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9 de diciembre de 2010

Hey John


Feliz cumple atrasado Lennon. Se supone que ya no estás pero no parece. No envejeces ni un día y muchos te recuerdan. Todavía inspiras. Eres como aquel muchacho que cuida a los niños que no caigan al precipicio mientras juegan en los campos de centeno… La cagada es que eso también lo pensó otro. El que te imitaba, sólo que no se te parecía en nada. No importa. Al diablo Salinger. Tú inventas, tú tienes esos strawberry fields forever. Una de tus mejores canciones, de las más mccarteneizadas, así como Paul compuso lo más memorable de su obra rebanándose los sesos pensando en cómo diablos lo haría John.

Harrison es mi beatle favorito porque es el más humano. Paul y John – los apóstoles de este siglo – eran, son, serán cosa de otro mundo, inmortales. Lennon sigue por acá, ayer lo encontré a la hora del almuerzo; una colegiala cantaba Help! totalmente en trance, como si el resto del mundo se hubiera esfumado. Al fondo un tipo de gafas redondas, con toda la sabiduría que únicamente tiene alguien capaz de escribir Imagine there´s no heaven me levantaba una copa a su salud...



24 de febrero de 2010

No hay necesidad de un final

Marc Abrahams (creador de los premios anti – nobel y buscador de los inventos más ridículos) se preguntaba en la revista Etiqueta Negra si los punk son capaces de envejecer con gracia. Para responder a la interrogante, utiliza varios estudios acerca de la cultura punk y entrevistas realizadas a personas que seguían esta anarquista, antiautoritaria y destructiva tendencia durante su juventud. O te aíslas totalmente del pasado o te vuelves un ridículo son las dos respuestas. Y hay cosas que son mejor no saberlas. Por lo que al enterarme, previo a la muerte de Salinger, de la existencia de una segunda versión de The catcher in the rye (sesenta años después), escrita por un escandinavo bajo el seudónimo de John David California, que trata del escape de un anciano (H.C.) del hospicio donde ha pasado sus últimos días, la noticia no sonaba nada alentadora. Porque si, como lo dijo Juan Fernando Andrade en su blog, el protagonista de El guardián entre el centeno es el punk antes del punk, el rock antes del rock, el final de su vida es algo que no nos incumbe o nos incomodaría saberlo. Prefiero que continúe incierto, y la idea de Salinger de no dejar publicar una secuela es entendible. Él mismo decía que todo respecto a Caulfield se encontraba en lo ya escrito (además de ser el protagonista de The catcher… aparecía en otros cuentos publicados en The New Yorker).



Puede que Holden haya terminado en un hospicio; como en las teorías de su profesor: anclado en un bar quejándose de la gente, lanzándole grapadoras a su secretaría o burlándose de la gente en apariencia ignorante; muerto en alguna guerra; o de acuerdo a su deseo personal (como yo lo veo en el final de su vida), el de desaparecer de la gente, casarse con una guapa sordomuda y casi no hablar por el resto de su vida, vivir en una cabaña del dinero que gane. Encontrando ese lugar tan buscado, perdido en el tiempo y en el espacio (como Macondo, Santa María o Canciones tristes). Al sitio donde van los patos en el invierno (el periodista español Fernando Navarro escribió una oda a los patos de Salinger recordando lo que le sucedía a Tony Soprano con estos animales en su patio, que hicieron que me den ganas de ver en dos días todas las temporadas de la aclamada serie del psicópata jefe de la mafia), donde se halla la paz, el que todos debemos buscar. J.D. Salinger (sofisticado y familiar, demoledor e intermitente, y ligeramente japonés como lo describe Ray Loriga, alguien que se fue sin presentarse, escondido en la leyenda) también lo descubrió y ahí se quedó, en alguna colina de New Hampshire, lejos de la fama y el escrutinio.

Tal vez, al igual que de la vida de Holden, todo lo que hay que contar del autor también se encuentra en esas 134 páginas. Alguien que tomó la misma decisión que lo planeado por su personaje. Un muchacho de 16 años y de clase alta que lo expulsan del colegio antes de la navidad y decide pasar varios días en New York, y que su único deseo es escapar. Una novela que sobrepasa generaciones y muestra como un espejo una etapa llena de miedos a convertirse en alguien mediocre, el odio a la hipocresía y el saber que las cosas están mal y no tienen remedio.

Salinger murió, Holden no (que siempre será joven como Peter Pan o Los Beatles, un Dorian Grey). Caulfield está presente en toda la cultura de hoy, pasando por Ben en The Graduated hasta Luke Shapiro en The wackness. Personajes todos que al fin pueden gritar. Y vale la penar volver a leer The Catcher... Todo está ahí escrito.

Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park, cerca de Central Park South. Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adonde habrían ido los patos. Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se helaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico, o si se irían ellos a algún sitio por su cuenta.

Era un guante para la mano izquierda porque mi hermano era zurdo. Lo bonito es que tenía poemas escritos en tinta verde en los dedos y por todas partes. Allie los escribió para tener algo que leer cuando estaba en el campo esperando. Ahora Allie está muerto.

Esos tíos como Morrow que se pasan el día atizándole a uno con la sana intención de romperle el culo, resulta que no se limitan a ser cabrones de niños. Luego lo siguen siendo toda su vida.
Para cuando volvimos a la mesa ya estaba medio loco por ella. Eso es lo que tienen las chicas. En cuanto hacen algo gracioso, por feas o estúpidas que sean, uno se enamora de ellas y ya no sabe ni por dónde se anda. Las mujeres. ¡Dios mío! Le vuelven a uno loco. De verdad.

Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia y le hace sentirse a uno aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe.

Me di un baño como de una hora, y luego volví a la cama. Me costó mucho dormirme porque ni siquiera estaba cansado, pero al fin lo conseguí. Lo único que de verdad tenía ganas de hacer era suicidarme. Me hubiera gustado tirarme por la ventana, y creo que lo habría hecho de haber estado seguro de que iban a cubrir mi cadáver en seguida. Me habría reventado que un montón de imbéciles se pararan allí a mirarme mientras yo estaba hecho un Cristo.

—Lo que quiero decir es si lo odias de verdad —le dije— Pero no es sólo el colegio. Es todo. Odio vivir en Nueva York, odio los taxis y los autobuses de Madison Avenue, con esos conductores que siempre te están gritando que te bajes por la puerta de atrás, y odio que me presenten a tíos que dicen que los Lunt son unos ángeles, y odio subir y bajar siempre en ascensor, y odio a los tipos que me arreglan los pantalones en Brooks, y que la gente no pare de decir...

Al final, antes de desdecirse, prefirió tirarse por la ventana. Yo estaba en la ducha y oí el ruido que hizo al caer, pero creí que había sido una radio, o un pupitre, o una cosa así, no una persona. Luego oí carreras por el pasillo y tíos corriendo por las escaleras, así que me puse la bata, bajé, y, tendido sobre la escalinata de la entrada, vi a James Castle. Estaba muerto. Todo alrededor había desparramados dientes y manchas de sangre y todo eso, y nadie se atrevía a acercarse siquiera. Llevaba puesto un jersey de cuello alto que yo le había prestado. A los chicos que le habían pegado no hicieron más que expulsarles. Ni siquiera los metieron en la cárcel.

Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.

Cada vez que iba a cruzar una calle y bajaba el bordillo de la acera, me entraba la sensación de que no iba a llegar al otro lado. Me parecía que iba a hundirme, a hundirme, y que nadie volvería a verme jamás. ¡Jo! ¡No me asusté poco! No se imaginan. Empecé a sudar como un condenado hasta que se me empapó toda la camisa y la ropa interior y todo.

Me pasé sin moverme como una hora, y al final decidí irme de Nueva. York. Decidí no volver jamás a casa ni a ningún otro colegio. Decidí despedirme de Phoebe, decirle adiós, devolverle el dinero que me había prestado, y marcharme al Oeste haciendo autostop. Iría al túnel Holland, pararía un coche, y luego a otro, y a otro, y a otro, y en pocos días llegaría a un lugar donde haría sol y mucho calor y nadie me conocería. Buscaría un empleo. Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida...

Eso es lo malo. Que no hay forma de dar con un sitio tranquilo porque no existe. Cuando te crees que por fin lo has encontrado, te encuentras con que alguien ha escrito un J... en la pared. De verdad les digo que cuando me muera y me entierren en un cementerio y me pongan encima una lápida que diga Holden Caulfield y los años de mi nacimiento y de mi muerte, debajo alguien escribirá la dichosa palabrita.

Nota: Acá la españolísima versión en PDF del libro.

29 de enero de 2010

Salinger


Es viernes 29 y abro el diario EL UNIVERSO, la sección de Vida y Estilo (o algo así). La noticia en la tercera página, un cuarto de la misma, muestra que el autor de The Catcher in the rye (mi versión españolizada que olvidé en un bus camino a Salta espero que esté en buenas manos) falleció el día miércoles 27 a los 91 años de causas naturales. Nada más, nada menos. El Telégrafo haciendo copy – paste de un enviado por la agencia EFE menciona los pleitos legales del autor previo a su muerte. Igual de nimio. Nada escrito en los diarios por alguien que realmente lo haya leído

A Salvador Cabañas le disparan en la cabeza y todos los periodistas deportivos son Elliot Ness, Hércules Poirot o Sherlock Holmes. Los chismes se incrementan y aparecen fotos del delantero con bailarinas. Por algo la familia de Salinger pidió privacidad en estos momentos y que se respete el espíritu de aislamiento, casi de ermitaño que tenía el autor.

Para muchos Salinger murió a hace años, nadie recordaba la existencia de alguien que decidió aislarse del mundo. Al igual que su principal novela, The catcher…, que resulta tan contemporánea al día de hoy, como desde su publicación, Salinger es como Los Beatles. Jamás tendremos en ellos la imagen de la vejez.

“Lo que más valoro es cuando uno queda completamente agotado después de leer un libro y desea ser amigo del autor y poder llamarlo por teléfono en cualquier momento”.

Abajo quedan dos escritos de Alberto Fuguet (uno sobre sus 91 años y otro sobre su muerte), uno de Juan Fernando Andrade acerca de The Catcher…, y una guía para conocer la NY de Holden Caulfield.
Salinger y la necesidad de desaparecer:

J.D. Salinger, el célebre autor de culto, famoso entre otras cosas por no ser famoso, por haber sido capaz de renunciar en la cima (una suerte de voto zen, a la tranquilidad y a la desconexión), la voz de la desafección adolescente, el inventor de la familia disfuncional, el solitario con más amigos del mundo, cumplió 90 años justo cuando este nuevo año 2009 empezó… (más)
Un día no tan perfecto:

Hoy Salinger es portada o está en la portada de casi todos los diarios del mundo; su cara, la típica cara joven de J.D. que mira ligeramente hacia al lado como intentando no mirar directamente a los ojos, o la otra foto, la del viejo cascarrabias enojado intentando que no fotografíen esos mismos ojos, ilustran la muerte pero no la desaparición de un ser que se hizo famoso por no querer serlo… (más)
Un ángel en guardia:
El rock antes del rock. El punk mucho antes del punk. El grunge muchísimo antes del grunge. El guardián entre el centeno, de alguna o varias formas, inventó la adolescencia y, lo más importante, le puso actitud. Antes de Holden Caulfield, el personaje principal de la novela, no había nada o casi nada… (más)
Taking a Walk Through J. D. Salinger’s New York:
Hey, listen. You know those ducks in that lagoon right near Central Park South? That little lake? By any chance, do you happen to know where they go, the ducks, when it gets all frozen over?... (more)

27 de enero de 2010

Graduarse, envejecer y morir

Es 1994: Notorious B.I.G y Tupac están revolucionando el hip – hop, Kurt Cobain acaba de suicidarse (el mundo, la juventud está triste, desesperanzada) y Rudolph Giuliani empieza su política de tolerancia cero, contra todo el lumpen, en la ciudad de New York. Es verano, junio, y el calor es infernal, la sensación térmica es de 43 grados. Luke Shapiro (Josh Peck - creo que aparecía en una serie de Nickelodeon -) está a punto de graduarse de la secundaria e ir a la universidad. No tiene amigos, no es un completo loser pero últimamente se siente solo, piensa que todo apesta y la idea del suicidio de vez en cuando recorre su mente, por lo que visita a un psiquiatra (Sir Ben Kingsley – el mismo que fue Gandhi, el secretario judío de Oscar Schindler, el iraní militar retirado en The house of the sand and frost que debió haber ganado el Oscar en lugar de Sean Penn por Mistic River, en pocas palabras junto a De Niro, Pacino, Dustin Huffman, uno de los mejores actores vivos), más loco que él, al que le paga con paquetes de marihuana.



The Wackness es la película del debutante director John Levine que cuenta la historia de Luke Shapiro, un precoz traficante de marihuana (lo raro es que no se ve mucho el mundo de las pandillas y otras cosas a las que estamos acostumbrados en esta clase de historias) envuelto en problemas y que sólo ve la mierda de la vida. Con aire del Haulden Caulfield de Salinger en The cátcher in the rye que no se traga la hipocresía diaria y tiene la filosofía que después de la graduación envejecemos para luego morir, pero este más urbano, menos snob (aunque vive en Manhattan no pertenece necesariamente a la clase alta), alguien que no desea ser lo que es. Un blanco queriendo ser negro al vestir anchas camisas, escuchar rap todo el día y usar zapatos a lo Run DMC. Alguien que desde su forma de hablar en algo se nota que está vacío (sin llegar a ser el taxi driver de Travis Barker), y al parecer se siente bien así, pero en el fondo tiene ganas de sentir algo. Nos graduamos, envejecemos y después morimos. La indiferencia por el futuro. Futuro casi presente que es el verano, donde Luke conocerá a Stephannie (Olivia Thirlby, la mejor amiga de Juno), antes de ir a la universidad, quien le enseñará varias cosas. Algunas amargas, otras dulces. Y donde verá a los mayores actuar como niños para resolver sus problemas, sin poder hacer nada, impotente.

Fue la película que causó sensación el año pasado en el festival Sundance (el más importante de cine independiente en los Estados Unidos), donde todos esperan ver la siguiente Juno o la próxima Miss Little Sunshine. Sony Pictures classics la compró y por una cuestión de mala distribución The Wackness casi inmediatamente a su estreno en los cines también salió en DVD. La encontré por casualidad al no aparecer nada bueno en la sección de estrenos de las tiendas de discos piratas. Espero que se convierta en una película de culto. Se lo merece. El papel de Ben Kingsley, de psiquiatra inmaduro queriendo volver a sus años de universidad, es absolutamente genial y es un amigo que quisiéramos tener; Mary Kate Olsen sorprende con su interpretación de hippie-come-hongos-y-consumidora-de cualquier-hierba; Josh Peck recuerda al De Niro en Goodfellas (más inocente, claro); Olivia Thirlby aunque no tiene un papel totalmente rompe- corazones, en las escenas cumple; el guión es detallista y trabajado, con partes y frases que son para tatuarse y exhibirlas; la música, pese a que casi no me gusta el hip - hop, vale la pena; y la dirección de arte hace que New York se vea hermosa y casi vivible, con esas secuencias parecidas a video clips que van de la mano con la iluminación y que se pusieron tan de moda en los noventas, y que acá el director las sabe utilizar correctamente.

Desde Tony Manero (la película del asesino en serie chileno obsesionado con el personaje de John Travolta, dirigida por uno de los fundadores de la revista The Clinic), que ví en un parqueadero de Cuenca que en el último piso contiene una sala de cine, hace algún tiempo que no tenía tan buenas impresiones de una película de la que no tenía expectativas. Juntar a uno de los mejores actores que existen (el papel de Kingsley en esta película, no me canso de repetirlo, es excelente), un director novato y música hip – hop después de todo no ha sido tan mala idea.




La frase: Nunca confíes en alguien que no fuma hierba, o que no ha escuchado una canción Bob Dylan, o que no ama ir a la playa, o que no le gusten los perros (ver a partir del minuto 2:15 en e el video de abajo).


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