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17 de marzo de 2010

Lo efímero (¡Por fin, Bolaño!)

Leer a Roberto Bolaño se ha vuelto más una cuestión de cultura general (una obligación) que de culto hacia un autor que se lo denomina el “último escritor de América Latina”. Porque de él en más de un rincón se habla y se escribe: Javier Cercas mencionaba el éxito de su obra y cómo en EUA su novela “2666” se ha convertido en un best-seller; varias reseñas se han escrito en diarios acerca del uso de personajes marginales, patéticos que dominan sus páginas; Mario Segovia en Etiqueta Negra nos plantea el porqué queremos ahora tanto a Bolaño, y todo escritor y lector menor de 40 lo sigue como a un ídolo; y Sebastián Cordero, en una entrevista, responde que algún día espera escribir un guión con un estilo que recuerde claramente a Los detectives salvajes. Algunos ejemplos de que Bolaño está en todas partes. Como la poesía (poetas nunca faltan) de la que nunca he sido un fanático, porque los versos que componen un poema me parecen tan personales que al final me resultan inaccesibles, ahí puede que estén concentradas todas las emociones (tengo libros de García Lorca cubiertos aún con la envoltura plástica).

En Los detectives salvajes, Bolaño, pienso, quiso comparar al paso de la juventud con la poesía (mezclar lo efímero de ambas), porque la historia que nos relata es la de unos jóvenes marginales, patéticos, lumpescos (inspirados en su época de juventud de los sesentas con drogas psicodélicas, manifestaciones panfletarias y tendencias beligerantes, que practicaba con su grupo los infra-realistas, letras adornadas por lo años de experiencia) que desean revolucionar el mundo de las letras y para lo cual forman la pandilla del “realismo visceral” (lo que los lleva a buscar una poeta al desierto y planear secuestrar a Octavio Paz), pero que con todo su idealismo, al final terminan siendo tan solo parte de una anécdota difícil de recordar por parte de varios entrevistados, que es la manera en la que está escrito el libro. Todo visto a través de los ojos de otros, los fugaces momentos en los que alguna vez pasaron los personajes principales por sus vidas. Belano y Lima nunca hablan, sin embargo poco a poco sabemos que son dos individuos que entre vender drogas y escribir versos buscan algo, por lo que emprenden un gran viaje a través del tiempo y por Europa, Israel, México y África. Una versión agigantada-visceral-brutal-alucinógena de las Confesiones de invierno de Sui Generis, donde los detectives salvajes trataran de sentir y experimentar todo, volverse poemas. Contándose así la historia de una generación. Abarcando una era, la posterior al Boom.

Así, entre la fama de Bolaño, llegué a Los detectives Salvajes, un libro al que Alan Pauls (autor de esa increíble novela y atroz historia de amor llamada El Pasado) recomienda leer en una “isla desierta”, o al menos en “un lugar de playa sin luz eléctrica, sin autos, sin agua potable”, porque Bolaño “no escribe novelas para ser leído… Bolaño escribe para poblar”. Y siguiendo los consejos del escritor argentino, a Los detectives… traté de leerlo entre las calurosas noches de lluvia guayaquileñas, casi como un naufrago en medio de un diluvio, entre rayos, cielos rojos y calles inundadas. Hay que leerla con paciencia, aislado, en estado unplugged, por su ritmo frenético y caótico, pero con la apariencia (debido a sus 613 páginas) de que nunca acabará; sin embargo no fue suficiente. Meterse en las páginas de LDS puede no ser una experiencia agradable. No lo digo por su calidad de escritura ni por el relato que se desarrolla o el tiempo que exige, sino porque la novela está diseñada para exprimir al lector, para sacudir cerebros. Una experiencia a la que pocos quieren volver debido al vértigo causado por la experiencia original. Entre la primera y la segunda vez que abrí las páginas del libro pasaron dos meses (lectura de Rayuela y The catcher in the rye en medio) para que se puedan calmar las aguas que quedaron agitadas después de seguir los pasos de Ulises Lima y Arturo Belano. Y al volver a la isla (y al continente) uno se da cuenta de que todo está movido. Se siente que el realismo visceral, aunque efímero, ha pasado por el lugar y ha plantado su bandera.




¿Ustedes han visto Easy Rider? Sí, la película de Dennis Hopper, Peter Fonda y Jack Nicholson. Más o menos así eramos nosotros entonces. Pero sobre todo más o menos así eran Ulises Lima y Arturo Belano antes de que se marcharan a Europa. Como Dennis Hopper y su reflejo: dos sombras llenas de energía y velocidad. Y no es que tenga nada contra Peter Fonda pero ninguno de ellos se le parecía. Müller sí que se parecía a Peter Fonda. En cambio ellos eran idénticos a Dennis Hopper y eso era inquietante y seductor, digo, inquietante y seductor para los que los conocimos, para los que fuimos sus amigos. Y esto no es un juicio de valor sobre Peter Fonda. Me gustaba Peter Fonda, cada vez que dan en la tele la película que hizo con la hija de Frank Sinatra y con Bruce Dern no me la pierdo aunque tenga que quedarme despierto hasta las cuatro de la mañana. Sin embargo ninguno de ellos se le parecía. Y con Dennis Hopper era todo lo contrario. Era como si conscientemente lo imitaran. Un Dennis Hopper repetido caminando por las calles de México. Un Mr. Hopper que se desplegaba geométricamente desde el este hacia el oeste, como una doble nube negra, hasta desaparecer sin dejar rastro (eso era inevitable) por el otro lado de la ciudad, por el lado donde no existían salidas. Y yo a veces los miraba y pese al cariño que sentía por ellos pensaba ¿qué clase de teatro es éste? Y una noche, poco antes del año nuevo de 1976, poco antes de que se marcharan a Sonora, comprendí que era su manera de hacer política. Una manera que yo no comparto y que entonces no entendía, que no sé si era buena o mala, correcta o equivocada, pero que era su manera de hacer política, de incidir políticamente en la realidad, disculpen si mis palabras no son claras, últimamente ando un poco confundido.

No les pregunté por el coche de mi padre. Arturo me dijo que se iban. ¿Otra vez a Sonora?, les pregunté. Arturo se río. Su risa fue como un escupitajo. Como si se escupiera sus propios pantalones. No, dijo, mucho más lejos. Ulises viaja esta semana a París. Qué bien, dije, podrá conocer a Michael Bulteau. Y el río más prestigioso del mundo, dijo Ulises. Qué bien, dije yo. No, no está mal, dijo Ulises. ¿Y tú?, le dije a Arturo. Yo me voy un poco después, a España. ¿Y cuándo piensan regresar?, dije yo. Ellos se encogieron de hombros. Quién sabe, María, dijeron. Nunca los había visto tan hermosos. Sé que es cursi decirlo, pero nunca me parecieron tan hermosos, tan seductores. Aunque no hacían nada para seducir. Al contrario: estaban sucios, quién sabe cuánto hacía que no se daban una ducha, cuánto que no dormían, estaban ojerosos y necesitaban un afeitado (Ulises no porque es lampiño), pero yo igual los hubiera besado a los dos, y no sé porque no lo hice, me hubiera ido a la cama con los dos, a coger hasta perder el sentido, y después a mirarlos dormir y después a seguir cogiendo, lo pensé, si buscamos un hotel, si nos metemos en una habitación oscura, sin límite de tiempo, si los desnudo y ellos me desnudan, todo se arreglará, la locura de mi padre, el coche perdido, la tristeza y la energía que sentía y que por momentos parecía que me asfixiaban. Pero no les dije nada.

Hay una literatura para cuando estás aburrido. Abunda. Hay una literatura para cuando estás calmado. Esta es la mejor literatura, creo yo. También hay una literatura para cuando estás triste. Y hay una literatura para cuando estás alegre. Hay una lectura para cuando estás ávido de conocimiento. Y hay una literatura para cuando estás desesperado. Esta última es la que quisieron hacer Ulises Lima y Belano.

… y así como hay mujeres que ven el futuro, yo veo el pasado, veo el pasado de México y veo la espalda de esta mujer que se aleja de mi sueño, y le digo ¿adónde vas, Cesárea?, ¿adónde vas, Cesárea Tinajero?

8 de agosto de 2009

El pasado: una novela de Alan Pauls

Fito Páez canta: “el amor después del amor, tal vez, se parezca a este rayo de sol...” En EL PASADO, novela, premio Herralde 2003, escrita por Alan Pauls (elogiado por Roberto Bolaño y hermano de Gastón Pauls: Juan en la buenísima NUEVE REINAS) puede que eso sea una afirmación para Rímini pero no tanto para Sofía. La historia va más o menos así:

Rímini es traductor y Sofía psicoterapeuta o fisioterapeuta (eso no me queda claro todavía), y después de doce años de relación, desde el cuarto año de colegio, en la década de los setentas, deciden separarse de una manera pacífica, casi tomados de las manos, a diferencia de lo traumático que resulta para el resto de mortales. Por eso duraron tanto: se dedicaban a hacer lo totalmente opuesto que el resto de relaciones. Inclúyanse celos, desconfianzas, mentiras. El relato se concentra en su mayoría en la separación. Una historia de amor después del amor. Pero al rato del rompimiento, para Sofía, la vida sin Rímini no tiene ningún sentido. Por lo que continua persiguiéndolo, enviándole cartas (llenas de paréntesis las ellas, al igual que las mías, seguramente seríamos el uno para el otro), metiéndose en sus pensamientos, en sus temores, armando un club de mujeres desesperadas en búsqueda del amor imposible, queriendo que él vea unas fotos, el resumen de su vida juntos, los instantes más felices para que un mar de sentimentalismo lo desborde y vuelva a sus brazos y la armonía se restaure, o tal vez como un último recuerdo, para evitar el olvido; mientras que Rímini se siente liberado, vivo otra vez, dedicándose a olvidar. Y aunque en blogs que leí, para conocer las impresiones de otros sobre EL PASADO, la mayoría escribieron que Rímini también la pasó muy mal sin Sofía; sin embargo, a mi parecer, Riminí disfruta su vida sin Sofía, así esto signifique volverse cocainómano, masturbarse cuatro veces al día, traducir sin parar durante cuatro horas, en medio de inhalaciones de coca sobre el retrato de Sofía, conseguirse una novia diez años menor, después una colega y después una vieja pelucona, y diluirse en el masoquismo. Volviéndose un autómata como había sido su relación con Sofía.


Son más de quinientas páginas de difícil lectura que las asimilas según tu estado de ánimo. En las últimas tres semanas leí tres veces el libro y las tres veces lo disfruté, porque son de esas novelas, que como a un miope que nunca ha usado lentes, te dan una nueva y mejor visión de las cosas, y por eso lo repetí tanto, porque me gustó esa nueva concepción de la realidad. Aquí la historia, la trama, al estilo Rayuela de Julio Cortázar, no importa tanto (como sí en los libros de García Márquez, por ejemplo), sino los pensamientos de cada personaje (en este caso exclusivamente dos: él y ella) y como responden ante cada situación que viven en solitario y juntos: entre caminatas, comer helados, conversaciones en cafeterías, sexo con cincuentonas, viajes a Austria, remembranzas que se prolongan por varias páginas, analogías, pensamientos disparatados, irónicos, sarcásticos, y en medio la historia de Riltse, un pintor homosexual inventado por Alan Pauls que juega con el arte y con su cuerpo, tratando de fusionarlos, y que quizá para muchos nada tiene que ver con la historia, pero el capítulo dedicado a él, de más de cincuenta páginas, tiene su toque de genialidad. Letras, palabras, párrafos que permiten descubrir el amor de Pauls por las letras y su detallismo en describirnos al máximo un pensamiento o un suceso. Por eso sentí estupor al enterarme que existe una película sobre este libro. Sería imposible. Una voz en off que nunca se cansa debería describirnos todas las emociones que despierta cada situación; y los diálogos serían internos, casi no habría interacción entre los personajes. Hay que ser un genio y un loco para arriesgarse.

Veinte años después del inicio, ocho después de la separación, la relación no se ha terminado, sino que ha mutado en todas las formas posibles y para suerte de Sofía, la historia no se queda en las primeras estrofas de la canción de Fito, sino que continúa aunque sin tanto ritmo: “y ahora que busqué/ y ahora que encontré/ el perfume que lleva el dolor/ en la esencia de las almas/ en la ausencia del dolor/ ahora se que ya no/ puedo vivir sin tu amor”.



Creían en el modo en que se amaban, y esa creencia era más fuerte que cualquier naturaleza, que cualquier signo del mundo les dirigiera para desmentirlos o ridiculizarlos… Todos: los que cada primero de enero les auguraban el final en secreto, los que trataban desesperadamente de copiarlos, los equidistantes, que aprobaban el prodigio per cada tanto les exponían sus «reservas» - y también sus padres, sedientos de la claridad y la sabiduría que sus propios modos de amarse, al parecer, no estaban en condición de proporcionarles. Jamás juzgaban: escuchaban. Eran amplios, tolerantes, de una ecuanimidad intachable.

Lo habían hecho todo. Se habían desflorado y raptado de sus respectivas familias; habían vivido y viajado juntos; juntos habían sobrevivido a la adolescencia y luego a la juventud y asomado la cabeza a la vida adulta; juntos habían sido padres y llorado el muerto diminuto que nunca llegaron a ver; juntos habían conocido maestros, amigos, idiomas, trabajos, placeres, lugares de veraneo, decepciones, costumbres, platos raros, enfermedades – todas las atracciones que podía ofrecerles una versión prudente pero versátil de esa mezcla de sorpresa y fugacidad que normalmente se llama vida, y de cada una habían conservado algo, el rastro singular que les permitía recordarla y volver a ser por un momento los mismos que la habían experimentado. Y para que la colección estuviera completa, completamente definitiva, ellos mismos agregaron la pieza cumbres: la separación… La separación no era el más allá del amor: era su límite, su colmo, el borde intenso de su confín…

… No es de muerte natural como muere un amor genuino, sino bañado en sangre, bajo los golpes que le asesta otro, no necesariamente genuino – porque allí las leyes del amor, ciegas a los títulos de nobleza, no tienen ninguna misericordia – pero sí oportuno y, sobre todo, impulsado por esa crueldad entusiasta que anima a todas las emociones jóvenes.


PD: Juan Fernando Andrade describe sublimemente y dos veces el libro. Vale la pena leer ambos posts:
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