y de paso asustar a las aves con el desplome de su cuerpo en la nieve; también tengo resquebrajada la existencia de una mujer ante el comentario trivial de una desconocida, y retazos de la vida de la victimaria que come, caga y duerme sin saber cuánto ha afectado a otra persona; y tengo un cuento en primera persona de alguien en un mal día paseando por Guayaquil, con patos, la muchacha en la ventana de Dalí, la Metrovía, lluvia y otras cosas. Tengo esbozos.

Borrar y reescribir situaciones, pulir a los personajes, volverlos más creíbles con cuestiones sencillas: que se coman la médula de los huesos del pollo, que odien la sensación en sus pies cuando las medias se les empapan por la lluvia y deban seguir caminando, que les guste quemarse con cigarros en las manos a la hora de tener sexo, que un murciélago en la ventana les recuerde la felicidad de la niñez. Ideas y pensamientos que dan vueltas todos el día sin parar, y cuando creo haberle encontrado la vuelta (una puerta de entrada o al menos una ventana) y me siento frente al computador, todo se dispersa, pienso que no es el día indicado para empezar, las manos se tornan pesadas y lo único razonable es repetir que debería tener siempre servilletas y una pluma en el bolsillo para atrapar a esos demonios que se escabullen cuando se los necesita.


Prefiero una computadora a un cuaderno. La playa, un viaje lejos de casa, en un parque, con nadie a kilómetros a la redonda, al día siguiente de una borrachera y haber escuchado varias historias, después de hablar con un extraño o ver una película, con un vaso de vino o whiskey al lado, escuchando Mr. Tambourine una y otra vez, con un café, dos cafés, tres cafés. Todo eso he intentado y son meses en que ni una maldita frase decente aparece. No importa. Hay que pararse frente a ese teclado de la misma forma que el viejo Hank Chinaski y darle como si fuera una pelea de pesados; y la inspiración llegará sin importar que se trabaje en una mina de carbón dieciséis horas al diaria o se esté solo y sin preocupaciones. Escribir para uno mismo y no para el resto. No hay excusas.

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