
La película es algo así como la mamá de los pollitos dentro de la cultura norteamericana y el cine romántico. Está, para el primer caso, la fantasía de acostarte con una mujer madura, mejor si es amiga de tus padres; y el escapar en el último minuto de una boda que nunca debió haberse llevado a cabo. Dustin Hoffman es Ben y acaba de graduarse de la universidad, tiene veintitrés años y todo el futuro por delante, pero después de cumplida la tarea no sabe qué hacer con su vida (dato aparte: cuando leí HD de Juan Fernando Andrade, Miguel, el personaje principal, se me parecía más al Ben de Mike Nichols que al Holden Caulfield de Salinger).
Aunque hay cuestiones que realmente no entiendo, como el impedir la boda y seguir hasta Berkeley a la persona de quien se había enamorado, después de tan solo una cita, la película tiene partes magistrales: escenas de primeros planos que al espectador lo convierten en un voyeur, secuencias como la que empieza con su regalo de cumpleaños metiéndose a la piscina con un traje de buzo para contar su historia con la mujer mayor, sumado a la música de Simon & Garkenful, reflejan exactamente la incertidumbre que viene después de la graduación y después de los 23.

No sé si esta película se haya convertido en un clásico según los críticos. Seguramente es una película de culto para algunos. Fue algo así como estar en presencia del realismo sucio en su versión más pura y dura, con la carne hacia afuera emanando pus. Como ver en imágenes un cuento que Bukowski escribió en servilletas manchadas de un bar que nunca cierra. Junto a Taxi driver en las escenas que se presentan, uno casi puede sentir el ruido de la ciudad, el olor a vómito que se desprende de las esquinas, las conversaciones de los chulos con sus prostitutas, ese mundo underground que es casi un mito urbano, parte del lumpen, en otras ciudades pero que debe ser tan visible en un sitio como Las Vegas.
Ben Sanderson ha decidido dejar Los Angeles y ha decidido dejar de vivir. Beber hasta morir es la forma que ha elegido para matarse (¿o matarse es la forma que ha decidido para beber?). Conoce a Sera, una prostituta bastante cotizada pero que se siente sola, lo que los últimos días de Ben, gracias a la música con aires de Billy Holyday y con frases que hubiera dado un dedo porque se me hubieran ocurrido, cuentan una historia a perdurar, sólo oída por algunos.
Easy Rider:

Ray Loriga escribía en su libro Días extraños, que «sentirte como Jim Morrison no te convierte en Jim Morrison, pero no sentirte como Jim Morrison te convierte en casi nada. Yo nunca saldría a la calle sin sentirme como Jim Morrison o Dennis Hopper por lo menos». Con respecto a este último, siempre creí que el comentario se debía a su papel en Apocalypsis Now de Coppola, ahora sé que es por Easy Rider, la película de motociclistas que cambió una generación, pero no exactamente por su personaje (más que del lado de Hopper creo que me gustaría estar del de Peter Fonda, pero en la vida real puede que esté más del de Jack Nicholson) sino por haber dirigido este gran film.
Las ganas de encontrar América, de encontrarse a uno mismo, hacerlo montado en una Harley Davidson, esperando llegar al carnaval en New Orleans, para después ir a Florida con el dinero de un negocio que incluía cocaína en México y después vendida a algún hijo de zar ruso, todo contado hipnóticamente, con una alta dosis de psicodelia (una banda sonora de locos que incluye a Steppenwolf y Hendrix), como en una canción de Pink Floyd.
