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28 de julio de 2010

De vuelta a las historias de abuelos

Al realismo mágico de García Márquez no pensaba volver tan pronto. Frente a la playa, acostado en una hamaca, dentro de cuarenta años, me imaginaba regresando a Macondo. Releyendo el día de muerte que se retrata en La hojarasca, las peleas de gallo del coronel y las historias de las generaciones de la familia Buendía. Los relatos de abuelos con sus antiguas costumbres para calmar dolores, tradiciones coloniales en las fiestas, palabras que nadie usa como coloración solferina o chilaba de beduino, y ángeles pordioseros caídos del cielo. No es que odie a GM de la forma que lo hace Fuguet, es más daría el pulgar derecho por tener su capacidad para describir rostros (cráneo acalabazado, ojos fugaces de caballero incierto), utilizar al clima como preámbulo y poder retratar a la humanidad entera en unas pocas páginas; pero no esperaba encontrarme con su obra ahora que estoy sumergido en textos más viscerales, en los cuentos de Chuck Pahlianuk que hablan de adolescentes masturbándose en piscinas, a los que por sentir la presión, la válvula les arrancan los intestinos por el culo.

Del amor y otros demonios está escrito a manera de crónica, con una nota del autor al principio que señala al libro como producto de una casualidad en sus tiempos de reportero, por lo que mientras lo leía no paraba de pensar que en sus páginas, el Premio Nobel colombiano, trataba de justificar que su mundo del realismo mágico alguna vez existió. Sus historias están basadas en hechos reales, en tiempos en que faltaba mucho por descubrir y a lo incierto se lo celebraba como milagro o se lo tachaba de acto satánico. Después de todo Colón, con las descripciones del paisaje mencionadas en su diario, fue el primer cronista de Indias que habló de ciudades de oro y plantas maravillosas; un nuevo mundo donde otros exploradores decían que se encontraba el Edén.

La niña de larga y rubia cabellera mordida por un perro, y su posterior encierro en un convento para ser exorcizada son en esta novela lo mismo que el McGuffin en el cine negro. Una excusa. En sus páginas el autor no hace de Dan Brown intentando revelar oscuros secretos de la iglesia; ni mostrar los efectos dañinos que causa a la sociedad el poder en manos de la religión (con la potestad de declarar endemoniado a cualquiera); ni tampoco cuenta una de terror con páginas llenas de asquerosas y sobrenaturales descripciones del tipo El Exorcista. El objetivo es el de siempre: retratar a un pueblo colonial y sus habitantes, con sus calles llenas de negros bailando y conservando sus costumbres y dioses, marqueses analfabetos poca cosa y con mucho dinero, mezclas de razas y fiestas de bullanga, médicos más alquimistas que cirujanos, monjas llenas de rencor. Personajes de un lugar parecido a Cartagena de Indias, que recuerdan a protagonistas de sus anteriores libros. Sierva María podría ser pariente de Remedios la Bella, la niña que ascendió como Jesús entre las nubes, de la misma forma que Aureliano Buendía es la versión novelada de Simón Bolívar (sin descendencia) o del Che Guevara (nunca ganó una guerra).

La novela fue publicada en 1994, diez años después de El amor en tiempos de cólera y ese genial cuento de una mujer atrapada en un manicomio de Doce Cuentos Peregrinos. Las páginas pertenecen a una época posterior a su mejor obra (no es razón para pedirle que deje de escribir; es como si se le pidiera a Ridley Scott renunciar a hacer películas después de haber dirigido Alien y Blade Runner). La excusa para abrir Del amor… es que se trata de García Márquez, y lo más probable es que al terminarla quede olvidada en algún rincón de la memoria y de la casa. Es uno de esos libros que sirve de compañía para un viaje de cuatro horas a Cuenca, por el Cajas, pasando primero por plantaciones de banano en medio de un calor que casi se puede agarrar, para después ascender por las mágicas montañas, sin saber tampoco nosotros, viendo por la ventana, cuando se acaba la realidad y empieza el realismo mágico.


Josefa Miranda, y el bachiller en artes don Cristóbal de Eraso, que había consagrado media vida a fabricar los artesonados. Había una cripta cerrada con la lápida del segundo marqués de Casalduero, don Ygnacio de Alfaro y Dueñas, pero cuando la abrieron se vio que estaba vacía y sin usar. En cambio los restos de su marquesa, doña Olalla de Mendoza, estaban con su lápida propia en la cripta vecina. El maestro de obra no le dio importancia: era normal que un noble criollo hubiera aderezado su propia tumba y que lo hubieran sepultado en otra.

En la tercera hornacina del altar mayor, del lado del Evangelio, allí estaba la noticia. La lápida saltó en pedazos al primer golpe de la piocha, y una cabellera viva de un color de cobre intenso se derramó fuera de la cripta. El maestro de obra quiso sacarla completa con la ayuda de sus obreros, y cuanto más tiraban de ella más larga y abundante parecía, hasta que salieron las últimas hebras todavía prendidas a un cráneo de niña. En la hornacina no quedó nada más que unos huesecillos menudos y dispersos, y en la lápida de cantería carcomida por el salitre sólo era legible un nombre sin apellidos: Sierva María de Todos los Ángeles. Extendida en el suelo, la cabellera espléndida medía veintidós metros con once centímetros.

El maestro de obra me explicó sin asombro que el cabello humano crecía un centímetro por mes hasta después de la muerte, y veintidós metros le parecieron un buen promedio para doscientos años. A mí, en cambio, no me pareció tan trivial, porque mi abuela me contaba de niño la leyenda de una marquesita de doce años cuya cabellera le arrastraba como una cola de novia, que había muerto del ¡ mal de rabia por el mordisco de un perro, y era venerada en los pueblos del Caribe por sus muchos milagros. La idea de que esa tumba pudiera ser la suya fue mi noticia de aquel día, y el origen de este libro.

Gabriel García Márquez.
Cartagena de Indias, 1994.

25 de febrero de 2009

Volviendo a Macondo city

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera, perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de anteriores catástrofes a ella misma, esparció en la calle su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un río en el extremo y un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de otros pueblos.

…Uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve a su interior/ uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve al lugar en que nació/ uno vuelve a su familia y aunque pese a la razón/ uno vuelve a su primer amor. Como el coro de la canción de los Cruks, con bises incluidos, uno al final vuelve a su inicios y en cuanto a literatura, desde día artrás he vuelto a mis raíces, a lo que más disfruto, y más me vuela los neuronas con sus irreales paisajes, es decir he vuelto a Macondo city, con su pinta de obra de arte expresionista por sus verdes intensos y su fauna hecha de figuras geométricas, un calor intenso en el que se puede escuchar el zumbido del sol por las calles y el aire concreto puede ser torcido como una barra de acero, mujeres que ven pasar a los muertos descuidando el arroz o la leche en la olla, y el pito de un tren amarillo y polvoriento que no se lleva a nadie e interrumpe en el silencio cuatro veces al día, en Macondo, un pueblo que Dios al parecer lo ha declarado innecesario.

Allí vinieron, confundidos con la hojarasca humana, arrastradas por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de mujeres que amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como un único equipaje un baúl de madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían casa propia, dos concubinas y el título militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra.

“La hojarasca” es la primera novela escrita por García Márquez y es en la que poco a poco, el autor, nos va revelando el mundo de un Macondo en decadencia. Lugar que podría estar ubicado en cualquier planicie, valle o playa América Latina y en cualquier espacio de tiempo. Volver a Macondo es recordar el pasado de riquezas de sociedades que vivían pacíficamente en estas tierras antes de las invasiones y conquistas; y volver a Macondo también es ver el pasado más presente de década atrás y ahora, de pueblos muertos después de haber sido saqueados. Las minas de Salinas en la provincia de Bolívar podrían ser un Macondo si los curas misioneros no hubieran ayudado a crear “El Salinerito”, San Lorenzo en Esmeraldas es un Macondo que recién está comenzando a reactivarse, y muchos pueblos escondidos, desolados, polvorientos y con un cruel sol donde solo al percatarnos que algo se mueve podemos estar seguros que el tiempo transcurre, son una imagen del mundo construido por el Nobel nacido en Aratacata.
Hasta los desperdicios de amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casas de madera, e hicieron primero un rincón donde medio catre era el sombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina, y después todo un pueblo de tolerancia dentro del pueblo.

En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la vía pública, de hombres cambiándose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros éramos los últimos: nosotros éramos los forasteros; los advenedizos.


La hojarasca como un zoom de microscopio nos narra desde tres perspectivas generacionales de una familia (abuelo, hija y nieto) un día, de año bisisesto, en la vida de este mohoso, pero antes próspero, pueblo. El entierro de un odiado y rumiante forastero que se negó a atender, en su condición de doctor, los muertos durante una masacre, da inicio al relato que también nos transporta a los orígenes de Macondo y donde como voyeurs podemos que años atrás el pueblo era considerado un becerro de oro (por trasquilar) para los que huyeron de la guerra; y después con la llegada de la compañía bananera esporádicamente todo mejoro, hasta que la hojarasca se lo llevó todo dejando un Macondo que al final del libro pareciera que se va a caer en pedazos. Ahí en ese pasado, con un tono personal y familiar, también se relata el matrimonio de la hija (Isabel)con un hombre al que lo veía como un espejismo y que dos años después por negocios la abandonaría dejándole un hijo como recuerdo; hijo con extrema curiosidad por los muertos y con una temprana homosexualidad; y un abuelo chapado a la antigua al que únicamente le queda su pasado y su palabra, jurando cuidar y mantener al rumiante recomendado por el mismísimo Coronel Aureliano Buendía, así esto provoque la ira del pueblo que desde hace años espera este evento que finalmente llegó, en un miércoles (de ceniza pero no de septiembre) en Macondo. Un buen día para enterrar al diablo.


Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así que cuando llegamos sentir la avalancha lo único que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a recibirlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra.

Macondo, 1909.
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