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23 de abril de 2009

Voyeurismo guayaco

Estoy parado al inicio de las escalinatas del Cerro Santa Ana, junto al bar Diva Nicotina, con un espeso calor que corta la respiración y vuelve más lento los movimientos, como si el tiempo también estuviera sofocado. Me acompañan una amiga del trabajo uruguaya y su hija, con las cuales en días anteriores visitamos otros puntos de la ciudad, además de recorrer por un día las calles coloniales y las catedrales de Cuenca. Pero volviendo al cerro y el calor, ambas beben una botella de agua cada dos minutos y descansan cada tantos escalones debido a los 38 grados de temperatura a las 3 de la tarde. Mientras jadean y se pasan la mano por la cara, les hablo un poco de la historia de la ciudad y que en Guayaquil difícilmente podrán encontrar obras de los jesuitas, franciscanos o cualquier otra orden religiosa que entró al Ecuador en tiempos de colonia. Les continúo explicando que la historia de Guayaquil, después de los pueblos originarios del lugar, está marcada por invasiones de piratas, su condición de puerto y astillero, la exportación de cacao y los incendios debido a sus casas de madera.

El barrio Las Peñas les agradó a ambas por su aspecto un tanto caribeño y a la vez bohemio. De esos donde pueden convivir en armonía los artistas junto a las prostitutas y malhechores. También les agradó bastante el saber que el sitio estaba vivo. Porque el paseo aquí no es igual al de un muerto museo donde se aprecian estáticas obras o a una tétrica iglesia. Las Peñas es lo opuesto a observar el trabajo acabado de un taxidermista. En el cerro Santa Ana, donde nació la ciudad, el atractivo está en que, para su bien o para su mal, muchas personas residen en el barrio Las Peñas. Y ahí en el recorrido de los cuatrocientos cuarenta y cuatro escalones, a manera de voyeur, uno puede apreciar la vida de los inquilinos de esta zona. Las casas pintadas de rosa, azul, verde, amarillo y otros vivos colores, para atraer el turismo, mayormente son cuadradas, de techos de tejas, con amplias ventanas y puertas, que durante la tarde permanecen totalmente abiertas para no dejar que el calor se encierre en los cuartos. Así mientras uno camina hacia el faro, puede tranquilamente ver como es la vida de los habitantes de cada casa. Se puede observar a ancianos en sus hamacas disfrutando de una película en formato pirata en su DVD; en la esquina siguiente un par de jóvenes sentados en la entrada de una puerta tomando un par de cervezas mientras escuchan “Guajira a Guayaquil” de Héctor Napolitano; siguiendo el ascenso un grupo de personas congregadas para ver el partido entre Barcelona y Liga de Quito; y al frente un anciano sin camisa apoyado en la ventana escucha a Julio Jaramillo mientras ve a la gente pasar dejando a la vista su equipo de sonido, su comedor con cuatro sillas y un par de cigarros apagados en un cenicero de madera.





Y en la ciudad esto no sucede únicamente en el barrio Las Peñas. Recuerdo años atrás, en época de colegio, cuando iba a estudiar a la casa de una amiga en Sauces 3. Mientras recorría los callejones de aquella ciudadela, podía apreciar instantes de las familias que vivían en las bajas casas con grandes ventanas a la entrada. Veía como a señoras les tinturaban el cabello, lo que había de cenar en una casa, fiestas de cumpleaños que casi se salían a la calle, abuelas con sueros sentadas frente a las ventanas para que el aire les llegue. Antecedentes que llevan a la pregunta: ¿Será por esta arquitectura que no permite intimidad (peor aún que la familia tenga un secreto) y la fraternidad de los barrios donde en cualquier lugar se puede conversar y por la cercanía se debe mantener una cálida convivencia, sean caldo de cultivo del porqué el chisme es tan popular en Guayaquil? Para constatar está que la mayoría (o todos) los programas televisivos de farándula (eufemismo de chisme) son guayaquileños. En Cuenca tal vez las señoras de clase media – alta para arriba se reúnen una vez a la semana, a la hora del café, para cotorrear a qué hija de fulanita la embarazaron, y de paso enterarse que el padre del futuro bebé no tiene un apellido hidalgo. Pero Guayaquil es algo intrínseco, de lo que incluso se puede obtener rentabilidad (programas de tv que su lema debería ser: Dadme un chisme y moveré el mundo). Nuestra calidad de extrovertidos en Ecuador va de la mano con la cantidad de tiempo que conversamos en el día y para mantener esa condición de extrovertidos, muchas de esas palabras tienden a ser chismes. También por la faceta de sabidos, el murmullo y los datos no confirmados permiten anticiparnos ante futuros hechos; y ante cualquier evento fuera de lo normal formamos conglomerados de espectadores que después darán sus distintas opiniones sobre lo sucedido.

Ahora que estoy releyendo “Crónica de una muerte anunciada”, descubro esa semejanza de Guayaquil con un Macondo donde cada habitante está avisado de lo que está pasando. Así como el pobre Santiago Nasar ya tenía el destino marcado, en Guayaquil es bastante probable que nuestra intimidad (por arquitectura, aspectos sociológicos o culturales) también tenga ya la muerte anunciada.

25 de febrero de 2009

Volviendo a Macondo city

De pronto, como si un remolino hubiera echado raíces en el centro del pueblo, llegó la compañía bananera, perseguida por la hojarasca. Era una hojarasca revuelta, alborotada, formada por los desperdicios humanos y materiales de los otros pueblos; rastrojos de una guerra civil que cada vez parecía más remota e inverosímil. La hojarasca era implacable. Todo lo contaminaba de su revuelto olor multitudinario, olor de secreción a flor de piel y de recóndita muerte. En menos de un año arrojó sobre el pueblo los escombros de anteriores catástrofes a ella misma, esparció en la calle su confusa carga de desperdicios. Y esos desperdicios, precipitadamente, al compás atolondrado e imprevisto de la tormenta, se iban seleccionando, individualizándose, hasta convertir lo que fue un callejón con un río en el extremo y un corral para los muertos en el otro, en un pueblo diferente y complicado, hecho con los desperdicios de otros pueblos.

…Uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve a su interior/ uno vuelve, uno vuelve, uno vuelve al lugar en que nació/ uno vuelve a su familia y aunque pese a la razón/ uno vuelve a su primer amor. Como el coro de la canción de los Cruks, con bises incluidos, uno al final vuelve a su inicios y en cuanto a literatura, desde día artrás he vuelto a mis raíces, a lo que más disfruto, y más me vuela los neuronas con sus irreales paisajes, es decir he vuelto a Macondo city, con su pinta de obra de arte expresionista por sus verdes intensos y su fauna hecha de figuras geométricas, un calor intenso en el que se puede escuchar el zumbido del sol por las calles y el aire concreto puede ser torcido como una barra de acero, mujeres que ven pasar a los muertos descuidando el arroz o la leche en la olla, y el pito de un tren amarillo y polvoriento que no se lleva a nadie e interrumpe en el silencio cuatro veces al día, en Macondo, un pueblo que Dios al parecer lo ha declarado innecesario.

Allí vinieron, confundidos con la hojarasca humana, arrastradas por su impetuosa fuerza, los desperdicios de los almacenes, de los hospitales, de los salones de diversión, de las plantas eléctricas; desperdicios de mujeres solas y de mujeres que amarraban la mula en un horcón del hotel, trayendo como un único equipaje un baúl de madera o un atadillo de ropa, y a los pocos meses tenían casa propia, dos concubinas y el título militar que les quedaron debiendo por haber llegado tarde a la guerra.

“La hojarasca” es la primera novela escrita por García Márquez y es en la que poco a poco, el autor, nos va revelando el mundo de un Macondo en decadencia. Lugar que podría estar ubicado en cualquier planicie, valle o playa América Latina y en cualquier espacio de tiempo. Volver a Macondo es recordar el pasado de riquezas de sociedades que vivían pacíficamente en estas tierras antes de las invasiones y conquistas; y volver a Macondo también es ver el pasado más presente de década atrás y ahora, de pueblos muertos después de haber sido saqueados. Las minas de Salinas en la provincia de Bolívar podrían ser un Macondo si los curas misioneros no hubieran ayudado a crear “El Salinerito”, San Lorenzo en Esmeraldas es un Macondo que recién está comenzando a reactivarse, y muchos pueblos escondidos, desolados, polvorientos y con un cruel sol donde solo al percatarnos que algo se mueve podemos estar seguros que el tiempo transcurre, son una imagen del mundo construido por el Nobel nacido en Aratacata.
Hasta los desperdicios de amor triste de las ciudades nos llegaron en la hojarasca y construyeron pequeñas casas de madera, e hicieron primero un rincón donde medio catre era el sombrío hogar para una noche, y después una ruidosa calle clandestina, y después todo un pueblo de tolerancia dentro del pueblo.

En medio de aquel ventisquero, de aquella tempestad de caras desconocidas, de toldos en la vía pública, de hombres cambiándose de ropa en la calle, de mujeres sentadas en los baúles con los paraguas abiertos, y de mulas y mulas abandonadas, muriéndose de hambre en la cuadra del hotel, los primeros éramos los últimos: nosotros éramos los forasteros; los advenedizos.


La hojarasca como un zoom de microscopio nos narra desde tres perspectivas generacionales de una familia (abuelo, hija y nieto) un día, de año bisisesto, en la vida de este mohoso, pero antes próspero, pueblo. El entierro de un odiado y rumiante forastero que se negó a atender, en su condición de doctor, los muertos durante una masacre, da inicio al relato que también nos transporta a los orígenes de Macondo y donde como voyeurs podemos que años atrás el pueblo era considerado un becerro de oro (por trasquilar) para los que huyeron de la guerra; y después con la llegada de la compañía bananera esporádicamente todo mejoro, hasta que la hojarasca se lo llevó todo dejando un Macondo que al final del libro pareciera que se va a caer en pedazos. Ahí en ese pasado, con un tono personal y familiar, también se relata el matrimonio de la hija (Isabel)con un hombre al que lo veía como un espejismo y que dos años después por negocios la abandonaría dejándole un hijo como recuerdo; hijo con extrema curiosidad por los muertos y con una temprana homosexualidad; y un abuelo chapado a la antigua al que únicamente le queda su pasado y su palabra, jurando cuidar y mantener al rumiante recomendado por el mismísimo Coronel Aureliano Buendía, así esto provoque la ira del pueblo que desde hace años espera este evento que finalmente llegó, en un miércoles (de ceniza pero no de septiembre) en Macondo. Un buen día para enterrar al diablo.


Después de la guerra, cuando vinimos a Macondo y apreciamos la calidad de su suelo, sabíamos que la hojarasca había de venir alguna vez, pero no contábamos con su ímpetu. Así que cuando llegamos sentir la avalancha lo único que pudimos hacer fue poner el plato con el tenedor y el cuchillo detrás de la puerta y sentarnos pacientemente a esperar que nos conocieran los recién llegados. Entonces pitó el tren por primera vez. La hojarasca volteó y salió a recibirlo y con la vuelta perdió el impulso, pero logró unidad y solidez; y sufrió natural proceso de fermentación y se incorporó a los gérmenes de la tierra.

Macondo, 1909.
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